John A. Hobson
Ninguna simple acumulación de hechos y cifras aducidos para ilustrar la naturaleza económica del nuevo imperialismo bastará para disipar la ilusión popular de que el uso de la fuerza nacional para asegurar nuevos mercados mediante la anexión de nuevos territorios es una política sólida y necesaria para un país industrial avanzado como la Gran Bretaña.
Se ha demostrado de hecho que las recientes anexiones de países tropicales, conseguidas a gran costo, han proporcionado mercados pobres y precarios; que nuestro comercio total con nuestras posesiones coloniales es virtualmente estancativo, y que nuestro comercio más lucrativo y progresivo se realiza con naciones industriales rivales, cuyos territorios no tenemos deseo de anexarnos, cuyos mercados no podemos forzar, y cuyo antagonismo activo estamos provocando con nuestra política expansionista.
Pero estos argumentos no son concluyentes. Los imperialistas pueden argumentar lo siguiente:
«Debemos tener mercados para nuestras manufacturas en crecimiento, debemos tener nuevas salidas para la inversión de nuestro capital excedente y para las energías del excedente aventurero de nuestra población: dicha expansión es una necesidad vital para una nación con nuestros grandes y crecientes poderes de producción».
Una proporción cada vez mayor de nuestra población se dedica a las manufacturas y al comercio de las ciudades, y depende así, para su subsistencia y trabajo, de alimentos y materias primas de tierras extranjeras. Para comprar y pagar estas cosas debemos vender nuestros productos en el extranjero.
Durante las tres cuartas partes del siglo pudimos hacerlo sin dificultad mediante una expansión natural del comercio con las naciones continentales y nuestras colonias, las cuales estaban todas muy por detrás de nosotros en las artes principales de la manufactura y el transporte marítimo.
Mientras Inglaterra mantuvo un monopolio virtual de los mercados mundiales para ciertas clases importantes de productos manufacturados, el imperialismo fue innecesario.
Durante los últimos treinta años esta supremacía manufacturera y comercial se ha visto muy mermada: otras naciones, especialmente Alemania, Estados Unidos y Bélgica, han avanzado con gran rapidez y, aunque no han aplastado ni detenido el crecimiento de nuestro comercio exterior, su competencia hace cada vez más difícil dar salida con beneficios al excedente total de nuestras manufacturas.
Las incursiones realizadas por estas naciones en nuestros antiguos mercados, incluso en nuestras propias posesiones, hacen sumamente urgente que adoptemos medidas enérgicas para asegurar nuevos mercados.
Estos nuevos mercados deben hallarse en países hasta ahora no desarrollados, principalmente en los trópicos, donde vive una vasta población capaz de desarrollar necesidades económicas que nuestros fabricantes y comerciantes puedan abastecer.
Nuestros rivales están acaparando y anexionándose territorios con fines similares y, cuando los han anexionado, los cierran a nuestro comercio.
La diplomacia y las armas de Gran Bretaña deben utilizarse para obligar a los dueños de los nuevos mercados a comerciar con nosotros: y la experiencia demuestra que el medio más seguro de asegurar y desarrollar dichos mercados es mediante el establecimiento de «protectorados» o mediante la anexión.
El valor actual de estos mercados no debe tomarse como una prueba definitiva de la economía de tal política; el proceso de educar las necesidades civilizadas que podemos satisfacer es por necesidad gradual, y el costo de tal imperialismo debe considerarse como un gasto de capital, cuyos frutos cosechará la posteridad.
Los nuevos mercados quizás no sean grandes, pero constituyen salidas útiles para el excedente de nuestras grandes industrias textiles y metálicas y, cuando se alcance a las vastas poblaciones asiáticas y africanas del interior, cabe esperar una rápida expansión del comercio.
“Far larger and more important is the pressure of capital for external fields of investment.
Moreover, while the manufacturer and trader are well content to trade with foreign nations, the tendency for investors to work towards the political annexation of countries which contain their more speculative investments is very powerful.
Of the fact of this pressure of capital there can be no question. Large savings are made which cannot find any profitable investment in this country; they must find employment elsewhere, and it is to the advantage of the nation that they should be employed as largely as possible in lands where they can be utilised in opening up markets for British trade and employment for British enterprise.
“Por muy costoso y muy peligroso que pueda ser este proceso de expansión imperial, es necesario para la subsistencia y el progreso continuos de nuestra nación; [22] si lo abandonáramos, tendríamos que conformarnos con dejar el desarrollo del mundo a otras naciones, las cuales socavarán nuestro comercio en todas partes y mermarán incluso nuestros medios para asegurar los alimentos y las materias primas que necesitamos para mantener a nuestra población. Se ve así que el imperialismo no es una elección, sino una necesidad”.
La fuerza práctica de este argumento económico en la política se ilustra de manera llamativa con la historia reciente de los Estados Unidos.
He aquí un país que de repente rompe con una política conservadora, firmemente sostenida por ambos partidos políticos, vinculada a todo instinto y tradición popular, y se arroja a una rápida carrera imperial para la cual no posee ni el equipo material ni el moral, poniendo en riesgo los principios y las prácticas de la libertad y la igualdad mediante el establecimiento del militarismo y la subyugación forzosa de pueblos a los que no puede admitir sin peligro en la condición de ciudadanía estadounidense.
¿Es esto un mero capricho extravagante del nacionalismo exaltado (spread-eaglism), un estallido de ambición política por parte de una nación que toma súbita conciencia de su destino? En absoluto.
