Notas
INTRODUCCIÓN
Muralt, Lettres sur les Anglais. Lettre V.
En el reinado de Ricardo II (1388) se aprobó una ley para «el castigo de aquellos que causen corrupción cerca de una ciudad o gran villa para corromper el aire». Un siglo más tarde (en la época de Enrique VII) se aprobó una ley para evitar que los carniceros mataran bestias en ciudades amuralladas, cuyo preámbulo declaraba que ninguna villa noble de la cristiandad debía contener mataderos para que no se engendrara así enfermedad. En la época de Carlos II, tras el gran incendio de Londres, la ley dispuso un mejor pavimentado y limpieza de las calles y alcantarillas. Fue, sin embargo, en Italia, como señala Weyl (Geschichte der Sozialen Hygiene im Mittelalter, en una reunión de la Gesellschaft für Soziale Medizin, 25 de mayo de 1905), donde comenzó el movimiento moderno de saneamiento organizado. En el siglo XIII las grandes ciudades italianas (como Florencia y Pistoia) poseían Codici Sanitarii; pero no se cumplían, y cuando la Peste Negra llegó a Florencia en 1348, halló a la ciudad totalmente desprevenida. Fue Venecia la que, en el mismo año, inició por primera vez un saneamiento estatal riguroso. La desinfección fue ordenada por primera vez por Gian Visconti, en Milán, en 1399. La primera estación de cuarentena de la que se tiene noticia se estableció en Venecia en 1403.
La tasa de mortalidad infantil en Inglaterra y Gales ha disminuido de 149 por cada 1000 nacimientos en 1871-80 a 127 por cada 1000 nacimientos en 1910. En referencia a esta notable caída que ha tenido lugar pari passu con la caída en la tasa de natalidad, Newsholme, el médico oficial de la Junta de Gobierno Local, escribe: «No puede haber duda razonable de que gran parte de la reducción ha sido causada por esa "concentración" en la madre y el niño que ha sido un rasgo destacado de los últimos años. De haberse mantenido la experiencia de 1896-1900, habría habido 45.120 muertes de infantes más en 1910 de las que realmente ocurrieron». Sin embargo, en algunas partes del país donde las mujeres salen a trabajar a las fábricas (como en Lancashire y partes de Staffordshire), la mortalidad infantil sigue siendo muy alta.
Mrs. Bertrand Russell, «The Ghent School for Mothers», Nineteenth Century, diciembre de 1906.
Apenas es necesario decir que pueden proponerse otras clasificaciones de la reforma social en su aspecto más higiénico. Así, W.H. Allen, centrándose más estrechamente en la vertiente sanitaria del asunto, pero sin limitar su consideración al siglo XIX, descubre que siempre hay siete etapas: (1) la de tutela racial, cuando el saneamiento cobra conciencia y recibe la sanción de la ley; (2) la introducción del confort sanitario, calles bien pavimentadas, alcantarillados públicos, grandes obras hidráulicas; (3) el período de saneamiento comercial, cuando las clases mercantiles exigen medidas como la cuarentena y la limpieza de las calles para frenar los estragos inmensos de las epidemias; (4) la introducción de legislación contra las molestias y la tendencia a ampliar la definición de molestia, que para Bracton, en el siglo XIV, significaba una obstrucción, y para Blackstone, en el XVIII, incluía cosas por lo demás ofensivas, tales como oficios molestos y cursos de agua sucios; (5) la etapa de precaución contra los peligros inherentes a los barrios marginales que fomentan las condiciones modernas de la industria; (6) la etapa de la filantropía, que erige hospitales, viviendas modelo, escuelas, etc.; (7) la etapa del saneamiento socialdemócrata [o socialista], cuando la comunidad en su conjunto busca activamente su propio bienestar sanitario y destina fondos públicos a este fin.
(W.H. Allen, "Sanitation and Social Progress", American Journal of Sociology, marzo de 1903.)
El Dr. F. Bushee ha señalado ("Science and Social Progress", Popular Science Monthly, septiembre de 1911) que existe una especie de progresión relacionada entre la ciencia y la práctica en este asunto: "Las ciencias naturales se desarrollaron primero, porque el hombre estuvo interesado primero en la conquista de la naturaleza, y las leyes físicas más simples pudieron ser comprendidas en una época temprana. Este período trajo un aumento de la riqueza, pero desperdició la vida humana. El deseo de salvar vidas abrió el camino al estudio de la biología. El conocimiento del entorno físico y de la vida, sin embargo, no impidió que florecieran las enfermedades sociales, ni mejoró gran cosa la condición social de una gran parte de la sociedad. Para superar estos defectos, las ciencias sociales se han cultivado en los últimos años con gran seriedad. El interés por las ciencias sociales ha tenido que esperar a las simpatías ampliadas y al sentido de solidaridad que han aparecido con la creciente interdependencia de las poblaciones densas, y estas condiciones han dependido del avance de las otras ciencias. Con el cultivo de las ciencias sociales, la cadena del conocimiento estará completa, al menos en lo que atañe a las necesidades que ya han aparecido.
Pues cada grupo de ciencias resolverá uno o más de los grandes problemas con los que el hombre se ha encontrado en el proceso de desarrollo. Las ciencias físicas resolverán los problemas del entorno, las ciencias biológicas los problemas de la vida, y las ciencias sociales los problemas de la sociedad".
Esta exclusiva preocupación por la mejora del entorno ha sido denominada eutenia por la señora Ellen H. Richards, quien ha escrito un libro con este título en el que defiende la eutenia en oposición a la eugenesia.
No se puede desdeñar ninguna de las cuatro etapas de la reforma social ya resumidas. Por el contrario, todas ellas necesitan consolidarse aún más en una organización de la salud completamente nacional. Tal vez pueda remitir al pequeño libro The Nationalization of Health [La nacionalización de la salud], en el que, hace muchos años, presagié este movimiento, así como a la reciente obra del profesor Benjamin Moore sobre el mismo tema. Los titánicos esfuerzos de Alemania, y más tarde de Inglaterra, por establecer sistemas de Seguros Nacionales, dan fiel testimonio del ardor con el que estos dos países, al menos, avanzan hacia la meta deseada.
