Sucedió que, en medio de las disipaciones propias de un invierno en Londres, apareció en las diversas reuniones de los líderes de la ton un noble, más notable por sus excentricidades que por su rango.
Contemplaba la alegría a su alrededor como si no pudiera participar en ella. Aparentemente, la ligera risa de las hermosas solo atraía su atención para, con una mirada, sofocarla y sembrar el miedo en aquellos pechos donde reinaba la insensatez.
Quienes experimentaban esta sensación de asombro no sabían explicar de dónde surgía: algunos la atribuían a aquel ojo gris y apagado que, al posarse sobre el rostro de su objetivo, no parecía penetrar ni atravesar de un solo vistazo los mecanismos internos del corazón, sino que caía sobre la mejilla con un rayo plomizo que pesaba sobre la piel que no lograba traspasar.
Sus rarezas hacían que fuese invitado a todas las casas; todos deseaban verle, y aquellos que habían estado acostumbrados a una emoción violenta y ahora sentían el peso del tedio, se complacían en tener ante sí algo capaz de captar su atención. A pesar del tinte cadavérico de su rostro, que jamás adquiría un matiz más cálido, ni por el rubor del modesto pudor, ni por la fuerte emoción de la pasión, aunque su forma y perfil fuesen hermosos, muchas de las mujeres ávidas de notoriedad intentaron ganarse sus atenciones y obtener, al menos, algunas muestras de lo que ellas podrían llamar afecto: Lady Mercer, que había sido la burla de cuanto monstruo se exhibía en los salones desde su matrimonio, se le cruzó en el camino e hizo todo lo posible, excepto ponerse un traje de saltimbanqui, para atraer su atención; —aunque en vano; —cuando se paraba ante él, aunque sus