El espíritu de aventura, la «misión de civilización» estadounidense, son, como fuerzas que propician el imperialismo, claramente subordinadas al motor impulsor del factor económico.
El carácter dramático del cambio se debe a la rapidez sin precedentes de la revolución industrial en los Estados Unidos durante las últimas dos décadas. Durante dicho período, los Estados Unidos, con sus recursos naturales incomparables, sus inmensas reservas de mano de obra cualificada y no cualificada, y su genio para la invención y la organización, han desarrollado la economía manufacturera mejor equipada y más productiva que el mundo ha visto hasta ahora.
Fomentadas por aranceles protectores rígidos, sus manufacturas del metal, textiles, de herramientas, de la confección, del mueble y de otros sectores han pasado en una sola generación de la infancia a la plena madurez y, tras haber atravesado un período de intensa competencia, están alcanzando, bajo la hábil dirección de los grandes creadores de trusts, un poder de producción mayor que el alcanzado en los países industriales más avanzados de Europa.
Una era de competencia encarnizada, seguida de un rápido proceso de amalgamación, ha arrojado una inmensa cantidad de riqueza en manos de un pequeño número de capitanes de la industria.
Ningún lujo de vida al que esta clase pudiera aspirar estuvo a la altura de su incremento de ingresos, y se puso en marcha un proceso de ahorro automático a una escala sin precedentes.
La inversión de estos ahorros en otras industrias contribuyó a someterlas a las mismas fuerzas concentradoras. Así, un gran aumento de los ahorros en busca de inversiones rentables coincide en el tiempo con una economía más estricta en el uso del capital existente.
Sin duda, el rápido crecimiento de una población, habituada a un nivel de bienestar alto y en constante ascenso, absorbe en la satisfacción de sus necesidades una gran cantidad de nuevo capital. Pero el ritmo real de ahorro, unido a una aplicación más económica de las formas del capital existente, ha superado considerablemente el aumento del consumo nacional de manufacturas.
La capacidad de producción ha superado con creces el ritmo real de consumo y, al contrario de lo que sostenía la teoría económica clásica, ha sido incapaz de forzar un incremento correspondiente del consumo mediante la reducción de precios.
Esto no es una mera teoría. La historia de cualquiera de los numerosos trusts o combinaciones en los Estados Unidos expone los hechos con absoluta claridad.
En la libre competencia de las manufacturas que precede a la combinación, la condición crónica es la de la «sobreproducción», en el sentido de que todas las fábricas o factorías solo pueden mantenerse en funcionamiento reduciendo los precios hasta un punto en el que los competidores más débiles se ven obligados a cerrar, porque no pueden vender sus productos a un precio que cubra el costo real de producción.
El primer resultado de la formación exitosa de un trust o combinación es el cierre de las fábricas peor equipadas o peor situadas, y el abastecimiento de todo el mercado a partir de aquellas mejor equipadas y mejor situadas. Este curso de acción puede ir acompañado o no de un aumento de los precios y de cierta restricción del consumo: en algunos casos los trusts obtienen la mayor parte de sus beneficios elevando los precios, en otros reduciendo los costos de producción mediante el empleo exclusivo de las mejores fábricas y la detención del despilfarro de la competencia.
Para el argumento actual no importa cuál camino se tome; el punto es que esta concentración de la industria en «trusts», «combines», etc., limita de inmediato la cantidad de capital que puede emplearse eficazmente e incrementa la porción de beneficios de la cual surgirán nuevos ahorros y nuevo capital.
Es bastante evidente que un trust motivado por una competencia encarnizada, debida a un exceso de capital, no puede encontrar normalmente dentro de la industria «confederada» empleo para aquella porción de los beneficios que los creadores del trust desean ahorrar e invertir.
Las nuevas invenciones y otras economías de producción o distribución dentro del sector comercial pueden absorber parte del nuevo capital, pero existen límites estrictos para esta absorción. El creador del trust de petróleo o azúcar debe encontrar otras inversiones para sus ahorros: si es de los primeros en aplicar los principios de combinación a su sector, aplicará naturalmente su capital excedente para establecer combinaciones similares en otras industrias, economizando capital todavía más y haciendo cada vez más difícil para los ahorradores corrientes encontrar inversiones para sus ahorros.
En verdad, las condiciones tanto de la competencia feroz como de la concentración atestiguan el embotamiento del capital en las industrias manufactureras que han entrado en la economía maquinizada.
No nos ocupamos aquí de ninguna cuestión teórica sobre la posibilidad de producir mediante métodos modernos de máquina más bienes de los que pueden encontrar mercado. Basta señalar que la capacidad manufacturera de un país como los Estados Unidos puede crecer tan rápidamente como para superar las demandas del mercado interno.
Nadie familiarizado con el comercio negará un hecho que todos los economistas estadounidenses afirman: que esta es la condición a la que los Estados Unidos han llegado en los últimos años, en lo que respecta a las industrias más desarrolladas. Sus manufacturas están saturadas de capital y no pueden absorber más.
Uno tras otro buscan refugio contra los estragos de la competencia en «trusts» que aseguran una medida de paz lucrativa mediante la restricción de la cantidad de capital operante. Los príncipes industriales y financieros del petróleo, el acero, el azúcar, los ferrocarriles, la banca, etc., se enfrentan al dilema de gastar más de lo que saben gastar o de forzar los mercados fuera del territorio nacional.
