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nydus/The History of the Great American FortunesPublic
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Capítulo V. El impulso de la fortuna Astor

# EL IMPULSO DE LA FORTUNA ASTOR

Fue en este mismo momento, durante el pánico de 1837, cuando Astor se mostró extraordinariamente activo a la hora de lucrarse con la desesperación.

«Aumentó inmensamente sus riquezas —escribió un narrador contemporáneo— mediante la compra de acciones estatales, bonos y hipotecas en la crisis financiera de 1836-37. Fue un comprador dispuesto de hipotecas a tenedores necesitados por debajo de su valor nominal; y cuando estas vencían, las ejecutaba y compraba la propiedad hipotecada a los precios ruinosos que imperaban en aquel momento».1

Si su siete por ciento no era pagado en el momento exacto, hacía uso inflexible de todas las disposiciones de la ley y ejecutaba hipotecas.

Los tribunales respondían con rapidez. Lote tras lote, propiedad tras propiedad, se adueñaba del título de propiedad absoluto.

La angustia de las familias, el dolor y el sufrimiento de la comunidad, la absoluta desesperación y ruina que arrastraron a muchos a la mendicidad y a la prostitución, y a otros al suicidio, no tuvieron más efecto en él que volverlo más ávidamente enérgico a la hora de aprovecharse de las desgracias y las tragedias ajenas.

Ahora era observable el funcionamiento del principio centrípeto que se aplicaba a todo pánico recurrente, a saber, que los pánicos no son más que el medio sencillo mediante el cual los más ricos logran adueñarse de una cantidad cada vez mayor de la producción y la propiedad generales.

Las filas de los pequeños terratenientes se vieron muy mermadas por el pánico de 1837 y el número de hombres de negocios independientes se redujo considerablemente; una parte considerable de ambas clases fue empujada a las filas del ejército de asalariados.

# LA RIQUEZA DE ASTOR SE MULTIPLICA.

Pocos años después del pánico de 1837, la riqueza de Astor se multiplicó de forma descomunal. Los negocios revivieron, los valores aumentaron. Fue entonces cuando la inmigración comenzó a llegar de forma masiva.

  • En 1843, sesenta mil inmigrantes ingresaron por el puerto de Nueva York.
  • Cuatro años más tarde, la cifra ascendía a 129 000 al año.
  • Pronto aumentó a 300 000 al año; y a partir de entonces no dejó de crecer.

Una gran parte de estos inmigrantes se quedó en la ciudad de Nueva York. La tierra era muy solicitada como nunca antes; la ciudad crecía cada vez más rápido. Los solares vacíos de pocos años atrás se congestionaron de una multitud apiñada; el latifundismo urbano y los barrios bajos florecieron mano a mano, el uno como consecuencia del otro.

Las granjas periféricas, las tierras rocosas y los pantanos de la ciudad de Nueva York de 1812, con sus 100 000 habitantes, se convirtieron en la metrópolis densamente poblada de 1840, con 317 712 habitantes, y en la población de casi medio millón de 1850.

Por mucho que el trabajador se esforzara, por lo general se encontraba empobrecido debido a que los alquileres subían sucesivamente, y tenía que entregar una parte cada vez mayor de su trabajo por el simple privilegio de habitar una vivienda fea y reducida.

Una vez que hubo asegurado su dominio sobre la tierra, Astor nunca la vendió. Desde el principio adoptó el plan, religiosamente seguido desde entonces, en su mayor parte, por sus descendientes, de arrendar la tierra por un número determinado de años, por lo general veintiuno.

Grandes extensiones de tierra en el corazón de la ciudad las dejó sin mejorar durante años mientras la ciudad crecía rápidamente a su alrededor y aumentaba enormemente su valor. A menudo se negaba a construir, aunque había una intensa presión por conseguir terrenos y edificios.

Su política era esperar hasta el momento en que aquellos a quienes la necesidad empujara a usar su tierra acudieran a él como suplicantes y aceptaran sus propias condiciones. Durante bastante tiempo a nadie le importó tomar su tierra en arrendamiento bajo sus onerosas condiciones. Pero, finalmente, tal fue el crecimiento de la población y de los negocios, que su tierra se volvió indispensable y se tomó en régimen de arrendamiento.

