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nydus/Imperialism, A Study (1902)Public
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El imperialismo, un estudio

John A. Hobson

I

La política imperial de Gran Bretaña desde 1870, y más particularmente desde 1885, se ha absorbido casi por completo en promover la subyugación y anexión de extensiones de territorio donde no se contempla ningún asentamiento blanco genuino de importancia.

Esta política, como hemos visto, difiere esencialmente de la colonización; y desde el punto de vista del gobierno, implica una disminución progresiva de la libertad en el Imperio británico al aumentar constantemente la proporción de sus súbditos que carecen de un poder real de autogobierno.

Es importante considerar cómo este nuevo imperialismo reacciona, y es probable que reaccione en el futuro, sobre las relaciones entre la Gran Bretaña y sus colonias con autogobierno.

¿Estimulará a estas colonias a una afirmación de creciente independencia y final separación formal de la madre patria, o las llevará a formar una unión política más estrecha con ella sobre la base, ya no de un Imperio, sino de una Federación de Estados iguales?

Esta es una cuestión vital, pues es muy seguro que las relaciones actuales no se mantendrán.

Hasta ahora la tendencia ha sido hacia un aumento constante y firme del autogobierno, y una relajación creciente del Imperio en forma de control ejercido por el Gobierno metropolitano.

En Australasia, Norteamérica y Sudáfrica se han establecido diecisiete colonias autónomas, dotadas de formas reducidas de la constitución británica.

En el caso de Australia y de Canadá, el crecimiento del autogobierno ha sido formal y efectivamente impulsado por leyes de federación, las cuales han compensado, de hecho —especialmente en Australia—, la restricción del poder de los Estados federados con un incremento más que equivalente del poder de gobierno investido en el Gobierno federal.

Great Britain has in the main learned well the lesson of the American Revolution; she has not only permitted but favoured this growing independence of her Australian and American colonies.

During the very period when she has been occupied in the conscious policy of extending her Empire over lands which she cannot colonise and must hold by force, she has been loosening her “imperial” hold over her white colonies.

While 1873 removed the last bond of economic control which marked the old “plantation” policy, by repealing the Act of 1850 which had forbidden Australian colonies from imposing differential duties as between the colonies and foreign countries, and permitting them in future to tax one another’s goods, the Australian Commonwealth Act of 1900 has, by the powers accorded to its Federal Judicature, reduced to the narrowest limits yet attained the constitutional control of the Privy Council, and has by the powers enabling the Federal Government to raise a central armed force for defence obtained a new substantial basis for a possible national independence in the future.

Though it is unlikely for some time to come that the federal Government which is contemplated for British South Africa will be accorded powers equivalent to those of the Australian or even the Canadian Federations, the same tendency to increased self-government has in the past steadily prevailed in Cape Colony and Natal, and it is tolerably certain that, if the racial animosities between the two white races are abated, a South African Commonwealth would soon be found in possession, of a far larger measure of real self-government than the British colonies which enter it have hitherto possessed.

Pero si bien la tendencia del colonialismo británico ha marchado uniformemente hacia un mayor autogobierno o independencia práctica, y se ha visto apreciablemente fortalecida por el proceso de federación de los Estados coloniales, es evidente que los estadistas imperiales que más han favorecido esta política de federación han tenido en vista una remodelación más amplia de las relaciones políticas con la metrópoli, que uniera a los padres y a los hijos en lazos familiares más estrechos, no meramente de afecto o de intercambio comercial, aunque sí de asociación política.

Aunque la federación imperial con fines británicos no es ningún invento moderno, Lord Carnarvon fue el primer Secretario de las Colonias en proponérsela como un objetivo claro de alcanzar, favoreciendo la federación en los diversos grupos de colonias como el primer paso en un proceso que federaría el Imperio.

La exitosa culminación en 1873 del proceso de federación que formó el Dominio de Canadá sin duda estimuló a Lord Carnarvon, que asumió el cargo al año siguiente, a realizar más experimentos en líneas similares. Desafortunadamente, puso sus manos sobre Sudáfrica para su proceso de imposición y sufrió un fracaso desastroso.

Veinte años después, el Sr. Chamberlain reanudó la tarea y, enfrentado a las mismas dificultades esenciales —la anexión forzosa de las dos repúblicas holandesas y la coacción de la Colonia del Cabo—, ha llevado su política de federación en Sudáfrica hacia su culminación, mientras que la federación de los Estados australianos marca otro triunfo, más seguro, del principio federativo.

El proceso de federación, en lo que respecta a las relaciones de las colonias federadas, es por supuesto un triunfo para las fuerzas centrípetas; pero, al asegurar una mayor medida de independencia teórica y práctica para los Gobiernos federales, ha sido centrífugo desde el punto de vista del Gobierno imperial. La labor de asegurar una federación imperial política y eficaz implica, por tanto, una inversión de las tendencias hasta ahora dominantes.

Es bastante evidente que un fuerte y creciente deseo de federación imperial ha estado gestándose entre un gran número de políticos británicos.

En lo que respecta al Sr. Chamberlain y a algunos de sus amigos, este se remonta al comienzo de la lucha por la política de autonomía (Home Rule) para Irlanda del Sr. Gladstone.

Hablando sobre el proyecto de ley de autonomía del Sr. Gladstone en 1886, el Sr. Chamberlain dijo:

“Buscaría la solución en la dirección del principio de federación. Mi honorable amigo ha buscado su modelo en las relaciones entre este país y sus colonias conautogobierno y prácticamente independientes. Creo que eso es de dudosa conveniencia. La conexión actual entre nuestras colonias y nosotros es sin duda muy fuerte, debido al afecto que existe entre los miembros de una misma nación. Pero es un vínculo sentimental, y únicamente un vínculo sentimental... Me parece que la ventaja de un sistema de federación es que Irlanda podría, bajo él, seguir siendo realmente una parte integrante del Imperio. La acción de un plan de este tipo es centrípeta y no centrífuga, y es en la dirección de la federación donde el movimiento democrático ha hecho mayores avances en el presente siglo.”

Ahora bien, es muy cierto que el movimiento democrático, tanto en el presente como en el futuro, parece estar estrechamente vinculado con la formación de Estados federales, y la federación de las partes del Imperio Británico parece sugerir, como siguiente paso y resultado lógico, la federación del conjunto.

