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nydus/Imperialism, A Study (1902)Public
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El imperialismo, un estudio

John A. Hobson

I

La curiosa ignorancia que prevalece con respecto al carácter político y a las tendencias del imperialismo no puede ilustrarse mejor que mediante el siguiente pasaje de una erudita obra sobre La historia de la colonización [29]:

«La extensión del dominio británico tal vez pueda imaginarse mejor que describirse, si se valora el hecho de que, de toda la superficie terrestre del globo, aproximadamente una quinta parte se encuentra real o teóricamente bajo esa bandera, mientras que más de una sexta parte de todos los seres humanos que viven en este planeta residen bajo uno u otro tipo de colonización inglesa.

Los nombres mediante los cuales se ejerce la autoridad son numerosos y los procesos son distintos, pero los objetivos hacia los cuales trabaja este mecanismo múltiple son muy similares. Según el clima, las condiciones naturales y los habitantes de las regiones afectadas, el procedimiento y la práctica difieren.

Los medios se adaptan a la situación; no existe ninguna línea de actuación irrevocable e inmutable; de vez en cuando, de década en década, los estadistas ingleses han aplicado tratamientos diferentes a un mismo territorio.

Parece existir una sola regla de acción fija: promover al máximo los intereses de la colonia, desarrollar su sistema de gobierno lo más rápidamente posible y, con el tiempo, elevarla de una posición de inferioridad a otra de asociación.

Bajo el encanto de este espíritu benéfico, los principales establecimientos coloniales de Gran Bretaña ya han alcanzado una libertad sustancial, sin disolver los lazos nominales; las demás posesiones subordinadas aspiran a ella, mientras que, por otra parte, este privilegio de independencia local ha permitido a Inglaterra asimilar con facilidad a muchos Estados feudatarios dentro del cuerpo político de su sistema».

He aquí, pues, la teoría de que los británicos somos una raza dotada, como los romanos, de un genio para el gobierno, de que nuestra política colonial e imperial está animada por el propósito de difundir por todo el mundo las artes del libre autogobierno de las que disfrutamos en la metrópoli [30], y de que, en verdad, estamos llevando a cabo esta labor.

Ahora bien, sin debatir aquí las excelencias o los defectos de la teoría y la práctica británicas del autogobierno representativo, afirmar que nuestra «regla de acción fija» ha sido educar a nuestras dependencias en esta teoría y práctica es la mayor tergiversación posible de los hechos de nuestra política colonial e imperial.

A la gran mayoría de las poblaciones de todo nuestro Imperio no les hemos concedido poderes reales de autogobierno, ni tenemos la más mínima intención seria de hacerlo, ni la más mínima convicción seria de que nos sea posible hacerlo.

De los trescientos sesenta y siete millones de súbditos británicos fuera de estas islas, no más de diez millones, es decir, uno de cada treinta y siete, poseen un verdadero autogobierno a efectos legislativos y administrativos.

La libertad política y la libertad civil, en la medida en que esta se apoya en la otra, son sencillamente inexistentes para la gran mayoría de los súbditos británicos.

Tan solo en las colonias autónomas de Australasia y Norteamérica el gobierno representativo responsable es una realidad, e incluso allí poblaciones considerables de extranjeros, como en Australia Occidental, o de mano de obra servil, como en Queensland, atenúan la autenticidad de la democracia.

En la Colonia del Cabo y en Natal, los acontecimientos recientes atestiguan cuán débilmente han arraigado las formas y hasta el espíritu de las libres instituciones británicas en Estados donde la gran mayoría de la población siempre estuvo excluida de los derechos políticos.

El sufragio y los derechos que conlleva seguirán siendo virtualmente un monopolio blanco en las llamadas colonias autónomas, donde la población de color supera a la blanca en una proporción de cuatro a uno y de diez a uno, respectivamente.

En ciertas de nuestras antiguas colonias de la Corona existe un elemento representativo en el gobierno. Si bien la administración recae enteramente en un gobernador designado por la Corona, asistido por un consejo nombrado por él, los colonos eligen una parte de la asamblea legislativa. Las siguientes colonias pertenecen a este grupo: Jamaica, Barbados, Trinidad, Bahamas, Guayana Británica, Islas de Barlovento, Bermudas, Malta, Mauricio, Ceilán.

El elemento representativo difiere considerablemente en tamaño e influencia en estas colonias, pero en ninguna parte supera en número al elemento no electo. Se convierte así en un factor consultivo más que verdaderamente legislativo.

No solo el elemento electo está siempre dominado en número por el no electo, sino que en todos los casos el veto de la Oficina Colonial se ejerce libremente sobre las medidas aprobadas por las asambleas.

A esto debe añadirse que en casi todos los casos se exige un requisito de propiedad bastante elevado para el derecho al voto, lo que impide que la población de color ejerza un poder electoral proporcional a su número y a sus intereses en el país.

La población total de estas colonias de la Corona modificadas ascendía a 5 700 000 en 1898. [31]

La abrumadora mayoría de los súbditos del Imperio británico se encuentran bajo un gobierno de colonia de la Corona, o bajo protectorados. En ninguno de los dos casos disfrutan de ninguno de los derechos políticos importantes de los ciudadanos británicos; en ninguno de los dos casos se les está formando en las artes de las instituciones británicas libres.

En la colonia de la Corona la población no ejerce ningún privilegio político. El gobernador, nombrado por la Oficina Colonial, es absoluto, tanto para la legislación como para la administración; cuenta con la ayuda de un consejo de residentes locales, habitualmente elegido por él mismo o por la autoridad metropolitana, pero su función es meramente consultiva, y su consejo puede ser ignorado —y con frecuencia lo es—.

En los vastos protectorados que hemos asumido en África y Asia no hay ni rastro de gobierno representativo británico; el factor británico consiste en actos arbitrarios de injerencia irregular en el gobierno nativo.

Existen excepciones a esto en el caso de los distritos asignados a Compañías Privilegiadas, donde a hombres de negocios, impulsados abiertamente por fines comerciales, se les permite ejercer poderes arbitrarios de gobierno sobre las poblaciones nativas bajo el control imperfecto de algún Comisionado Imperial británico.

Nuevamente, en ciertos Estados nativos y tributarios de la India, nuestro Imperio se limita virtualmente al gobierno de las relaciones exteriores, la protección militar y un derecho de veto sobre los graves trastornos internos, quedando la administración real de los países en manos de príncipes nativos o jefes locales.

Por excelente que sea este arreglo, presta escaso apoyo a la teoría general del Imperio británico como educador de instituciones políticas libres.

Donde el gobierno británico es real, no conlleva libertad ni autogobierno; donde sí conlleva una cierta cantidad de libertad y autogobierno, no es real.

Ni el cinco por ciento de la población de nuestro Imperio posee una porción apreciable de las libertades políticas y civiles que son la base de la civilización británica.

Fuera de los diez millones de súbditos británicos en Canadá, Australia y Nueva Zelanda, ningún grupo considerable está dotado de pleno autogobierno en los asuntos más vitales, ni está siendo «elevado de la posición de inferioridad a la de asociación».

Este es el más importante de todos los hechos para los estudiantes del presente y el futuro probable del Imperio Británico.

Hemos asumido sobre nosotros, en estas pequeñas islas, la responsabilidad de gobernar enormes agregados de razas inferiores en todas partes del mundo mediante métodos que son antitéticos a los métodos de gobierno que más valoramos para nosotros mismos.

La cuestión aquí presente no es si estamos gobernando estas colonias y razas subordinadas de manera acertada y prudente, mejor de lo que ellas mismas podrían gobernarse si se las dejara en paz, o mejor de lo que otra nación imperial europea podría gobernarlas, sino si les estamos otorgando aquellas artes de gobierno que consideramos nuestras posesiones más valiosas.

La afirmación del pasaje que hemos citado, según la cual bajo las fluctuaciones de nuestra política colonial a lo largo del siglo XIX subyacía la «regla fija» de educar a los territorios dependientes para el autogobierno, se opone de manera tan total y manifiesta a los registros históricos y al testimonio de los políticos coloniales leales en todas nuestras colonias que no merece mayor refutación formal.

La estructura misma de nuestro gobierno de partidos, la ignorancia o abierta indiferencia de los ministros coloniales de las viejas generaciones, el juego sesgado de las camarillas e intereses coloniales redujeron la totalidad de nuestro gobierno colonial durante muchas décadas a algo entre un subibaja y un juego de azar; lo más cercano a cualquier «regla fija» fue la presión constante y prolongada de algún interés comercial cuya ayuda política valía la pena comprar.

Que cualquier «espíritu benéfico» de los que se registran presidiera conscientemente la política aplicada a cualquier clase de colonias durante la mayor mitad del siglo XIX es notoriamente falso.

Para aquellos estadistas para quienes las colonias no eran una carga molesta, estas constituían un vertedero útil para la población excedente, incluidos delincuentes, mendigos y buenos para nada, o bien posibles mercados para el comercio británico.

Unos cuantos políticos de mentalidad más liberal, como Sir W. Molesworth y el Sr. Wakefield, miraban con interés solidario a las democracias emergentes de Australasia y Canadá.

Pero la idea de planificar una política colonial inspirada en el propósito de enseñar las artes del autogobierno representativo libre, no solo no era la «regla fija», sino que ni siquiera estaba presente como regla en ningún secretario colonial responsable en Gran Bretaña.

Cuando el primer alba del nuevo imperialismo en los años setenta confirió una conciencia política más plena al «imperio», se convirtió ciertamente en un lugar común del pensamiento liberal el hecho de que la misión imperial de Inglaterra consistía en difundir las artes del gobierno libre, y los ejemplos de Australia y Canadá, que se alzaban imponentes ante todas las miradas, sugerían que estábamos logrando precisamente esto.

