los judíos pobres, acompañado por el aumento desmesurado del poder ejercido por los judíos ricos en los asuntos públicos. > La gente se indignaba al verse comprometida con el pretexto de que los judíos no existían, cuando su presencia era ineludible en todas partes, en las calles y en las oficinas del gobierno. La ficción era posible cuando unos pocos financieros, mezclados y perdidos en el mundo educado, eran los únicos implicados. Se volvió imposible ante los vastos nuevos guetos de Londres, Mánchester, Bradford, Glasgow, y la formidable y creciente lista de ministros, virreyes, embajadores y dictadores de la política judíos y
Este desprecio e irritación hacia lo que he llamado la actitud del siglo diecinueve, la actitud liberal, ya eran patentes antes de que terminara dicho siglo. Se manifestaban en murmullos durante la guerra de los Bóeres en Inglaterra y el caso Dreyfus en Francia; cobraron voz en los primeros años de este siglo, especialmente en relación con los escándalos parlamentarios; con el levantamiento bolchevique de 1917 se volvieron clamorosos.
Sin duda, esto irá en aumento. Ya contamos con una minoría formidable dispuesta a actuar en contra de los intereses del judío. Con toda probabilidad se convertirá, y ello en breve, en una mayoría. Puede surgir en cualquier momento, en alguna ocasión crítica, ante una nueva provocación, como un torrente abrumador de opinión exasperada.
Con mayor razón nos incumbe tratar con justicia la neutralidad y la ficción tradicionales; examinarlas incluso con una predisposición a su favor; exponer todo cuanto pueda decirse en su defensa antes de rechazarlas, como creo que ahora todos debemos rechazar, a mi pesar. Digo «a mi pesar»; pues, al fin y al cabo, era la disposición firme de nuestros padres, que hicieron grandes cosas: sentimos su reproche