Se les abren dos caminos económicos, ambos conducentes al abandono del aislamiento político del pasado y a la adopción de métodos imperialistas en el futuro.
En lugar de cerrar las fábricas menos productivas y restringir rígidamente la producción para que se corresponda con las ventas rentables en los mercados nacionales, pueden emplear toda su capacidad productiva, destinando sus ahorros a aumentar su capital comercial y, al tiempo que siguen regulando la producción y los precios para el mercado interno, pueden «empujar» en busca de mercados extranjeros, colocándose sus excedentes a precios que no serian posibles de no ser por la naturaleza lucrativa de su mercado nacional.
Del mismo modo, podrán emplear sus ahorros en buscar inversiones fuera de su país, pagando primero el capital tomado en préstamo de la Gran Bretaña y otros países para el desarrollo inicial de sus ferrocarriles, minas y manufacturas, y convirtiéndose después ellos mismos en una clase acreedora para los países extranjeros.
Es esta repentina demanda de mercados extranjeros para productos manufacturados y para inversiones la que es declaradamente responsable de la adopción del Imperialismo como política y práctica política por parte del partido Republicano, al cual pertenecen los grandes jefes industriales y financieros, y el cual les pertenece a ellos.
El entusiasmo aventurero del presidente Roosevelt y de su partido del «destino manifiesto» y de la «misión de civilización» no deben engañarnos. Son los señores Rockefeller, Pierpont Morgan, Hanna, Schwab y sus asociados quienes necesitan el Imperialismo y quienes se lo están imponiendo sobre los hombros a la gran República de Occidente.
Necesitan el Imperialismo porque desean utilizar los recursos públicos de su país para encontrar una colocación rentable para el capital que, de otro modo, sería superfluo.
No es en verdad necesario poseer un país para comerciar con él o para invertir capital en él, y sin duda los Estados Unidos pueden encontrar cierta salida para sus excedentes de mercancías y de capital en los países europeos.
Pero estos países son en su mayor parte capaces de proveer por sí mismos: la mayoría de ellos han erigido aranceles contra las importaciones manufactureras, e incluso se insta a la Gran Bretaña a defenderse recurriendo al proteccionismo.
Los grandes fabricantes y financieros estadounidenses se verán obligados a buscar en China, el Pacífico y América del Sur sus oportunidades más lucrativas; proteccionistas por principio y por práctica, insistirán en conseguir un monopolio de estos mercados tan cerrado como puedan asegurar, y la competencia de Alemania, Inglaterra y otras naciones comerciales los impulsará a establecer relaciones políticas especiales con los mercados que más valoran.
Cuba, Filipinas y Hawái no son sino el hors d’œuvre para abrir el apetito de un banquete más amplio.
Además, el poderoso control sobre la política que poseen estos magnates industriales y financieros constituye un estímulo independiente que, como hemos demostrado, opera en la Gran Bretaña y en otros lugares; el gasto público en la búsqueda de una carrera imperial será una inmensa fuente adicional de ganancia para estos hombres, en calidad de financieros que negocian empréstitos, constructores y armadores de buques que gestionan subsidios, contratistas y fabricantes de armamentos y otros artefactos imperialistas.
La brusquedad de esta revolución política se debe a la rápida manifestación de la necesidad. Durante un período de diez años, Estados Unidos ha casi triplicado el valor de su comercio de exportación manufacturera y, si el ritmo de progreso de los últimos años continúa, dentro de esta década superará a nuestro comercio de exportación, que avanza más lentamente, y ocupará el primer puesto en la lista de naciones exportadoras de manufacturas. [23]
Esta es la ambición declarada, y no vana, de los hombres de negocios más astutos de Estados Unidos; y con los recursos naturales, la mano de obra y el talento administrativo de que disponen, es muy probable que alcancen su objetivo. [24]
Un control más fuerte y directo sobre la política ejercido en América por los hombres de negocios les permite avanzar más rápida y directamente en la línea de sus intereses económicos que en Gran Bretaña.
El imperialismo americano es el producto natural de la presión económica de un avance repentino del capitalismo que no encuentra ocupación en el país y necesita mercados extranjeros para sus mercancías y sus inversiones.
Las mismas necesidades existen en los países europeos y, como se admite, empujan a los Gobiernos por el mismo camino.
La superproducción en el sentido de una planta industrial excesiva y de un capital excedente que no encuentra inversiones seguras dentro del país, obligan a la Gran Bretaña, a Alemania, a Holanda, a Francia a colocar porciones cada vez mayores de sus recursos económicos fuera del área de su dominio político actual, y estimulan luego una política de expansión política para absorber las nuevas áreas.
Las fuentes económicas de este movimiento quedan al descubierto debido a las periódicas crisis comerciales causadas por la incapacidad de los productores para encontrar mercados adecuados y lucrativos para lo que pueden producir.
El Informe de la Mayoría de la Comisión sobre la Depresión del Comercio de 1885 resumió el asunto en pocas palabras.
«Que, debido a la naturaleza de los tiempos, la demanda de nuestros productos no aumenta al mismo ritmo que antes; que nuestra capacidad de producción es, por consiguiente, superior a nuestras necesidades, y podría aumentarse considerablemente en poco tiempo; que esto se debe en parte a la competencia del capital que se va acumulando constantemente en el país».
El Informe de la Minoría atribuye directamente esta situación a la «sobreproducción».