Los principios y las prácticas del gobierno representativo fueron «promocionados con entusiasmo»; procónsules liberales pusieron en marcha experimentos imponentes en la India y en las Indias Occidentales; el progreso de las colonias sudafricanas sugería que, a un ritmo bastante rápido, las distintas poblaciones del imperio podrían alcanzar grados sustanciales de autogobierno; y la visión más amplia de un imperio británico, consistente en su totalidad o en su mayor parte en una unión de Estados autogobernados, comenzó a deslumbrar a los políticos.

Algunas personas —aunque en número cada vez menor— todavía abrigan estas ideas y creen que estamos moldeando gradualmente al Imperio Británico en un conjunto de Estados sustancialmente autónomos.

Nuestra posición en la India y en Egipto se justifica, según piensan, por la formación que estamos brindando a los nativos en el buen gobierno, y cuando oyen hablar de elementos «representativos» en el gobierno de Ceilán o de Jamaica, se lisonjean pensando que toda la tendencia del gobierno imperial se dirige hacia este fin.

Admitiendo los hechos relativos a la pequeña proporción de libertad política actual en todo el Imperio, insisten en que esto surge de la consideración necesaria que debemos tener hacia el modo de educar a las razas inferiores: la gran mayoría de nuestros súbditos son «niños» y deben ser formados lenta y cuidadosamente en las artes del autogobierno responsable.

Ahora bien, tales personas sufren de una gran y demostrable ilusión si suponen que un número apreciable de los funcionarios capaces y enérgicos que administran en la práctica nuestro Imperio desde Downing Street, o sobre el terreno, creen que las poblaciones que gobiernan son capaces de ser formadas para un autogobierno libre y eficaz, o que su política se ve afectada de manera apreciable por cualquier consideración hacia tal contingencia en un futuro próximo o remoto.

Muy pocos funcionarios británicos conservan ya la noción de que podamos instruir o estemos instruyendo con éxito a las grandes poblaciones de la India en las artes occidentales de gobierno.

La admisión o convicción general es que los experimentos de gobierno municipal y de otro tipo llevados a cabo bajo control británico según los métodos británicos son un fracaso. El verdadero éxito de nuestro Gobierno indio consiste, como se admite, en el buen orden y la justicia administrados autocráticamente por funcionarios británicos competentes.

Hay cierta formación de funcionarios nativos para puestos subalternos y, en raros casos, elevados, pero no se finge que este sea el objetivo o fin principal ni importante, ni existe la menor intención de que estos funcionarios nativos se conviertan en el futuro en servidores de la nación india libre en lugar de serlo del Gobierno Imperial burocrático.

En otros casos, como en Egipto, estamos utilizando a nativos para cierto trabajo administrativo, y esta formación en cargos inferiores no carece sin duda de valor.

Nuestro éxito práctico en el mantenimiento de la ley y el orden, la garantía de justicia y el desarrollo de los recursos materiales de muchas de nuestras colonias se debe en gran medida al hecho de que hemos aprendido a emplear agentes nativos siempre que sea posible para el trabajo detallado de la administración, y a adaptar nuestro gobierno, cuando puede hacerse con seguridad, a las condiciones nativas.

La conservación de las leyes y costumbres nativas o del sistema extranjero de jurisprudencia impuesto por colonizadores anteriores de otra raza [32], si bien ha complicado el gobierno en el tribunal final del Consejo Privado, ha facilitado enormemente el trabajo detallado de la administración sobre el terreno.

En verdad, la variedad, no solo de leyes sino también de otros modos de gobierno en nuestro Imperio, despierta la entusiasta admiración de muchos estudiosos de su historia.

«El Imperio británico —se nos dice— exhibe formas y métodos de gobierno en una variedad casi exuberante. Las diversas colonias, en distintos momentos de su historia, han atravesado varias etapas de gobierno, y en 1891 hay unas treinta o cuarenta formas diferentes operando simultáneamente solo dentro de nuestro Imperio. En este momento hay regiones donde el gobierno de índole puramente despótica se ejerce en plenitud, y el Imperio incluye también colonias donde la subordinación del gobierno colonial se ha vuelto tan leve que resulta casi impalpable». [33]

Si esto constituye un testimonio sorprendente del genio para la «elasticidad» de nuestra política colonial, o un ejemplo de oportunismo improvisado, no hace falta discutirlo aquí. [34]

La cuestión es que un examen de esta inmensa variedad de gobiernos desecha por completo la sugerencia de que, mediante la expansión de nuestro Imperio, estamos propagando el tipo de gobierno libre que es distintivamente británico.

La condición actual del gobierno bajo el cual vive la gran mayoría de nuestros conciudadanos en el Imperio es eminentemente antipritánica en el sentido de que se basa, no en el consentimiento de los gobernados, sino en la voluntad de los funcionarios imperiales; revela de hecho una gran variedad de formas, pero todas coinciden en lo esencial de la falta de libertad.

Tampoco es cierto que ninguno de los métodos de administración más ilustrados que empleamos esté dirigido a deshacer este carácter.

No solo en la India, sino en las Indias Occidentales y dondequiera que exista una gran preponderancia de población de color, la tendencia, no meramente de la opinión pública ignorante, sino de la ilustrada, va en contra de un gobierno genuinamente representativo al estilo británico. Se percibe como incompatible con la autoridad económica y social de una raza superior.

Cuando la autoridad británica se ha impuesto por la fuerza a grandes poblaciones de raza y color ajenos, con hábitos de vida y de pensamiento que no se mezclan con los nuestros, se descubre que es imposible injertar las tiernas plantas del gobierno representativo libre y, al mismo tiempo, preservar el buen orden en los asuntos externos.

Nos vemos obligados en la práctica a elegir entre el buen orden y la justicia administrados autocráticamente de acuerdo con las normas británicas, por un lado, y los experimentos delicados, costosos, dudosos y desordenados en materia de autogobierno según las directrices británicas, por el otro, y prácticamente en todas partes hemos decidido adoptar la primera alternativa.

Un tercer método, más sólido, que consiste en permitir una amplia libertad de autogobierno bajo un protectorado realmente laxo —adoptado en unos pocos casos, como en Basutolandia, parte de Bechuanalandia y algunos Estados indios—, no goza de gran favor y en la mayoría de los casos ya no parece factible.

No se reconocerá con demasiada claridad que la vieja noción liberal de que educamos a las razas inferiores en las artes del gobierno popular está desacreditada, y solo sobrevive con fines propagandísticos cuando se insta al país a dar un nuevo paso de anexión.

El caso de Egipto es un locus classicus.

Aquí entramos en el país bajo los mejores auspicios, como libertadores más que como conquistadores; sin duda hemos conferido grandes beneficios económicos a amplios sectores del pueblo, que no son salvajes, sino herederos de antiguas tradiciones civilizadas.

Toda la maquinaria de gobierno existente está prácticamente a nuestra disposición para modificarla según nuestra voluntad. Hemos reformado los impuestos, mejorado la justicia y purgado los servicios públicos de muchas corrupciones, y afirmamos de muchas maneras haber mejorado la condición de los felaheen.

Pero ¿estamos introduciendo las instituciones políticas británicas de tal manera que arraiguen en una nación destinada al progreso en el autogobierno?

La siguiente afirmación de Lord Milner puede considerarse típica, no del funcionario fosilizado del viejo mundo, sino del imperialista moderno, más ilustrado y práctico:–

«Concedo mucho más importancia, en el futuro inmediato de Egipto, al mejoramiento del carácter y la inteligencia de la clase oficial que al desarrollo de las instituciones representativas con las que dotamos al país en 1883.

Como británico de pura cepa, por supuesto, me quito el sombrero ante todo aquello que se llame Sufragio, Parlamento, Representación del Pueblo, la Voz de la Mayoría y todo lo demás. Pero, como observador de la condición real de la sociedad egipcia, no puedo cerrar los ojos ante el hecho de que el gobierno popular, tal como lo entendemos, está descartado por mucho más tiempo del que nadie pueda prever en la actualidad. El pueblo ni lo comprende ni lo desea. Se llevaría un chasco tremendo si lo tuviera. Y nadie, salvo unos cuantos teóricos necios, piensa en dárselo». [35]

Sin embargo, aquí nos adentramos en este país bajo el claro entendimiento de que haríamos precisamente lo que lord Milner dice que no tenemos la intención de hacer, a saber: enseñar al pueblo a gobernarse por sí mismo en el espacio de unos pocos años y luego dejarle que gestione su gobierno.

No es mi intención aquí, sin embargo, discutir ni el valor de la labor gubernamental que estamos realizando ni nuestro derecho a imponer nuestra autoridad sobre poblaciones más débiles. Pero el hecho es evidente de que el Imperio británico no es, en una medida apreciable, un campo de entrenamiento en las artes británicas del gobierno libre.

A la luz de esta investigación, dirigida al Imperio en su conjunto, ¿cómo debemos considerar el nuevo imperialismo?

Casi la totalidad de este, como hemos visto, consiste en territorios tropicales o subtropicales, con grandes poblaciones de salvajes o «razas inferiores»; es poco probable, incluso en un futuro lejano, que una gran parte de él amplíe el área de una vida colonial sana.

En los pocos lugares donde los colonos ingleses pueden establecerse, como en partes de los nuevos Estados sudafricanos, se verán superados en número de manera tan abrumadora por las poblaciones de color que la adopción de un gobierno representativo y libre resultará impracticable.

En una sola palabra, el nuevo imperialismo ha incrementado el área del despotismo británico, superando con creces el progreso en población y en libertad práctica alcanzado por nuestras pocas colonias democráticas.