En algunos países, sin embargo, el descenso, aunque perceptible hacia 1876, solo comenzó a pronunciarse algo más tarde, en Austria en 1883, en el Imperio alemán, Hungría e Italia en 1885, y en Prusia en 1886. La mayoría de estos países, aunque tardíos en seguir el movimiento moderno de civilización iniciado por Francia, avanzan rápidamente en la misma dirección. Así, la tasa de natalidad en Berlín ya es tan baja como la de París hace diez años, a pesar de que el descenso francés comenzó en una época muy temprana. En Noruega, a su vez, el descenso no fue marcado hasta 1900, pero la tasa de natalidad ya ha descendido, sin embargo, hasta el nivel de la de Suecia, donde la caída comenzó mucho antes.
"La previsión y el autocontrol son, y deben ser siempre, el fundamento y el medio de todo Socialismo Moral", dice Bosanquet (The Civilization of Christendom, p. 336), utilizando el término "Socialismo" en un sentido amplio y no económico. Vemos el mismo crecimiento civilizado de la previsión y el autocontrol en la disminución de la embriaguez. Así, en Inglaterra, el número de condenas por embriaguez, aunque varía considerablemente en diferentes partes del país, está disminuyendo en todo el territorio a un ritmo acelerado de 5000 a 8000 al año, a pesar del crecimiento constante de la población. Es incorrecto suponer que esta disminución tiene alguna relación con la reducción de las oportunidades para beber; por ejemplo, en el condado de Londres y en Cardiff la proporción de establecimientos con licencia para la venta de bebidas alcohólicas es la misma, sin embargo, mientras que las condenas por embriaguez en 1910 fueron en Londres de 83 por cada 10 000 habitantes, en Cardiff estuvieron por debajo de 6 por cada 10 000.
Así descubre Heron que en Londres, durante los últimos cincuenta años, ha habido un aumento del 100 por ciento en la intensidad de la relación entre el origen social bajo y la alta tasa de natalidad, y que la alta tasa de natalidad de las clases sociales más bajas no se compensa plenamente con su alta tasa de mortalidad (D. Heron, "On the Relation of Fertility in Man to Social Status," Drapers' Company Research Memoirs, núm. I, 1906). Como, sin embargo, señalan Newsholme y Stevenson (Journal Royal Statistical Society, abril de 1906, p. 74), la adición neta a la población aportada por las mejores clases sociales se produce a un ritmo tan ligeramente inferior al aportado por la clase más pobre que, aun si consentimos en basar la cuestión en este argumento, sigue sin haber una necesidad urgente para los lamentos de Casandra.
Sociological Papers de la Sociological Society, 1904, p. 35.
Hay un cierto provecho en estudiar la propia ascendencia. Me ha resultando un tanto sorprendente descubrir cuán muy leves son las oscilaciones sociales rastreables en una familia de clase media y en las familias con las que contrae nupcias a lo largo de varios siglos. Una familia de profesionales tiende a formar una casta que se casa dentro de esa misma casta. Un miembro ambicioso de la familia puede casarse con la hija de un baronet, y otro, menos pretencioso, con la hija de un comerciante de aldea; pero el nivel general se mantiene sin elevarse ni descender. Ocasionalmente, sucede que el hijo ambicioso y enérgico de un maestro artesano próspero se convierte en un profesional, se casa dentro de la casta profesional y funda una familia de profesionales; dicha familia parece prosperar durante unas tres generaciones, y luego de repente decae y se extingue por la línea masculina, mientras que el vigor de la línea femenina no se ve mermado.
El nuevo ajuste social de una familia, es probable, sea siempre difícil, y si el cambio es repentino o extremo, el nuevo entorno puede resultar rápidamente fatal para la familia. Lorenz (Lehrbuch der Genealogie, p. 135) ha demostrado que cuando una familia campesina alcanza una clase social superior se extingue en pocas generaciones.
Véase, sobre este punto, Reibmayr, Entwicklungsgeschichte des Talentes und Genies, vol. I, cap. vii.
Fahlbeck, op. cit., p. 168.
La regeneración implica que ha habido degeneración, y no puede afirmarse positivamente que dicha degeneración haya ocurrido, en conjunto, de tal manera que afecte a la raza. Reibmayr (Die Entwicklungsgeschichte des Talentes und Genies, Bd. I, p. 400) considera la degeneración como un proceso que se inicia con la urbanización y la tendencia a la disminución de la población; si es así, no es más que otro nombre para la civilización, y solo puede condenarse condenando la civilización, ocurra o no un deterioro físico. La Comisión Interdepartamental sobre el Deterioro Físico, celebrada en 1904 en Londres, concluyó que no existen datos estadísticos ni de otro tipo suficientes para demostrar que el físico de la población actual, en comparación con el del pasado, haya experimentado cambio alguno; y esta conclusión fue confirmada por el Director General del Servicio Médico del Ejército. Ciertamente hay buenas razones para creer que las poblaciones urbanas (y en especial los obreros industriales en las fábricas) son inferiores en altura, peso y desarrollo general a las poblaciones rurales, y menos aptas para el servicio militar o similar. El desarrollo atrofiado de los trabajadores de las fábricas en el East End de Londres se señaló hace casi un siglo, y la experiencia militar alemana muestra claramente la inferioridad del habitante de la ciudad frente al del campo.
(Véase, por ejemplo, Weyl, Handbuch der Hygiene, Supplement, Bd. IV, págs. 746 et seq.; Politisch-Anthropologische Revue, 1905, págs. 145 et seq.) La proporción de jóvenes alemanes aptos para el servicio militar disminuye lentamente cada año; en 1909 era del 53,6 por ciento, en 1910 de solo el 53 por ciento; de los nacidos en el campo y dedicados a la agricultura o a trabajos forestales, se encontró aptos al 58,2 por ciento; de los nacidos en el campo y dedicados a otras industrias, al 55,1 por ciento; de los nacidos en ciudades pero dedicados a la agricultura o a trabajos forestales, al 56,2 por ciento; de los nacidos en ciudades y dedicados a otras industrias, al 47,9 por ciento. Está bastante claro que este deterioro bajo condiciones urbanas e industriales no puede calificarse propiamente como una degeneración racial. Además, mejora notablemente incluso tras unos pocos meses de entrenamiento, y hay una diferencia inmensa entre el recluta de los barrios bajos, sin desarrollar, endeble y medio hambriento, y el veterano robusto y de hombros anchos cuando abandona el ejército. El término «ageneración» —no exento de críticas, aunque libre de la objeción a la «regeneración»— fue propuesto por el Prof. Christian von Ehrenfels («Die Aufsteigende Entwicklung des Menschen», Politisch-Anthropologische Revue, abril de 1903, p. 50).