Las exigencias de Astor respecto a los contratos de arrendamiento eran extraordinariamente gravosas. Pero no hacía concesiones. Al arrendatario se le exigía levantar su vivienda o local comercial por cuenta propia; y durante el período de los veíntiún años del contrato, no solo tenía que pagar una renta consistente en entregar a Astor entre un cinco y un seis por ciento del valor del terreno, sino que era responsable de todos los impuestos, reparaciones y demás cargos. Cuando expiraba el contrato de arrendamiento del suelo, los edificios pasaban a ser propiedad absoluta de Astor.

El propietario intermediario, el arrendatario especulativo o el inquilino comercial que alquilaba las tierras de Astor y levantaba en ellas conventillos o edificios, necesariamente tenía que resarcirse del elevado tributo que debía pagar a Astor. Lo hacía cobrando al trabajador rentas exorbitantes o exigiendo beneficios excesivos por sus mercancías; en ambos casos, los productores terminaban pagando la factura.

# EVASIÓN DE TASAS POR PARTE DE LOS PROPIETARIOS.

Toda la maquinaria de la ley la usaba Astor, al igual que todos los demás propietarios, implacablemente para hacer valer sus derechos como terrateniente, arrendador o arrendatario. No ha quedado constancia de un solo caso de clemencia por parte de Astor al prorrogar el plazo a los inquilinos con pagos atrasados.

Hubiera o no enfermedad en la familia del inquilino, por muy desesperada que fuera su situación, este era echado sumariamente a la calle, junto con sus pertenencias, si fallaba en lo más mínimo en sus obligaciones.

Mientras se valía del rigor de la ley para desahuciar a los inquilinos atrasados en sus pagos, violaba constantemente la ley al evadir las contribuciones.

Pero esta práctica no era en absoluto exclusiva de Astor. Prácticamente toda la clase propietaria lo hacía, no solo una vez, sino de manera tan continua que, año tras año, los informes oficiales advertían sobre el hecho. Un informe del Concejo Municipal (Aldermanic report) sobre la tributación en 1846 demostró que treinta millones de dólares en propiedades gravables escapaban de los impuestos cada año, y que las autoridades no hacían ningún esfuerzo de buena fe para remediar dicha situación.2

El estado de la moralidad entre las clases propietarias —aquellas clases que exigían leyes tan severas para el castigo de los vagabundos y los criminales pobres— queda claramente revelado por este informe elaborado por un comité de la Junta de Concejales de Nueva York en 1847:

Durante varios años pasados, la evasión de impuestos por parte de aquellos dedicados a los negocios de la ciudad, y que disfrutan de la protección y los beneficios de su gobierno municipal y de sus grandes obras públicas, ha ocupado la atención de las autoridades municipales, ha dado lugar a informes de comités y ha motivado solicitudes de amparo a la Legislatura, pero las demandas de la justicia y los dictámenes de una política sensata han sido hasta ahora totalmente ignorados.

Necesariamente no fueron escuchadas, por la muy evidente razón de que era esta misma clase la que controlaba la administración del gobierno. Esta clase distorsionaba los poderes del gobierno exigiendo ya sea la aplicación drástica de las leyes que operaban en su beneficio, ya sea la inmunidad parcial o total de otras leyes que militaban en contra de sus intereses y ganancias. El informe continuaba así:

Nuestros ricos comerciantes y pesados capitalistas... buscan excusas para trasladar a sus familias a puntos cercanos y eluden así cualquier tipo de impuesto, salvo el correspondiente a los locales que ocupan.

Más de 2000 empresas dedicadas a los negocios en Nueva York, cuyo capital está invertido y se utiliza en Nueva York, y que cuentan con una propiedad personal conjunta de 30 000 000 de dólares, escapan así a los impuestos.3

# DEFRAUDING A FINE ART.

El comité señaló que, con la tasa imponible del 1 por ciento, se estaba estafando a la ciudad de ese modo por una suma de 225.000 o 300.000 dólares al año.

Estas dos mil empresas que cada año defraudaban a la ciudad eran los comerciantes eminentemente respetables e influyentes de la misma; la mayoría de ellos eran devotos feligreses; muchos eran directores o miembros de sociedades benéficas para socorrer a los pobres; y todos ellos, con vastas pretensiones de carácter y capacidad superiores, se unían para oponerse a cualquier movimiento de las clases trabajadoras en pro de mejores condiciones y para denunciar dichos movimientos como hostiles a la seguridad de la propiedad y peligrosos para el bienestar de la sociedad.

Cada una de estas dos mil empresas defraudaba año tras año a la ciudad por un promedio de 150 dólares anuales en ese solo rubro, por no hablar de otros fraudes.