No ha servido para la difusión de la libertad británica ni para la propagación de nuestras artes de gobierno.

Las tierras y poblaciones que hemos anexionado las gobernamos, en la medida en que las gobernamos, mediante métodos netamente autocráticos, administrados principalmente desde Downing Street, pero en parte desde centros de gobierno colonial, en los casos en que se ha permitido anexionar a colonias con autogobierno.

II

Ahora bien, esta gran expansión del despotismo político británico está cargada de reacciones sobre la política nacional que merecen la consideración más seria.

Una curiosa ceguera parece obsesionar la mente del británico culto promedio cuando se le pide que se imagine nuestro Imperio colonial. Casi instintivamente visualiza Canadá, Australasia y, solo muy recientemente, Sudáfrica; lo demás prácticamente lo ignora.

Sin embargo, el imperialismo que es nuestra principal preocupación, la expansión del último cuarto de siglo y la mayor expansión a la que podamos sentirnos tentados en un futuro próximo, no tiene nada en común con Canadá y Australasia, y muy poco con la «África del hombre blanco».

Cuando lord Rosebery pronunció sus famosas palabras sobre «un Imperio libre, tolerante y no agresivo», difícilmente podía tener en mente nuestras vastas usurpaciones recientes en África occidental y central, en el Sudán, en la frontera birmana o en Matabelelandia.

Pero la distinción entre el colonialismo genuino y el imperialismo, importante en sí misma, resulta vital cuando consideramos sus respectivas relaciones con la política nacional.

El colonialismo británico moderno no ha supuesto un lastre para nuestros recursos materiales y morales, porque ha propiciado la creación de democracias blancas libres, una política de federación informal, de descentralización, que no entraña una tensión apreciable para las facultades gubernamentales de Gran Bretaña.

Dicha federación, ya sea que permanezca informal con el leve apego de la soberanía imperial que ahora existe, o que adopte voluntariamente alguna forma más formal, política o financiera, bien puede considerarse una fuente de fortaleza, tanto política como militar.

El imperialismo es la antítesis misma de esta conexión colonial libre y saludable, ya que propicia, como siempre lo hace, mayores complicaciones en la política exterior, una mayor centralización del poder y una congestión de asuntos que amenaza constantemente con absorber y sobrecargar la capacidad del gobierno parlamentario.

La verdadera naturaleza política del Imperialismo se observa mejor al confrontarla con las consignas de progreso aceptadas a mediados del siglo XIX por los hombres moderados de ambos grandes partidos del Estado, aunque con interpretaciones que variaban en grado: paz, economía, reforma y autogobierno popular.

Aun ahora no hallamos un abandono formal de los principios de gobierno que estos términos expresan, y un amplio sector de los autodenominados liberales cree o afirma que el Imperialismo es compatible con el mantenimiento de todas estas virtudes.

Esta tesis, sin embargo, se ve desmentida por los hechos.

Las décadas de imperialismo han sido pródigas en guerras; la mayoría de estas guerras han estado motivadas directamente por la agresión de las razas blancas contra las «razas inferiores», y han desembocado en la toma por la fuerza de territorios. Cada uno de los pasos de expansión en África, Asia y el Pacífico ha venido acompañado de derramamiento de sangre; cada potencia imperialista mantiene un ejército cada vez mayor disponible para el servicio exterior; la rectificación de fronteras, las expediciones punitivas y otros eufemismos para la guerra están en incesante desarrollo.

La pax Britannica, siempre una descarada falsedad, se ha convertido en los últimos años en un grotesco monstruo de hipocresía; a lo largo de nuestras fronteras indias, en África Occidental, en el Sudán, en Uganda, en Rhodesia, los combates han sido casi incesantes. Aunque las grandes potencias imperialistas se han abstenido de atacarse mutuamente —salvo cuando el naciente imperio de Estados Unidos ha hallado su oportunidad en el decadente imperio de España—, dicha contención ha resultado costosa y precaria.

La paz como política nacional se ve obstaculizada no solo por la guerra, sino por el militarismo, un perjuicio aún más grave.

Aparte de la enemistad entre Francia y Alemania, la causa principal de los vastos armamentos que están agotando los recursos de la mayoría de los países europeos son sus intereses encontrados en la expansión territorial y comercial.

Donde hace treinta años existía un punto sensible en nuestras relaciones con Francia, Alemania o Rusia, ahora hay una docena; las tensiones diplomáticas ocurren casi mensualmente entre potencias con intereses en África o China, y la naturaleza principalmente comercial de los antagonismos nacionales los vuelve más peligrosos, en la medida en que la política de los Gobiernos pasa a estar más bajo la influencia de camarillas marcadamente financieras.

La tesis de la escuela si pacem vis pares bellum, según la cual los armamentos por sí solos constituyen la mejor garantía para la paz, se basa en el suposición de que existe un antagonismo genuino y duradero de intereses reales entre los diversos pueblos que están llamados a sufrir este monstruoso sacrificio.

Nuestro análisis económico ha revelado el hecho de que solo los intereses de camarillas competidoras de hombres de negocios —inversionistas, contratistas, fabricantes exportadores y ciertas clases profesionales— son antagónicos; que estas camarillas, usurpando la autoridad y la voz del pueblo, utilizan los recursos públicos para impulsar sus negocios privados, y gastan la sangre y el dinero del pueblo en este vasto y desastroso juego militar, fingiendo antagonismos nacionales que no tienen base en la realidad.

No es del interés del pueblo británico, ni como productor de riqueza ni como contribuyente, arriesgar una guerra con Rusia y Francia con el fin de unirse a Japón para evitar que Rusia se apodere de Corea; pero puede servir a los intereses de un grupo de políticos comerciales promover esta peligrosa política.

La guerra de Sudáfrica, abiertamente fomentada por especuladores del oro para sus fines privados, figurará en la historia como un caso principal de esta usurpación del nacionalismo.

La guerra, sin embargo, representa no el éxito, sino el fracaso de esta política; su fruto normal y más peligroso no es la guerra, sino el militarismo.

Mientras se permita que esta expansión competitiva por territorios y mercados extranjeros se disfrace de «política nacional», el antagonismo de intereses parecerá real, y los pueblos deberán sudar, sangrar y esforzarse para mantener una maquinaria de guerra cada vez más costosa.

Si la lógica fuera aplicable en tales casos, la noción de que cuanto mayor es la preparación para la guerra menor es la probabilidad de que esta ocurra bien podría parecer una reductio ad absurdum del militarismo, al implicar, como lo hace, que la única forma de asegurar una paz mundial eterna es concentrar toda la energía de todas las naciones en el arte de la guerra, ¡el cual queda así incapacitado para la práctica!

Con tales paradojas, sin embargo, no necesitamos preocuparnos. El hecho evidente y admitido de que, como resultado de la competencia imperial, una proporción cada vez mayor del tiempo, la energía y el dinero de las naciones «imperialistas» es absorbida por los armamentos navales y militares, y de que los imperialistas no consideran practicable ningún freno a esta mayor absorción, sitúa al «militarismo» en la primera línea de la política práctica.

La Gran Bretaña y los Estados Unidos, que hasta ahora se habían felicitado por escapar al militarismo de la Europa continental, están sucumbiendo rápidamente ahora.

¿Por qué? ¿Sugiere alguien que alguna de las dos naciones necesita un ejército mayor para la protección de sus propias tierras o de cualquiera de sus asentamientos genuinos de raza blanca en otras tierras? En absoluto.

No se pretende que la militarización de Inglaterra sea necesaria para dicha labor de protección.

  • Australia y Nueva Zelanda no se encuentran amenazadas por ninguna potencia, ni un ejército británico podría prestarles la asistencia adecuada en caso de estarlo;
  • igualmente impotentes serían las fuerzas terrestres británicas contra la única potencia que podría concebiblemente atacar nuestro Dominio canadiense;
  • incluso Sudáfrica, que se halla en la frontera entre colonia y dependencia tropical, no puede ser asegurada en última instancia por el poder militar de Inglaterra.

Es nuestra equivocada anexión de territorios tropicales y subtropicales, y el intento de gobernar a las «razas inferiores», lo que nos está empujando por la empinada cuesta hacia el militarismo.

Si hemos de retener todo lo que hemos tomado desde 1870 y competir con las nuevas naciones industriales en la posterior partición de imperios o esferas de influencia en África y Asia, debemos estar preparados para luchar.

La enemistad de los imperios rivales, abiertamente manifestada a lo largo de la guerra sudafricana, se debe, como es reconocido, a la política mediante la cual nos hemos adelantado, y seguimos buscando adelantarnos, a dichos rivales en la anexión de territorio y de mercados en todo el mundo.

La teoría de que podemos vernos obligados a luchar por la existencia misma de nuestro Imperio contra alguna combinación de potencias europeas, que ahora se utiliza para aterrorizar a la nación hacia una inversión definitiva e irremediable de nuestra política militar y comercial, no significa otra cosa que la intención de los intereses imperialistas de continuar la alocada carrera de anexión.

En 1896, Lord Rosebery ofreció una vívida descripción de la política de las últimas dos décadas y presentó una enérgica defensa de la paz.

“El Imperio británico... necesita paz. Durante los últimos veinte años, más aún durante los últimos doce, habéis puesto vuestras manos, con un afán casi frenético, sobre cada extensión de territorio adyacente al vuestro o deseable desde cualquier otro punto de vista que hayáis considerado oportuno adoptar. Eso ha tenido dos resultados. Me atrevo a decir que ha estado muy bien, pero ha tenido dos resultados.

El primer resultado es este: que habéis excitado hasta un grado casi intolerable la envidia de otras naciones colonizadoras (¡sic!), y que, en el caso de muchos países, o más bien de varios países que antes os eran amistosos, podéis contar —como consecuencia de vuestra política colonial, ya sea justa o injusta— no con su benevolencia activa, sino con su malevolencia activa.

