Decidió huir de aquellos escenarios cuyos rasgos todos despertaban asociaciones tan amargas en su mente. Propuso a lord Ruthven, a quien se consideraba unido por el tierno cuidado que este le había prodigado durante su enfermedad, que visitaran aquellas partes de Grecia que ninguno de los dos había visto todavía.
Viajaron en todas direcciones y buscaron cada rincón al que pudiera ligarse algún recuerdo; pero, aunque así se apresuraban de un lugar a otro, parecía que no prestaban atención a aquello que contemplaban.
Oyeron hablar mucho de bandidos, pero poco a poco empezaron a restarle importancia a estos informes, que imaginaban ser solo invención de individuos cuyo interés era despertar la generosidad de aquellos a quienes defendían de peligros fingidos.
A consecuencia de descuidar así el consejo de los habitantes, en una ocasión viajaron con solo unos pocos guardia, más para servir de guías que como defensa.
Sin embargo, al entrar en un desfiladero estrecho, en cuyo fondo estaba el lecho de un torrente, con grandes masas de rocas bajadas de los acantilados vecinos, tuvieron razón para arrepentirse de su negligencia; pues apenas se hubo adentrado toda la partida en el paso estrecho, cuando se vieron sobresaltados por el silbido de las balas cerca de sus cabezas y por el estampido retumbante de varias armas de fuego.
En un instante sus guardias los habían dejado y, colocándose detrás de las rocas, habían comenzado a disparar en la dirección de donde provenía el disparo. Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron por un momento tras la curva protectora del desfiladero; pero, avergonzados de