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VII. Las cuatro salidas

No hallando una explicación en la ciencia, comencé a buscarla en la vida, con la esperanza de encontrarla entre la gente que me rodeaba. Y comencé a observar cómo vivía la gente que me rodeaba —personas como yo— y cuál era su actitud ante esta cuestión que me había llevado a la desesperación.

Y esto es lo que encontré entre personas que se hallaban en la misma posición que yo en lo que respecta a la educación y al modo de vida.

Descubrí que para las personas de mi círculo había cuatro salidas a la terrible situación en la que todos nos encontramos.

La primera fue la de la ignorancia. Consiste en no saber, en no comprender que la vida es un mal y un absurdo. Las personas de este tipo —principalmente mujeres, o gente muy joven o muy torpe— aún no han comprendido esa cuestión de la vida que se le presentó a Schopenhauer, a Salomón y a Buda. No ven ni al dragón que las aguarda ni a los ratones que roen el arbusto del que están colgadas, y se limitan a lamer las gotas de miel, pero solo laslamen por un tiempo: algo desviará su atención hacia el dragón y los ratones, y se acabará el lamer. De ellos no tenía nada que aprender; uno no puede dejar de saber lo que ya sabe.

La segunda salida es el epicureísmo. Consiste en que, aun conociendo la desesperanza de la vida, uno aprovecha mientras tanto las ventajas de las que dispone, sin hacer caso del dragón ni de los ratones, y lame la miel de la mejor manera posible, sobre todo si hay mucha al alcance de la mano. Salomón expresa esta salida de este modo:

«Por tanto, alabé yo la alegría; que no tiene el hombre bien debajo del sol, sino que coma y beba y se alegre; y que esto le acompañe en su trabajo los días de su vida que Dios le da debajo del sol».

“Por tanto, come tu pan con gozo y bebe tu vino con corazón alegre; […] goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad […] porque esta es tu parte en la vida y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol. […] Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría en el Seol, a dondes vas.”

Esa es la manera en que la mayoría de las personas de nuestro círculo se hacen la vida posible.

Sus circunstancias les proporcionan más bienestar que penurias, y su insensibilidad moral les permite olvidar que la ventaja de su posición es accidental, y que no todos pueden tener mil mujeres y palacios como Salomón, que por cada uno que tiene mil mujeres hay mil sin esposa, y que por cada palacio hay mil personas que tienen que construirlo con el sudor de su frente; y que el accidente que hoy me ha hecho un Salomón puede mañana convertirme en esclavo de Salomón.

La torpeza de la imaginación de esta gente les permite olvidar las cosas que no le daban paz a Buda: la inevitabilidad de la enfermedad, la vejez y la muerte, que hoy o mañana destruirán todos estos placeres.

Así piensan y sienten la mayoría de las personas de nuestro tiempo y de nuestro modo de vida.

El hecho de que algunas de estas personas declaren que la torpeza de sus pensamientos y de sus imaginaciones es una filosofía, que llaman Positiva, no las aparta, en mi opinión, de las filas de aquellos que, para evitar ver la cuestión, lamen la miel.

Yo no podía imitar a estas personas; al no tener su torpeza de imaginación, no podía producirla artificialmente en mí. No podía apartar los ojos de los ratones y del dragón, como ningún hombre vital puede hacerlo después de haberlos visto una vez.

La tercera evasión es la de la fuerza y la energía. Consiste en destruir la vida cuando se ha comprendido que es un mal y un absurdo.

Unas cuantas personas excepcionalmente fuertes y coherentes actúan así. Habiendo comprendido la estupidez de la broma que se les ha jugado, y habiendo comprendido que es mejor estar muerto que estar vivo, y que lo mejor de todo es no existir, actúan en consecuencia y ponen fin prontamente a esta broma estúpida, ya que hay medios:

  • una cuerda alrededor del cuello,
  • el agua,
  • un cuchillo para clavárselo en el corazón,
  • o los trenes de los ferrocarriles;

y el número de aquellos de nuestro círculo que actúan de este modo es cada vez mayor, y en su mayor parte actúan así en el mejor momento de su vida, cuando la fuerza de su mente está en pleno apogeo y aún se han adquirido pocos hábitos degradantes para la mente.

Vi que este era el modo más digno de escapar y deseé adoptarlo.

La cuarta salida es la de la debilidad. Consiste en ver la verdad de la situación y, sin embargo, aferrarse a la vida, sabiendo de antemano que de ello no puede salir nada. Las personas de este tipo saben que la muerte es mejor que la vida, pero al no tener la fuerza para actuar racionalmente —para acabar pronto con el engaño y suicidarse— parecen esperar algo. Esta es la huida de la debilidad, porque si sé qué es lo mejor y está en mi poder, ¿por qué no ceder ante lo mejor?

… Me encontré en esa categoría.

Así que la gente de mi clase elude la terrible contradicción de cuatro maneras. Por mucho que esforzara la atención, no vi más salidas que esas cuatro.