Y, en segundo lugar, habéis adquirido una masa tan enorme de territorio que pasarán años antes de que podáis colonizarlo o controlarlo, o hacerlo capaz de defensa o susceptible a los actos de vuestra administración...

En doce años habéis añadido al Imperio, ya sea en forma de anexión real, de dominio, o de lo que se llama una esfera de influencia, 2.600.000 millas cuadradas de territorio... a las 120.000 millas cuadradas del Reino Unido, que forma parte de vuestro Imperio, le habéis añadido durante los últimos doce años veintidós superficies tan grandes como el propio Reino Unido.

Digo que eso marca para muchos años una política de la que no podréis apartaros aunque quisierais. Podéis veros obligados a desenvainar la espada –espero que no sea así–; pero la política exterior de la Gran Bretaña, hasta que su territorio esté consolidado, poblado, colonizado y civilizado, debe ser inevitablemente una política de paz. [36]

Desde que se pronunciaron estas palabras, se han añadido vastos territorios nuevos de imperio indigerido en el Sudán, en el África Oriental, en el África Austral, mientras la Gran Bretaña se debate afanosamente en obligaciones de magnitud y peligro incalculables en los mares de China, y el profeta que expresó esta advertencia ha sido él mismo un instrumento activo en la promoción de la insensatez misma que denuncio.

El imperialismo —ya consista en una nueva política de expansión o en el mantenimiento riguroso de todas esas vastas tierras tropicales que hace poco hemos señalado como esferas de influencia británicas— implica militarismo hoy y guerras ruinosas en un futuro próximo.

Esta verdad se presenta ahora por primera vez de manera cruda y nítida ante la mente de la nación.

Los reinos de la tierra van a ser nuestros a condición de que caigamos de rodillas y adoremos a Moloch.

El militarismo plantea a la Gran Bretaña el siguiente dilema.

Si el ejército necesario para la defensa y expansión del Imperio ha de seguir basándose en el voluntariado, compuesto por elementos selectos obtenidos mediante la aplicación de incentivos económicos, un aumento considerable de las fuerzas regulares o de la milicia solo podrá lograrse mediante un incremento salarial tan elevado que tiente a los hombres, no del mercado de mano de obra no cualificada o de las zonas agrícolas como hasta ahora, sino de las clases de artesanos cualificados de las ciudades.

Basta una ligera reflexión para percatarse de que cada nuevo incremento del ejército implicará un llamamiento a una clase acostumbrada a un nivel salarial más alto, y que la paga de todo el ejército deberá regirse por la tarifa necesaria para asegurar este último incremento.

El reclutamiento en tiempos de guerra es siempre más activo que en tiempos de paz, al mezclarse otros motivos con el motivo claramente económico. Cada aumento de nuestras fuerzas en pie de paz implicará un incremento mucho mayor que proporcional en la tarifa de la paga —cuán grande sea este incremento solo la experiencia podrá enseñarlo—.

Parece muy probable que en un período de bonanza comercial normal nuestro ejército voluntario solo podría aumentar un 50 por ciento duplicando la tarifa de paga anterior, o mediante otras condiciones de empleo mejoradas que supongan un aumento de coste equivalente, y que, si necesitáramos duplicar el tamaño de nuestro ejército permanente, tendríamos que cuadruplicar la tarifa de la paga.

Si, por otra parte, la perspectiva de un aumento tan enorme del gasto militar nos condujera a abandonar la base puramente voluntaria y a recurrir al reclutamiento u otra forma de servicio obligatorio, no dejaríamos de sufrir en la calidad combativa promedio.

Dicha selección de físico y moral que prevalecía bajo el sistema voluntario desaparecería ahora, y se revelaría la ineptitud radical de una nación de habitantes urbanos para el arduo servicio militar.

El intento fatuo de convertir a ineficaces trabajadores de los suburbios y enclenques oficinistas urbanos en material militar resistente, apto para un servicio extranjero prolongado, o incluso para una defensa nacional eficiente, sería detectado, cabe esperar, antes de la prueba de combate con una potencia militar que extrae sus soldados de la tierra.

Una nación cuyos habitantes son en un 70 por ciento moradores de ciudades no puede permitirse desafiar a sus vecinos a pruebas de fuerza física, pues en última instancia la guerra no se decide ni por la generalidad ni por la superioridad de las armas, sino por aquellos elementos de resistencia bruta que son incompatibles con la vida de las ciudades industriales.

El peligro total del dilema del militarismo solo se percibe cuando el gasto indirecto se suma al directo.

Un ejército, voluntario o de leva, formado con material urbano requeriría un entrenamiento más prolongado o un ejercicio más frecuente que un ejército campesino; el desperdicio de fuerza de trabajo, al apartar a la juventud de la nación de su formación temprana en las artes productivas para prepararla para el arte destructivo, sería mayor y perjudicaría más gravemente a las industrias cualificadas que en las naciones menos avanzadas en los oficios y profesiones especializados.

El menor de estos perjuicios económicos sería la pérdida real de tiempo de trabajo que implica la retirada; mucho más grave sería el daño a la destreza y al carácter industrial al apartar a los jóvenes en el período de mayor docilidad y aptitud para el trabajo especializado y someterlos a una disciplina marcadamente mecánica, pues aunque el habitante de los suburbios y el zopenco puedan ganar agilidad y viveza con el entrenamiento militar, las clases trabajadoras cualificadas perderán más debido al aplastamiento de la iniciativa individual que el militarismo profesional siempre conlleva.

En un momento en que el llamamiento a la iniciativa libre y audaz, a la empresa individual y al ingenio en la asimilación de los últimos conocimientos científicos y técnicos para las artes de la industria, para una mejor organización y métodos de empresa, se vuelve más urgente para permitirnos mantener nuestra posición en la nueva competencia del mundo; en un momento así, someter a la juventud de nuestra nación al sistema de cuartel, o a cualquier forma de instrucción militar efectiva, sería un verdadero suicidio.

De nada sirve replicar que algunos de nuestros más acérrimos competidores comerciales, notablemente Alemania, ya están cargados con este peso; la respuesta es que, si apenas podemos mantenernos a la altura de Alemania mientras ella soporta esta carga, le entregaremos una fácil victoria si asumimos una todavía más pesada.

Cualesquiera que sean las virtudes que los apologistas atribuyen a la disciplina militar, se admite que este entrenamiento no conduce a la eficiencia industrial. El coste económico del militarismo es, por tanto, doble: los gastos enormemente aumentados del ejército deben ser sufrfragados por un pueblo empobrecido.

Hasta ahora, he considerado el problema desde su vertiente estrictamente económica.

Mucho más importantes son las consecuencias políticas del militarismo. Estas atacan la raíz misma de la libertad popular y de las virtudes cívicas ordinarias.

Unas pocas reflexiones sencillas sirven para disipar los vapores sofísticos que se utilizan para crear un halo en torno a la vida del soldado. Respice finem.

Existe un antagonismo absoluto entre la actividad del buen ciudadano y la del soldado. El fin del soldado no es, como a veces se dice falsamente, morir por su país; es matar por su país. En la medida en que muere, es un fracaso; su labor es matar, y alcanza la perfección como soldado cuando se convierte en un asesino perfecto. Este fin, la matanza de nuestros semejantes, configura un carácter profesional ajeno y antagónico al carácter de nuestro ciudadano ordinario, cuyo trabajo propicia la preservación de sus semejantes.

Si se arguye que este propósito último, aunque informa y moldea la estructura y las funciones de un ejército, opera rara y levemente sobre la conciencia del soldado individual, salvo en el campo de batalla, la respuesta es que, en ausencia de este fin en la conciencia, toda la rutina de la vida del soldado, su instrucción, sus desfiles y todo su ejercicio militar constituyen una actividad inútil y sin propósito, y que estas cualidades ejercen una influencia sobre el carácter apenas menos degradante que la intención consciente de matar a sus semejantes.

Las reacciones psíquicas de la vida militar son, en efecto, notorias; incluso aquellos que defienden la utilidad de un ejército no niegan que este incapacita a un hombre para la vida civil.

Tampoco puede sostenerse que un servicio general más corto, como el que basta para un ejército ciudadano, escape a estas reacciones. Si el servicio es lo suficientemente largo y riguroso como para ser eficaz, conlleva estas reacciones psíquicas, las cuales son, de hecho, parte inseparable de la eficacia militar.

¡Qué claramente expone esto el Sr. March-Phillips en su admirable apreciación de la vida del soldado raso!

“Soldados como clase (me refiero a la mayoría de origen urbano, criado en los suburbios, claro) son hombres que han descartado por completo el código moral civil. Simplemente lo ignoran. Esta es, sin duda, la razón por la que los civiles los evitan. En el juego de la vida no siguen las mismas reglas, y la consecuencia es una gran cantidad de malentendidos, hasta que finalmente el civil dice que no volverá a jugar con el Tommy.

A los ojos de los soldados, la mentira, el robo, la embriaguez, el lenguaje grosero, etc., no son males en absoluto. Roban como urracas. En cuanto al lenguaje, solía pensar que el vocabulario del castillo de proa de un buque mercante era bastante malo, pero el de los Tommies, en cuanto a blasfemias, lo iguala con creces y, en cuanto a obscenidad, lo supera por mucho. Este departamento es una de sus especialidades.

Trata la mentira con la misma amplia indulgencia. Mentir como un cosaco es una metáfora de lo más acertada. Inventa todo tipo de mentiras rebuscadas por el mero placer de inventarlas. El saqueo, de nuevo, es uno de sus placeres perpetuos. No solo el saqueo por beneficio, sino el saqueo por la pura diversión de la destrucción, etc.” [37]

La fidelidad de esta descripción se ve atestiguada por la simpatía que el escritor muestra hacia los atributos militares que acompañan y, en su opinión, atenuan estas infracciones de las normas civiles.