No es necesario tratar aquí la cuestión de la mortalidad infantil, a la que ya se ha hecho referencia y que volveremos a considerar en un capítulo posterior. Solo cabe decir que una alta tasa de natalidad está inextricablemente combinada con una alta tasa de mortalidad. Los países europeos con las tasas de natalidad más altas son, en orden descendente: Rusia, Bulgaria, Rumanía, Serbia y Hungría. Los países europeos con las tasas de mortalidad más altas son, en orden descendente, casi los mismos: Rusia, Hungría, España, Bulgaria y Serbia. Lo mismo ocurre fuera de Europa. Así, Chile, cuya tasa de natalidad se sitúa inmediatamente después de la de Rumanía, tiene una tasa de mortalidad que solo es superada por la de Rusia.
Nyström (La Vie Sexuelle, 1910, p. 248) believes that "the time is coming when it will be considered the duty of municipal authorities, if they have found by experience or have reason to suspect that children will be thrown upon the parish, to instruct parents in methods of preventive conception."
Las influencias directamente desfavorables sobre el niño de un intervalo demasiado corto entre su nacimiento y el del hermano anterior han sido demostradas, por ejemplo, por el Dr. R.J. Ewart («The Influence of Parental Age on Offspring», Eugenics Review, octubre de 1911). Él ha descubierto en Middlesbrough que los niños nacidos con un intervalo inferior a dos años tras el nacimiento del hermano anterior todavía muestran a la edad de seis años una deficiencia notable en altura, peso e inteligencia, si se les compara con niños nacidos tras un intervalo más largo, o con los primogénitos.
Tatler, Vol. II, Núm. 175, 1709.
«Escriba Hombre en lugar de Primula, y el escenario del mundo en lugar del del invernadero —dice el profesor Bateson (Biological Fact and the Structure of Society, 1912, p. 9)—, y creo que con unas pocas generaciones de cruzamiento experimental adquiriríamos la capacidad de determinar de manera similar cómo deben representarse las variedades de hombres en las generaciones venideras». Pero Bateson se apresura a señalar que nuestro conocimiento sigue siendo muy inadecuado, y se opone a la eugenesia por ley del Parlamento.
E. Solmi, La Città del Sole di Campanella, 1904, p. xxxiv.
Tan solo un año antes de su muerte, Galton escribió (prefacio de Essays in Eugenics): «La fuerza mediante la cual debe llevarse a cabo principalmente la reforma eugenésica es la de la Opinión Popular, la cual es sobradamente fuerte para ese propósito siempre que llegue a despertarse».
Puede ser necesario señalar que por esterilización se entiende aquí, no la castración, sino, en el varón, la vasectomía (y una operación correspondiente en la mujer), una operación sencilla e inofensiva que no entraña mutilación real ni pérdida de capacidad alguna aparte de la de la procreación. Véase sobre este y otros puntos relacionados: Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society», cap. xii.
El término «débil mental» puede utilizarse en general para abarcar todos los grados de debilidad mental. Sin embargo, si hablamos con un poco más de precisión, debemos reconocer tres grados principales de debilidad mental congénita: debilidad mental, en la cual, con cuidado y supervisión, es posible trabajar y ganarse el sustento; imbecilidad, en la cual el sujeto apenas es capaz de valerse por sí mismo y a veces solo tiene la inteligencia suficiente para ser travieso (el imbécil moral); e idiocia, el grado más profundo de todos, en el cual el sujeto no posee inteligencia ni capacidad para valerse por sí mismo. A veces se proponen clasificaciones más elaboradas. El método de Binet y Simon permite una medición bastante exacta de la debilidad mental.
Mott (Archives of Neurology and Psychiatry, Vol. V, 1911) acepta el punto de vista de que en algunos casos la debilidad mental es simplemente una forma de sífilis congénita, pero señala que la debilidad mental abunda en muchos distritos rurales donde la sífilis, así como el alcoholismo, es muy rara, y concluye enfatizando la influencia de la herencia; la prevalencia de la debilidad mental en estos distritos rurales se debe así al hecho de que los aptos mental y físicamente han emigrado a los grandes centros industriales, dejando a los no aptos para procrear la raza.
«Ya se expresen las variaciones germinales», observó el Dr. R.J. Ryle en una Conferencia sobre la Deficiencia Mental (British Medical Journal, 3 de octubre de 1911), «mediante paladar hendido, cataratas o deficiencia cerebral de las células piramidales en la corteza cerebral, estas pueden producirse y, una vez producidas, se reproducen tan fácilmente como la estructura perfeccionada de la cara, el ojo o el cerebro, si los gametos que contienen estas potencialidades se unen para formar el óvulo. Pero la Naturaleza no es solo la productora. En igualdad de condiciones y sin favoritismos, la selección natural no dejaría ningún problema de los ineptos para desconcertar la mente del hombre que mira hacia el pasado y hacia el futuro. Sabemos que esto no puede ser así, y sabemos también que ya no tenemos la excusa de la ignorancia para encubrir la negligencia de los nuevos deberes que corresponden a la época actual de la civilización. Sabemos ahora que hemos de lidiar con un grupo creciente en nuestra comunidad que demanda cuidado y control permanentes, tanto por su propio bien como por el bienestar de la comunidad. Todos están de acuerdo ahora en el principio general de la segregación, pero es verdad que debería ofrecerse algo más que esto.
Las dificultades de la teoría se van despejando a medida que nuestra visión más amplia comprende con más firmeza nuestro material, pero las dificultades de la práctica todavía están ante nosotros». Estas observaciones coinciden con los resultados generales alcanzados por la Comisión Real sobre los Deficientes Mentales, que publicó sus voluminosos datos y conclusiones en 1908.
Véase, por ejemplo, A.F. Tredgold, Mental Deficiency, 1908.