  • Una forma era no comprender que la vida carece de sentido, que es vanidad y un mal, y que es mejor no vivir. Yo no podía dejar de saberlo, y una vez que lo supe, no pude cerrar los ojos ante ello.
  • La segunda forma era aprovechar la vida tal como es sin pensar en el porvenir. Y yo no podía hacer eso. Yo, al igual que Sakya Muni, no podía salir a cazar cuando sabía que existen la vejez, el sufrimiento y la muerte. Mi imaginación era demasiado viva. Tampoco podía regocijarme con los accidentes pasajeros que por un instante me deparaban un placer.
  • La tercera forma, tras haber comprendido que la vida es mala y estúpida, era ponerle fin suicidándose. Yo lo comprendía, pero por alguna razón aún no me mataba.
  • La cuarta forma era vivir como Salomón y Schopenhauer —sabiendo que la vida es una estúpida broma que se nos gastó, y aun así seguir viviendo, aseándose, vistiéndose, cenando, hablando y hasta escribiendo libros.

Esto me resultaba repulsivo y atormentador, pero seguí en esa posición.

Comprendo ahora que si no me suicidé, se debió a cierta conciencia tenue de la invalidez de mis pensamientos.

Por convincente e indudable que me pareciera la secuencia de mis pensamientos y de los de los sabios que nos han llevado a la admisión de la insensatez de la vida, persistía en mí una vaga duda sobre la justicia de mi conclusión.

Fue así: yo, mi razón, he reconocido que la vida carece de sentido. Si no hay nada superior a la razón (y no lo hay: nada puede demostrar que lo haya), entonces la razón es la creadora de la vida para mí. Si la razón no existiera, para mí no habría vida. ¿Cómo puede la razón negar la vida cuando es la creadora de la vida?

O dicho de otra manera: de no haber vida, mi razón no existiría; por lo tanto, la razón es hija de la vida.

La vida es el todo. ¡La razón es su fruto, pero la razón rechaza la vida misma! Sentí que algo andaba mal aquí.

La vida es un mal insensato, eso es seguro, me dije a mí mismo.

Sin embargo, he vivido y sigo viviendo, y toda la humanidad vivió y vive. ¿Cómo es eso? ¿Por qué vive, cuando es posible no vivir? ¿Es que solo Schopenhauer y yo somos lo suficientemente sabios como para comprender la insensatez y el mal de la vida?

El razonamiento que muestra la vanidad de la vida no es tan difícil, y desde hace mucho tiempo es familiar para la gente más sencilla; sin embargo, han vivido y siguen viviendo. ¿Cómo es que todos ellos viven y jamás piensan en dudar de la racionalidad de la vida?

Mi conocimiento, confirmado por la sabiduría de los sabios, me ha demostrado que todo en la tierra —lo orgánico y lo inorgánico— está de lo más ingeniosamente dispuesto; solo mi propia posición es estúpida. ¡Y esos necios —las enormes masas de gente— no saben nada de cómo está dispuesto todo lo orgánico e inorgánico en el mundo; pero viven, y les parece que su vida está muy sensatamente dispuesta! ⁠…

Y me sobrecogió la idea: «Pero ¿y si hay algo que aún no sé? La ignorancia actúa precisamente así. La ignorancia dice siempre justo lo que yo estoy diciendo. Cuando no conoce algo, dice que lo que no conoce es estúpido. En efecto, parece que hay toda una humanidad que vivió y vive como si comprendiera el sentido de su vida, pues sin comprenderlo no podría vivir; pero yo digo que toda esta vida carece de sentido y que yo no puedo vivir».

«Nada nos impide negar la vida mediante el suicidio. Pues bien, mátate y no discutas más. Si la vida te disgusta, ¡mátate! Vives y no puedes comprender el sentido de la vida, entonces acaba con ella, y no andes tonteando por la vida diciendo y escribiendo que no la comprendes. Has entrado en buena compañía, donde la gente está satisfecha y sabe lo que hace; si te aburre y te resulta repulsiva, ¡vete!».

En verdad, ¿qué somos quienes estamos convencidos de la necesidad del suicidio y, sin embargo, no nos decidimos a cometerlo, sino los más débiles, inconsecuentes y, para decirlo sin rodeos, los más estúpidos de los hombres, que aleteamos con nuestra propia estupidez como un necio aletea con una zorra pintarrajeada? Pues nuestra sabiduría, por indudable que sea, no nos ha dado el conocimiento del sentido de nuestra vida. Pero todo el género humano que sostiene la vida —millones de ellos— no duda del sentido de la vida.

En efecto, desde el tiempo más remoto del que tengo noticia, cuando comenzó la vida, la gente ha vivido conociendo el argumento sobre la vanidad de la vida que me ha mostrado su insensatez, y sin embargo ha vivido atribuyéndole algún sentido.

Desde el momento en que comenzó cualquier vida entre los hombres, tuvieron ese sentido de la vida, y llevaron esa vida que ha descendido hasta mí. Todo lo que está en mí y a mi alrededor, todo, corpóreo e incorpóreo, es el fruto de su conocimiento de la vida. Esos mismos instrumentos del pensamiento con los que considero esta vida y la condeno fueron concebidos, no por mí, sino por ellos. Yo mismo nací, fui enseñado y criado gracias a ellos. Ellos extrajeron el hierro, nos enseñaron a cortar los bosques, domesticaron las vacas y los caballos, nos enseñaron a sembrar trigo y a vivir juntos, organizaron nuestra vida y me enseñaron a pensar y a hablar. ¡Y yo, su producto, alimentado, provisto de bebida, enseñado por ellos, que pienso con sus pensamientos y palabras, he sostenido que son un absurdo!

«Algo va mal —me dije—. Me he equivocado en alguna parte».

Pero tardé mucho tiempo en descubrir dónde estaba el error.

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