Sin embargo, ni una sola vez se invocó la ley en su contra. Los impuestos que eludían recaían sobre la clase trabajadora, además de todas esas otras miríadas de formas de impuestos indirectos que los trabajadores terminaban soportando.

Sin embargo, como ya hemos señalado antes, si un hombre o una mujer pobres robaban bienes por valor de 25 dólares o más, la condena conllevaba una larga pena de prisión por hurto mayor.

En cada ciudad —en Boston, Filadelfia, Cincinnati, Baltimore, Nueva Orleans y en cualquier otro lugar— prevalecían las mismas condiciones, o casi las mismas. Los ricos evadían los impuestos; y si en el proceso era necesario perjurarse, cometían el perjurio con presteza. Astor distaba mucho de ser una excepción. No era más que un tipo ilustre de toda su clase.

Pero, ¿cómo, en un Gobierno teóricamente democrático y basado en el sufragio popular, los intereses de los propietarios lograron el control de las funciones gubernamentales?

¿Cómo lograron influir en el voto popular y hacer, o evadir, las leyes?

Por diversas influencias y métodos.

En primer lugar, las viejas ideas inglesas sobre la superioridad de la aristocracia ejercieron un efecto profundo en el pensamiento, las costumbres y las leyes de Estados Unidos. Durante siglos, estas ideas habían sido difundidas incesantemente por predicadores, panfletistas, políticos, economistas políticos y editores.

Si bien en Inglaterra el concepto se aplicaba principalmente al rango por nacimiento, en Estados Unidos se adaptó a la aristocracia nativa, los comerciantes y los terratenientes. En Inglaterra era una mezcla de rango y propiedad; en Estados Unidos, donde no existían títulos de nobleza, se convirtió exclusivamente en un símbolo de la clase propietaria.

A la gente se le enseñó asiduamente, de muchas formas abiertas y sutiles, a respetar la inviolabilidad de la propiedad, tal como en los viejos tiempos se le había enseñado a mirar con sumisión la majestad del rey.

A los hombres propietarios, según se predicaba y aconsejaba, se les atribuía el valor, la estabilidad, la virtud y la inteligencia de la comunidad. Eran los hombres sólidos y sustanciales.

¿Qué importancia se les debía conceder a los desposeídos? Ellos, en verdad, eran considerados irresponsables y vulgares; sus opiniones y aspiraciones se tenían en poco valor.

# CÓMO SE CREÓ LA OPINIÓN PÚBLICA.

Las iglesias profesaban predicar a todos; sin embargo, dependían en gran medida de las contribuciones de los hombres adinerados; y, por otra parte, el clero, al menos los influyentes entre ellos, eran hombres acaudalados a su vez. Las prédicas de los colegios universitarios y las doctrinas de los economistas políticos correspondían exactamente con las opiniones que los intereses comerciales querían que se enseñasen en los diferentes períodos. Muchos de los colegios fueron fundados con fondos aportados o legados por comerciantes. Los periódicos se sostenían gracias a los anuncios de la clase propietaria.

Los diversos cuerpos legislativos senutrían principalmente, y los estrados judiciales por completo, de las filas de la clase de abogados; estos abogados tenían, o buscaban tener, a los ricos como clientes;4 pocos procuradores se muestran demasiado entusiastas con los casos de los pobres.

Aún más, los abogados estaban profundamente impregnados, no de la concepción de la ley tal como podría ser, sino tal como había sido transmitida a lo largo de los siglos. Criaturas incrustadas de precedentes e intereses propios, aceptaban por completo la doctrina de que, en la elaboración y aplicación de la ley, su preocupación debía centrarse en los intereses de los propietarios. Salvo raras excepciones, estaban alineados con los propietaris.

De suerte que aquí confluían muchas influencias, todas las cuales contribuían a propagar por todas partes, y a grabar profundamente en las mentes de todas las clases —a menudo incluso en las de aquellos que tanto sufrían por las condiciones imperantes—, la idea de que los propietarios eran el elemento sustancial.

En consecuencia, al inculcarse esta idea continuamente en todos los estratos de la sociedad, no sorprendía que se encarnara en pensamientos, costumbres, leyes y tendencias.

Tampoco era de extrañar que, cuando de vez en cuando un levantamiento proletario enunciaba principios radicales, estos principios parecieran anormalmente ultrarrevolucionarios. Toda la sociedad, en su mayor parte, a excepción de un sector de la clase trabajadora, estaba cautivada por el hechizo de la propiedad.

