sabía por qué, pero esta sonrisa lo perseguía.
Durante la última etapa de la recuperación del enfermo, Lord Ruthven se dedicaba Aparentemente a contemplar las olas sin marea levantadas por la brisa fresca, o a marcar el progreso de aquellos orbes que giran, como nuestro mundo, en torno al sol inmóvil; —de hecho, parecía desear evitar los ojos de todos.
La mente de Aubrey, a causa de este impacto, quedó muy debilitada, y aquella elasticidad de espíritu que antaño lo había distinguido tanto parecía haberse desvanecido para siempre. Ahora era tan amante de la soledad y del silencio como lord Ruthven; pero por mucho que deseara la soledad, su mente no podía hallarla en los alrededores de Atenas; si la buscaba entre las ruinas que antes solía frecuentar, la figura de Ianthe se su su lado—si la buscaba en los bosques, su ligero paso aparecía errante entre la maleza, en busca de la modesta violeta; y luego, volviéndose de repente, mostraba a su silvestre imaginación su rostro pálido y su garganta herida, con una sonrisa mansa en los labios.