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nydus/The War of the WorldsPublic
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XII. Lo que vi de la destrucción de Weybridge y Shepperton

Lo que vi de la destrucción de Weybridge y Shepperton

A medida que el alba aclaraba, nos retiramos de la ventana desde la cual habíamos observado a los marcianos, y bajamos las escaleras muy en silencio.

El artillero convino conmigo en que la casa no era un lugar donde quedarse. Tenía la intención, según dijo, de dirigirse hacia Londres y desde allí reincorporarse a su batería: la número 12 de la Artillería Montada.

Mi plan era regresar de inmediato a Leatherhead; y tanto me había impresionado la fuerza de los marcianos, que había decidido llevar a mi esposa a Newhaven y marcharme con ella del país sin pérdida de tiempo. Pues ya comprendía con claridad que los alrededores de Londres serían inevitablemente el escenario de una lucha desastrosa antes de que criaturas como aquellas pudieran ser destruidas.

Entre nosotros y Leatherhead, sin embargo, se hallaba el tercer cilindro, con sus gigantes guardianes. De haber estado solo, creo que habría arriesgado la suerte y cruzado campo a través.

Pero el artillero me disuadió:

«No es ninguna bondad para con una esposa como es debido —dijo—, convertirla en viuda»;

y al fin accedí a ir con él, al amparo de los bosques, hacia el norte hasta Street Cobham antes de separarme de su lado. Desde allí daría un gran rodeo por Epsom para llegar a Leatherhead.

Dbería haber empezado de inmediato, pero mi compañero había estado en servicio activo y sabía más de eso que yo. Me hizo registrar la casa en busca de una cantimplora, que llenó de güisqui; y forramos todos los bolsillos disponibles con paquetes de galletas y rodajas de carne. Luego salimos sigilosamente de la casa y corrimos tan rápido como pudimos por el camino mal hecho por el que había llegado la noche anterior. Las casas parecían desiertas. En el camino yacía un grupo de tres cuerpos carbonizados muy juntos, abatidos por el Rayo de Calor; y aquí y allá había cosas que la gente había abandonado —un reloj, una zapatilla, una cuchara de plata y otros objetos de valor por el estilo—. En la esquina que subía hacia la oficina de correos, un pequeño carro, lleno de cajas y muebles, sin caballo, yacía volcado sobre una rueda rota. Una caja fuerte había sido forzada a toda prisa y arrojada bajo los escombros.

Salvo la casa del guarda del Orfanato, que todavía estaba ardiendo, ninguna de las casas había sufrido grandes daños por aquí. El Rayo Calorífico se había llevado de un tajo las chimeneas y había pasado de largo. Sin embargo, aparte de nosotros, no parecía haber ni un alma viviente en Maybury Hill. La mayoría de los habitantes había escapado, supongo, por el camino del Viejo Woking —el camino que yo había tomado cuando fui a Leatherhead— o se habían ocultado.

Bajamos por el sendero, junto al cuerpo del hombre de negro, ya empapado por el granizo de la noche anterior, y nos adentramos en el bosque al pie de la colina.

Avanzamos a empujones a través de este hacia la vía férrea sin encontrarnos con un alma. Los bosques al otro lado de la línea no eran más que las ruinas cicatrizadas y ennegrecidas de unos bosques; en su mayor parte los árboles habían caído, pero un cierto porcentaje aún seguía en pie, lúgubres troncos grises, con follaje marrón oscuro en lugar de verde.

Por nuestra parte, el fuego no había hecho más que chamuscar los árboles más próximos; no había logrado afianzarse.

En un lugar, los leñadores habían estado trabajando el sábado; los árboles, talados y recién podados, yacían en un claro, con montones de aserrín junto a la sierra mecánica y su motor. Muy cerca había una cabaña provisional, abandonada.

No corría ni una sola racha de viento esta mañana, y todo estaba extrañamente tranquilo. Hasta los pájaros enmudecieron, y mientras nos apresurábamos, el artillero y yo hablábamos en susurros y mirábamos de vez en cuando por encima de los hombros. Una o dos veces nos detuvimos a escuchar.