“¿Son el robo, la mentira, el pillaje y las conversaciones bestiales cosas muy malas? Si lo son, Tommy es un mal hombre. Pero, por una u otra razón, desde que llegué a conocerlo, he pensado un poco menos en la iniquidad de estas cosas que antes”.

Este juicio es en sí mismo un comentario sorprendente sobre el militarismo. El hecho de que sea emitido por un hombre de inquebrantable carácter y cultura constituye el testimonio más convincente de la influencia corruptora de la guerra.

A este testimonio informal puede añadirse la significativa evidencia de la Soldier’s Pocket-book de Lord Wolseley.

“Como nación, nos crían para sentir que es una desgracia triunfar mediante la falsedad; la palabra «espía» encierra algo tan repulsivo como la de esclavo. Seguiremos insistiendo con el convencimiento de que la honradez es la mejor política y de que la verdad siempre triunfa a la larga. Esas lindas frasecitas sirven bastante bien para el cuaderno de caligrafía de un niño, pero el hombre que actúe basándose en ellas en la guerra haría mejor en envainar su espada para siempre”.

El orden y el progreso de la Gran Bretaña durante el siglo XIX se han visto asegurados por el cultivo y la práctica de las virtudes cívicas e industriales ordinarias, asistidas por ciertas ventajas de recursos naturales y contingencias históricas.

¿Estamos preparados para sustituir el código ético militar o para distraer la mente y la conducta nacionales mediante un conflicto perpetuo de dos principios en pugna, uno propiciando la evolución del buen ciudadano, el otro la evolución del buen soldado?

Haciendo abstracción, por el momento, de la degradación distintivamente moral de esta regresión de la ética industrial a la militar, no podemos dejar de percibir que el daño causado a la moral comercial ha de repercutir desastrosamente en la capacidad de producción de riqueza de la nación y socavar las raíces del gasto imperial.

Pero se presenta un resquicio de escape a este dilema, un escape cargado de un peligro aún mayor.

El nuevo imperialismo se ocupa principalmente, como hemos visto, de los países tropicales y subtropicales donde grandes «razas inferiores» quedan bajo el control de los blancos. ¿Por qué habrían de combatir los ingleses en las guerras defensivas u ofensivas de este Imperio cuando se puede reclutar sobre el terreno, o trasladar de un dominio tropical a otro, material de combate más barato, más numeroso y mejor asimilado?

Del mismo modo que la mano de obra para el desarrollo industrial de los recursos tropicales recae sobre las «razas inferiores» que allí residen, bajo superintendencia blanca, ¿por qué no organizar el militarismo sobre la misma base? Hombres negros, marrones o amarillos para quienes la disciplina militar será «una educación saludable», luchando por el Imperio británico bajo las órdenes de oficiales británicos. Así es como mejor podemos economizar nuestro propio y limitado material militar, reservando la mayor parte para la defensa nacional.

Esta solución sencilla —el empleo de ejércitos mercenarios extranjeros y baratos— no es ningún artificio nuevo.

La organización de vastas fuerzas nativas, armadas con armas «civilizadas», instruidas en métodos «civilizados» y comandadas por oficiales «civilizados», constituyó uno de los rasgos más conspicuos de las últimas etapas de los grandes Imperios de Oriente y, más tarde, del Imperio romano.

Ha demostrado ser uno de los artificios más peligrosos del parasitismo, mediante el cual una población metropolitana confía la defensa de sus vidas y posesiones a la fidelidad precaria de «razas conquistadas», comandadas por procónsules ambiciosos.

Uno de los síntomas más extraños de la ceguera del imperialismo es la imprudente indiferencia con la que Gran Bretaña, Francia y otras naciones imperialistas se embarcan en esta peligrosa dependencia.

Gran Bretaña es la que ha llegado más lejos. La mayor parte de los combates mediante los cuales hemos ganado nuestro imperio indio ha sido librada por nativos; en la India, al igual que más recientemente en Egipto, se ponen grandes ejércitos permanentes bajo las órdenes de comandantes británicos; casi todos los combates asociados a nuestros dominios africanos, excepto en la parte meridional, los han hecho los nativos por nosotros.

Cuán fuerte es la presión para reducir la proporción de soldados británicos empleados en estos países hasta un mínimo estricto de seguridad queda ampliamente ilustrado en el caso de la India, cuando la emergencia sudafricana nos llevó a reducir el mínimo aceptado en más de quince mil hombres, mientras que en la propia Sudáfrica establecemos un precedente que nos costará caro en el futuro, al emplear grandes contingentes de nativos armados para luchar contra otra raza blanca.

Aquellos que están más familiarizados con el temperamento del pueblo británico y de los políticos que tienen la determinación directa de los asuntos comprenderán con qué facilidad podemos ser arrastrados por este sendero peligroso.

Nada que no sea el temor a una invasión próxima de estas islas inducirá al pueblo británico a someterse a la onerosa experiencia de un sistema verdaderamente eficaz de servicio militar obligatorio; ningún estadista, salvo bajo la sombra de una amenaza seria de invasión, se atreverá a impulsar tal plan.

Una disposición regular para el servicio militar obligatorio en el extranjero jamás será adoptada cuando persista la alternativa de ejércitos nativos mercenarios. Que estos «negros» luchen por el Imperio a cambio de los servicios que les prestamos al anexionarlos, gobernarlos y enseñarles «la dignidad del trabajo», será el sentimiento predominante, y los estadistas «imperialistas» se verán obligados a inclinarse ante él, diluyendo cada vez con mayor escasez a las tropas británicas entre los ejércitos nativos de África y Asia.

Este modo de militarismo, aunque más barato y fácil en un primer momento, implica cada vez menos control por parte de la Gran Bretaña. Si bien reduce la presión del militarismo sobre la población de la metrópoli, aumenta los riesgos de guerras, las cuales se vuelven más frecuentes y más bárbaras a medida que involucran en menor grado las vidas de los ingleses.

La expansión de nuestro Imperio bajo el nuevo imperialismo se ha logrado enfrentando a las «razas inferiores» entre sí, fomentando las animosidades tribales y utilizando para nuestro supuesto beneficio las propensiones salvajes de los pueblos a los que tenemos la misión de llevar el cristianismo y la civilización.

El hecho de que no estemos solos en esta ignominiosa política no la hace mejor, sino peor, al ofrecer terribles visiones proféticas de un futuro no muy lejano, en el que los horrores de nuestra lucha del siglo XVIII con Francia en Norteamérica e India puedan revivirse a una escala gigantesca, y África y Asia sirvan de enormes campos de batalla para los combates de ejércitos negros y amarillos que representen las rivalidades imperialistas de la Cristiandad.

Las tendencias actuales del Imperialismo apuntan claramente en esta dirección, implicando en su reacción una degradación de los Estados occidentales y un posible débâcle de la civilización occidental.

En todo caso, el imperialismo propicia la guerra y el militarismo, y ha provocado un incremento grande e ilimitado del gasto de los recursos nacionales en armamentos.

Ha menoscabado la independencia de toda nación que ha cedido ante su falso encanto. Gran Bretaña ya no posee un millón de libras que pueda llamar suyo; la totalidad de sus recursos financieros está hipotecada a una política dictada por Alemania, Francia o Rusia. Un movimiento de cualquiera de estas potencias puede obligarnos a gastar en más acorazados y preparativos militares el dinero que habíamos destinado a fines domésticos.

La prioridad y la magnitud imprudente de nuestra expansión imperial han hecho que el peligro de una coalición armada de grandes potencias en nuestra contra no sea una quimera ociosa. El reciente desarrollo de sus recursos en las líneas del nuevo industrialismo, por un lado, al impulsarlas a buscar mercados extranjeros, las enfrenta en todas partes del mundo con las molestas barreras de las posesiones británicas; por el otro, les ha proporcionado amplios medios de gasto público.

La expansión del industrialismo moderno tiende a situar a nuestros «rivales» en pie de igualdad con nosotros en cuanto a sus recursos públicos. De ahí que, precisamente en el momento en que tenemos más razones que antes para temer una coalición armada, estemos perdiendo esa superioridad financiera que nos hacía factible mantener un armamento naval superior a cualquier combinación europea.

Todos estos peligros del presente y del futuro cercano son los frutos del nuevo imperialismo, que queda así expuesto como el implacable y mortal enemigo de la Paz y de la Economía.

Hasta qué punto el aspecto militar del imperialismo ya ha mermado los recursos de los Estados europeos modernos puede juzgarse por la siguiente tabla que muestra el crecimiento del gasto de las distintas grandes potencias europeas en equipamiento militar durante la última generación:–

Gasto militar de las grandes potencias europeas

1869-1870

1897-1898

£

£

Gran Bretaña

22.440.000

40.094.000

Francia

23.554.000

37.000.000

Rusia

15.400.000

35.600.000

Alemania

11.217.000

32.800.000

Austria

9.103.000

16.041.000

Italia

7.070.000

13.510.000

Totales

88.784.000

175.045.000

Para el conjunto de los Estados europeos, el incremento ha sido de 105.719.000 libras esterlinas en 1869-1870 a 208.877.000 libras esterlinas en 1897-1898.

III

Hay quienes niegan el antagonismo entre el imperialismo y la reforma social.