# LA SANTIDAD DE LA PROPIEDAD.

De esta idea imperante surgieron muchas de las interpretaciones y aplicaciones parciales.

Un legislador, magistrado o juez podía ser lo más opuesto a lo venal y, sin embargo, verse irresistiblemente impulsado por la fuerza de la educación y el entorno a adoptar la visión corriente sobre los derechos inatacables y la superioridad de la propiedad.

Sería sesgado, de hecho, ridículo afirmar que los privilegios y exenciones de los que disfrutaban los ricos eran enteramente el resultado de la corrupción por sobornos. Existe una forma de corrupción mucho más sutil, mucho más eficaz y peligrosa. Se trata de la corrupción de la mente.

Durante innumerables siglos, todo gobierno había operado, tal vez no de manera declarada, pero sí en la práctica, bajo el principio firme y constante de que la santidad de la propiedad era superior a las consideraciones sobre la vida humana, y de que un propietario difícilmente podía ser un criminal y un peligro para la comunidad.

Bajo diversos disfraces, la Iglesia, la universidad, el periódico, el político y el juez, todos eran expositores de este principio.

El pueblo estaba adormecido con alabanzas a la propiedad. Pero estas enseñanzas se veían complementadas por otros métodos que aumentaban su eficacia.

Hemos visto cómo, tras la Revolución, las clases propietarias negaron el sufragio a quienes carecían de bienes. Temían que la propiedad dejara de poder dominar el Gobierno. Gradualmente se vieron obligadas a ceder ante la demanda popular y a permitir el sufragio universal masculino. Esto les parecía una fuerza nueva y aterradora; si los votos iban a determinar el personal y la política del Gobierno, entonces los desposeídos, al ser mayoría, acabarían por abrumarlos y aprobarían un código de leyes completamente nuevo.

En un Estado tras otro, la clase propietaria se vio impulsada, tras una prolongada lucha, a conceder a los ciudadanos el derecho al voto, tuvieran o no propiedades.

En el Estado de Nueva York se adoptó el sufragio universal masculino sin restricciones en 1822, pero en otros Estados fue más difícil lograr este cambio revolucionario.

La ley electoral fundamental de Nueva Jersey, por ejemplo, permaneció, durante más de sesenta años después de la adopción de la Declaración de Independencia, de acuerdo con una ley aprobada por el Congreso Provincial de Nueva Jersey el 2 de julio de 1776, dos días antes de la adopción de la Declaración de Independencia, o según algunas autoridades, el mismo día de su adopción.

Entre otros requisitos, esta ley (1 Laws, N. J. p. 4.) decretaba que el votante debía poseer "un patrimonio neto de 50 libras en dinero de proclamación, libre de cargas dentro de la colonia".

La cuarta sección de una ley aprobada por la legislatura de Nueva Jersey en junio de 1820 (1 Laws N. J. p. 741), promulgó expresamente esta misma restricción de propiedad.

Sin embargo, hacia el año 1840, casi todos los estados habían adoptado el sufragio universal masculino, en lo que respecta a los blancos.

El conflicto más grave y dramático tuvo lugar en Rhode Island.

En 1762 se había aprobado una ley que declaraba que la posesión de 40 libras era necesaria para adquirir la condición de votante. Esta ley continuó en vigor en Rhode Island durante más de ochenta años.

En los años 1811, 1819, 1824, 1829, 1832 y 1834, los trabajadores (o los artesanos, como los denominaban los informes oficiales) realizaron los esfuerzos más decididos para que se abolió esta cualificación por propiedad, pero las clases propietarias, que detentaban el poder legislativo, se negaron a hacer ningún cambio.

Bajo una ley de este tipo era fácil que un tercio del número total de varones adultos residentes tuviera la decisión exclusiva en las elecciones; la mayor votación jamás registrada en Rhode Island fue en las elecciones presidenciales de 1840, cuando se emitieron 8.662 votos, en una población total de varones adultos ciudadanos residentes permanentes de unos 24.000.

El resultado de esta hostilidad de las clases propietarias fue un levantamiento en 1840 de los trabajadores en lo que se describe errónea y despectivamente en la historia convencional como la «Rebelión de Dorr», un acontecimiento cuya verdadera historia aún no ha sido contada. Este movimiento acabó por obligar a la introducción en Rhode Island del sufragio sin el requisito de propiedad.

¿Cómo recibieron las clases propietarias esta ampliación del sufragio en todo Estados Unidos?