Alemania sufre en la actualidad gravemente de lo que se denomina un exceso de capital y de poder manufacturero: debe tener nuevos mercados; sus cónsules en todo el mundo se “esfuerzan” por conseguir comercio; se imponen asentamientos comerciales a Asia Menor; en África oriental y occidental, en China y en otras partes, el Imperio alemán se ve impulsado a una política de colonización y protectorados como vías de salida para la energía comercial alemana.
Cada mejora en los métodos de producción, cada concentración de la propiedad y del control, parece acentuar la tendencia.
A medida que una nación tras otra ingresa en la economía de máquinas y adopta métodos industriales avanzados, resulta más difícil para sus fabricantes, comerciantes y financieros disponer lucrativamente de sus recursos económicos, y se sienten cada vez más tentados a utilizar a sus Gobiernos con el fin de asegurar para su uso particular algún país distante y no desarrollado mediante la anexión y la protección.
Se nos dirá que el proceso es inevitable, y así parece tras una inspección superficial.
Por todas partes aparecen poderes excesivos de producción, capital excesivo en busca de inversión. Todos los hombres de negocios admiten que el crecimiento de los poderes de producción en su país supera al crecimiento del consumo, que se pueden producir más bienes de los que se pueden vender con ganancia y que existe más capital del que puede encontrar una inversión remuneradora.
Es esta condición económica de los asuntos la que constituye la raíz principal del imperialismo.
Si el público consumidor de este país elevara su nivel de consumo para marchar al mismo ritmo que cada aumento de las fuerzas productivas, no podría haber un exceso de bienes o de capital que reclamara con insistencia el uso del imperialismo para encontrar mercados: el comercio exterior existiría, sin duda, pero no habría dificultad alguna en cambiar un pequeño excedente de nuestras manufacturas por los alimentos y materias primas que consumíamos anualmente, y todos los ahorros que realizábamos podrían encontrar empleo, si así lo deseábamos, en las industrias nacionales.
No hay nada intrínsecamente irracional en tal suposición.
Todo lo que es, o puede ser, producido, puede ser consumido, ya que un derecho sobre este, en forma de renta, beneficio o salarios, forma parte de la renta real de algún miembro de la comunidad, y este puede consumirlo, o bien cambiarlo por otro bien consumible con otra persona que lo consumirá.
Con todo lo que se produce nace un poder de consumo.
Si existen entonces bienes que no pueden llegar a consumirse, o que ni siquiera pueden llegar a producirse porque es evidente que no podrán consumirse, y si hay una cantidad de capital y trabajo que no puede obtener pleno empleo porque sus productos no pueden llegar a consumirse, la única explicación posible de esta paradoja es la negativa de los propietarios del poder de consumo a aplicar dicho poder en una demanda efectiva de mercancías.
Es, por supuesto, posible que exista un exceso de capacidad productiva en industrias particulares debido a una mala orientación, al dedicarse a ciertas manufacturas cuando debería haberse dedicado a la agricultura u otro uso.
Pero nadie puede sostener seriamente que dicha mala orientación explique las recurrentes congestiones y las consiguientes depresiones de la industria moderna, o que, cuando la sobreproducción se manifiesta en las principales manufacturas, existan amplias vías abiertas para el capital y el trabajo excedentes en otras industrias.
El carácter general del exceso de capacidad productiva queda demostrado por la existencia en tales momentos de grandes reservas bancarias de dinero inactivo que busca cualquier tipo de inversión rentable y no encuentra ninguna.
Las cuestiones fundamentales que subyacen a los fenómenos son claramente estas: «¿Por qué el consumo no sigue automáticamente el ritmo en una comunidad con capacidad de producción?» «¿Por qué se produce el subconsumo o el sobreahorro?» Pues resulta evidente que el poder de consumo, que de ejercerse mantendría tensas las riendas de la producción, se retiene en parte, o en otras palabras, se «ahorra» y se acumula para la inversión. Todo ahorro destinado a la inversión no implica flojedad en la producción; muy al contrario. El ahorro se justifica económicamente, desde el punto de vista social, cuando el capital en el que toma forma material encuentra pleno empleo al ayudar a producir bienes que, una vez producidos, serán consumidos. Es el ahorro que excede esta cantidad el que causa estragos, tomando la forma de un capital excedente que no se necesita para atender el consumo actual, y que o bien permanece ocioso, o bien intenta desplazar de su empleo al capital existente, o bien busca un uso especulativo en el extranjero bajo la protección del Gobierno.
Pero se podrá preguntar: «¿Por qué ha de haber alguna tendencia al sobreahorro?, ¿por qué los propietarios de poder de consumo habrían de retener para el ahorro una cantidad mayor de la que puede emplearse útilmente?».
Otra forma de plantear la misma pregunta es esta: «¿Por qué la presión de las necesidades actuales no ha de marchar al mismo paso que cualquier posibilidad de satisfacerlas?».
La respuesta a estas pertinentes cuestiones nos conduce al problema más amplio de la distribución de la riqueza.
- Si operara una tendencia a distribuir los ingresos o el poder de consumo según las necesidades, es evidente que el consumo aumentaría con cada incremento del poder de producción, pues las necesidades humanas son ilimitadas y no podría haber un exceso de ahorro.
