para engordar. Pero si no quiere trabajar, que se muera de hambre. En ese punto de vista se hallaban implícitas ciertas falacias, que se harían más evidentes en el transcurso de la evolución social.
Era evidente, en efecto, que tal actitud, si bien muy favorable al vigor y a la independencia individuales, y no incompatible con una vida social bastante saludable bajo las condiciones que prevalecían en la época, se volvió desastrosa en la era del industrialismo.
Las condiciones de la vida industrial arrancaron al individuo de raíz, de la cual recibía normalmente sus fuerzas, y amontonaron a los trabajadores en masas, generando así una confusión con la que ninguna actividad individual podía lidiar. Fue así como el espíritu mismo que, bajo las condiciones anteriores, propiciaba el bien, ahora propiciaba el mal.
Cruzarse de brazos y aplaudir los esfuerzos del individuo que tal vez se hundía lenta y profundamente en un cenagoso pantano de degradación comenzó a parecer una actitud incluso diabólica. La máxima del laissez-faire, que antaño había representado la acción totalmente libre de las actividades naturales en la vida, empezó a verse con horror y desprecio. Se comprendió que debía haber una superintendencia inteligente de las condiciones sociales, una regulación humana, una organización sistemática.
La intensidad misma de los males que produjo el espíritu inglés condujo a una reacción por la cual dicho espíritu, aunque sin duda seguía siendo el mismo en esencia, adoptó una forma diferente y manifestó su energía en una nueva dirección.
La era industrial moderna, que sustituyó la industria doméstica por el trabajo colectivo realizado por "manos" en las fábricas, comenzó en el siglo XVIII. La era de la reforma social se retrasó hasta el segundo cuarto del siglo XIX. Ha avanzado en cuatro etapas progresivas sucesivas, y cada etapa complementa, en lugar de suplantar, a la que la precedió.