choza que apenas se alzaba por encima de los montones de hojas muertas y maleza que la rodeaban. Echando pie a tierra, se aproximó, con la esperanza de encontrar a alguien que lo guiara hacia el pueblo, o al menos confiando en obtener refugio de los azotes de la tormenta. Al acercarse, los truenos, silenciosos por un momento, le permitieron escuchar los espantosos gritos de una mujer mezclados con la risa ahogada y triunfante de una burla, continuados en un sonido casi ininterrumpido;—se sintió alarmado: pero, estimulado por el trueno que de nuevo rodaba sobre su cabeza, con un repentino esfuerzo, abrió a empujones la puerta de la cabaña.
Se halló en la más absoluta oscuridad; el sonido, sin embargo, lo guio. Aparentemente no había sido visto; pues, aunque llamó, los sonidos continuaron y nadie le prestó atención.
Se encontró en contacto con alguien, a quien agarró de inmediato; momento en el que una voz exclamó: «¡Otra vez frustrado!», a lo que siguió una fuerte risa; y sintió que lo aferraba alguien cuya fuerza parecía sobrehumana: decidido a vender cara su vida, forcejeó; pero fue en vano: lo alzaron del suelo y lo arrojaron con enorme fuerza contra el piso;—su enemigo se le echó encima y, arrodillándose sobre su pecho, le puso las manos en el cuello—, cuando el fulgor de numerosas antorchas que penetraba por el agujero que daba luz de día lo perturbó;—se levantó al instante y, dejando a su presa, salió corriendo por la puerta, y en un momento el crujir de las ramas, mientras se abría paso por el bosque, dejó de oírse.
La tormenta ya había cesado; y Aubrey, incapaz de moverse, no tardó en ser oído por los de afuera. Entraron; la luz de sus antorchas cayó sobre las paredes de barro y el techo de paja cargado, en cada tallo, con pesados copos de hollín. A petición de Aubrey, buscaron a la que lo había atraído