Sosteniendo, como debemos, que toda garantía razonable de buen orden y civilización en el mundo implica la creciente aplicación del principio federativo en la política internacional, parecerá de lo más natural que los primeros pasos en tal proceso adopten la forma de uniones de Estados más estrechamente emparentados por lazos de sangre común, lengua e instituciones, y que una fase de una Bretaña federada o anglosajonía, un pan-teutonismo, pan-eslavismo y pan-latinismo sobrevenga acertadamente a la fase ya alcanzada.

Hay tal vez un dejo de lógica excesiva en tal orden de acontecimientos, pero una visión amplia y general de la historia lo hace bastante plausible y deseable. La Cristiandad dispuesta así en unos cuantos grandes Imperios federales, cada uno con un séquito de dependencias incivilizadas, le parece a muchos el desarrollo más legítimo de las tendencias actuales, y uno que ofrecería la mejor esperanza de paz permanente sobre una base asegurada de interimperialismo.

Descartando de nuestra mente el aspecto más amplio de este asunto, por considerarlo demasiado distante para un debate provechoso en el presente, y limitando nuestra atención a la federación imperial británica, podemos convenir fácilmente en que una federación voluntaria de Estados británicos libres, que trabajen pacíficamente por la seguridad y la prosperidad comunes, es en sí misma eminentemente deseable y podría, en efecto, constituir un paso hacia una federación más amplia de Estados civilizados en el futuro.

El verdadero problema que debe discutirse es la viabilidad de semejante política y, planteada correctamente, la cuestión se resume así: «¿Qué fuerzas de interés propio, actual o futuro, operan para inducir a Gran Bretaña y a sus grupos coloniales a invertir el proceso centrífugo que hasta ahora ha predominado?».

Ahora bien, existen muchas razones para que Gran Bretaña desee una federación política con sus colonias autónomas, incluso bajo términos que les otorguen una voz proporcional a su población en un Parlamento u otro consejo encargado del control de los asuntos imperiales, siempre que se puedan superar las graves dificultades que entraña el establecimiento de un órgano de gobierno representativo y responsable de este tipo.

La superioridad numérica de la población británica sobre la colonial permitiría a la metrópoli imponer su voluntad en caso de surgir cualquier conflicto de intereses o de criterio en el que existiera una marcada línea de división entre Gran Bretaña y las colonias: la distribución de las cargas imperiales y la asignación de la asistencia imperial serían determinadas por Gran Bretaña. Si las colonias de la Corona y otras partes del Imperio sin autonomía estuvieran representadas en el consejo imperial, la supremacía real de la metrópoli sería aún mayor, ya que estos representantes, ya fueran designados por la Corona (el proceder más acorde con el gobierno de las colonias de la Corona) o elegidos mediante un sufragio restringido de una pequeña oligarquía blanca, tendrían poco en común con los representantes de las colonias autónomas y serían inevitablemente más propensos a ceder ante la presión del Gobierno nacional.

Uno de los principales objetivos declarados de la federación imperial es asegurar por parte de las colonias una proporción justa de hombres, barcos y dinero para la defensa imperial, así como para aquellas empresas expansionistas que en sus inicios casi siempre se catalogan como medidas de defensa. La base financiera actual de la defensa imperial es una que, a primera vista, parece de lo más injusta; a Gran Bretaña se le exige sufragar prácticamente la totalidad del coste de la armada imperial y, junto con la India, casi la totalidad del coste del ejército imperial, a pesar de que ambos cuerpos están al servicio de cualquiera de nuestras colonias autónomas que se vea amenazada por enemigos externos o disturbios internos.

En 1899, mientras que la población de estas colonias se acercaba a un tercio de la del Reino Unido, sus ingresos ascendían casi a la mitad y el valor de su comercio marítimo representaba una quinta parte del comercio total del Imperio, la aportación que realizaban al coste de la defensa naval del Imperio era inferior a la centésima parte. [25]

Estas colonias no mantienen ninguna fuerza militar regular o irregular disponible para la defensa general del Imperio, aunque han respaldado a pequeños contingentes de tropas imperiales apostadas en sus territorios por el Gobierno imperial, y han mantenido considerables fuerzas de milicias y voluntarios para la defensa nacional. Los contingentes coloniales que participaron en la guerra de Sudáfrica, si bien constituyeron una fuerza de voluntarios considerable, estuvieron muy lejos de ser una leva imperial basada en la proporción de población, y sus gastos corrieron casi en su totalidad por cuenta del Reino Unido.

Desde el punto de vista de la unidad del Imperio británico, en el que se presupone que las colonias tienen un interés equivalente al del Reino Unido, parece razonable que se les exija a estas últimas soportar su justa parte de la carga de la defensa imperial; y una federación imperial que fuera una realidad política implicaría sin duda una disposición para dicha contribución equitativa.

Fuera cual fuese la forma que adoptase dicha federación —la de un Parlamento imperial, dotado de plena responsabilidad sobre los asuntos imperiales bajo la Corona, o la de un Consejo imperial, en el que los representantes coloniales debieran sentarse para deliberar y asesorar al ministerio británico, el cual conservaría aún la determinación formal de la política imperial—, esta implicaría indudablemente una contribución obligatoria o cuasioblijatoria por parte de las colonias proporcional a la del Reino Unido.

Ahora resulta bastante evidente que las colonias autónomas no van a entrar en una asociación de este tipo, que las comprometa a nuevos y cuantiosos gastos, por un mero afecto sentimental hacia el Imperio británico.

La autenticidad y la calidez del apego al Imperio británico y a la metrópoli son indiscutibles, y aunque no se les exigió ningún sacrificio considerable en la campaña de Sudáfrica, es bastante evidente que sus sentimientos actuales son tales que les llevarían a gastar voluntariamente tanto sangre como dinero allí donde consideraran que la existencia, la seguridad o incluso el honor del Imperio estaban en juego.

Pero sería un grave error suponer que el destello de lealtad entusiasta, manifestado en un período de emergencia de esa índole, puede utilizarse para revertir la tendencia general hacia la independencia y para «precipitar» a las colonias autónomas hacia una unión formal más estrecha con Gran Bretaña, que suponga un sacrificio regular y continuo.

Si se quiere persuadir a las colonias para que entren en una asociación de este tipo, deben estar convencidas de que es esencial para su seguridad y prosperidad individuales. En la actualidad obtienen la protección del Imperio sin pagar por ella; mientras piensen que pueden conseguir una protección adecuada en tales condiciones, es imposible suponer que aceptarían un acuerdo que les exigiera pagar y que implicara una remodelación completa de su sistema de ingresos.