# CORRUPCIÓN EN LAS URNAS.

Una corrupción sistemática de los votantes comenzó entonces. La política de sobornar a ciertos legisladores para que votaran a favor de concesiones a bancos, ferrocarriles, compañías de seguros y otras empresas se extendió hasta alcanzar la política de barrio y corromper a los votantes en las fuentes del poder.

Con una parte del dinero obtenido mediante fraudes comerciales o exacciones de tierras, los intereses de los propietarios, operando primero mediante su incursión personal en la política y luego a través de los políticos de poca monta de la época, abarrotaron las asambleas y elecciones primarias y compraron votos en las urnas. Esto fue igualmente cierto tanto en las comunidades urbanas como en las rurales.

En muchas de las zonas rurales la moral de la gente era sumamente baja, a pesar de su costumbre de ir a la iglesia.

Las ciudades contenían, como siempre los contienen, cierto cupo de hombres, productos del sistema industrial, hombres de los suburbios y callejones, tan sumidos en la destitución o el licor que ya no les quedaba hombría ni principios.

Llegaron los fondos electorales de los comerciantes, terratenientes y banqueros para corromper a estos hombres aún más mediante la compra de sus votos y la incitación a cometer el delito de la doble votación en las urnas.

La alta sociedad y los suburbios comenzaron a trabajar juntos; el dinero de la primera compró los votos de los segundos.

Año tras año este fondo de corrupción aumentó hasta que, en el otoño de 1837, el dinero recaudado en la ciudad de Nueva York solo por los banqueros ascendió a 60.000 dólares.

Aunque esta suma era escasa en comparación con los enormes fondos de corrupción que se emplearon en años posteriores, era una cantidad que, en aquel entonces, podía causar estragos. A los inmigrantes ignorantes se les persuadía mediante ofertas de dinero para que votaran en uno u otro sentido y para que repitieron sus votos.

Pronto llegó el momento en que se traían grupos de convictos desde las prisiones para hacer votaciones múltiples y coaccionar los colegios electorales en muchos distritos.5

En cuanto a esa clase de votantes que no podían ser sobornados y que votaban según sus propias concepciones de los asuntos en cuestión, se vieron influenciados de muchas maneras: por los argumentos partidistas de los periódicos y de los oradores políticos.

Estos medios de influir en el cuerpo político estaban controlados indirectamente por los intereses de los propietarios, bajo una u otra forma. La riqueza ejercía una censura virtual; si un periódico se atrevía a defender cualquier causa que no fuera aprobada por los intereses creados, sentía de inmediato el resentimiento de dicha clase mediante la retirada de anuncios y de aquellos privilegios que los bancos podían usar o abusar con un efecto tan ruinoso.

# SUBORDINACIÓN POLÍTICA.

Finalmente, ambos partidos políticos poderosos estaban bajo la dominación de la riqueza; no, por cierto, de manera abierta, sino insidiosa.

Diferencias de asuntos ciertamente las había, pero estos asuntos no afectaban en modo alguno la estructura básica de la sociedad, ni amenazaban con derrocar ninguno de los privilegios fundamentales en manos de los ricos.

Las campañas políticas, salvo aquella posterior disputa que decidió el destino final de la esclavitud de bienes muebles, eran, en realidad, batallas simuladas.

Nunca estuvieron las masas tan entusiastas desde la campaña de 1800 en que Jefferson fue elegido, como lo estuvieron en 1832 cuando se pusieron del lado del presidente Jackson en su lucha contra el Banco de los Estados Unidos.

  • Consideraban esta contienda como una lucha entre el pueblo, por un lado, y, por el otro, la aristocracia dineraria del país.
  • El Banco de los Estados Unidos fue borrado del mapa; pero los bancos estatales asumieron rápidamente esa parte del proceso explotador que durante tanto tiempo había llevado a cabo el Banco de los Estados Unidos y el pueblo, como ya se ha explicado, no estaba mejor que antes.
  • Un sector de capitalistas gobernantes había sido derrocado solo para dar paso a otro.

Ambos partidos recibieron la mayor parte de sus fondos de campaña de los hombres de grandes propiedades y de las corporaciones establecidas u otros intereses similares. Astor, por ejemplo, siempre fue un contribuyente generoso, unas veces para el partido Whig y otras para el Demócrata.