Al cabo de un tiempo nos acercamos al camino y, al hacerlo, oímos el repiqueteo de unos cascos y vimos entre los troncos de los árboles a tres soldados de caballería que avanzaban lentamente hacia Woking.

Los saludamos a voces, se detuvieron y nos apresuramos a llegar hasta ellos. Era un teniente y un par de soldados rasos de los 8.º Húsares, con un soporte parecido a un teodolito que, según me dijo el artillero, era un heliógrafo.

—Sois los primeros hombres que veo venir por este camino esta mañana —dijo el teniente—. ¿Qué se cuece?

Su voz y su rostro reflejaban entusiasmo. Los hombres detrás de él miraban con curiosidad. El artillero saltó el talud hacia el camino y saludó.

“Cañón destruido anoche, señor. Me he estado escondiendo. Intentando reunirme con la batería, señor. Divisará a los marcianos, supongo, a media milla más adelante por este camino”.

—¿Cómo demonios son? —preguntó el teniente.

—Gigantes con armadura, señor. De cien pies de altura. Tres patas y un cuerpo como de aluminio, con una cabeza grandísima dentro de una capucha, señor.

—¡Fuera! —dijo el teniente—. ¡Qué tontería tan absurda!

“Ya verá, señor. Llevan una especie de caja, señor, que echa fuego y lo fulmina a uno”.

—¿Qué quieres decir con que una pistola?

«No, señor», y el artillero comenzó un vívido relato del Rayo de Calor.

A mitad de camino, el teniente lo interrumpió y me miró. Yo todavía estaba de pie en la orilla, al borde del camino.

—Es perfectamente verdad —dije.

—Bueno —dijo el teniente—, supongo que a mí también me toca verlo. Oiga —al artillero—, a nosotros nos han asignado la tarea de sacar a la gente de sus casas. Será mejor que vaya a presentarse ante el general de brigada Marvin y le cuente todo lo que sabe. Está en Weybridge. ¿Conoce el camino?

—Sí, lo sé —dije; y volvió a girar su caballo hacia el sur.

—¿Media milla, dices? —dijo él.

—A lo sumo —respondí, y señalé por encima de las copas de los árboles hacia el sur. Me dio las gracias y siguió su camino, y no los volvimos a ver.

Más adelante nos encontramos con un grupo de tres mujeres y dos niños en el camino, ocupados en desocupar la casa de un jornalero. Se habían hecho con una pequeña carretilla de mano y la estaban cargando de bultos de aspecto sucio y muebles gastados. Estaban demasiado atareados para hablar con nosotros al pasar.

Cerca de la estación de Byfleet salimos de los pinares y encontramos el campo tranquilo y en paz bajo la luz del sol matutino. Estábamos muy lejos del alcance del Rayo Calorífico y, de no haber sido por el abandono silencioso de algunas casas, el trasiego de la mudanza en otras y el grupo de soldados de pie en el puente sobre la vía del férreo que miraba fijamente hacia Woking, el día habría parecido un domingo cualquiera.

Varios carros y carretas de granja avanzaban chirriando por el camino hacia Addlestone, y de repente, a través de la verja de un campo, vimos, al otro lado de una extensión de pradera llana, seis cañones de doce libras colocados ordenadamente a igual distancia y apuntando hacia Woking.

Los artilleros permanecían junto a las piezas a la espera, y los carros de munición se encontraban a una distancia prudencial y práctica. Los hombres estaban casi como si pasaran revista.

—¡Eso es bueno! —dije—. Al menos tendrán una oportunidad justa.

El artillero dudó en la verja.

—Continuaré —dijo él.

Más adelante, hacia Weybridge, justo al otro lado del puente, había una serie de hombres con chaquetas blancas de faena levantando una larga muralla, y más cañones detrás.

—De todos modos, es como luchar con arcos y flechas contra los relámpagos —dijo el artillero—. Todavía no han visto ese rayo de fuego.

Los oficiales que no estaban ocupados en ese momento se pusieron de pie y miraron fijamente por encima de las copas de los árboles hacia el suroeste, y los hombres que cavaban se detenían de vez en cuando para mirar en la misma dirección.

