con sus gritos; él se quedó nuevamente en la oscuridad; pero ¿cuál no sería su horror, cuando la luz de las antorchas volvió a estallar ante él, al ver que la etérea figura de su bella guía era traída convertida en un cadáver sin vida? Cerró los ojos, esperando que no fuera más que una visión surgida de su imaginación alterada; pero al abrirlos volvió a ver la misma forma, tendida a su lado. No había color en su mejilla, ni siquiera en su labio; sin embargo, había una quietud en su rostro que resultaba casi tan cautivadora como la vida que un día la habitó:—en su cuello y en su pecho había sangre, y en su garganta estaban las marcas de unos dientes que habían abierto la avena:—a esto señalaron los hombres, exclamando, golpeados simultáneamente por el horror: «¡Un vampiro! ¡un vampiro!».
Se formó rápidamente unas parihuelas, y Aubrey fue tendido al lado de aquella que hacía poco había sido para él el objeto de tantas ilusiones luminosas y fantásticas, caída ahora junto con la flor de la vida que se había marchitado en ella. No sabía cuáles eran sus pensamientos; su mente estaba adormecida y parecía re huir la reflexión, refugiándose en el vacío; sostenía casi inconscientemente en su mano un puñal desnudo de una hechura peculiar, que había sido hallado en la choza. Pronto se cruzaron con diferentes partidas que habían estado empeñadas en la búsqueda de aquella a quien una madre echaba en falta. Sus lamentos, al aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de alguna terrible catástrofe. Describir su dolor sería imposible; mas, cuando averiguaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y señalaron el cadáver. Fueron inconsolables; ambos murieron con el corazón destrozado.
Aubrey, al ser acostado, fue atacado por una fiebre violentísima y a menudo deliraba; en estos intervalos invocaba a Lord Ruthven y a Ianthe—por una combinación inexplicable parecía suplicar a su antiguo compañero que perdonara al ser que amaba. En otras ocasiones le lanzaba maldiciones a la cabeza y lo maldecía como su destructor.