La investigación de Bezzola, que demuestra que los máximos en la concepción de idiotas se producen en la época de carnaval y, especialmente, en la vendimia, se ha tomado (sobre todo por parte de Forel) como indicio de que el alcoholismo de los padres en el momento de la concepción causa idiotez en la descendencia. Puede ser así. Pero también cabe la posibilidad de que el desenfreno propio de estos periodos permita a los miembros defectuosos de la comunidad alcanzar un grado de actividad sexual que se les negaría en condiciones normales. En tal caso, el alcoholismo se limitaría a liberar el mecanismo productor de la idiotez, y no a crearlo.
Godden, Eugenics Review, abril de 1911.
La debilidad mental y las otras variaciones afines no siempre se repiten exactamente en la herencia. Pueden transmudarse al pasar de padre a hijo; un padre epiléptico, por ejemplo, puede tener un hijo con debilidad mental. Estas relaciones de la debilidad mental han quedado claramente expuestas en una importante investigación llevada a cabo por Davenport y Weeks (Journal of Nervous and Mental Disease, noviembre de 1911), quienes por primera vez han logrado obtener un gran número de árboles genealógicos realmente exhaustivos y precisos de tales casos.
Quizá convenga señalar una vez más que la posibilidad de una depreciación tan limitada no debe interpretarse como la afirmación de que ha habido una «degeneración de la raza» general. Puede añadirse que la noción de que la edad de oro quedó en el pasado y que nuestra propia época es degenerada no se limita a unos pocos biométricos de hoy en día; ha atraído a mentes poco críticas en todas las épocas, incluso en las más grandes, tan atrás como podamos remontarnos. Montesquieu se refirió a esta noción común (e intentó explicarla) en sus Pensées Diverses: «Los hombres tienen tan mala opinión de sí mismos —añade—, que han creído que no solo sus mentes y almas estaban degeneradas, sino incluso sus cuerpos, y que no eran tan altos como los hombres de épocas anteriores». Es así como, de forma muy lógica, llegamos a la creencia de que cuando la humanidad apareció por primera vez, «había gigantes en la tierra por aquellos días», y que Adán vivió hasta la edad de novecientos treinta años. ¡Evidentemente, allí no hay ningún síndrome de degenerescencia!
El superintendente de una gran escuela estatal para niñas infractoras en Estados Unidos (citado en el informe de la Comisión del Vicio de Chicago sobre The Social Evil in Chicago, p. 229) afirma: «Las niñas que llegan a nosotras dotadas de una capacidad cerebral normal, o que no están infectadas de enfermedades venéreas, nos parecen verdaderamente un tesoro, y rara vez dejamos de convertir a una niña realmente normal en una mujer valiosa, sin importar cuál haya sido su entorno. Pero hemos fracasado en innumerables casos en los que el entorno era perfecto, pero la niña nació defectuosa».
Véase, por ejemplo, Havelock Ellis, The Criminal, 4.ª ed., 1910, cap. IV.
R.L. Dugdale, The Jukes, 4.ª ed., 1910. Cabe señalar que Dugdale, que escribió hace casi cuarenta años, se preocupó por demostrar la influencia del mal entorno más que la de la mala herencia. En aquella época, la importancia de la herencia apenas empezaba a concebirse. Sigue siendo verdad, sin embargo, que la mala herencia y el mal entorno actúan constantemente juntos para el mal.
Jörger, Archiv für Rassen-und Gesellschafts-Biologie, 1905, p. 294. Criminal families are also recorded by Aubry, La Contagion du Meutre.
Aun durante la vida escolar esta carga es grave. El señor Bodey, Inspector de Escuelas, afirma que el niño escolar con deficiencias cuesta tres veces más que el niño escolar ordinario.
He expuesto estas consideraciones con mayor detalle y en un formato divulgativo en The Problem of the Regeneration of the Race (El problema de la regeneración de la raza), el primero de una serie de «Nuevos opúsculos para nuestros tiempos» (New Tracts for the Times), publicados bajo los auspicios del Consejo Nacional de Moralidad Pública.
C.B. Davenport, "Euthenics and Eugenics," Popular Science Monthly, January, 1911.
El uso de los términos «apto» (fit) y «no apto» (unfit) en un sentido eugenésico ha sido objeto de críticas. Se dice, por ejemplo, que en un mal entorno pueden ser precisamente las clases defectuosas las más «aptas» para sobrevivir. Es muy cierto que estos términos no están bien adaptados para resistir ataques hipercríticos. Sin embargo, la persistencia con la que se emplean parece indicar una cierta «supervivencia del más apto». Los términos «digno» (worthy) y «indigno» (unworthy), que algunos preferirían sustituir, no son satisfactorios, ya que tienen asociaciones morales que resultan engañosas. Galton habló de «valía cívica» (civic worth) en este contexto, y en muy pocas ocasiones utilizó el término «digno» (worthy, entrecomillado), pero tuvo cuidado de señalar (Essays in Eugenics, p. 35) que en la eugenesia «debemos dejar la moralidad lo más fuera posible de la discusión, sin enredarnos en las dificultades, casi desesperadas, que plantea el hecho de si un carácter en su conjunto es bueno o malo».
El Dr. Toulouse ha dedicado todo un volumen a los resultados de un minucioso examen personal de Zola, el novelista, y otro a Poincaré, el matemático. Tales investigaciones minuciosas se limitan actualmente a los hombres de genio, pero algún día, tal vez, consideraremos que, desde el punto de vista eugenésico, todos los hombres son hombres de genio.
La esterilización con fines sociales se introdujo en Suiza hace unos años, con el fin de permitir que algunas personas con autocontrol disminuido recuperaran la libertad y reanudaran el trabajo sin el riesgo de añadir a la población miembros defectuosos que probablemente serían una carga para la comunidad. Se llevó a cabo con el consentimiento de los sujetos (en algunos casos a petición insistente de estos) y de sus familiares, por lo que no requirió una legislación especial, y se dice que los resultados son satisfactorios. En algunos estados americanos, la esterilización para ciertas clases de personas deficientes se ha establecido por ley, pero es difícil obtener información fiable en cuanto al funcionamiento y los resultados de dicha legislación.
Cuando el profesor Giddings habla de la «meta de la humanidad», hay que recordar, por supuesto, que está empleando una audaz metáfora para aclarar su significado. Estrictamente hablando, la humanidad no tiene «metas», ni existen en la naturaleza fines que no sean medios para alcanzar otros fines.