- Pero sucede muy al contrario en un estado de sociedad económica donde la distribución no guarda una relación fija con las necesidades, sino que está determinada por otras condiciones que asignan a algunas personas un poder de consumo enormemente superior a sus necesidades o usos posibles, mientras que otras carecen del poder de consumo suficiente para satisfacer siquiera las demandas plenas de la eficiencia física.
La siguiente ilustración puede servir para aclarar la cuestión.
«El volumen de producción ha ido aumentando constantemente debido al desarrollo de la maquinaria moderna. Hay dos canales principales para dar salida a estos productos: un canal que da salida al producto destinado a ser consumido por los trabajadores, y el otro canal que da salida al resto para los ricos.
El canal de los trabajadores se encuentra entre orillas rocosas que no pueden ensancharse, debido a que el sistema de salarios competitivos impide que los salarios aumenten pro rata con el incremento de la eficiencia. Los salarios se basan en el costo de vida, y no en la eficiencia del trabajo.
El minero de la mina pobre recibe el mismo jornal diario que el minero de la mina rica contigua. El propietario de la mina rica obtiene la ventaja, no su jornalero.
El canal que transporta los bienes destinados a abastecer a los ricos se divide a su vez en dos corrientes.
- Una corriente se lleva lo que los ricos «gastan» en sí mismos para las necesidades y los lujos de la vida.
- La otra es simplemente una corriente de «desborde» que se lleva sus «ahorros».
El canal del gasto, es decir, la cantidad que los ricos despilfarran en lujos, puede ensancharse un poco, pero debido al pequeño número de personas lo suficientemente ricas como para permitirse caprichos, nunca podrá ampliarse en gran medida y, en cualquier caso, guarda una proporción tan pequeña con el otro canal que en ningún caso cabe albergar muchas esperanzas de evitar una inundación de capital a partir de esta división. Los ricos nunca serán tan ingeniosos como para gastar lo suficiente como para impedir la sobreproducción.
El gran canal de desborde de seguridad, que se ha ido ensanchando y profundizando continuamente para dar salida a la creciente inundación de nuevo capital, es esa división de la corriente que transporta los ahorros de los ricos, y esta no sólo se descubre de repente incapaz de sufrir una mayor ampliación, sino que de hecho parece estar en vías de ser obstruida». [25]
Aunque esta presentación exagera la brecha entre ricos y pobres y sobredimensiona la debilidad de los trabajadores, expresa con fuerza y sensatez una verdad económica importantísima y poco reconocida.
El caudal de «desborde» de los ahorros, por supuesto, no se alimenta exclusivamente del excedente de ingresos de «los ricos»; las clases medias profesionales e industriales, y en cierta medida los trabajadores, también contribuyen. Pero la «inundación» se debe claramente al ahorro automático del excedente de ingresos de los hombres ricos.
Esto es, por supuesto, particularmente cierto en Estados Unidos, donde los multimillonarios surgen rápidamente y se ven en posesión de ingresos que superan con creces las demandas de cualquier capricho que les sea conocido.
Para completar la metáfora, debe representarse al flujo desbordado reingresando en el cauce de la producción y buscando vaciar allí todos los «ahorros» que transporta.
Allí donde la competencia sigue siendo libre, el resultado es una congestión crónica del poder productivo y de la producción, que fuerza a la baja los precios internos, malgasta grandes sumas en publicidad y en la búsqueda de pedidos, y provoca periódicamente una crisis seguida de un colapso, durante el cual cantidades de capital y de trabajo permanecen desempleadas y sin remuneración.
El objetivo principal del trust u otro cártel es remediar este despilfarro y esta pérdida sustituyendo la sobreproducción imprudente por la regulación de la producción.
Al lograr esto, en realidad estrecha o incluso bloquea los antiguos canales de inversión, limitando el flujo desbordado a la cantidad exacta requerida para mantener la corriente normal de producción.
Pero esta limitación rígida del comercio, aunque necesaria para la economía separada de cada trust, no le conviene al creador del trust, quien se ve impulsado a compensar la industria estrictamente regulada en el país abriendo nuevos canales extranjeros como salidas para su poder productivo y sus ahorros excesivos.
Así llegamos a la conclusión de que el imperialismo es el esfuerzo de los grandes magnates de la industria por ensanchar el cauce para el flujo de su riqueza excedente mediante la búsqueda de mercados extranjeros e inversiones en el extranjero que absorban los bienes y el capital que no pueden vender o utilizar en el país.
La falacia de la supuesta inevitabilidad de la expansión imperial como vía de salida necesaria para la industria progresiva es hoy manifiesta.
No es el progreso industrial el que exige la apertura de nuevos mercados y zonas de inversión, sino la mala distribución del poder adquisitivo, que impide la absorción de mercancías y capital dentro del país.
El sobreahorro, que constituye la raíz económica del anclaje del Imperialismo, resulta ser, tras un análisis, un conjunto de rentas, beneficios monopólicos y otros elementos de ingresos no ganados o excesivos que, al no ser obtenidos mediante el trabajo intelectual o manual, carecen de un raison d’être legítimo.
Al no guardar relación natural con el esfuerzo de producción, no impulsan a quienes los reciben hacia ninguna satisfacción de consumo correspondiente: conforman una riqueza excedente que, al no tener un lugar adecuado en la economía normal de producción y consumo, tiende a acumularse en forma de ahorros excesivos.
