Fatigado de un país en el que había sufrido tan terribles desgracias, y en el que todos al parecer conspiraban para acrecentar esa melancolía supersticiosa que se había apoderado de su mente, resolvió abandonarlo y pronto llegó a Esmirna. Mientras esperaba un barco que lo condujera a Otranto o a Nápoles, se ocupó en ordenar los efectos que llevaba consigo pertenecientes a Lord Ruthven. Entre otras cosas había un estuche que contenía varias armas ofensivas, más o menos adaptadas para asegurar la muerte de la víctima. Había varios puñales y alfanjes. Mientras los revolvía y examinaba sus curiosas formas, ¡cuál no sería su sorpresa al hallar una vaina aparentementeornamentada con el mismo estilo que el puñal descubierto en la cabaña fatal!—se estremeció—, y apresurándose a obtener más pruebas, encontró el arma, y puede imaginarse su horror al descubrir que encajaba, aunque de forma peculiar, en la vaina que sostenía en la mano. Sus ojos parecían no necesitar mayor certeza—parecían fijos, atados al puñal—; aun así deseaba no creerlo, pero la forma particular, los mismos tintes variados en la empuñadura y en la vaina brillaban por igual en ambos
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Capítulo I
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