EL ESTATUS CAMBIANTE DE LAS MUJERES
El siguiente pasaje resume esta Apelación: «La petición simple y modesta es que se les permita disfrutar de los mismos goces que a los hombres, siempre que puedan, mediante el libre e igual desarrollo y ejercicio de sus facultades, procurarse tales goces. Piden los mismos medios que poseen los hombres para adquirir toda clase de conocimientos, para desarrollar todas y cada una de las facultades de su mente y de su cuerpo que puedan contribuir a su felicidad. Piden total facilidad de acceso a cualquier arte, ocupación, profesión, desde la más alta hasta la más baja, sin una sola excepción, hacia las cuales sus inclinaciones y talentos puedan dirigirlas y capacitarlas para desempeñar. Piden la eliminación de todas las restricciones y exclusiones que no se apliquen a los hombres de igual capacidad. Piden derechos políticos, civiles y domésticos perfectamente iguales. Piden iguales obligaciones y castigos equitativos por parte de la ley en comparación con los hombres en caso de infracción de la misma ley por cualquiera de las partes.
Piden un sistema moral igualitario, fundado en la utilidad en lugar del capricho y el despotismo irracional, en el cual una misma acción, seguida de las mismas consecuencias, ya sea realizada por un hombre o por una mujer, reciba la misma porción de aprobación o desaprobación; en el cual todo placer, que no esté acompañado ni seguido de un mal predominante, sea igualmente permitido a las mujeres y a los hombres; en el cual todo placer acompañado o seguido de un mal predominante sea igualmente censurado en las mujeres y en los hombres».
Un periodo de transición no menos necesario aunque sea ciertamente desastroso y tienda a producir una tensión malsana entre los sexos en tanto en cuanto los hombres y las mujeres no reciban igual retribución por igual trabajo. «Algo bello es una alegría para siempre», como expresó recientemente un obrero en Blackburn, «pero cuando ese algo bello se pone a hacer por 16 chelines a la semana el trabajo por el que a ti te han pagado 22, no sientes que no puedas vivir sin poseer ese algo bello solo para ti, ni que estés dispuesto a poner tu vida y tu fortuna (cuando la tienes) a sus pies». Por otra parte, la trabajadora de esa misma ciudad a menudo se queja de que un hombre no se fija en una muchacha a menos que sea una «tejedora de cuatro telares», es decir, que gane, tal vez, 20 o 25 chelines a la semana.
Véase el muy interesante trabajo de Alfred Espinas, Des Sociétés Animales, que contiene muchas sugerencias provechosas para el estudioso de la sociología humana.
El carácter sutil y complejo de las relaciones sexuales en una alta civilización, y los infelices resultados de su regulación por parte del Estado, fue expresado con gran acierto por Wilhelm von Humboldt en sus Ideen zu einem Versuch, die Grenzen der Wirksamkeit des Staates zu bestimmen, ya en el año 1792: «Una unión tan estrechamente aliada con la naturaleza misma de los individuos respectivos debe ir acompañada de las consecuencias más perjudiciales cuando el Estado intenta regularla por ley, o, mediante la fuerza de sus instituciones, hacer que repose en cualquier otra cosa que no sea la simple inclinación. Cuando recordamos, además, que el Estado solo puede contemplar los resultados finales de tales regulaciones en la raza, estaremos aún más dispuestos a admitir la justicia de esta conclusión. Se puede argumentar razonablemente que una solicitud por la raza solo conduce a los mismos resultados que la más alta solicitud por el desarrollo más hermoso del hombre interior. Pues tras una cuidadosa observación se ha descubierto que la unión ininterrumpida de un hombre con una mujer es de lo más beneficioso para la raza, y es asimismo innegable que ninguna otra unión brota del amor verdadero, natural y armonioso. Y además, puede observarse que dicho amor conduce a los mismos resultados que aquellas relaciones mismas que la ley y la costumbre tienden a establecer.
El error fundamental parece ser que la ley manda; mientras que tal relación no puede moldearse de acuerdo con disposiciones externas, sino que depende enteramente de la inclinación; y dondequiera que la coerción o la guía entran en colisión con la inclinación, la desvían aún más del camino adecuado. Por lo cual me parece que el Estado no solo debería aflojar los lazos en este caso y dejar una mayor libertad al ciudadano, sino que debería retirar por completo su activa solicitud de la institución del matrimonio, y tanto en general como en sus modificaciones particulares, debería más bien dejarlo por entero a la libre elección de los individuos y a los diversos contratos que puedan celebrar al respecto. No me detendría en la adopción de este principio por el temor de que todas las relaciones familiares pudieran verse perturbadas, pues aunque tal temor pudiera estar justificado por consideraciones de circunstancias y localidades particulares, no podría albergarse justamente en una investigación sobre la naturaleza de los hombres y de los Estados en general.
Pues la experiencia nos convence con frecuencia de que justamente allí donde la ley no ha impuesto grilletes, la moralidad ata con más seguridad; la idea de la coerción externa es totalmente ajena a una institución que, como el matrimonio, descansa únicamente en la inclinación y en un sentido interno del deber; y los resultados de tales instituciones coercitivas no se corresponden en absoluto con las intenciones en las que se originan».
Tal registro, como insistía acertadamente Bertillon, debía ser de la descripción más completa —consignando todos los rasgos antropológicos de los contrayentes—, de modo que las características de un grupo humano en cualquier tiempo y lugar pudieran ser estudiadas y comparadas. Un registro de esta clase constituiría, además de su conveniencia más obvia, una guía casi indispensable para la evolución superior de la raza. Puedo añadir aquí que he supuesto, quizás con demasiada temeridad, que la tendencia natural entre los hombres y mujeres civilizados se orienta hacia una unión monógama y más o menos permanente; precedida, tal vez en la mayoría de los individuos, por un periodo de experimentación más inquieto. Indudablemente, en el futuro surgirán muchas variaciones que conducirán a relaciones más complejas. Tales variaciones no pueden preverse y, cuando surjan, aún tendrán que demostrar su estabilidad y su ventaja para la raza.
Como entre los gansos y, ocasionalmente, según se dice, entre los elefantes.
EL NUEVO ASPECTO DEL MOVIMIENTO FEMINISTA
En 1787 Condorcet declaró (Lettres d'un Bourgeois de New Haven, Lettre II) que las mujeres debían tener exactamente los mismos derechos que los hombres, y repitió la misma afirmación con énfasis en 1790, en un artículo «Sur l'Admission des Femmes au Droit de Cité», publicado en el Journal de la Société de 1789. Debe añadirse que Condorcet no era un demócrata, y ni a los hombres ni a las mujeres les habría concedido el voto a menos que fuesen propietarios.