El tono de los debates recientes en los parlamentos australiano y canadiense, en medio de todo el entusiasmo de la guerra de Sudáfrica, deja muy claro que ningún ministerio colonial podría convencer en tiempos de paz a los colonos para que ingresen en una federación como la aquí esbozada, a menos que se les hubiera educado en el convencimiento de que con ello se favorecía su bienestar colonial individual.

O bien hay que convencer a Australia y Canadá de que la defensa imperial de Australia o Canadá sobre la base actual es cada vez más inadecuada, y de que dicha defensa les es esencial, o bien deben ser compensadas por el gasto adicional que la federación implicaría mediante nuevas relaciones comerciales con el Reino Unido que les proporcionen un mercado más lucrativo del que poseen en la actualidad.

Ahora bien, la negativa de las colonias autónomas a considerar hasta el momento cualquier otra contribución a la defensa imperial que no sea una pequeña aportación voluntaria se ha basando en la convicción de que es poco probable que la independencia virtual que disfrutan bajo el amparo de la Gran Bretaña sea amenazada por alguna gran potencia, y que, incluso si lo fuera, aunque su comercio pudiera sufrir en el mar, serían capaces de prevenir o repeler una invasión mediante sus propios poderes internos de autodefensa.

Puede decirse que la única excepción a este cálculo confirma la regla. Si Canadá se viera envuelta en una guerra con su gran vecino republicano, es muy consciente de que, aunque la marina británica pudiera perjudicar el comercio y las ciudades costeras de los Estados Unidos, no podría evitar que Canadá fuera invadida por tropas estadounidenses y, en última instancia, subyugada.

Pero, al menos puede alegarse, se reconocerá la importancia de mantener una marina británica adecuada para proteger su comercio; las colonias percibirán que, ante la creciente riqueza y los preparativos navales de imperios rivales, en particular Alemania, Francia y los Estados Unidos, el Reino Unido no puede soportar la carga financiera del aumento necesario de barcos sin una ayuda colonial sustancial.

Esta es indudablemente la línea de mayor presión para la federación imperial. ¿Hasta qué punto es probable que resulte eficaz?

  • Con toda seguridad educará a los políticos coloniales para una consideración más detenida del futuro de su colonia;
  • les obligará a sopesar con sumo cuidado las ventajas o desventajas netas de la conexión imperial.

Dicha consideración parece al menos tan probable que los conduzca hacia esa separación definitiva de la Gran Bretaña que, durante el último medio siglo, ninguno de ellos ha contemplado seriamente, como lo es que los lleve a una federación. Este desenlace, si finalmente llega a producirse, no surgirá de una merma en la buena disposición natural y el afecto hacia el Reino Unido, sino simplemente de un conflicto de intereses.

Si el movimiento hacia la federación imperial fracasa, y la reciente deriva hacia la independencia por parte de las colonias autónomas es reemplazada por un movimiento más consciente en la misma dirección, la causa será el imperialismo.

Un estadista colonial prudente, cuando se le invita a acercar su colonia a la Gran Bretaña y a pagar por su defensa conjunta dejando a la Gran Bretaña la determinación virtual de su destino común, probablemente plantee las siguientes preguntas pertinentes:

  • ¿Por qué está obligada la Gran Bretaña a aumentar sus gastos en armamento más rápido que el crecimiento del comercio o de los ingresos, de modo que se ve empujada a pedirnos ayuda?
  • ¿Es porque teme los celos y la hostilidad de otras potencias?
  • ¿Por qué suscita estos malos sentimientos?

A estas preguntas difícilmente dejará de encontrarles respuesta: «Es el nuevo imperialismo el único responsable de los nuevos peligros del Imperio y de los nuevos costos en armamento».

Es probable entonces que base en esta respuesta otras preguntas:

¿Nos beneficiamos nosotros, las colonias autónomas, de este nuevo imperialismo? Si decidimos que no, ¿podemos detenerlo ingresando en una federación en la que nuestras voces sean las de una pequeña minoría? ¿No puede ser una política más segura para nosotras buscar la separación de una potencia que antagoniza tan visiblemente con otras potencias, y que puede envolvernos en un conflicto con ellas por asuntos en los que no tenemos ningún interés vital ni voz decisiva, y vivir una vida política independiente, incurriendo únicamente en aquellos riesgos que nos pertenecen, o (en el caso de Canadá) buscar la admisión dentro de la poderosa república de los Estados Unidos?

Por más que la historia colonial responda a estas preguntas, es inevitable que se planteen.

El imperialismo es evidentemente el obstáculo más serio para la "federación imperial", al menos en lo que respecta a las colonias con autogobierno. Si no fuera por la presencia de estas posesiones británicas sin libertad y por la política expansionista que no deja de aumentarlas, una federación de Estados británicos libres en todo el mundo parecería un paso razonable y de lo más deseable en aras de la civilización mundial.

Pero ¿cómo pueden las democracias blancas de Australasia y Norteamérica desear entrar en un batiburrillo de sistemas contradictorios como el que presentaría una federación imperial, que podría, según una autoridad reciente [26], componerse de la siguiente manera:

  • primero una unión de Gran Bretaña, Irlanda, Canadá, Indias Occidentales, Australia, Tasmania, Nueva Zelanda, Terranova, Mauricio, Sudáfrica, Malta,
  • seguida más tarde por la admisión de Chipre, Ceilán, la India, Hong Kong y Malasia,
  • con un acompañamiento de Estados semiindependientes como Egipto, Afganistán, Natal, Bután, Johor y tal vez los reinos de Uganda y Barotse,

teniendo cada uno algún tipo de representación en un Consejo Imperial y voz en la determinación del destino imperial?

¿Es probable que la gran y creciente Commonwealth australiana o el Dominio de Canadá se preocupen por poner su desarrollo pacífico y sus recursos financieros a merced de algún movimiento expansionista sudanés o de una política ambiciosa en África Occidental?

Una federación imperial que abarque todo tipo y condición de Estados británicos, colonias, protectorados, protectorados encubiertos y entidades indefinidas, resultaría demasiado ingente, y demasiado prolífica en cuestiones fronterizas y otros peligros, como para complacer a nuestras colonias libres más aisladas y centradas en sí mismas; mientras que, si se dejara a estas últimas sin representación formal como protegidos especiales del Reino Unido, su existencia y su crecimiento penderían, no obstante, como una piedra de molino en torno al cuello del Gobierno federal, obligando constantemente al Reino Unido a poner a prueba la lealtad de sus confederadas mediante el uso de su superioridad técnica de voto en lo que consideraba de interés especial para ellas y para sí misma.