«La energía de una nación como la nuestra —argumentan— no debe considerarse como una cantidad fija, de modo que cada gasto en expansión imperial suponga una restricción correspondiente en los fines del progreso interno; hay varios tipos de energía que exigen diferentes vías de salida, de modo que la verdadera economía del genio británico requiere muchos campos de actividad tanto domésticos como externos; somos capaces, al mismo tiempo, de la expansión imperial en varias direcciones y de una energía compleja de crecimiento en nuestra economía interna.

La inspiración de las grandes hazañas en todo el mundo repercute en la vitalidad de la nación británica, haciéndola capaz de realizar esfuerzos de progreso interno que se habrían visto impedidos por el curso ordinario de un desarrollo insular, provinciano y autosatisfecho».

Ahora es innecesario discutir la incompatibilidad de la reforma social con el imperialismo basándose en algún principio abstracto relativo a la cantidad de energía nacional.

Aunque existen límites de cantidad por debajo de la mejor economía de la división del trabajo, como de hecho se ilustra en el plano militar mediante los límites que la población impone a la combinación de la expansión agresiva y la defensa nacional, estos límites no siempre son fáciles de descubrir y a veces son capaces de una gran elasticidad.

No se puede sostener, por tanto, que la sólida materia intelectual que nutre a nuestro Servicio Civil de la India suponga una pérdida correspondiente para nuestras profesiones y servicios oficiales nacionales, o que la energía aventurera de los grandes exploradores, misioneros, ingenieros, buscadores y otros pioneros del imperio pudiera haber encontrado y hubiera encontrado un campo tan amplio y un estímulo tan intenso para sus energías dentro de estas islas.

El problema que estamos considerando –el del imperialismo– no gira, en sus principales efectos políticos y sociales, en torno a consideraciones tan exactas de economía cuantitativa de la energía, ni la repudiación del imperialismo implica el confinamiento dentro de límites territoriales rígidos de cualquier energía individual o cooperativa que pueda encontrar un mejor ámbito en el extranjero.

Nos ocupa la economía del poder gubernamental, el imperialismo como política pública. Incluso aquí el problema no es principalmente de economía cuantitativa, aunque, como veremos, esto está claramente implicado.

El antagonismo entre el imperialismo y la reforma social es una oposición inherente de política que implica métodos y procesos de gobierno contradictorios.

Algunas de las ilustraciones más obvias de este antagonismo se presentan mediante consideraciones de finanzas.

La mayoría de las medidas de reforma social importantes o populares, el mejoramiento de la maquinaria de la educación pública, cualquier manejo a gran escala de los problemas de la tierra y la vivienda en la ciudad y en el campo, el control público del tráfico de bebidas alcohólicas, las pensiones de vejez, la legislación para mejorar la condición de los trabajadores, implican un desembolso considerable de dinero público recaudado mediante impuestos por las autoridades centrales o locales.

Ahora bien, el imperialismo, a través del gasto militar cada vez mayor que conlleva, vacía visiblemente el erario público del dinero que podría destinarse a tales fines. No solo el Tesoro no tiene suficiente dinero para gastar en educación pública, pensiones de vejez u otras reformas estatales; las unidades menores de gobierno local se ven paralizadas de manera similar, ya que los contribuyentes del Estado y de las tasas locales son en esencia las mismas personas, y cuando se les recarga fuertemente con impuestos para fines estatales improductivos, no pueden soportar fácilmente un aumento en las tasas.

Toda reforma social importante, aunque no implique directamente un gran gasto público, causa perturbaciones financieras y riesgos que son menos tolerables en épocas en que el gasto público es abultado y el crédito público, fluctuante y vacilante.

Toda reforma social conlleva cierto ataque a los intereses creados, y estos pueden defenderse mejor cuando el imperialismo activo absorbe la atención pública.

Cuando la legislación está de por medio, la economía de tiempo y de interés gubernamental es de suma importancia. El imperialismo, con su «alta política», que involucra el honor y la seguridad del Imperio, reclama el primer lugar y, a medida que el Imperio crece, el número y la complejidad de sus asuntos —que exigen una atención estrecha, inmediata y continua— aumentan, absorbiendo el tiempo del Gobierno y del Parlamento.

Se vuelve cada vez más imposible destinar tiempo parlamentario para la discusión completa y sin interrupciones de asuntos de la más vital importancia doméstica, o sacar adelante cualquier medida de reforma amplia y seria.

Sobra explayarse en la teoría de este antagonismo cuando la práctica resulta evidente para cualquier estudioso de la política.

En efecto, se ha convertido en un lugar común de la historia el modo en que los Gobiernos se valen de las animosidades nacionales, las guerras extranjeras y el encanto de la construcción de imperios para embotar la mente popular y desviar el creciente resentimiento contra los abusos internos.

Los intereses creados, que, según nuestro análisis, resultan ser los principales impulsores de una política imperialista, juegan a doble baza, buscando sus ganancias comerciales y financieras privadas a expensas y en peligro de la comunidad.

Protegen al mismo tiempo su supremacía económica y política a nivel nacional contra los movimientos de reforma popular.

El terrateniente urbano, el hidalgo rural, el banquero, el usurero y el financiero, el cervecero, el propietario de minas, el magnate del hierro, el constructor naval y el sector naviero, los grandes fabricantes y comerciantes exportadores, el clero de la Iglesia de Estado, las universidades y los grandes colegios privados, los gremios jurídicos y los servicios se han unido, tanto en Gran Bretaña como en el continente, para oponer una resistencia política común contra los ataques al poder, la propiedad y los privilegios que, en diversas formas y grados, representan.

Habiendo concedido bajo presión la forma del poder político en forma de instituciones electivas y un sufragio amplio a las masas, luchan por evitar que las masas obtengan la sustancia de este poder y lo utilicen para el establecimiento de la igualdad de oportunidades económicas.

El colapso del partido liberal en el continente y, ahora, en la Gran Bretaña, solo se explica de esta manera.

Amigos de la libertad y del gobierno popular en tanto que las nuevas fuerzas industriales y comerciales se veían obstaculizadas por las barreras económicas y la supremacía política de la noblesse y la aristocracia terrateniente, han llegado a templar su «confianza» en el pueblo con una dosis cada vez mayor de cautela, hasta que en las últimas dos décadas o bien han buscado la fusión política con los conservadores o bien han arrastrado una existencia precaria a fuerza de unos cuantos líderes tardíos con principios obsoletos.

Donde el liberalismo conserva cierta fuerza real, se debe a que la lucha más antigua por el sufragio y las libertades primarias se ha retrasado, como en Bélgica y en Dinamarca, y ha sido posible un modus vivendi con el partido de la clase trabajadora en auge.

En Alemania, Francia e Italia el partido liberal, como factor en la política práctica, ha desaparecido o se encuentra reducido a la impotencia; en Inglaterra se halla hoy convicto de una burda y palpable traición a las condiciones primordiales de la libertad, manoseando débilmente en busca de programas como sustituto de los principios.

Sus líderes, tras haber vendido su partido a una confederación de especuladores de bolsa y sentimentales chovinistas, se ven impotentes para defender el libre comercio, la libertad de prensa, la educación libre, la libertad de expresión o cualquiera de los rudimentos del liberalismo clásico. Han enajenado la confianza del pueblo.

Durante muchos años se les ha permitido librar un combate simulado y llamarlo política; el pueblo creyó que era real hasta que la guerra de Sudáfrica ofreció una prueba dramática y decisiva, y la irrealidad del liberalismo se hizo patente.

No es que los liberales hayan abandonado abiertamente los viejos principios y tradiciones, sino que los han despojado de valor al coquetear con un imperialismo que han tratado, de forma insensata e infructuosa, de distinguir de la marca más firme de sus oponentes políticos.

Esta rendición al imperialismo significa que han preferido los intereses económicos de las clases propietarias y especulativas, a las que pertenecen la mayoría de sus líderes, por encima de la causa del liberalismo.

Se puede conceder fácilmente que no son traidores ni hipócritas conscientes, pero el hecho es que han vendido la causa de la reforma popular, que era su legítima herencia, a cambio de un imperialismo que apelaba a sus intereses comerciales y a sus prejuicios sociales.

  • El plato de lentejas ha sido sazonado con varias hierbas más dulces, pero su «caldo» base es el egoísmo de clase.

La mayoría de los liberales influyentes huyeron de la lucha que constituía la prueba más auténtica del liberalismo en su generación porque eran «mercenarios», carentes de firmes principios políticos, y se entregaron con alegría a cuantas defensas superficiales e ignominiosas un «patriotismo» cegato y estridente estuviera dispuesto a idear para justificarles.

Se puede explicar y matizar, pero esta sigue siendo la pura verdad, que es bueno reconocer.

Un partido liberal solo puede sobrevivir como un resto desacreditado o endeble en Inglaterra, a menos que consienta en desvincularse definitivamente de ese imperialismo que sus antiguos líderes, al igual que sus oponentes, han permitido que bloquee el progreso de las reformas nacionales.

Hay personas y sectores entre quienes han integrado el partido liberal cuyo engaño ha sido en gran medida ciego e involuntario, debido a que han estado absortos en su interés por algún único asunto importante de reforma social, ya sea la templanza, la tenencia de la tierra, la educación o algo similar.

Que estos hombres reconozcan ahora, como con honradez difícilmente pueden dejar de hacer, que el imperialismo es el enemigo mortal de cada una de estas reformas, que ninguna de nosotras —digo, ninguna de ellas— puede avanzar seriamente en tanto que la expansión del Imperio y su satélite (el militarismo) absorban el tiempo, la energía y el dinero del Estado.

Solo así es todavía posible que una fuerte concentración de liberales pueda, mediante la fusión o la cooperación con las organizaciones políticas de las clases trabajadoras, combatir el imperialismo con la única arma eficaz: la reconstrucción social sobre la base de la democracia.

IV

El antagonismo con la democracia conduce a las raíces mismas del Imperialismo como principio político.