Léopold Lacour ha ofrecido un relato completo y fidedigno de Olympe de Gouges (nacida en Montauban en 1755) en su obra Trois Femmes de la Révolution, de 1900.
Cabe señalar que el Imperio tuvo incluso un efecto deprimente en las actividades físicas de las mujeres. La mujer del siglo XVIII en Francia, aunque no era atlética en el sentido moderno, disfrutaba de una vida libre al aire libre y le aficionaban los ejercicios físicos. Durante el Directorio esta tendencia se hizo muy pronunciada; las mujeres vestían las prendas más escuetas, estaban al aire libre con cualquier clima, cultivaban apetitos saludables y gozaban de una salud óptima. Pero con el establecimiento del Imperio estas modas saludables fueron abandonadas, y las mujeres cultivaron nuevos ideales de refinamiento frágil en interiores. (Esta evolución ha sido trazada por el Dr. Lucien Nars, L'Hygiène, septiembre de 1911.)
En cuanto al auge y progreso de este movimiento en Inglaterra, se ofrece mucha información simpática y vivaz en la obra de W. Lyon Blease Emancipation of English Women (1910), un libro que, sin embargo, no pretende ser judicial ni imparcial; el autor considera que el «egoísmo masculino desregulado» es la fuente de las dificultades que se oponen al sufragio femenino.
Así, en 1911, la Liga Nacional en Contra del Sufragio Femenino llevó a cabo una encuesta imparcial entre las mujeres votantes inscritas en el censo municipal de varias grandes circunscripciones, mediante el envío de una postal con franqueo pagado para preguntarles si estaban o no a favor de hacer extensivo a las mujeres el sufragio parlamentario. Solo 5579 se mostraron a favor; 18 850 estuvieron en contra; 12 621 no se tomaron la molestia de responder, y se afirmó, probablemente con razón, que la mayoría de estas últimas no estaban a favor del voto.
No debe presumirse con demasiada prisa. A menos que nos remontemos a las antiguas conjuras al estilo de Guy Fawkes (hoy imitadas únicamente por autodenominados anarquistas), los líderes de los movimientos de reforma política rara vez, o nunca, han organizado estallidos de violencia; dicha violencia, cuando se ha producido, ha sido el acto espontáneo e imprevisto de una muchedumbre.
Revue de l'Ecole d'Anthropologie, febrero de 1909, p. 50.
O. Schrader, Reallexicon, art. «Keuschheit». Considera que Tácito simplemente muestra que las mujeres germanas solían ser castas después del matrimonio. Unos siglos más tarde, señala Lea, Salviano, si bien alaba a los bárbaros en general por su castidad, hace una excepción en el caso de los alamanes. (Véase también Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society», págs. 382-4).
Así Kaan, anticipándose a Krafft-Ebing, publicó una Psychopathia Sexualis en 1844, y Casper, en 1852, fue la primera autoridad médica en señalar que la inversión sexual se debe a veces a una condición psíquica congénita.
Tanto los libros de Forel como los de Bloch se han hecho muy conocidos a través de traducciones en Inglaterra y América. El Dr. Bloch es también autor de una historia de la sífilis sumamente erudita y exhaustiva, que ha contribuido en gran medida a demostrar que esta enfermedad fue introducida en Europa desde América con el primer descubrimiento del Nuevo Mundo a finales del siglo quince.
Esta actitud se refleja claramente incluso en muchos libros escritos por hombres; puedo mencionar, por ejemplo, la conocida novela de Frenssen Hilligenlei (Tierra santa).
En la mayoría de los países la ilegitimidad está disminuyendo; en Alemania aumenta constantemente, tanto en las zonas rurales como en las urbanas. Los nacimientos ilegítimos son, sin embargo, más numerosos en las ciudades que en el campo. De los estados constituyentes del Imperio alemán, la tasa de natalidad ilegítima es la más baja en Prusia, y la más alta en Sajonia y Baviera. En Múnich, el 27 por ciento de los nacimientos son ilegítimos. (Los datos se exponen claramente en un artículo del Dr. Arthur Grünspan en el Berliner Tagblatt del 6 de enero de 1911, reproducido en Die Neue Generation, julio de 1911.) Así, en Prusia, mientras que el total de nacimientos entre 1903 y 1908, a pesar de un gran aumento en la población, solo aumentó un 2,6 por ciento, los nacimientos ilegítimos aumentaron nada menos que un 11,1 por ciento. El incremento es notable en casi todos los Estados alemanes. Es especialmente acusado en Sajonia; aquí la proporción de nacimientos ilegítimos con respecto al número total de nacimientos era, en 1903, del 12,51 por ciento, y en 1908 ya había ascendido al 14,40 por ciento. En Berlín es donde resulta más acusado; aquí comenzó en 1891, cuando había cerca de 47.000 nacimientos legítimos; sin embargo, hacia 1909 los nacimientos legítimos habían bajado a 38.000, un descenso del 19,4 por ciento.
Pero los nacimientos ilegítimos aumentaron durante el mismo período de casi 7.000 a más de 9.000, un incremento del 35 por ciento. La proporción de nacimientos ilegítimos respecto al total de nacimientos supera ahora el 20 por ciento, de modo que por cada cuatro niños legítimos hay algo más de un niño ilegítimo. Podría decirse que esto se debe meramente a una proporción cada vez mayor de mujeres solteras. Ese, sin embargo, no es el caso. La tasa de nupcialidad está aumentando en general, y la edad media de las mujeres al casarse tiende a bajar en lugar de a subir. Grünspan considera que es probable que este aumento de la ilegitimidad continúe, y se inclina a atribuirlo menos a causas económicas que a causas socio-psicológicas.
He analizado este punto en Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society», cap. xii.
Es notable que en la España de la antigüedad las leyes reconocieran el concubinato (barraganía) como casi igual al matrimonio, y como conferidor de iguales derechos al hijo, incluso a los hijos del clero, quienes de este modo podían heredar de sus padres por derecho de los privilegios concedidos a la concubina o barragana. La barraganía, sin embargo, no era un matrimonio real, y en muchas regiones podía ser contraída por hombres casados (R. Altamira, Historia de España y de la Civilazación Española, vol. I, págs. 644 y ss.).