La noción de que la ausencia de una identidad de intereses real y fuerte entre las colonias autónomas y las fronteras más remotas y peligrosas del Imperio puede compensarse mediante un espíritu general de lealtad y orgullo hacia «el Imperio» es una ilusión que se disipará rápidamente.

Las colonias aisladas de Australasia pueden argumentar razonablemente que el propio afán de los estadistas británicos por atraerlas a la federación es una confesión del debilitamiento de esa misma protección que constituye para ellas el valor principal del vínculo actual.

«El Reino Unido —pueden decir— nos pide que aportemos hombres, barcos y dinero en un compromiso vinculante para apoyarla a llevar más adelante esa misma política imperialista que suscita la animosidad de potencias rivales y que la incapacita para confiar en el futuro en sus propios recursos con el fin de sostener el Imperio. A cambio de nuestra mayor contribución a los recursos imperiales, recibiremos, por tanto, un aumento del peligro. ¿No equivale esto algo así como a pedirnos, por pura caballeria, que unamos nuestra suerte a la de un buque que se hunde?»

Sin duda se responderá que un Imperio firmemente federado demostrará ser una torre de fuerza tal que le permitirá desafiar los crecientes celos de las potencias rivales. Pero esta tentadora propuesta será sometida a un cálculo frío en nuestras colonias, las cuales ciertamente se negarán a ser «presionadas» para adoptar un cambio de política que implique una inversión de la tendencia general de medio siglo.

Aun admitiendo el obvio beneficio político y militar de una acción cooperativa frente a un enemigo, los colonos se preguntarán si esta ventaja no se ve contrarrestada por una mayor probabilidad de tener que enfrentarse a enemigos; y cuando reflexionen sobre el hecho de que en realidad se les invita a federarse, no solo con la Inglaterra que aman y admiran, sino con una mezcla cada vez mayor de Estados salvajes, el peso del juicio parece inclinarse en contra de la federación, a menos que se puedan aplicar otros incentivos especiales.

II

Hay dos alicientes especiales que podrían inclinar a las colonias autónomas, o a algunas de ellas, a favorecer una unión política más estrecha con la Gran Bretaña.

El primero es una revisión de la política comercial y financiera de la metrópoli, de modo que se asegure a las colonias un mercado mayor para sus productos en la Gran Bretaña y en otras partes del Imperio británico. En la discusión de este asunto es costumbre empezar por distinguir la propuesta de establecer un Zollverein imperial, o unión aduanera, de la propuesta de un arancel preferencial. Pero muy poca reflexión basta para percibir la inutilidad de la primera sin la segunda como un llamamiento al propio interés de las colonias.

¿Asimilarán estas colonias su política financiera a la de la Gran Bretaña, aboliendo sus aranceles protectores y adentrándose de lleno en el libre cambio? El librecambista más optimista no sugiere tal posibilidad, ni tal rumbo ofrecería en verdad ninguna garantía real de incrementar la interdependencia comercial del Imperio. Sencillamente forzaría a las colonias a adoptar procesos de imposición directa repugnantes a su parecer.

¿Es realmente más factible el libre cambio dentro del Imperio, con el mantenimiento del status quo respecto a los países extranjeros? Sencillamente significaría que las colonias renunciaban a los ingresos que obtenían de gravar los productos de las demás y de la Gran Bretaña, obteniendo cada una a cambio una supresión de aranceles por parte de las otras colonias con las que su comercio es escaso, y ninguna supresión por parte de la Gran Bretaña, que continuaría recibiendo sus productos libres de aranceles como antes. Aunque esta misma política fuera en última instancia beneficiosa para su comercio, solo estimularía la tendencia existente a comerciar menos con el Imperio y más con las naciones extranjeras, al tiempo que implicaría una revolución de su método fiscal.

No; el libre cambio dentro del Imperio solo es concebible sobre la base de que la Gran Bretaña acceda a abandonar el libre cambio con países de fuera del Imperio. Aun si la Gran Bretaña estuviera preparada para adoptar tal rumbo, seguiría siendo muy poco probable que las colonias hicieran el sacrificio de los ingresos aduaneros que entraña admitir sin trabas los productos de todo el Imperio; pues este proceder acarrearía un sacrificio mucho mayor de lo que a primera vista parece, dado que tal discriminación permitiría virtualmente que los productos admitidos libremente desplazasen a los productos gravados, reduciendo a dimensiones bastante insignificantes los ingresos aún obtenidos de las aduanas.

Empeñados como estamos ahora en encontrar alicientes especiales para atraer a las colonias hacia una unión política más estrecha con la Gran Bretaña, no necesitamos debatir la probabilidad de una extensión de la política que Canadá inició con su arancel preferencial, concediendo a la Gran Bretaña un arancel preferencial mediante una renuncia de derechos sobre las importaciones británicas equivalente al 33 por ciento.

Es innecesario discutir los motivos que pudieron haber animado este avance. Si atendemos a su resultado, hallamos que ha sido totalmente inoperante, considerado como un estímulo para el comercio británico.

“A pesar del arancel preferencial, el porcentaje de mercancías estadounidenses que ingresan a Canadá ha seguido aumentando y el porcentaje de mercancías británicas, disminuyendo”. [27]

Esto se atribuye al carácter “simulado” de la concesión, tal como lo ilustra el hecho de que “antes de otorgar preferencia a los productos británicos, el ministerio de Laurier se cuidó de elevar considerablemente los aranceles sobre los productos de algodón procedentes en su mayor parte de la Gran Bretaña, al tiempo que reducía o abolía los aranceles sobre las materias primas provenientes de los Estados Unidos”.

Por consiguiente, la tan cacareada preferencia británica es en gran medida una ilusión. A pesar de dicha preferencia, los productos británicos siguen pagando un impuesto medio más alto al entrar en Canadá que los productos estadounidenses. He aquí las cifras:–

ARANCELES DE IMPORTACIÓN CANADIENSES

Año terminado el 30 de junio

Arancel medio sobre los productos británicos

Arancel promedio sobre productos estadounidenses

1897

21,1 por ciento

14,3 por ciento

1901

18,3 por ciento

12,4 por ciento

Aun cuando se alegue que el acto fue una pura ofrenda de buena voluntad, no se sostiene que las colonias vayan a seguir en general el ejemplo, haciendo concesiones y sin recibir ninguna preferencia a cambio.