Byfleet estaba alborotado; la gente hacía equipaje, y una veintena de húsares, algunos desmontados, otros a caballo, los arreaban de aquí para allá. Tres o cuatro vagones negros del gobierno, con cruces en círculos blancos, y un viejo ómnibus, entre otros vehículos, estaban siendo cargados en la calle del pueblo.

Había montones de gente, la mayoría lo suficientemente dominguera como para haber revestido sus mejores galas. Los soldados tenían muchísima dificultad para hacerles comprender la gravedad de su situación.

Vimos a un viejecillo reseco con un cajón enorme y una veintena o más de macetas con orquídeas, disputando airadamente con el cabo que quería dejarlas atrás. Me detuve y lo agarré del brazo.

—¿Sabes qué hay ahí?—dije, señalando las copas de los pinos que ocultaban a los marcianos.

—¿Eh? —dijo, dándose la vuelta—. Estaba explicando que esto es valioso.

“¡La muerte!”, grité. “¡La muerte se acerca! ¡La muerte!”, y dejándolo que digiriera aquello si podía, me apresuré a seguir al artillero.

En la esquina miré hacia atrás. El soldado lo había dejado, y él seguía de pie junto a su cajón, con las macetas de orquídeas sobre la tapa, mirando vagamente por encima de los árboles.

Nadie en Weybridge supo decirnos dónde se había establecido el cuartel general; todo el lugar estaba en una confusión como jamás había visto en ningún pueblo antes.

Carros, carruajes por todas partes, la más asombrosa miscelánea de medios de transporte y bestias de carga. Los respetables habitantes del lugar, hombres con atuendos de golf y de navegación, esposas elegantemente vestidas, hacían sus maletas, holgazanes de la ribera ayudaban enérgicamente, los niños estaban entusiasmados y, en su mayoría, encantados con esta asombrosa variante de sus experiencias dominicales.

En medio de todo aquello, el digno vicario celebraba con mucho valor un oficio matutino, y su campana repiqueteaba por encima del alboroto.

Yo y el artillero, sentados en el escalón de la fuente pública, hicimos una comida bastante aceptable con lo que habíamos traído con nosotros. Patrullas de soldados —aquí ya no húsares, sino granaderos de blanco— advertían a la gente que se marchara ahora o se refugiara en sus sótanos en cuanto comenzara el cañoneo. Al cruzar el puente del ferrocarril vimos que una multitud cada vez mayor se había aglomerado en la estación y sus alrededores, y el concurrido andén estaba repleto de cajas y paquetes. El tráfico ordinario se había suspendido, creo, para permitir el paso de tropas y cañones hacia Chertsey, y desde entonces he sabido que se libró una lucha feroz por conseguir un lugar en los trenes especiales que se habilitaron más tarde.

Permanecimos en Weybridge hasta mediodía, y a esa hora nos encontramos en el lugar, cerca de la esclusa de Shepperton, donde se unen el Wey y el Támesis. Parte del tiempo lo pasamos ayudando a dos ancianas a cargar un carretillo. El Wey tiene una desembocadura triple, y en este punto se pueden alquilar botes, y había un transbordador para cruzar el río. Del lado de Shepperton había una posada con césped, y más allá, la torre de la iglesia de Shepperton⁠ —que ha sido reemplazada por una aguja⁠— se alzaba por encima de los árboles.

Aquí encontramos una multitud de fugitivos, exaltada y ruidosa. La huida aún no se había convertido en pánico, pero ya había mucha más gente de la que todas las barcas que iban y venían podían permitir cruzar.

La gente llegaba jadeando bajo pesadas cargas; un marido y una mujer llevaban incluso entre ambos la puerta de un cobertizo pequeño, con algunos de sus enseres domésticos apilados encima. Un hombre nos dijo que tenía la intención de intentar huir desde la estación de Shepperton.

Había muchos gritos, y un hombre incluso bromeaba. La idea que la gente parecía tener aquí era que los marcianos eran simplemente seres humanos formidables, que tal vez atacarían e saquearían la ciudad, para ser sin duda destruidos al final. De vez en cuando la gente miraba con nerviosismo al otro lado del Wey, hacia los prados en dirección a Chertsey, pero todo allí estaba tranquilo.