A cambio, los políticos elegidos por esos partidos para la legislatura, los tribunales o los cargos administrativos solían considerarse bajo obligaciones con ese sector que financiaba sus campañas y que tenía el poder de derrotar su reelección mediante la negativa de fondos o apoyando al partido opuesto.

Las masas populares eran simplemente peones en estas contiendas políticas, aunque pocos de ellos comprendían que toda la emoción, la actividad partidista y el entusiasmo en los que se volcaban, por lo general no tenían otra significación que encadenarlos aún más rápido a un sistema cuyos beneficiarios obtenían continuamente cada vez más derechos y privilegios para sí mismos a expensas del pueblo, y cuya riqueza aumentaba consecuentemente a pasos agigantados.

# ASTOR SE CONVIERTE EN EL HOMBRE MÁS RICO DE ESTADOS UNIDOS.

Astor era ahora el hombre más rico de Estados Unidos. En 1847 su fortuna se calculaba en nada menos que 20.000.000 de dólares. A lo largo y ancho de los Estados Unidos no había ningún hombre cuya fortuna estuviera siquiera a una distancia parable a la suya. Con asombro, sus contemporáneos contemplaban su magnitud. Lo grande que se situaba en aquel período puede verse mediante un contraste con la riqueza de otros hombres que eran considerados muy ricos.

En 1847 y 1852 se publicó un folleto con la lista del número de hombres ricos en Nueva York bajo la dirección de Moses Yale Beach, editor del "New York Sun".6 El contenido de este folleto fue garantizado como estrictamente preciso. El folleto mostraba que en esa época había tal vez veinticinco hombres en la ciudad de Nueva York clasificados como millonarios. Los más destacados entre ellos eran Peter Cooper, con una fortuna acreditada de 1.000.000 de dólares; los Goelet, 2.000.000 de dólares; los Lorillard, 1.000.000 de dólares; Moses Taylor, 1.000.000 de dólares; A. T. Stewart, 2.000.000 de dólares; Cornelius Vanderbilt, 1.500.000 de dólares, y William B. Crosby, 1.500.000 de dólares. Había unas pocas fortunas de 500.000 dólares cada una, y varios cientos que oscilaban entre los 100.000 y los 300.000 dólares. Las fortunas promedio se escalonaban entre los 100.000 y los 200.000 dólares. Un folleto similar publicado en Filadelfia demostró que esa ciudad contenía un grupo de nueve millonarios, y las fortunas individuales de solo dos de ellos superaban el 1.000.000 de dólares.7 No se dispone de datos sobre las fortunas privadas en Boston y otras ciudades.

De vez en cuando aparecía en los almanaques de la época la brevísima mención de la muerte de este o aquel hombre rico.

Hay constancia del fallecimiento de Alexander Milne, de Nueva Orleans, en 1838, y de su legado de 200.000 dólares a instituciones benéficas, así como de la muerte de M. Kohne, de Charleston, S. C., en el mismo año, con el único dato de que dejó 730.000 dólares en legados benéficos.

En 1841 apareció una línea sobre la muerte de Nicholas Girod, de Nueva Orleans, que dejó 400.000 dólares para "varios objetos", y una escueta reseña del fallecimiento de William Bartlett, de Newburyport, Mass., unida al hecho de que dejó 200.000 dólares al Seminario de Andover.

Es enteramente probable que ninguno de estos hombres fuera millonario; de lo contrario, el hecho se habría destacado de manera ostensible.

Así, cuando Pierre Lorillard, un fabricante de rapé, banquero y terrateniente de Nueva York, murió en 1843, su fortuna de más o menos 1.000.000 de dólares se consideró tan inusual que la palabra millonario, de cuño reciente, apareció en cursiva en la prensa general. Del mismo modo ocurrió en el caso de Jacob Ridgeway, un millonario de Filadelfia que falleció en el mismo año.

La desaparición en la actualidad de un hombre que posee apenas un millón suscita tan solo una mención insignificante y pasajera. Sin embargo, cuando Henry Brevoort murió en la ciudad de Nueva York en 1848, su deceso fue considerado un acontecimiento en los anales de la época.

Su patrimonio se calculaba en un valor de aproximadamente un millón de dólares, cuya fuente principal provenía de la propiedad de once acres de tierra en el corazón de la ciudad. Originalmente, sus antepasados cultivaron una huerta y explotaron una granería en estas tierras, y a diario, según la temporada, llevaban verduras, mantequilla y leche al mercado.