La única propuesta de Zollverein que merece un debate serio es una basada en la adopción general de un trato preferencial dentro del Imperio, lo que implicaría por parte de la propia Gran Bretaña el abandono del libre comercio con los países extranjeros. Aquí, al menos, las colonias tendrían algún quid pro quo, un monopolio garantizado del mercado imperial para sus exportaciones, como compensación por la pérdida de sus ingresos aduaneros al admitir las importaciones imperiales libres de aranceles o con una tasa reducida.

Suponiendo que las colonias aceptaran un acuerdo de este tipo, Gran Bretaña tendría que pagar un alto precio por el apoyo político y militar que dicha política comercial estaba destinada a comprar. Aparte de la dislocación inmediata de sus industrias, que seguiría a este abandono parcial del libre comercio de su parte —y que sería más grave que un arancel cuidadosamente impuesto y aplicado por igual a todas las importaciones—, gravaría a todas las clases de consumidores y productores de este país al elevar los precios de las necesidades y comodidades ordinarias de la vida, y de los materiales importados del extranjero para ser empleados en la industria nacional.

El grano y la harina, el ganado y la carne, la lana, la madera y el hierro constituirían los principales productos básicos que, en el supuesto interés de nuestras colonias, serían los primeros en ser gravados. A menos que elevara dichos precios, no podría tener ningún efecto para permitir que los productores coloniales desplazaran a los productores extranjeros: el arancel, para ser operativo en absoluto, debe eliminar todo beneficio de una parte de los bienes extranjeros importados anteriormente y, al evitar que dichos bienes entren en nuestros mercados en el futuro, reducir la oferta total; esta reducción de la oferta actúa necesariamente elevando el precio para todo el mercado.

Este funcionamiento automático, bien reconocido, de la ley de oferta y demanda hace que sea seguro que los consumidores ingleses pagarían en precios incrementados un nuevo impuesto, parte del cual se entregaría a los colonos en pago por su nueva «lealtad», parte iría al erario británico y parte a sufragar los gastos de recaudación.

Ni es esto todo, o tal vez sea lo peor. Mediante este mismo método de estrechar nuestros vínculos con las colonias, tomamos el camino más seguro para incrementar el resentimiento de aquellas mismas naciones cuya rivalidad política y militar nos empuja a abandonar el libre comercio.

El vasto y creciente comercio que mantenemos con Francia, Alemania, Rusia y los Estados Unidos es la garantía de paz más potente de que disponemos. Si reducimos el volumen y el valor de nuestro comercio con estas naciones mediante el restablecimiento de un arancel erigido abiertamente con tal propósito, transformaríamos la sincera buena voluntad de los poderosos intereses financieros, mercantiles y manufactureros de estos países en una hostilidad activa y peligrosa.

Sería mucho peor para nosotros no haber sido nunca un país librecambista que recaer en un sistema proteccionista motivado por el deseo de debilitar nuestros lazos comerciales con las potencias políticas y comerciales cuya rivalidad más debemos temer.

Por las estadísticas de un capítulo anterior [28] se ha demostrado que no solo nuestro comercio con estas naciones extranjeras es muy superior al comercio con las colonias autónomas, sino que crece a un ritmo mayor. Ofender y enemistar a nuestros mejores clientes para conciliar a los peores es una mala economía y una política mucho peor.

Cabe esperar que los políticos más astutos de nuestras colonias le miren el diente a semejante caballo regalado.

Pues el soborno mismo concebido para ganarlos para la federación es uno que acrecienta para ellos de manera enorme e incalculable los peligros de una nueva conexión con la que vinculan su suerte de forma irrevocable a la de Gran Bretaña.

Un monopolio del mercado imperial para sus exportaciones puede resultar demasiado caro si elimina la mayor garantía de paz que posee Inglaterra, en un momento en que dicha garantía es más necesaria.

Tampoco estas colonias compartirían únicamente el nuevo peligro de Inglaterra; sus propios aranceles discriminatorios generarían una directa animadversión hacia ellas por parte de los extranjeros, y las arrastrarían al vórtice de la política europea.

Por último, al distorsionar el proceso más natural de selección comercial que, bajo aranceles impuestos por igual, ha venido incrementando en el pasado la proporción del comercio realizado por estas colonias con países extranjeros, y reduciendo la proporción efectuada con Gran Bretaña, las estaremos obligando a sustituir un comercio mejor por uno peor, un rumbo con el que saldrán gravemente perjudicadas a la larga.

No se puede comprender con demasiada claridad que, no solo la tendencia natural de desarrollo en nuestras colonias autónomas apunta hacia una disminución de su dependencia comercial de Gran Bretaña, sino que esa misma tendencia separatista comercial opera entre las colonias en sus relaciones mutuas.

Las colonias no encuentran que sus intereses residan en aumentar la proporción de sus intercambios comerciales entre sí. El profesor Flux, en su exhaustivo análisis de las estadísticas, llega a la siguiente conclusión:–

“En cuanto al comercio entre las colonias, el comercio intercolonial australiano, que hemos cifrado en 22.500.000 £ para 1892-96, oscilaba tan solo entre los 7.000.000 £ y los 8.000.000 £ en la fecha anterior aquí considerada. El valor de otro comercio intercolonial apenas ha crecido. Se registró en unos 20.000.000 £ en el lado de las importaciones y 25.000.000 £ en el de las exportaciones durante los años 1867-71.

Así pues, cerca del 76 por ciento de las importaciones coloniales provenían del Imperio, y alrededor del 73 por ciento de las exportaciones iban a parar al Imperio; es decir, aproximadamente el 74 por ciento del comercio total se realizaba con otras partes del Imperio, en comparación con el 65 por ciento en la fecha más reciente, según lo registrado anteriormente”. [29]

¿Por qué deberíamos persuadir a nuestras colonias con autogobierno para que inviertan la marea natural de su comercio, que fluye hacia el internacionalismo, y forzarlo a adentrarse en el cauce más estrecho del imperialismo?

III

Ante tales hechos, le será imposible a Gran Bretaña ofrecer a las colonias autónomas un incentivo comercial suficiente para atraerlas a una federación imperial.

¿Existe algún otro incentivo o tentación posible?

Creo que hay uno, a saber: envolverlas por cuenta propia en el imperialismo, alentándolas y ayudándolas en una política de anexión y en el gobierno de razas inferiores.