Al otro lado del Támesis, salvo justo donde desembarcaban las barcas, todo estaba tranquilo, en vívido contraste con la orilla de Surrey.

La gente que desembarcaba allí de las barcas se alejaba pisando fuerte calle abajo.

El gran transbordador acababa de hacer un viaje.

Tres o cuatro soldados estaban de pie en el césped de la posada, mirando fijamente y haciendo bromas a los fugitivos, sin ofrecer ayuda.

La posada estaba cerrada, ya que se encontraba dentro de las horas prohibidas.

—¿Qué es eso? —gritó un barquero, y «¡Cállate, imbécil!», le dijo un hombre cerca de mí a un perro que ladraba. Entonces el sonido volvió a sonar, esta vez desde la dirección de Chertsey, un golpe sordo y amortiguado: el sonido de un disparo.

El combate estaba comenzando.

Casi de inmediato, baterías invisibles al otro lado del río, a nuestra derecha, invisibles a causa de los árboles, se sumaron al coro, disparando con fuerza una tras otra.

Una mujer gritó.

Todos se quedaron petrificados por el repentino estrépito de la batalla, cercana y sin embargo invisible para nosotros. No se veía nada salvo praderas llanas, vacas que pacían sin inmutarse en su mayoría, y sauces plateados desmochados inmóviles bajo la cálida luz del sol.

—Los soldaos los detendrán —dijo una mujer a mi lado, dudosa—.

Una neblina se levantó sobre las copas de los árboles.

Entonces, de repente, vimos una racha de humo a lo lejos, río arriba, una bocanada de humo que dio un respingo en el aire y quedó suspendida; y al instante el suelo se estremeció bajo nuestros pies y una fuerte explosión sacudió el aire, rompiendo dos o tres ventanas en las casas cercanas y dejándonos atónitos.

—¡Aquí están! —gritó un hombre con suéter azul—. ¡Allí! ¿Los ves? ¡Allí!

Rápido, uno tras otro, uno, dos, tres, cuatro de los marcianos acorazados aparecieron, a lo lejos sobre los arbolitos, al otro lado de los prados llanos que se extendían hacia Chertsey, y avanzando a grandes zancadas apresuradas hacia el río. Pequeñas figuras con capucha parecían al principio, avanzando con un movimiento oscilante y tan rápido como aves en vuelo.

Luego, avanzando oblicuamente hacia nosotros, vino un quinto. Sus cuerpos acorazados brillaban bajo el sol mientras avanzaban raudos hacia los cañones, creciendo con rapidez a medida que se acercaban. Uno en el extremo izquierdo, es decir, el más lejano, agitó en el aire una enorme caja, y el fantasmal y terrible Rayo de Calor que ya había visto el viernes por la noche se abatió hacia Chertsey y golpeó la ciudad.

Al ver a estas extrañas, veloces y terribles criaturas, la multitud cerca de la orilla del agua me pareció por un momento paralizada por el horror.

No hubo gritos ni alaridos, sino un silencio. Luego, un murmullo ronco y un movimiento de pies⁠: un chapoteo en el agua.

Un hombre, demasiado asustado para soltar la maleta que llevaba al hombro, giró en redondo y me hizo tambalear con un golpe de la esquina de su carga. Una mujer me empujó con la mano y pasó corriendo a mi lado.

Me volví con la avalancha de gente, pero no estaba demasiado aterrado como para pensar. El terrible Rayo de Calor estaba en mi mente. ¡Meterme bajo el agua! ¡Eso era!

—¡Métanse bajo el agua! —grité, sin ser escuchado.

Me volví de nuevo y corrí hacia el marciano que se acercaba, corrí directo por la playa de guijarros y de cabeza al agua. Otros hicieron lo mismo. Un bote lleno de gente que regresaba dio un salto cuando pasé corriendo.

Las piedras bajo mis pies estaban fangosas y resbaladizas, y el río era tan poco profundo que avancé tal vez veinte pies apenas con el agua a la cintura. Luego, mientras el marciano se alzaba imponente a escasos doscientos metros, me arrojé hacia adelante bajo la superficie.