"La femme libre", en cuya búsqueda los jóvenes sansimonianos predicaron una cruzada, debía ser una mujer de reflexión e intelecto que, habiendo meditado sobre el destino de sus "hermanas", conociendo las necesidades de las mujeres y habiendo sondeado aquellas capacidades femeninas que el hombre nunca ha penetrado por completo, emitiera la confesión de su sexo, sin restricción ni reserva, de tal manera que proporcionara los elementos indispensables para formular los derechos y deberes de la mujer. Saint Simon le había pedido a Madame de Staël que asumiera este papel, pero ella no respondió. Cuando George Sand publicó sus primeras novelas, se le encomendó a un tal Guéroult averiguar si la autora de Lélia emprendería tan importante servicio. Encontró a una mujer mal vestida que utilizaba su talento para ganarse la vida, pero que no tenía el menor deseo de convertirse en la gran sacerdotisa de una nueva religión. Aun después de su desengaño, Enfantin aguardaba con impaciencia la publicación de la Histoire de ma Vie de George Sand, esperando que por fin llegara la gran revelación, y volvió a desilusionarse. Pero antes de esto, Émile Barrault se había levantado y declarado que en Oriente, en la soledad del harem, "la femme libre" sería hallada en la persona de alguna odalisca. Se formó la "misión de la madre" y, con Barrault a la cabeza, partió hacia Constantinopla.
Todos iban vestidos de blanco en señal del voto de castidad que habían hecho antes de salir de París, y por el camino mendigaban en nombre de la Madre. Llegaron a Constantinopla y predicaron la fe de Saint-Simon a los turcos en francés. Pero "la femme libre" parecía tan lejana como siempre, y decidieron ir a Rotourma, en Oceanía, para establecer allí la religión de Saint-Simon y un Gobierno perfecto que pudiera servir de modelo a los Estados de Europa. Primero, sin embargo, sintieron el deber de asegurarse de que la Madre no se escondía en alguna parte de Rusia, por lo que fueron a Odesa, pero el gobernador, falto de simpatía, los echó rápidamente y, tras comprender que Rotourma quedaba bastante lejos, la misión se disolvió; la mayoría de los miembros se fueron a Egipto para reunirse con Enfantin, a quien los árabes, impresionados por su belleza, habían llamado Abu-l-dhunieh, el Padre del Mundo. (Este relato del movimiento se basa en el ofrecido por Maxime du Camp en sus Souvenirs Littéraires)
Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society», cap. X.
Cabe señalar que a una mujer francesa se la ha llamado «la madre del feminismo moderno». Marie de Gournay, fallecida en 1645 a la edad de ochenta años, es más conocida como la hija adoptiva de Montaigne, por quien abrigaba una entusiasta veneración, convirtiéndose en la primera editora de sus ensayos. Su breve ensayo, Egalité des Hommes et des Femmes, fue escrito en 1622. Véase, por ejemplo, M. Schiff, La Fille d'Alliance de Montaigne.
Sin embargo, un sentimiento más moderno respecto al amor y al matrimonio comienza a surgir en una época mucho más temprana, con Menandro y la Comedia Nueva. E.F.M. Benecke, en su interesante librito sobre Antimachus of Colophon and the Position of Women in Greek Poetry, cree que la idea romántica (es decir, la idea de que una mujer es un objeto digno del amor de un hombre, और que dicho amor bien puede ser el objetivo principal, si no el único, de la vida de un hombre) había sido propugnada originalmente por Ántimaco a finales del siglo V a. C. Ántimaco, de quien se dice que fue amigo de Platón, se había unido a una mujer de Lidia (donde las mujeres, como sabemos, ocupaban una posición muy alta) y su muerte lo inspiró a escribir un largo poema, Lidia, «el primer poema de amor dirigido jamás por un griego a su esposa tras su muerte». Solo unos pocos versos de este poema sobreviven. Pero Ántimaco parece haber influido enormemente en Filetas (a quien Croiset llama «el primero de los alejandrinos») y en Asclepiades de Samos, poetas tiernos y exquisitos a los que también solo conocemos por unos pocos fragmentos. Los argumentos de Benecke, por lo tanto, por muy probables que sean, no pueden demostrarse de manera satisfactoria.
Como ya he señalado en otra parte (Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, "Sex in Relation to Society", cap. ix), la mayoría de las autoridades modernas —Friedländer, Dill, Donaldson, etc.— consideran que no hubo un verdadero declive moral en el Bajo Imperio romano; no debemos aceptar los cuadros presentados por los satiristas, paganos o cristianos, como de aplicación general.
He discutido esta fase del cristianismo primitivo en el sexto volumen de Studies in the Psychology of Sex, «Sex in Relation to Society», cap. V.
Ulrich von Lichtenstein, en el siglo trece, es el ejemplo típico de esta erotomanía caballeresca. Su relato de sus propias aventuras ha sido puesto en duda, pero Reinhold Becker (Wahrheit und Dichtung in Ulrich von Lichtenstein's Frauendienst, 1888) considera que, aunque muy exagerado, es sustancialmente verdadero.
Léon Gautier, La Chevalerie, págs. 236-8, 348-50.
La principal fuente de información sobre estas Cortes es el De Arte Amatoria de André le Chapelain. Boccaccio hizo uso de esta obra, aunque sin mencionar el nombre del autor, en su propio Dialogo d' Amore.
Niphus (nacido hacia 1473), médico y filósofo de la Corte Papal, escribió en su De Pulchro, considerado a veces el primer tratado moderno sobre estética, una descripción minuciosa de Juana de Aragón, cuyo retrato, atribuido tradicionalmente a Rafael, se encuentra en el Louvre. La famosa obra de Firenzuola (nacido en 1493) titulada Dialogo delle Bellezze delle Donne, fue publicada en 1548. Ha sido traducida al inglés por Clara Bell bajo el título On the Beauty of Women.
Véase, por ejemplo, Edith Coulson James, Bologna: Its History, Antiquities and Art, 1911.
Véase, para una interesante exposición de la posición de la mujer en el Renacimiento italiano, Burckhardt, Die Kultur der Renaissance, parte V, cap. vi.
