ojos estaban aparentemente fijos en los de ella, aún parecía como si no fuesen percibidos; —hasta su desvergüenza impertérrita quedó desconcertada, y abandonó el campo.
Pero aunque la adúltera común no lograba influir ni en la dirección de sus ojos, no era que el sexo femenino le fuera indiferente: con todo, era tal la aparente cautela con que hablaba a la esposa virtuosa y a la hija inocente, que pocos sabían que jamás se hubiera dirigido a mujeres.
Gozaba, sin embargo, de la reputación de tener una lengua seductora; y ya fuera porque esta llegara a vencer el temor que inspiraba su singular carácter, o porque se sintieran conmovidas por su aparente odio al vicio, se encontraba tan a menudo entre aquellas mujeres que constituyen el orgullo de su sexo por sus virtudes domésticas, como entre aquellas que lo manchan con sus vicios.
Por la misma época, llegó a Londres un joven caballero llamado Aubrey: era un huérfano que, junto con una única hermana, había heredado una gran fortuna de unos padres que murieron cuando él aún era un niño. Abandonado también a su suerte por unos tutores que consideraban su único deber cuidar de su patrimonio, mientras delegaban la tarea más importante de velar por su mente en manos de subordinados mercenarios, cultivó más su imaginación que su juicio. Poseía, por ello, ese elevado y romántico sentimiento del honor y la franqueza que arruina a diario a tantas aprendizas de modista. Creía que todos simpatizaban con la virtud, y pensaba que el vicio había sido dispuesto por la Providencia meramente para lograr el efecto pintoresco de la escena, tal como vemos en las novelas; creía que la miseria de una choza consistía únicamente en la disposición de las prendas, que eran igual de abrigadas, pero se adaptaban mejor al ojo del pintor por sus pliegues irregulares y sus parches de diversos colores.