Las salpicaduras de la gente de los botes al saltar al río sonaron como truenos en mis oídos. La gente desembarcaba apresuradamente a ambos lados del río. Pero la máquina marciana no prestó más atención por el momento a la gente que corría de aquí para allá de la que un hombre le prestaría al revuelo en un hormiguero que su pie ha golpeado.

Cuando, medio asfixiado, saqué la cabeza del agua, la capucha del marciana apuntaba a las baterías que aún disparaban al otro lado del río y, a medida que avanzaba, dejó colgando lo que debía de ser el generador del Rayo de Calor.

En otro momento estaba en la orilla, y de una zancada cruzaba por la mitad vadeando. Las rodillas de sus patas delanteras se doblaron en la otra orilla, y en otro momento se había vuelto a erguir en toda su altura, cerca del pueblo de Shepperton.

De inmediato, los seis cañones que, sin que nadie en la orilla derecha lo supiera, habían estado ocultos tras las afueras de ese pueblo, dispararon simultáneamente. La repentina y cercana conmoción, el último estallido casi superpuesto al primero, hizo que mi corazón diera un vuelco. El monstruo ya estaba levantando el estuche que generaba el Rayo de Calor cuando el primer obús estalló a seis yardas por encima de la cúpula.

lanzué un grito de asombro. No vi ni pensé en los otros cuatro monstruos marcianos; mi atención quedó clavada en el incidente más cercano. Simultáneamente estallaron otros dos proyectiles en el aire cerca del cuerpo, mientras la cúpula giraba a tiempo de recibir, pero no de esquivar, el cuarto proyectil.

El proyectil estalló de lleno en la cara del Ser. La coraza se abombó, brilló, y salió despidiendo una docena de jirones ensangrentados de carne roja y metal reluciente.

—¡Dado! —grité, con algo a medio camino entre un alarido y un vítores.

Oí gritos de respuesta de la gente que estaba en el agua a mi alrededor. Habría podido saltar fuera del agua con aquella efímera exultación.

El coloso decapitado se tambaleó como un gigante ebrio; pero no cayó. Recuperó el equilibrio por milagro y, sin prestar ya atención a sus pasos y con la cámara que disparaba el Rayo de Calor rígidamente en alto, avanzó tambaleándose a toda velocidad hacia Shepperton.

La inteligencia viva, el marciano dentro de la cúpula, había sido aniquilado y esparcido a los cuatro vientos, y el Artilugio no era ya más que un intrincado mecanismo de metal que giraba hacia su destrucción. Avanzaba en línea recta, incapaz de ser guiado.

Chocó contra la torre de la iglesia de Shepperton, derribándola como lo habría hecho el impacto de un ariete, se desvió hacia un lado, tropezó y se desplomó con tremenda fuerza en el río, fuera de mi vista.

Una violencia explosiva sacudió el aire, y un surtidor de agua, vapor, lodo y metal hecho añicos se disparó hacia lo alto del cielo.

A medida que la cámara del Rayo de Calor tocaba el agua, esta se había convertido inmediatamente en vapor.

En otro instante, una enorme ola, semejante a un mascarón de marea fangoso pero casi hirviendo, barrió la curva río arriba. Vi a gente luchando por llegar a la orilla y escuché sus gritos y alaridos débilmente por encima del hervor y el rugido del colapso del marciano.

Por un momento no presté atención al calor, olvidé la evidente necesidad de autoconservación. Avancé chapoteando entre las aguas turbulentas, apartando a un hombre de negro para hacerlo, hasta que pude ver más allá de la curva.

Media docena de botes abandonados cabeceaban sin rumbo sobre la confusión de las olas. El Marciano caído apareció a la vista río abajo, tendido de través sobre el cauce y en su mayor parte sumergido.

Densas columnas de vapor brotaban de los restos y, a través de los jirones que giraban tumultuosamente, podía ver, intermitente y vagamente, los gigantescos miembros agitando el agua y arrojando al aire salpicaduras y rociones de lodo y espuma.

Los tentáculos se mecían y golpeaban como brazos vivos y, a excepción de la inútil falta de propósito de estos movimientos, era como si alguna criatura herida luchara por su vida en medio de las olas. Enormes cantidades de un fluido pardo rojizo brotaban en surtidores ruidosos de la máquina.