Independientemente del imperialismo centralizado que emana de Gran Bretaña, estas colonias poseen en su interior, con mayor o menor fuerza, todos los ingredientes a partir de los cuales se puede forjar un imperialismo propio. La misma conspiración de especuladores poderosos, intereses manufactureros y políticos ambiciosos, convocando en su apoyo la filantropía de las misiones y la sed de aventuras tan poderosa en el nuevo mundo, puede urdir la subversión de una democracia honesta y de desarrollo propio, con el fin de instaurar el dominio de clase y emplear los recursos coloniales en empresas vistosas de expansión para sus propios fines políticos y comerciales.

Tal espíritu y tal propósito han estado claramente operantes en Sudáfrica durante muchos años.

Lo que a nosotros se nos antoja como un logro del imperialismo británico —a saber, la adquisición de las dos repúblicas holandesas y el gran Norte— es y siempre ha parecido algo muy distinto a un poderoso grupo de políticos de negocios en Sudáfrica.

Estos hombres del Cabo, del Transvaal y de Rhodesia, británicos u holandeses, han fomentado un imperialismo sudafricano, no opuesto al imperialismo británico, dispuesto cuando es necesario a utilizarlo, pero independiente de él en sus metas y propósitos últimos. Esta fue la política de «colonialismo» que el Sr. Rhodes abrazó con tanta vehemencia en su temprana carrera política, buscando el control de Bechuanalandia y el Norte para la Colonia del Cabo y no directamente para el Imperio.

Esta ha sido siempre la política de una sección activa del Africander Bond, que desarrolló a gran escala el hábito original del «trek» de los holandeses. Esta fue la política a la que Sir Hercules Robinson dio voz en su famosa declaración de 1889 respecto al imperialismo: «Es una cantidad decreciente, ya que no queda en el futuro de Sudáfrica ningún lugar permanente para el dominio imperial directo a gran escala».

Una expansión distintivamente colonial o sudafricana fue la política de los políticos, financieros y aventureros hasta el fracaso de la Incursión de Jameson; de manera renuente buscaron la cooperación del imperialismo británico para que les ayudara en una tarea concreta para la cual eran demasiado débiles: la apropiación de los yacimientos minerales del Transvaal; su objetivo primordial de aquí en adelante será relegar al imperialismo británico a lo que consideran su lugar propio, el de una ultima ratio que permanezca en un lejano segundo plano mientras el imperialismo colonial gestiona el negocio y se queda con los beneficios.

Una federación sudafricana de Estados autónomos reclamará una carrera política propia y exigirá su propia marca de imperio, no la del Gobierno británico, en el control de las razas inferiores en Sudáfrica.

Un Estado federal de este tipo no solo desarrollará una política interna respecto a los territorios nativos diferente de la del imperialismo británico —quizá antagónica a ella—, sino que su posición como el Estado «predominante» de Sudáfrica desarrollará una ambición y un destino de expansión que podrán llevarlo a entrar en la política mundial por cuenta propia.

Australasia muestra asimismo indicios de un imperialismo propio. Recientemente se ha adueñado de Nueva Guinea, y algunos de sus hijos suspiran por las Nuevas Hébridas, muy dispuestos a incitar a Gran Bretaña a romper el control conjunto que ejerce sobre estas islas junto con Francia.

Si esta es una visión sustancialmente correcta de las tendencias australasianas, tiene una importancia capital para la viabilidad de la federación imperial, pues indica otra fuerza que podría utilizarse para revertir el movimiento centrífugo hasta ahora dominante en la política colonial.

Si Gran Bretaña está dispuesta a garantizar a Australasia y a Sudáfrica una carrera imperial especial propia, poniendo todos los recursos federales del Imperio a disposición de los Estados federales coloniales para ayudarles a cumplir una ambición o un destino dirigido y determinado por sus particulares intereses y voluntad, semejante descentralización del imperialismo podría ganar a las colonias para una unión federal más estrecha con la metrópoli.

Para la propia Gran Bretaña implicaría grandes y evidentes peligros, y un sacrificio considerable del poder imperial central; pero podría granjearse el favor y el apoyo de ambiciosos políticos y capitalistas coloniales deseosos de dirigir su propio imperialismo lucrativo y de desviar las fuerzas democráticas de la agitación nacional hacia empresas extranjeras.

Si Australasia puede obtener de Gran Bretaña los servicios de una potencia naval adecuada para hacer cumplir su creciente «doctrina Monroe» en el Pacífico sin pagarlos, al igual que la Sudáfrica británica ha obtenido los servicios de nuestras fuerzas terrestres, no será probable que establezca vínculos formales más estrechos que la obliguen a realizar una gran contribución financiera a los gastos de dicha política.

Pero si Gran Bretaña estuviera dispuesta a organizar la federación imperial sobre una base que en realidad asignara a Australia una mayor independencia de la que tiene actualmente, concediéndole el derecho a recurrir a los recursos imperiales para su propia carrera imperial privada en exceso de su contribución al fondo común, los instintos comerciales de Australia podrían llevarla a considerar favorablemente tal propuesta.

No es necesario demostrar cuán plagada de peligros para este país resultaría tal federación imperial.

El imperialismo centralizado, en el cual el Gobierno de Gran Bretaña se reserva formalmente el control absoluto sobre la política exterior de cada colonia y ejerce de hecho dicho control, ofrece una seguridad considerable contra el peligro de vernos arrastrados a conflictos con otras grandes potencias; el imperialismo descentralizado, implícito en la federación imperial, nos haría perder esta seguridad.

El incipiente imperialismo local de Australasia y de Sudáfrica se vería alimentado por la conciencia de que su política expansionista ya no podría ser frenada ni vetada como lo es ahora; y la energía, un tanto estridente, de autoexpresión en los gobiernos coloniales probablemente nos enredaría de manera continua con Alemania y los Estados Unidos en el Pacífico, mientras que Canadá y Terranova poseerían un poder enormemente incrementado para embrollarnos con Francia y los Estados Unidos.

Si se argumenta que, a fin de cuentas, no se podría dar ningún paso serio en el «imperialismo» australiano, canadiense o sudafricano sin el consentimiento directo y consciente de Gran Bretaña, que seguiría siendo el socio predominante en virtud de su población y prestigio, la respuesta es que el propio fortalecimiento del vínculo imperial daría mayor eficacia a todos los factores operativos del imperialismo.

Incluso tal como están las cosas actualmente, existe en Gran Bretaña un poderoso interés comercial organizado que incita continuamente al Gobierno imperial a adoptar una política agresiva en favor de nuestras colonias: estas colonias, la australasiana en particular, están fuertemente hipotecadas en sus tierras y comercio a favor de compañías financieras británicas; sus minas, bancos y otros importantes activos comerciales pertenecen en gran medida a propietarios en Gran Bretaña; sus enormes deudas públicas [30] están principalmente en manos británicas en Gran Bretaña.