No solo se utiliza el Imperialismo para frustrar aquellas medidas de reforma económica que hoy se reconocen como esenciales para el funcionamiento eficaz de todo mecanismo de gobierno popular, sino que opera para paralizar el funcionamiento de ese mismo mecanismo.

Las instituciones representativas se adaptan mal al imperio, tanto en lo que respecta a los hombres como a los métodos.

El gobierno de una gran mezcolanza heterogénea de razas inferiores por parte de funcionarios departamentales en Londres y sus emisarios designados queda fuera del ámbito del conocimiento popular y del control popular.

Los secretarios de Asuntos Exteriores, de Colonias y de la India en el Parlamento, los funcionarios permanentes de los departamentos, los gobernadores y el personal que representan al Gobierno Imperial en nuestros territorios dependientes, no están —ni pueden estarlo— controlados directa o eficazmente por la voluntad del pueblo.

Esta subordinación del poder legislativo al ejecutivo, y la concentración del poder ejecutivo en una autocracia, son consecuencias necesarias del predominio de la política exterior sobre la doméstica.

El proceso viene acompañado de una decadencia del espíritu de partido y de la acción partidista, y de la insistencia por parte de la autocracia, ya sea un káiser o un gabinete, de que toda crítica partidista efectiva es antipatriótica y raya en la traición.

Un escritor competente, al analizar la nueva política exterior de Alemania, resume el punto de vista de los expansionistas:

«Ellos afirman que, en los asuntos exteriores, la nación debe mantenerse unida como un solo hombre, que las políticas una vez emprendidas por el Gobierno no deben ser repudiadas y que se debe evitar la crítica por debilitar la influencia de la nación en el extranjero... Es evidente que, cuando los asuntos más importantes de una nación se sustraen así del ámbito de las diferencias partidistas, el gobierno de partidos en sí mismo debe debilitarse, al no ocuparse ya de asuntos vitales... Así, a medida que se realza la importancia del poder ejecutivo, se reduce la del legislativo, y la acción parlamentaria se menosprecia como la actividad fútil e irritante de críticos poco prácticos. Si las medidas gubernamentales van a ser adoptadas inevitablemente, ¿para qué prescindir de la irritante demora del debate parlamentario?» [38]

El discurso del káiser en Hamburgo, el 19 de octubre de 1899, resume la doctrina de la siguiente manera:

«La faz del mundo ha cambiado mucho durante los últimos años. Lo que antes requería siglos ahora se logra en unos pocos meses. La tarea del Káiser y del Gobierno ha crecido, por consiguiente, desmedidamente, y solo será posible una solución cuando el pueblo alemán renuncie a las divisiones partidistas. Permaneciendo en filas apretadas detrás del Káiser, orgullosos de su gran patria y conscientes de su verdadero valor, los alemanes deben observar el desarrollo de los Estados extranjeros. Deben hacer sacrificios por su posición como potencia mundial y, abandonando el espíritu de partido, deben mantenerse unidos detrás de su príncipe y emperador».

El gobierno autocrático en la política imperial repercute naturalmente en el gobierno nacional. La complejidad del trabajo departamental del Ministerio del Interior (Home Office), de la Junta de Comercio (Board of Trade), de Educación y de otras oficinas importantes ha favorecido esta reacción, la cual ha tomado forma en el gobierno por órdenes administrativas de acuerdo con amplios poderes deslizados en estatutos importantes y que no han sido debidamente impugnados ni salvaguardados en medio de la prisa caótica en la que la mayoría de los gobiernos se ven impulsados a legislar.

Es digno de mención que en América ha surgido una práctica aún más peligrosa, denominada «gobierno por mandato judicial» (government by injunction), en el que se faculta virtualmente al poder judicial para emitir decretos con fuerza de ley y con las penas correspondientes para actos específicos.

En Gran Bretaña, el debilitamiento del «partido» va visiblemente acompañado de una disminución de la realidad del control popular.

Precisamente en la medida en que la política exterior y colonial cobra mayor importancia en la labor deliberativa y administrativa del Estado, el gobierno se aleja necesariamente del control real del pueblo.

No es una mera cuestión de economía del tiempo y la energía del Parlamento, aunque la proporción decreciente de las sesiones dedicadas a la consideración de los asuntos domésticos representa un declive correspondiente de la democracia práctica. La herida al gobierno popular penetra mucho más hondo.

El imperialismo, y los recursos militares, diplomáticos y financieros que lo alimentan, se han convertido de tal modo en las consideraciones primordiales de los recientes Gobiernos que moldean y dirigen toda la política, dan sentido, color y carácter a la conducta de los asuntos públicos, y amedrentan con continuas sugerencias de ganancias y peligros desconocidos e incalculables los procesos más cercanos y sobrios de la política doméstica.

El efecto sobre el gobierno parlamentario ha sido grande, rápido y de palpable importancia, propiciando la merma del poder de las instituciones representativas.

En las elecciones ya no se invita al electorado a ejercer una opción libre, consciente y racional entre los representantes de diferentes políticas inteligibles; se le invita a respaldar, o a rechazar el respaldo a, una política imperial y exterior difícil, enrevesada y peligrosa, expresada comúnmente en unas pocas frases generales de buen son y respaldada por un llamamiento a la necesidad de solidaridad y continuidad en la conducta nacional —prácticamente un voto de confianza a ciegas.

En los debates de la Cámara de los Comunes, el poder de la Oposición para oponerse se ha visto seria y progresivamente mermado:

  • en parte debido a la alteración de los reglamentos de la Cámara, que han reducido el derecho a un debate exhaustivo de las medidas legislativas en sus diferentes fases, y mermado los privilegios de los Comunes, a saber, el derecho a debatir agravios sobre las mociones de suministro y a interpelar a los ministros acerca de la gestión de sus carteras;
  • en parte debido a una usurpación autoritaria por parte del Gobierno de los derechos y privilegios de los que antes disfrutaban los diputados rasos a la hora de proponer resoluciones y presentar proyectos de ley.

Esta merma del poder de la oposición es tan solo la primera de una serie de procesos de concentración de poder. El Gobierno reclama ahora para sus medidas la disposición completa del tiempo de la Cámara siempre que juzgue conveniente tal monopolio.

Dentro del propio Gobierno han actuado las mismas fuerzas centrípetas.

«No puede haber», escribe el Sr. Bryce, «la menor duda de que el poder del Gabinete frente a la Cámara de los Comunes ha crecido de manera constante y rápida, y parece (1901) seguir creciendo». [39]

De modo que el Gabinete absorbe los poderes de la Cámara, mientras que el propio Gabinete ha sido deliberada y conscientemente ampliado en su tamaño para promover la concentración del poder real en un "gabinete interior" informal pero muy real, que conserva una ligera elasticidad selectiva, pero que virtualmente se compone del Primer Ministro, de los ministros de Asuntos Exteriores y de las Colonias, y del Canciller del Exchequer.

Este proceso de centralización del poder, que tiende a destruir el gobierno representativo, reduciendo a la Cámara de los Comunes a poco más que una máquina para el registro automático de los decretos de un gabinete interior no elegido, es manifiestamente atribuible al Imperialismo. [40]

La consideración de información delicada e incitante que afecta a nuestras relaciones con las potencias extranjeras, la necesidad aceptada de secreto en la diplomacia y de una acción expeditiva y discreta, parecen favorecer e incluso hacer necesario un método de gobierno altamente centralizado, autocrático y burocrático.

En medio de este declive general del gobierno parlamentario, el «sistema de partidos» está colapsando visiblemente, basado como estaba en claras divergencias en política nacional que tienen poca importancia cuando se enfrentan a las pretensiones y poderes del imperialismo.

Si el sistema de partidos está destinado a sobrevivir en la política británica, solo podrá hacerlo mediante la consolidación de todos los sectores opuestos a las prácticas «imperialistas» a las que tanto los ministerios liberales como los conservadores se han adherido durante los últimos años.

Mientras se permita que el imperialismo domine el escenario, el único conflicto político real se da entre grupos que representan las distintas ramas del imperialismo, los hombres sobre el terreno y el Gobierno central, los intereses asiáticos en la India y China y la política expansionista en África, los defensores de una alianza alemana o de una alianza franco-rusa.

V

El imperialismo y el gobierno popular no tienen nada en común: difieren en espíritu, en política, en método.

De la política y el método ya he hablado; queda por señalar cómo el espíritu del imperialismo envenena las fuentes de la democracia en la mente y el carácter del pueblo.

Así como nuestras colonias libres y autogobernadas han proporcionado esperanza, estímulo y orientación a las aspiraciones populares en Gran Bretaña, no solo mediante éxitos prácticos en las artes del gobierno popular, sino mediante la propagación de un espíritu de libertad e igualdad, de igual forma nuestras dependencias gobernadas despóticamente siempre han servido para dañar el carácter de nuestro pueblo al alimentar los hábitos de una sumisión abyecta, la admiración por la riqueza y la jerarquía, y las supervivencias corruptas de las desigualdades del feudalismo.

Este proceso comenzó con la llegada del nabab de las Indias Orientales y del terrateniente de las Indias Occidentales a la sociedad y la política inglesas, quienes trajeron de vuelta, junto con los botines del tráfico de esclavos y las ganancias de un funcionariado corrupto y extorsionador, actos de ostentación vulgar, comportamiento autoritario y generosidad corruptora con los que deslumbrar y degradar la vida de nuestro pueblo.

