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nydus/The War of the WorldsPublic
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VI. El Rayo de Calor en la carretera de Chobham

El Rayo de Calor en Chobham Road

Aún sigue siendo un motivo de asombro cómo los marcianos son capaces de aniquilar a los hombres con tanta rapidez y tanto silencio.

Muchos piensan que de algún modo logran generar un calor intenso en una cámara de no-conductividad prácticamente absoluta. Este calor intenso lo proyectan en un haz paralelo contra cualquier objeto que eligen, mediante un espejo parabólico pulido de composición desconocida, muy a la manera en que el espejo parabólico de un faro proyecta un haz de luz.

Pero nadie ha probado estos detalles de forma absoluta. Se haga como se haga, es seguro que un haz de calor es la esencia del asunto. Calor, y luz invisible en lugar de visible.

Todo lo combustible estalla en llamas a su contacto, el plomo corre como el agua, ablanda el hierro, agrieta y funde el vidrio, y cuando cae sobre el agua, esta se convierte incontinenti en vapor con estrépito.

Aqu aquella noche cerca de cuarenta personas yacían bajo la luz de las estrellas en torno a la sima, carbonizadas y deformadas más allá de lo reconocible, y durante toda la noche el páramo, desde Horsell hasta Maybury, estuvo desierto y brillante de llamas.

La noticia de la masacre debió de llegar a Chobham, Woking y Ottershaw casi al mismo tiempo. En Woking las tiendas habían cerrado cuando ocurrió la tragedia, y un buen número de personas, dependientes y demás, atraídas por las historias que habían oído, cruzaban el puente de Horsell y caminaban por el camino entre setos que termina desembocando en el brezal. Podéis imaginar a los jóvenes aseados tras las fatigas de la jornada, haciendo de esta novedad, como harían de cualquier otra, la excusa para pasear juntos y disfrutar de un coqueteo trivial. Podéis figuraros el murmullo de voces a lo largo del camino en la penumbra.⁠ ⁠…

Por supuesto, por entonces muy pocas personas en Woking sabían siquiera que el cilindro se había abierto, aunque el pobre Henderson había enviado a un mensajero en bicicleta a la oficina de correos con un telegrama urgente para un periódico vespertino.

A medida que esta gente salía de dos en dos y de tres en tres al espacio abierto, encontraba pequeños grupos de personas hablando con animación y observando el espejo giratorio sobre las fosas de arena, y los recién llegados no tardarían, sin duda, en contagiarse de la emoción del momento.

A las ocho y media, cuando la Diputación fue destruida, tal vez hubiera una multitud de trescientas personas o más en este lugar, además de quienes habían abandonado el camino para acercarse más a los marcianos.

Había también tres policías, uno de los cuales iba a caballo, haciendo todo lo posible, bajo las instrucciones de Stent, para contener a la gente y disuadirla de que se acercara al cilindro.

Hubo algunos abucheos por parte de aquellas almas más irreflexivas e impulsivas para quienes una multitud siempre es una ocasión para hacer ruido y payasadas.

Stent y Ogilvy, anticipando la posibilidad de algún enfrentamiento, habían telegrafiado desde Horsell a los cuarteles tan pronto como los marcianos emergieron, pidiendo la ayuda de una compañía de soldados para proteger a estas extrañas criaturas de la violencia. Tras eso, regresaron para encabezar aquel desventurado avance. La descripción de su muerte, tal como fue vista por la multitud, coincide muy de cerca con mis propias impresiones: las tres bocanadas de humo verde, el zumbido profundo y los destellos de fuego.

Pero aquella multitud de gente se libró por mucho menos que yo. Solo el hecho de que un montículo de arena cubierta de brezo interceptara la parte inferior del Rayo Térmico los salvó. De haber estado la elevación del espejo parabólico unos pocos yardas más alta, ninguno habría vivido para contarlo.

Vieron los destellos y a los hombres cayendo, y una mano invisible, por decirlo así, encendía los arbustos mientras avanzaba apresurada hacia ellos a través del crepúsculo. Luego, con un silbido que se elevaba por encima del zumbido de la sima, el haz pasó rozando por encima de sus cabezas, iluminando las copas de las hayas que bordean el camino, y partiendo los ladrillos, destrozando las ventanas, prendiendo fuego a los marcos de las ventanas y derrumbando en ruinas quebradizas una parte del gablete de la casa más cercana a la esquina.

En el repentino sordo golpe, siseo y fulgor de los árboles al prender, la multitud aterrorizada parece haberse tambaleado vacilante durante unos momentos.

Chispas y ramitas ardientes empezaron a caer en el camino, y hojas sueltas como ráfagas de fuego. Los sombreros y los vestidos se incendiaron.

Luego se oyó un llanto procedente de la campa. Hubo gritos y alaridos, y de repente un policía a caballo galopó a través de la confusión con las manos cruzadas sobre la cabeza, gritando.

“¡Vienen!”, gritó una mujer, y al instante todos se volvían y empujaban a los que iban detrás para abrirse paso de nuevo hacia Woking. Debieron de huir tan a ciegas como un rebaño de ovejas.

Donde el camino se estrecha y oscurece entre los altos taludes, la multitud se atascó y se produjo una lucha desesperada. Toda esa multitud no escapó; tres personas al menos, dos mujeres y un niño pequeño, fueron aplastadas y pisoteadas allí, y dejadas a su suerte en medio del terror y la oscuridad.

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