Mi atención se vio desviada de este aleteo de muerte por unos gritos furiosos, como los de eso que llaman sirena en nuestras ciudades industriales. Un hombre, con el agua hasta las rodillas cerca del camino de sirga, me gritó de manera inaudible y señaló.

Mirando hacia atrás, vi a los otros marcianos avanzando con zancadas gigantescas por la ribera del río desde la dirección de Chertsey. Los cañones de Shepperton dispararon esta vez sin éxito.

En ese momento me sumergí de inmediato bajo el agua y, aguantando la respiración hasta que el movimiento era una agonía, avancé a tientas dolorosamente bajo la superficie todo el tiempo que pude. El agua estaba en un tumulto a mi alrededor y se calentaba rápidamente.

Cuando por un momento levanté la cabeza para tomar aliento y apartarme el pelo y el agua de los ojos, el vapor se elevaba en una torbellinada niebla blanca que al principio ocultaba a los marcianos por completo.

El ruido era ensordecedor.

Luego los vi vagamente, figuras colosales de gris, magnificadas por la bruma. Habían pasado de largo junto a mí, y dos se inclinaban sobre las ruinas espumosas y tumultuosas de su camarada.

El tercero y el cuarto estaban de pie junto a él en el agua, uno tal vez a doscientos yardas de mí, el otro hacia Laleham. Los generadores de los Rayos Térmicos se agitaban en lo alto, y los haces siseantes golpeaban de un lado a otro.

El aire estaba lleno de sonidos, un conflicto de ruidos ensordecedor y confuso: el estruendo metálico de los marcianos, el derrumbe de las casas, el golpe seco de los árboles, las vallas y los cobertizos convertidos de repente en llamas, y el crepúsculo y rugir del fuego. Una densahumo negro se elevaba para mezclarse con el vapor del río, y a medida que el Rayo Calorífico iba y venía sobre Weybridge, su impacto quedaba señalado por destellos de un blanco incandescente, que daban paso inmediato a una danza humeante de llamas siniestras. Las casas más cercanas aún seguían en pie, aguardando su destino, sombrías, tenues y pálidas entre el vapor, con el fuego yendo y viniendo a sus espaldas.

Por un momento tal vez me quedé allí, con el agua casi hirviendo hasta el pecho, estupefacto ante mi situación, sin esperanza de escapar. A través de la humareda podía ver a la gente que había estado conmigo en el río saliendo del agua entre los carrizos, como ranitas apresurándose por la hierba ante el avance de un hombre, o corriendo de un lado a otro presa de total consternación por el camino de sirga.

Entonces, de repente, los destellos blancos del Rayo de Calor vinieron saltando hacia mí. Las casas se derrumbaron al desintegrarse a su contacto y lanzaron llamas; los árboles se convirtieron en fuego con un rugido.

El Rayo centelleaba arriba y abajo por el camino de sirga, devorando a la gente que corría en todas direcciones, y llegó hasta la orilla del agua a no más de cincuenta yardas de donde yo estaba. Barría el río hacia Shepperton, y el agua a su paso se levantaba en una ampolla hirviente coronada de vapor.

Me volví hacia tierra firme.

En otro momento, la gigantesca ola, rozando el punto de ebullición, se había abalanzado sobre mí. Grité con fuerza y, escaldado, medio ciego, atormentado, tambaleándome avancé por el agua saltarina y siseante hacia la orilla.

Si mi pie hubiera tropezado, habría sido el fin. Caí sin fuerzas, a plena vista de los marcianos, sobre la amplia y desuda lengua de grava que desciende para marcar el recodo del Wey y el Támesis. No esperaba otra cosa que la muerte.

Tengo el borroso recuerdo del pie de un marciano cayendo a menos de veinte yardas de mi cabeza, hundiéndose de lleno en la grava suelta, arrojándola a uno y otro lado y volviéndose a levantar; de una larga incertidumbre, y luego de los cuatro cargando con los restos de su camarada, ahora nítidos y al momento difusos a través de un velo de humo, alejándose interminablemente, según me pareció, a través de un vasto espacio de río y pradera.

Y entonces, muy lentamente, comprendí que por milagro me había salvado.

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