Si cualquier giro en la marea de las fuerzas político-económicas desviara de estos propietarios su exceso de ingresos y lo hiciera fluir, ya sea hacia los trabajadores en forma de salarios más altos, o hacia la comunidad en forma de impuestos —de modo que se gaste en lugar de ahorrarse, sirviendo de cualquiera de ambas maneras para hacer crecer la marea del consumo—, no habrá necesidad de luchar por mercados extranjeros o zonas de inversión extranjeras.
Muchos han llevado su análisis hasta el punto de comprender lo absurdo que resulta gastar la mitad de nuestros recursos financieros en luchar por asegurar mercados extranjeros en momentos en que bocas hambrientas, espaldas mal vestidas y casas mal amuebladas indican innumerables necesidades materiales insatisfechas entre nuestra propia población.
Si podemos tomar como guía las minuciosas estadísticas del Sr. Rowntree [26], seremos conscientes de que más de una cuarta parte de la población de nuestras ciudades vive con un nivel inferior a la mera eficiencia física.
Si, mediante algún reajuste económico, los productos que fluyen del excedente de ahorro de los ricos para engrosar las corrientes de desbordamiento pudieran desviarse de modo que elevaran los ingresos y el nivel de consumo de este cuarto ineficiente, no habría necesidad de un Imperialismo agresivo, y la causa de la reforma social habría obtenido su mayor victoria.
No es inherente a la naturaleza de las cosas que debamos gastar nuestros recursos naturales en militarismo, guerra y diplomacia arriesgada y sin escrúpulos para encontrar mercados para nuestros bienes y el capital excedente.
Una comunidad progresista e inteligente, basada en una sustancial igualdad de oportunidades económicas y educativas, elevará su nivel de consumo para corresponder a cada aumento en el poder de producción, y podrá encontrar pleno empleo para una cantidad ilimitada de capital y trabajo dentro de los límites del país que ocupa.
Donde la distribución de los ingresos es tal que permite a todas las clases de la nación convertir sus necesidades sentidas en una demanda efectiva de mercancías, no puede haber superproducción, ni subempleo de capital y trabajo, ni necesidad de luchar por mercados extranjeros.
La condena más convincente de la economía actual se transmite en la dificultad que los productores experimentan en todas partes para encontrar consumidores para sus productos: un hecho del que dan testimonio el crecimiento prodigioso de las clases de agentes e intermediarios, la multiplicación de todo tipo de publicidad y el aumento general de las clases de distribución.
Bajo una economía sana, la presión se invertiría: las crecientes necesidades de las sociedades progresistas serían un estímulo constante para las energías inventivas y operativas de los productores, y ejercerían una tensión constante sobre las capacidades de producción.
El exceso simultáneo de todos los factores de producción, de lo cual dan testimonio los períodos de depresión comercial que se repiten con frecuencia, es una muestra dramática de la falsa economía de la distribución. No implica un mero cálculo erróneo en la aplicación del poder productivo, ni un breve exceso temporal de ese poder; manifiesta de forma aguda un desperdicio económico que es crónico y general en todas las naciones industriales avanzadas, un desperdicio contenido en el divorcio entre el deseo de consumir y el poder de consumir.
Si la distribución de la renta fuera tal que no provocara un ahorro excesivo, en el país se proporcionaría un pleno y constante empleo para el capital y el trabajo.
Esto, por supuesto, no implica que no hubiera comercio exterior. Los bienes que no pudieran producirse en el país, o producirse tan bien o tan baratos, seguirían comprándose mediante el proceso ordinario de intercambio internacional, pero también aquí la presión sería la presión saludable del consumidor ansioso por comprar en el extranjero lo que no podía comprar en el país, y no la urgencia ciega del productor por utilizar todas las fuerzas o ardides del comercio o de la política para encontrar mercados para sus productos «excedentarios».
La lucha por los mercados, el mayor afán de los productores por vender que de los consumidores por comprar, es la prueba definitiva de una falsa economía de la distribución.
El imperialismo es el fruto de esta falsa economía; la «reforma social» es su remedio.
El propósito primordial de la «reforma social», empleando el término en su acepción económica, es elevar el nivel saludable del consumo privado y público de una nación, a fin de permitir que la nación esté a la altura de su más alto nivel de producción.
Incluso aquellos reformadores sociales que apuntan directamente a abolir o reducir alguna mala forma de consumo, como en el movimiento por la Templanza, por lo general reconocen la necesidad de sustituirla por alguna mejor forma de consumo actual que sea más educativa y estimulante de otros gustos, y que ayude a elevar el nivel general de consumo.
No hay necesidad de abrir nuevos mercados extranjeros; los mercados nacionales son capaces de una expansión indefinida.
Todo lo que se produce en Inglaterra puede consumirse en Inglaterra, siempre que el «ingreso», o el poder de demanda de mercancías, esté debidamente distribuido.
Esto solo parece falso debido a la especialización antinatural e insalubre a la que ha sido sometido este país, basada en una mala distribución de los recursos económicos, lo que ha inducido un crecimiento desmedido de ciertas ramas manufactureras con el propósito expreso de efectuar ventas al exterior.