Brevoort, rezaba la biografía periodística, era un «hombre de gran gusto por la pintura, la literatura y los intereses intelectuales de toda índole. Poseía una gran propiedad en la zona elegante de la ciudad, donde erigió una espléndida casa, elegantemente adornada y amueblada al estilo italiano; pues era todo un cono-señur en las artes».

Puede verse de inmediato en qué grado trascendente la riqueza de Astor se elevaba muy por encima de la de cualquier otro hombre rico en los Estados Unidos.

# LA MONUMENTAL FORTUNA DE ASTOR.

Su fortuna era el coloso de los tiempos; un objeto de admiración para todos los aspirantes a la riqueza. Por necesarias que fuesen las manufacturas en el sistema social e industrial, estas ocupaban todavía una posición marcadamente subordinada e inferior como medio para acumular grandes fortunas.

Las estadísticas sobre manufacturas en los Estados Unidos publicadas en 1844 mostraban una cantidad bruta total de 307.196.844 dólares invertidos. La riqueza de Astor, por tanto, equivalía a una quinceava parte de la cantidad total invertida en todo el territorio de los Estados Unidos en algodón y lana, cuero, lino y hierro, vidrio, azúcar, muebles, sombreros, sedas, barcos, papel, jabón, velas, vagones; en toda clase de bienes que las demandas de la civilización hacían indispensables.

Los últimos años de este magnate transcurrieron en una atmósfera de lujo, alabanza y poder. En Broadway, junto a la calle Prince, construyó una mansión pretenciosa y la adornó con obras de arte que eran más costosas que artísticas.

De estatura mediana, seguía siendo bastante fornido, pero su rostro, otrora lleno y pesado, y sus ojos hundidos comenzaron a descolgarse debido a los estragos de una edad muy avanzada. Se le podía ver todos los días laborables analizando informes de negocios en su oficina de la calle Prince, un edificio de ladrillo ignífugo de una sola planta cuyas ventanas estaban protegidas por pesadas rejas de hierro.

Las últimas semanas de su vida las pasó en su finca campestre de la calle Ochenta y ocho y el East River. Infirme y debilitado, tan débil y gastado que se veía obligado a recibir su alimento como un lactante del pecho de una mujer, y a que le administraran ejercicio meciéndolo en una manta, aún conservaba su facultad de escrutar con vigilancia cada atraso por parte de los inquilinos, y obligaba a su agente a rendirle cuentas diarias.

Parton relata esta historia:

Una mañana, este caballero [el agente] tuvo la ocasión de entrar en su habitación mientras este disfrutaba de su ejercicio de manta. El anciano gritó desde el centro de su manta:

"—¿Ha pagado ya la señora —— ese alquiler?"

—No —respondió el agente.

—Bueno, pero ella tiene que pagarlo —dijo el pobre viejo.

—Señor Astor —replicó el agente—, ella no puede pagarlo ahora; ha tenido desgracias y debemos darle tiempo.

—No, no —dijo Astor—; te digo que ella puede pagarlo y lo pagará. No sabes cómo tratarla de la manera correcta.

El agente se despidió y mencionó la inquietud del viejo caballero respecto a este alquiler no pagado a su hijo, quien contó la suma necesaria y le dijo al agente que se la diera al anciano, como si la hubiera recibido del inquilino.

"—Listo —exclamó el señor Astor cuando recibió el dinero—. Le dije que ella lo pagaría si usted empleaba el método adecuado con ella."8

# LA MUERTE DE JOHN JACOB ASTOR.

Así, hasta el último aliento, exprimiendo atrasos a los inquilinos; con la mente concentrada en aquellos sórdidos métodos que hacía tiempo se habían convertido en su religión; contemplando la larga lista de sus bienes con radiante exaltación; así falleció Astor.

Murió el 29 de marzo de 1848, a los ochenta y cuatro años y cuatro meses; y casi al morir él, los jubilosos gritos de las entusiastas procesiones de obreros por toda la ciudad resonaron alta y frecuentemente.

Celebraban la Revolución francesa de 1848, cuya noticia acababa de llegar; una Revolución provocada por la sangre de los obreros parisinos, para ser posteriormente sofocada por las estratagemas de la burguesía y convertida en el despotismo corrupto de Napoleón III.

El viejo comerciante dejó una herencia valorada en unos 20.000.000 de dólares. La mayor parte de esta pasó a manos de William B. Astor. La magnitud de la riqueza revelada por el testamento causó una profunda impresión.