Es bastante evidente que las clases de este país que poseen estas propiedades coloniales tienen intereses en la política colonial que difieren y, en algunos casos, se antagonizan con los de la nación británica en su conjunto; es igualmente evidente que pueden ejercer una presión organizada sobre el Gobierno británico en favor de sus intereses privados, la cual estará dotada de una eficacia acrecentada bajo las condiciones más igualitarias de una federación imperial.

Puede dudarse, sin embargo, de que el soborno de un arancel preferencial, o de un imperialismo delegado, o de ambos, sea suficiente para integrar a las colonias autónomas en una federación política formal más estrecha con la Gran Bretaña.

Aún más dudosa sería su permanencia indefinida en tal federación. Es al menos concebible que las democracias coloniales sean lo suficientemente fuertes y sensatas como para resistir la tentación del imperialismo colonial, cuando perciban las peligrosas reacciones de tal rumbo.

Aun si se les indujera a aprovechar los amplios recursos del Imperio para impulsar su política imperial local, estarían dispuestas, tanto en Australia como en Sudáfrica, a escindirse de dicha federación una vez que hubieran obtenido de ella las ventajas que pudiera rendirles, y se sintieran lo suficientemente fuertes para fundar un imperio independiente propio.

No es una insistencia cínica en el predominio de los intereses egoístas la que nos lleva a la convicción de que la deriva histórica hacia la independencia no se verá invertida por ningún sentimiento de afecto hacia la Gran Bretaña.

«Mi dominio de las colonias —escribía Burke— se basa en el afecto entrañable que surge de los nombres comunes, de la sangre emparentada, de los privilegios similares y de la protección equitativa. Estos son lazos que, aunque ligeros como el aire, son tan fuertes como eslabones de hierro.» [31]

Pero en estos lazos, salvo únicamente en el último, no hay nada que exija o garantice la unión política. Los vínculos morales de comunidad de lengua, historia e instituciones, mantenidos y fortalecidos por el libre intercambio social y comercial, esta verdadera unión de corazones, no se han visto debilitados por el progreso hacia la libertad política que ha tenido lugar en el pasado, y no se debilitarán si este progreso continúa hasta lograr la absoluta independencia política de la Gran Bretaña.

Es bien seguro que la cuestión ha de ser determinada a la larga por lo que las colonias consideren que es su política de utilidad neta. Esa utilidad estará determinada principalmente por las condiciones geográficas y económicas más permanentes.

Estas han tendido en el pasado, en la medida en que han tenido vía libre, hacia la independencia política: tendrán vía libre con mayor frecuencia en el futuro, y parece, por tanto, poco probable que su tendencia sea invertida.

Aunque el elemento de distancia entre las partes de un Imperio es ahora menos importante que antes como dificultad técnica para la representación, el siguiente resumen conciso de las objeciones estadounidenses a los proyectos de federación imperial en el siglo XVIII, según lo registrado por Pownall, sigue teniendo una potente aplicación:–

“Los estadounidenses también pensaban que la unión legislativa sería innecesaria, inoportuna y peligrosa, porque «(1) Ya tenían suficientes legislaturas propias. «(2) Si las colonias estuvieran así unidas a Inglaterra, compartirían la carga de los impuestos y la deuda británicos. «(3) Los representantes en Inglaterra estarían demasiado lejos de sus electores y, por lo tanto, la voluntad de las colonias sería sustraída de su poder e involucrada en la de una mayoría en la que la proporción de sus representantes no mantendría ningún equilibrio». [32]

Si bien es concebible entonces, quizás posible, que, al menos durante un tiempo, las colonias autónomas pudieran ser conducidas a una federación imperial en condiciones que asegurasen sus ambiciones industriales y políticas privadas como colonias, es mucho más razonable esperar que Canadá derive hacia una federación con su vecino del sur, y Australasia y Sudáfrica hacia entidades políticas independientes, con un posible restablecimiento futuro de relaciones políticas laxas en una federación anglosajona.

No es menoscabar la autenticidad y la fuerza de la «lealtad» y el afecto albergados por las colonias hacia Inglaterra afirmar que estos sentimientos no pueden pesar de manera apreciable en la determinación del «destino» colonial frente a la presión continua de fuerzas políticas, industriales y financieras que propenden a la separación.

Aunque algunos políticos, o incluso un partido en estas colonias, coquetuen con la noción de una federación estrecha en pie de igualdad, las dificultades, cuando el asunto se traduzca, como debe ser, a términos financieros, resultarán insuperables.

La tendencia real de las fuerzas coloniales operará en la misma dirección que antes, y con mayor persistencia, cuando se les revelue la naturaleza de las cargas que se les invita a asumir.

La noción de que un gran resultado de la guerra sudafricana ha sido generar un amplio fondo de sentimiento colonial que afectará materialmente las relaciones de las colonias con la Gran Bretaña es una amable ilusión basada en una psicología infantil.

Si bien la manifestación de sentimiento ha sido genuina, también lo ha sido el descubrimiento de los peligros de la metrópoli que han hecho que la asistencia colonial sea tan bienvenida y se valore tan altamente que los estadistas imperiales intentan cambiar el rumbo del desarrollo colonial por medio de ella.

La reflexión, que sigue a todo estallido de sentimiento, no puede dejar de detenerse en la naturaleza del peligro que acecha a un imperio tan vasto, tan heterogéneo y tan disperso como el Imperio británico.

Cuando el encanto de la guerra se haya disipado y la historia revele algunos de los crudos hechos de este sangriento asunto que se han ocultado tan cuidadosamente a los pueblos de Australia, Nueva Zelanda y Canadá, su entusiasmo por la causa disminuirá: en el futuro desconfiarán más de cuestiones cuyo carácter y magnitud les han sido tergiversados tan gravemente por el Gobierno imperial. [33]

Pero el descubrimiento que probablemente pese más en las democracias coloniales son los bienes insustanciales del nuevo imperialismo. Una cosa es entrar en una federación de Estados libres y autogobernados en pie de igualdad, y otra muy distinta que se les invite a contribuir al mantenimiento y la adquisición de un número indefinidamente grande y creciente de dependencias, propiedad de uno de los Estados federados.