Cobden, al escribir en 1860 sobre nuestro imperio indio, planteó esta certera pregunta:

“¿No es acaso posible que nos corrompamos en nuestro propio país por la reacción de las máximas políticas arbitrarias en Oriente sobre nuestra política doméstica, tal como Grecia y Roma se desmoralizaron por su contacto con Asia?” [41]

No solo es posible la reacción, sino que es inevitable. A medida que la porción despótica de nuestro Imperio ha aumentado en superficie, un número cada vez mayor de hombres, formados en el temperamento y los métodos de la autocracia como soldados y funcionarios civiles en nuestras colonias de la Corona, protectorados e Imperio indio, reforzados por multitud de comerciantes, hacendados, ingenieros y capataces, cuyas vidas han sido las de una casta superior que vive una existencia artificial alejada de todos los frenos sanos de la sociedad europea ordinaria, han regresado a este país, trayendo de vuelta los caracteres, los sentimientos y las ideas impuestos por este entorno extranjero.

El sur y el suroeste de Inglaterra están salpicados en abundancia de estos hombres, muchos de ellos ricos, la mayoría dotados de tiempo libre, hombres abiertamente despreciativos de la democracia, devotos del lujo material, la ostentación social y las artes más superficiales de la vida intelectual.

Los más ricos entre ellos descubren ambiciones políticas, introduciendo en nuestras Cámaras del Parlamento el espíritu más burdo y egoísta del «imperialismo», utilizando su experiencia y sus conexiones imperiales para impulsar empresas y concesiones lucrativas en su propio beneficio, y haciéndose pasar por autoridades para mantener firmemente sujeto el yugo del imperialismo sobre los hombros del «negro».

El millonario sudafricano es el tipo más evidente: sus métodos son los más descarados y su éxito, social y político, el más temible.

Pero las prácticas que se manifiestan claramente en Rhodes, Beit y sus confederados parlamentarios están muy extendidas a menor escala; el sur de Inglaterra está lleno de hombres de influencia local en la política y en la sociedad cuyo carácter se ha forjado en nuestro Imperio despótico, y cuyos ingresos provienen principalmente del mantenimiento y fomento de este dominio despótico.

No pocos ingresan en nuestros consejos locales o asumen puestos en nuestra policía o en nuestras prisiones: en todas partes representan la coacción y la resistencia a la reforma.

Si pudieran rastrearse hasta sus orígenes los ingresos gastados en los condados de origen y en otros grandes distritos del sur de Bretaña, se descubriría que en gran medida fueron arrancados del trabajo forzado de vastas multitudes de nativos negros, marrones o amarillos, mediante artes que no se diferencian esencialmente de aquellas que mantuvieron en la ociosidad y el lujo a la Roma imperial.

Es, en verdad, némesis del imperialismo que las artes y los artificios de la tiranía, adquiridos y ejercitados en nuestro Imperio sin libertad, se vuelvan contra nuestras libertades en la metrópoli.

Quienes se han sentido sorprendidos por el total desprecio o el abierto menosprecio mostrado por la aristocracia y la plutocracia de esta tierra ante las violaciones de las libertades del súbdito y ante la abrogación de los derechos y usos constitucionales, no han tenido suficientemente en cuenta el constante reflujo de este veneno de autocracia irresponsable procedente de nuestro Imperio «carente de libertad, intolerante y agresivo».

Los efectos políticos, reales y necesarios, del nuevo Imperialismo, tal como se ilustran en el caso de la mayor de las potencias imperialistas, pueden resumirse de la siguiente manera:

  • Constituye una amenaza constante para la paz, al ofrecer continuas tentaciones de cometer nuevas agresiones contra tierras ocupadas por razas inferiores, y al enemistar a nuestra nación con otras naciones de ambiciones imperialistas rivales; al grave peligro de la guerra añade el peligro crónico y la degradación del militarismo, que no solo malgasta los recursos físicos y morales actuales de las naciones, sino que frena el curso mismo de la civilización.
  • Consume en una medida ilimitada e incalculable los recursos financieros de una nación mediante los preparativos militares, impidiendo que los ingresos corrientes del Estado se gasten en fines públicos productivos y gravando a la posteridad con pesadas cargas de deuda.
  • Al absorber el dinero público, el tiempo, el interés y la energía en una labor costosa e infructuosa de engrandecimiento territorial, malgasta aquellas energías de la vida pública en las clases gobernantes y en las naciones que se necesitan para las reformas internas y para el cultivo de las artes del progreso material e intelectual en el país.
  • Por último, el espíritu, la política y los métodos del Imperialismo son hostiles a las instituciones de autogobierno popular, al favorecer formas de tiranía política y autoridad social que son enemigas mortales de la libertad y la igualdad efectivas.

Parte II, Capítulo II

Notas

  1. Morris, vol. II, p. 80.
  1. «El Imperio Británico es una galaxia de Estados libres», dijo sir W. Laurier en un discurso el 8 de julio de 1902.
  1. En todos sus rasgos esenciales, la India y Egipto deben clasificarse como colonias de la Corona.
  1. “Every country conquered or ceded to the Crown of England retains such laws and such rules of law (not inconsistent with the general law of England affecting dependencies) as were in force at the time of the conquest or cession, until they are repealed by competent authority. Now, inasmuch as many independent States and many dependent colonies of other States have become English dependencies, many of the English dependencies have retained wholly or in part foreign systems of jurisprudence. Thus Trinidad retains much of the Spanish law; Demerara, Cape of Good Hope, and Ceylon retain much of Dutch law; Lower Canada retains the French civil law according to the ‘coutume de Paris’; St. Lucia retains the old French law as it existed when the island belonged to France” (Lewis, Government of Dependencies, p.198).

  1. Caldecott, English Colonisation and Empire, p. 121.
  1. Lo que la «elasticidad» significa en realidad en el gobierno de la Oficina Colonial puede ilustrarse con el siguiente testimonio de la señorita Kingsley con respecto a África Occidental.

«Antes de dar cualquier paso importante, se supone que el gobernador de África Occidental debe consultar a los funcionarios de la Oficina Colonial, pero como la Oficina Colonial no está tan bien informada como el propio gobernador, esto no puede serle de ayuda si es un hombre realmente capaz, ni de freno si no es un hombre capaz. Pues, sea como fuere, él es el representante de la Oficina Colonial; es verdad que no puede persuadir a la Oficina Colonial para que vaya y se meta en líos con potencias continentales europeas, porque la Oficina está al tanto de ellas; pero si es un hombre de carácter fuerte con una manía, puede persuadir a la Oficina Colonial para que le permita probar esa manía con los nativos o los comerciantes, porque la Oficina Colonial no conoce a los nativos ni al comercio de África Occidental. Ven, por tanto, que en el gobernador de una posesión de África Occidental tienen a un hombre en una mala posición. No cuenta con la ayuda de ningún consejo que valga la pena, ni de ningún conjunto regular de expertos; está frenado por otro consejo igualmente no experto, excepto en la dirección de la política continental...

Además del gobernador están los demás funcionarios, médicos, legales, de secretaría, de la policía y de aduanas. La mayoría de ellos se dedica a cuidarse los unos a los otros y a hacer trabajo de oficina.

El papeleo es el aliento del sistema de la colonia de la Corona, y las aduanas de lo que se alimenta.

Debido al clima, es prácticamente necesario contar con una doble plantilla en todos estos departamentos —eso es lo que tendría el sistema si fuera perfecto; tal como están las cosas, el trabajo de algún funcionario siempre lo está haciendo un subordinado; puede estar igual de bien hecho, pero no está igual de bien pagado, y no hay continuidad en la política de ningún departamento, excepto en aquellos que son enteramente de oficina, y el gasto que esto conlleva es necesariamente grande.

El mal principal de esta falta de continuidad recae, por supuesto, en los gobernadores: un gobernador se marcha, inicia una nueva línea de política, regresa a su país de permiso dejando a cargo al secretario colonial, quien ni mucho menos suele sentir entusiasmo por dicha política, de modo que esta languidece. El gobernador regresa, la retoma con energías renovadas, pero sin estar ni mucho menos más familiarizado con los asuntos locales por haber estado ausente; luego se vuelve a su casa, o muere, o recibe un nuevo nombramiento; llega un gobernador totalmente nuevo, inicia una nueva línea de política y, para colmo, tal vez tenga un nuevo secretario colonial; en cualquier caso, el asunto sigue tambaleándose en lugar de avanzar.

La única descripción que he escuchado de nuestra política en las colonias de África Occidental que me parece que le hace justicia es la que dio un amigo mío médico, quien dijo que era «un coma acompañado de ataques» (West African Studies, págs. 328-330).

  1. England in Egypt, págs. 378, 379.
  1. Edimburgo, 9 de octubre de 1896.
  1. With Remington, por L. March-Phillips, págs. 131, 132.
  1. World Politics, de P.S. Reinsch, págs. 300, 301 (Macmillan & Co.).
  1. Studies in History and Jurisprudence, vol. I, pág. 177.
  1. Un observador experimentado describe así el efecto de estos cambios en el carácter y la conducta de los miembros del Parlamento:

“En su mayor parte, tanto en el país como en la Cámara, el elemento político ha disminuido como factor. La falta de interés en los asuntos constitucionales ha sido notoria... El «hombre parlamentario» ha ido desapareciendo; el número de aquellos que desean promover reformas sociales e industriales ha ido mermando. Por otra parte, aquellos que han estado deseosos de aprovechar oportunidades de diversa índole, ajenas a su labor y deberes, que brinda la condición de miembro de la Cámara de los Comunes, y que están dispuestos a apoyar al Gobierno en las votaciones sin que se les pida mucho más, surgieron en gran número en 1895 y 1900, y hoy constituyen una proporción muy grande, si no la mayoría, de la Cámara de los Comunes” (Sr. John E. Ellis, diputado, The Speaker, 7 de junio de 1902).

  1. Morley, Life of Cobden, vol. ii, p. 361.

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