Nunca antes había fallecido un hombre tan rico; la opinión pública no estaba acostumbrada a ver cómo millones de dólares pertenecían a un solo hombre. Un periódico de Nueva York, el "Journal", tras afirmar que el patrimonio personal de Astor ascendía a siete o nueve millones de dólares, y sus bienes raíces quizás a más, señaló:

"Cualquiera de las dos sumas escapa por completo a nuestra pequeña comprensión; y suponemos que, para la mayoría de los hombres, la idea de un millón es un concepto tan grande como el de cualquier cantidad de millones".

James Gordon Bennett, propietario y editor del "Herald" de Nueva York, adoptó un punto de vista totalmente distinto y excepcional; los comentarios de Bennett constituyeron el único contraste claro frente a la masa de elogios ampulosos prodigados a la memoria y los actos de Astor. Así se expresó en la edición del 5 de abril de 1848:

Damos en nuestras columnas una copia auténtica de una de las mayores curiosidades de la época: el testamento de John Jacob Astor, mediante el cual dispone de una propiedad que asciende a unos veinte millones de dólares, entre sus diversos descendientes de primer, segundo, tercer y cuarto grado...

Si hubiésemos sido socio de John Jacob Astor... la primera idea que le habríamos metido en la cabeza habría sido que la mitad de su inmensa propiedad —diez millones al menos— pertenecía a los habitantes de la ciudad de Nueva York.

Durante los últimos cincuenta años de la vida de John Jacob Astor, su propiedad ha aumentado y acrecentado su valor gracias a la inteligencia, la industria, la empresa y el comercio conjuntos de Nueva York, exactamente por el monto de la mitad de su valor.

Las granjas y los solares que compró hace cuarenta, veinte, diez y cinco años han incrementado su valor en su totalidad gracias a la industria de los ciudadanos de Nueva York.

Por supuesto, tan claro como que dos y dos son cuatro, es que la mitad de su inmensa fortuna, en su valor real, se la ha proporcionado la industria de la comunidad.

# LA MARAVILLA DE LA ERA.

El analista bien podría verse tentado a sonreír ante la puerilidad de esta lógica. Si Astor tenía derecho a la mitad del valor creado por la industria colectiva de la comunidad, ¿por qué no tenía derecho al todo? ¿Por qué hacer la división artificial de la mitad? O tenía derecho a todo o a nada.

Pero este editorial, a pesar de todos sus defectos de razonamiento, fue una expresión inusual de la opinión periodística, aunque de un solo día, y quedó sofocado por la línea general de ese mismo periódico al apoyar las leyes e instituciones exigidas por la aristocracia comercial.

Así pues, el archimillonario falleció, siendo la admiración y la envidia de su época. Sus amigos, que fueron pocos, lo lloraron profundamente, y su afligida familia sufrió una gran pérdida, pues, según se cuenta, fue un esposo y padre bondadoso e indulgente.

Dejó un legado de 400.000 dólares para la creación de la Biblioteca Astor; por esto y solo por esto su memoria se ha conservado como la de un filántropo. El anuncio de este legado fue aclamado con alegría desmedida; sin embargo, tal es el valor de la gloria meretricia y de los ideales de la sociedad actual, que nadie ha señalado que los beneficios de un solo año de pillaje a los indios fueron más que suficientes para fundar esta tan alabada obra de beneficencia.

Así es como la sociedad se ciega ante el origen de las fortunas, una fracción de las cuales se destina a halagarla con obsequios. El total es extraído del trabajo colectivo del pueblo, y luego una parte es devuelta en forma de presentes institucionales que en realidad son pedazos de caridad otorgados al mismo pueblo de cuya explotación ha surgido el dinero.

Astor, sin duda, pensó que, al proveer una biblioteca pública, estaba prestando un servicio a la humanidad; y no se le debe juzgar según los preceptos y las demandas de la apenas escuchada clase trabajadora de su época, con sus aspiraciones altruistas, ni según las ideas actuales más avanzadas, sino según las normas de su propia clase, esa aristocracia comercial que se arrogaba la superioridad de sus fines y la infalibilidad de sus métodos.

Murió siendo el hombre más rico de su época. Pero no se podían amasar grandes fortunas por él y sus contemporáneos sin que ello tuviera su efecto correspondiente en la masa del pueblo. ¿Cuál fue este efecto?

Por la época en que murió, había en la ciudad de Nueva York un mendigo por cada ciento veindicto habitantes y una de cada ochenta y tres personas de la población tenía que ser mantenida a expensas públicas.9

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