Cuanto más claramente reconozcan las colonias la naturaleza precaria de se les pide que asuman, más reacias se mostrarán. A menos que se pueda quebrantar el espíritu democrático de estas colonias y empujarlas hacia el «imperialismo» por cuenta propia, se negarán a entrar en una federación que, cualesquiera que sean los términos formales de su ingreso, les impone peligros tan incalculables.

El nuevo imperialismo destruye la federación de Estados libres y autogobernados: las colonias podrán observarlo, pero seguirán su camino como antes.

Los atractivos sentimentales que la idea pueda presentar al principio no carecerán de resultados prácticos. Pueden llevarles a reforzar su preparación para la defensa interna y a desarrollar, cada uno de ellos, un espíritu nacional más firme por sí mismos. La conciencia de este aumento en la fuerza defensiva no los incluriá más a una unión formal más estrecha con Gran Bretaña; es mucho más probable que los conduzca a negociar con ella en los términos de aliados independientes.

La dirección en la que se mueven, y siempre se han movido, los estadistas coloniales más clarividentes es bastante clara. Apunta hacia un lazo de unión más débil con Gran Bretaña, no más fuerte. La meta cercana es una claramente trazada para las colonias americanas por Jefferson ya en 1774, y una que entonces podría haberse alcanzado si Inglaterra hubiera ejercido discreción.

Jefferson describe así su plan en el borrador de instrucciones a los delegados enviados por Virginia al Congreso:

“Adopté la postura que desde el principio había considerado la única ortodoxa o sostenible, a saber, que la relación entre Gran Bretaña y dichas colonias era exactamente la misma que la de Inglaterra y Escocia tras la accesión de Jacobo y hasta después de la Unión, y la misma que la actual relación con Hannover, teniendo el mismo jefe ejecutivo, pero ninguna otra conexión política necesaria”. [34]

Este mismo proyecto, el de reducir la conexión imperial al único vínculo de una monarquía común, fue profesado por los «reformistas» que en el Alto Canadá constituyeron por lo general una mayoría de la Asamblea Legislativa durante 1830-40, y subyace a la política consciente o inconsciente de todas nuestras colonias autónomas cuando están sujetas a influencias normales.

Son posibles breves y temporales retrocesos en este movimiento bajo la presión de algún estallido popular de entusiasmo o de algún diseño político bien urdido, pero a menos que las fuerzas reales de la democracia colonial puedan ser aplastadas permanentemente, estas seguirán impulsando la política colonial hacia esta meta.

Si avanzarán aún más, hacia la plena separación formal, dependerá de cuán plenamente haya aprendido Gran Bretaña durante el último siglo y medio la lección de gobierno colonial que la Revolución Americana hizo evidente por primera vez. En la actualidad, debido a nuestra interpretación liberal del término «autogobierno responsable», no existe ningún conjunto poderoso de fuerzas conscientes que propugnen la independencia completa en ninguna de nuestras colonias, salvo en Sudáfrica, donde nuestra política excepcional ha dado origen a un antagonismo duradero de intereses económicos que, operando actualmente en las líneas de división racial, debe suscitar en un futuro no muy lejano en el pueblo de una Sudáfrica federada la demanda de una separación completa del control británico como la única alternativa a un control que ellos, británicos y holandeses, considerarán una interferencia intolerable en sus legítimos derechos de autogobierno.

Esta injerencia coactiva del Gobierno Imperial en la evolución natural de una Sudáfrica británica, acompañada de un ataque directo contra las libertades coloniales y de la sustitución de la estimulación mecánica por el crecimiento orgánico en el proceso de una federación sudafricana, repercutirá más adelante en las demás colonias autónomas a través de su reacción sobre la política británica.

El legado de esta desastrosa hazaña imperial es un militarismo acrecentado para Gran Bretaña y el dominio rapaz del armamento sobre la hacienda pública. Estas consideraciones empujan casi inevitablemente a la política pública de Gran Bretaña a hacer propuestas entusiastas a las colonias que serán justamente entendidas como una invitación a compartir riesgos y cargas muy por encima de todas las ventajas aseguradas.

Nuestros empeños por asegurar una conexión política más estrecha con las colonias son más propensos que cualquier otra causa a provocar una disrupción definitiva; pues se descubrirá que la fuerza motriz detrás de estos empeños procede de necesidades nacionales más que imperiales. Australia, Nueva Zelanda y Canadá no han tenido voz en la determinación de la reciente expansión del dominio británico en Asia y África; dicha expansión no sirve a ningún interés vital suyo; invitadas a contribuir con su plena parte al mantenimiento y fomento de dicho Imperio, se negarán persistentemente, prefiriendo hacer preparativos completos para una autodefensa tal que les permita prescindir de la protección de la bandera británica, la cual acarrea crecientes peligros de enredo con potencias extranjeras.

El nuevo imperialismo antagoniza el autogobierno colonial, tiende a hacer impracticable la federación imperial y constituye una fuerza perturbadora en las relaciones de Gran Bretaña con las colonias autónomas.

Parte II, Capítulo VII

Notas

25.

1899

Población

Ingresos

Comercio

Contribución Naval

£

£

£

Reino Unido

39.000.000

104,000,000

766.000.000

24.734.000

Colonias autónomas

12.000.000

46.000.000

222.000.000

177 000

  1. Sir H. H. Johnston, Nineteenth Century, mayo de 1902.
  1. Harold Cox, The Canadian Preferential Tariff, de donde también se han tomado las cifras adjuntas.
  1. Véase la Parte I, cap. ii.
  1. Journal of the Statistical Society, vol. lxii, p. 498.
  1. En 1900, las deudas públicas de los Gobiernos coloniales de Australasia ascendían a 194.812.289 libras esterlinas para una población de 3.756.894 habitantes, mientras que la deuda de Nueva Zelanda era de 46.930.077 libras esterlinas para una población de 756.510 habitantes (Statesman’s Year-book, 1901).

£

Nueva Gales del Sur

65.332.993

Victoria

48.774.885

Queensland

34,338,414

Australia Meridional

26.156.180

Australia Occidental

11.804.178

Tasmania

8.395.639

£194.812.289

  1. Conciliación con América.
  1. Holland, Imperium et Libertas, p. 82.
  1. El sentimiento público en Australia y Nueva Zelanda era de una factura particularmente simple en el otoño de 1899. El señor Chamberlain comunicó los «hechos» de la guerra de Sudáfrica a los primeros ministros de las colonias y estos los sirvieron a la prensa. Esta información oficial no fue contrastada por ninguna noticia realmente independiente.
  1. Citado en Imperium et Libertas, p. 70.

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