sin dejar lugar a dudas; también había gotas de sangre en cada uno.
Salió de Esmirna y, de camino a casa, en Roma, sus primeras indagaciones se centraron en la dama a la que había intentado arrebatar de las seductoras artes de Lord Ruthven. Sus padres estaban afligidos, su fortuna arruinada, y no se había sabido nada de ella desde la marcha de su señoría.
La mente de Aubrey quedó casi quebrantada bajo tantos horrores repetidos; temía que esta dama hubiera caído víctima del destructor de Ianthe. Se volvió hosco y silencioso; y su única ocupación consistía en instar a la velocidad a los postillones, como si fuera a salvar la vida de alguien a quien apreciaba.
Llegó a Calais; una brisa, que parecía obedecer a su voluntad, no tardó en llevarlo a las costas inglesas; y se apresuró hacia la mansión de sus padres, y allí, por un momento, pareció perder, entre los abrazos y caricias de su hermana, todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus infantiles caricias, se había ganado su afecto, ahora que empezaba a asomar la mujer, resultaba aún más entrañable como compañera.