Si la revolución industrial hubiera tenido lugar en una Inglaterra fundamentada en el acceso igualitario de todas las clases a la tierra, la educación y la legislación, la especialización en las manufacturas no habría llegado tan lejos (aunque se habría logrado un progreso más inteligente, debido a la ampliación del área de selección de los talentos inventivos y organizativos); el comercio exterior habría sido menos importante, aunque más estable; el nivel de vida de todos los sectores de la población habría sido alto, y la tasa actual de consumo nacional probablemente habría proporcionado un empleo pleno, constante y remunerativo a una cantidad mucho mayor de capital privado y público de la que se emplea ahora. [27]
Porque el ahorro excesivo o el mayor consumo atribuible a los ingresos desmedidos de los ricos constituyen una economía suicida, incluso desde el punto de vista exclusivo del capital; pues solo el consumo vitaliza el capital y lo hace capaz de rendir beneficios.
Una economía que asigna a las clases «poseedoras» un exceso de poder de consumo que no pueden utilizar, y que no pueden convertir en un capital verdaderamente útil, es una política del perro del hortelano.
Las reformas sociales que privan a las clases propietarias de su excedente no les infligirán, por tanto, el daño real que temen; solo pueden utilizar este excedente imponiendo a su país una política destructiva de imperialismo.
La única seguridad de las naciones radica en retirar los incrementos de ingresos no ganados a las clases propietarias y sumarlos a los ingresos salariales de las clases trabajadoras o a los ingresos públicos, con el fin de que puedan gastarse en elevar el nivel de consumo.
La reforma social se bifurca según los reformadores busquen alcanzar este fin mediante el aumento de los salarios o mediante el incremento de los impuestos y el gasto públicos. Estos rumbos no son esencialmente contradictorios, sino más bien complementarios.
Los movimientos de la clase obrera aspiran, ya sea mediante la cooperación privada o mediante la presión política sobre el gobierno legislativo y administrativo, a aumentar la proporción de la renta nacional que recae en el trabajo en forma de salarios, pensiones, indemnizaciones por lesiones, etc.
El socialismo de Estado aspira a obtener para el uso directo de toda la sociedad una mayor parte de los «valores sociales» que surgen del trabajo estrecha y esencialmente cooperativo de una sociedad industrial, gravando la propiedad y las rentas de modo que se atraigan a las arcas públicas para el gasto público los «elementos no ganados» de la renta, dejando a los productores individuales aquellas rentas que son necesarias para inducirles a aplicar de la mejor manera sus energías económicas, y a las empresas privadas aquellos negocios que no engendran monopolio y que el público no necesita o no puede emprender.
Estos no son, en verdad, los únicos objetivos —ni quizás los mejor abjurados— de los movimientos de reforma social. Pero a los efectos de este análisis constituyen el núcleo.
El sindicalismo y el socialismo son, por tanto, los enemigos naturales del imperialismo, pues arrebatan a las clases «imperialistas» los ingresos excedentes que constituyen el estímulo económico del imperialismo.
Esto no pretende ser una declaración definitiva sobre las relaciones completas de estas fuerzas.
Cuando lleguemos al análisis político, percibiremos que la tendencia del imperialismo es aplastar al sindicalismo y «mellar» o explotar parasitariamente al socialismo de Estado. Pero, limitándonos por el momento al marco estrictamente económico, el sindicalismo y el socialismo de Estado pueden considerarse fuerzas complementarias alineadas contra el imperialismo en la medida en que, al desviar hacia gastos de la clase trabajadora o públicos elementos de ingreso que de otro modo serían ahorros excedentes, elevan el nivel general del consumo interno y atenúan la presión en busca de mercados extranjeros.
Por supuesto, si el aumento de los ingresos de la clase trabajadora se «ahorrara» total o principalmente en lugar de gastarse, o si la tributación de las rentas no ganadas se utilizara para aliviar otros impuestos que recaen sobre las clases pudientes, no se produciría el resultado que hemos descrito.
No hay, sin embargo, ninguna razón para anticipar este resultado a partir de medidas sindicales o socialistas. Aunque no existe un estímulo natural suficiente para obligar a las clases acomodadas a gastar en más lujos los ingresos excedentes que ahorran, todas las familias de la clase trabajadora están expuestas a poderosos estímulos de necesidades económicas, y un Estado gobernado razonablemente consideraría como su deber principal el alivio de la actual pobreza de la vida pública mediante nuevas formas de gasto socialmente útil.
Pero aquí no nos ocupamos de lo que pertenece a las cuestiones prácticas de la política económica y nacional. Es la teoría económica la que pretendemos que sea aceptada —una teoría que, de ser exacta, disipa la falsa ilusión de que la expansión del comercio exterior, y por consiguiente del imperio, es una necesidad de la vida nacional.
Considerado desde el punto de vista de la economía de la energía, el mismo «anhelo de vida» se le presenta a la nación al igual que al individuo.
Un individuo puede gastar toda su energía en adquirir posesiones externas, añadiendo campo a campo, granero a granero; fábrica a fábrica, y puede «extenderse» sobre la más amplia superficie de propiedad, amasando una riqueza material que en cierto sentido es «él mismo» al contener la impronta de su poder e interés.
Hace esto especializándose en el plano inferior y adquisitivo del interés, a costa de descuidar el cultivo de las cualidades e intereses superiores de su naturaleza.
El antagonismo no es, ciertamente, absoluto. Aristóteles ha dicho: «Primero debemos asegurar el sustento y luego practicar la virtud».
De ahí que la búsqueda de bienes materiales como base razonable para el bienestar físico sea considerada por los hombres más sabios como la verdadera economía; pero la absorción del tiempo, la energía y el interés en dicha expansión cuantitativa a costa necesaria de privar a los gustos y facultades superiores se condena como falsa economía.
El mismo problema surge en la vida comercial del individuo: es la cuestión del cultivo intensivo frente al extensivo.
Un agricultor tosco o ignorante, allí donde la tierra es abundante, tiende a dispersar su capital y su trabajo en una gran extensión, abarcando nuevas parcelas y cultivándolas mal. Un agricultor experto y científico estudiará una parcela de tierra más pequeña, la cultivará a fondo y utilizará sus diversas propiedades, adaptándola a las necesidades especiales de sus mercados más lucrativos.
Lo mismo ocurre en otros negocios; incluso allí donde la economía de la producción a gran escala es mayor, existe cierto límite más allá del cual el empresario prudente no irá, consciente de que al hacerlo arriesgará mediante una gestión debilitada lo que parece ganar con las economías mecánicas de producción y mercado.
En todas partes surge el problema del crecimiento cuantitativo frente al cualitativo. Este es todo el problema del imperio.
Un pueblo de número y energía limitados, y limitado también en la tierra que ocupa, tiene la opción de mejorar al máximo la gestión política y económica de su propio territorio, limitándose a aquellas adquisiciones de territorio que estén justificadas por la disposición más económica de una población en crecimiento; o puede proceder, como el agricultor desaliñado, a esparcir su poder y su energía por toda la tierra, tentado por el valor especulativo o los rápidos beneficios de algún nuevo mercado, o bien por la mera codicia de adquisición territorial, e ignorando los despilfarros y riesgos políticos y económicos que conlleva esta carrera imperial.
Debe quedar claramente entendido que se trata esencialmente de una elección entre alternativas; una aplicación simultánea y completa de la agricultura intensiva y extensiva es imposible.
Una nación puede, siguiendo el ejemplo de Dinamarca o Suiza, poner cerebro en la agricultura, desarrollar un sistema de educación pública finamente variado, general y técnico, aplicar la ciencia más madura a sus industrias manufactureras especiales y sostener así, con un bienestar y un carácter progresivos, a una población considerable en una superficie estrictamente limitada;
o bien puede, como la Gran Bretaña, descuidar su agricultura, permitiendo que sus tierras dejen de cultivarse y que su población crezca en las ciudades, quedarse atrás de otras naciones en sus métodos educativos y en la capacidad de adaptar a sus usos los últimos conocimientos científicos, para así dilapidar sus recursos pecuniarios y militares en la imposición de malos mercados y en la búsqueda de campos de inversión especulativos en lejanos rincones de la tierra, añadiendo millones de millas cuadradas y de población inasimilable a la superficie del Imperio.
Las fuerzas impulsoras del interés de clase que estimulan y respaldan esta falsa economía ya han sido explicadas.
Ningún remedio servirá si permite la operación futura de estas fuerzas. Es inútil atacar el imperialismo o el militarismo como expedientes o políticas políticas a menos que se tale el árbol por su raíz económica, y a las clases en cuyo beneficio trabaja el imperialismo se les despoje de los ingresos excedentes que buscan esta vía de salida.
Parte I, Capítulo VII
Notas
- “¿Y por qué razón, en efecto, se emprenden las guerras, sino para conquistar colonias que permitan el empleo de nuevo capital, para adquirir monopolios comerciales o para obtener el uso exclusivo de ciertas vías de comercio?” (Loria, Economic Foundations of Society, p. 267).
23.
Comercio de exportación de Estados Unidos, 1890-1900
Año
Agricultura
Fabricantes
Varios
£
£
£
1890
125.756.000
31.435.000
13.019.000
1891
146.617.000
33.720.000
11.731.000
1892
142,508,000
30.479.000
11.660.000
1893
123.810.000
35.484.000
11.653.000
1894
114.737.000
35.557.000
11.168.000
1885
104,143,000
40.230.000
12.174.000
1896
132.992.000
50.738.000
13.639.000
1897
146.059.000
55.923.000
13.984.000
1898
170.383.000
61.585.000
14.743.000
1899
156,427,000
76,1257,000
18.002.000
1900
180.931.000
88.281.000
21.389.000
Las estadísticas de 1907, sin embargo, muestran un claro frenazo en las exportaciones manufacturadas, marcando un descenso de unos 9.200.000 £ en comparación con las cifras de 1900.
-
“Tenemos ahora tres de las cartas ganadoras en el juego por la grandeza comercial, a saber: hierro, acero y carbón; hemos sido durante mucho tiempo el granero del mundo, ahora aspiramos a ser su taller, y luego queremos ser su cámara de compensación” (El Presidente de la Asociación de Banqueros Estadounidenses en Denver, 1898).
- The Significance of the Trust, de H.G. Wilshire.
- Poverty: A Study of Town Life.
- Los economistas clásicos de Inglaterra, a quienes sus teorías sobre la parcimonia y el crecimiento del capital les impedían albergar la noción de una expansión indefinida de los mercados internos en virtud de un nivel de bienestar nacional en constante aumento, se vieron impelidos tempranamente a respaldar la doctrina de la necesidad de encontrar mercados externos para la inversión de capital. Así, J. S. Mill:
«La expansión del capital pronto alcanzaría su límite último si el límite mismo no se abriera continuamente y dejara más espacio» (Political Economy).
Y antes que él, Ricardo (en una carta a Malthus):
«Si con cada acumulación de capital pudiéramos incorporar a nuestra isla un trozo de tierra virgen y fértil, las ganancias nunca caerían».
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