Puedo citar las siguientes observaciones de una comunicación que he recibido de un universitario: «Estoy dispuesto a mostrar a las mujeres, y a esperar de ellas, exactamente el mismo grado de consideración que muestro a otros hombres o espero de ellos, pero me molesta un poco que se espere de mí que haga una diferencia preferencial. Por ejemplo, en un tranvía abarrotado no veo ninguna razón más adecuada para ceder mi asiento a una joven sana que para esperar que ella me ceda el suyo a mí; lo haría alegremente por una persona mayor de cualquier sexo basándome en que probablemente estoy mejor preparado para soportar la fatiga de "viajar colgado de la correa", y porque reconozco que se debe cierto respeto a la edad; pero si las personas suben a vehículos demasiado llenos, no deberían esperar que los primeros en llegar abandonen sus asientos simplemente porque ellos [las personas mayores] resultan ser hombres». Este escritor reconoce, en efecto, que no es muy sensible a la atracción erótica de las mujeres, pero es probable que la cambiante situación de las mujeres haga que la actitud que expresa sea cada vez más común entre los hombres.
Ante, p. 58.
"Las mujeres entonces eran reinas", como escribe Taine (L'Ancien Régime, vol. I, p. 219), y aporta referencias para ilustrar el punto.
Goethe, Wilhelm Meisters Wanderjahre, Libro II, cap. i.
Havelock Ellis, The Soul of Spain, chap. III, "The Women of Spain."
Grete Meisel-Hess, Die Sexuelle Krise, 1909, págs. 148, 168.
"La Morale Sexuelle", Archives d'Anthropologie Criminelle, enero de 1907.
EL SIGNIFICADO DE UNA TASA DE NATALIDAD A LA BAJA
Debe entenderse que, desde el punto de vista actual, el término «anglosajón» abarca a los pueblos de Gales, Escocia e Irlanda, así como de Inglaterra.
El descenso de la natalidad francesa ha sido investigado en una tesis de Lyon por Salvat, La Dépopulation de la France, 1903.
Las últimas cifras figuran en los Informes Anuales del Registrar-General para Inglaterra y Gales.
La mortalidad infantil alemana, afirma Böhmert («Die Säuglingssterblichkeit in Deutschland und ihre Ursachen», Die Neue Generation, marzo de 1908), es mayor que en cualquier país europeo, excepto Rusia y Hungría, aproximadamente un 50 por ciento mayor que en Inglaterra, Francia, Bélgica u Holanda. La mortalidad infantil ha aumentado en Alemania, como suele suceder, con el incremento del empleo de mujeres, y, en gran parte por esta causa, casi se ha duplicado en Berlín en el transcurso de cuatro años, afirma Lily Braun (Mutterschutz, 1906, Heft I, p. 21); pero aun sobre esta base es de solo el 22 por ciento en las industrias textiles inglesas, frente al 38 por ciento en las industrias textiles alemanas.
En Inglaterra la nupcialidad descendió de forma bastante brusca en 1875 y mostró una ligera tendencia al alza hacia 1900 (G. Udny Yule, «On the Changes in the Marriage-and Birth-rates in England and Wales», Journal of the Statistical Society, marzo de 1906). En conjunto, se ha producido un descenso real, aunque leve. El descenso ha sido generalizado y es más acusado en Australia, especialmente en Australia Meridional. No obstante, se ha registrado un aumento de la nupcialidad en Irlanda, Francia, Austria, Suiza, Alemania y, sobre todo, en Bélgica. El movimiento en favor de una menor procreación implicaría naturalmente en primer lugar una disminución de los matrimonios, pero es fácil comprender que, cuando se advierte que el matrimonio no va necesariamente seguido de la concepción, este motivo para evitar el matrimonio pierde su fuerza y la nupcialidad aumenta.
Medicine, febrero de 1904.
Davidson, "The Growth of the French-Canadian Race," Annals of the American Academy, septiembre de 1896.
T.A. Coghlan, The Decline of the Birth-rate of New South Wales, 1903. Las estadísticas de Nueva Gales del Sur son de especial valor, ya que los registros contienen muchos datos (como la edad de los padres, el tiempo transcurrido desde el matrimonio y el número de hijos) que no figuran en los registros ingleses ni en la mayoría de los demás.
C. Hamburger, «Kinderzahl und Kindersterblichkeit», Die Neue Generation, agosto de 1909.
Mirado de otro modo, puede decirse que si se considera normal un incremento natural de un 10 a un 15 por ciento, determinado restando la tasa de mortalidad de la tasa de natalidad, entonces, tomando en la medida de lo posible las cifras de 1909, el incremento natural de Inglaterra y Escocia, de Alemania, de Italia, de Austria y Hungría, de Bélgica, es normal; el incremento natural de Nueva Gales del Sur, de Victoria, de Australia Meridional, de Nueva Zelanda, es anormalmente alto (aunque en los países nuevos dicho incremento tal vez no sea indeseable), mientras que el incremento natural de Francia, de España y de Irlanda es anormalmente bajo. Tal método de cálculo, por supuesto, prescinde por completo de la cuestión de la deseabilidad social del proceso mediante el cual se logra el incremento normal.
Johannsen, Janus, 1905.
Rubin, "A Measure of Civilization," Journal of the Royal Statistical Society, March, 1897. "The lowest stage of civilization," he points out, "is to go forward blindly, which in this connection means to bring into the world a great number of children which must, in great proportion, sink into the grave. The next stage of civilization is to see the danger and to keep clear of it. The highest stage of civilization is to see the danger and overcome it." Europe in the past and various countries in the present illustrate the first stage; France illustrates the second stage; the third stage is that towards which we are striving to move to-day.
Baines, "The Recent Growth of Population in Western Europe," Journal of the Royal Statistical Society, diciembre de 1909.
Varios datos y referencias son aportados por Havelock Ellis, The Nationalization of Health, cap. XIV.
Estas son las cifras dadas por la principal autoridad japonesa, el profesor Takano, Journal of the Royal Statistical Society, julio de 1910, p. 738.
E.A. Ross, «The Race Fibre of the Chinese», Popular Science Monthly, octubre de 1911. Según otra estimación competente y bastante concordante, la tasa de mortalidad infantil en China es del 90 por ciento. De las niñas lactantes, probablemente cerca de 1 de cada 10 es destruida intencionadamente.
J.J. Matignon, "La Mère et l'Enfant en Chine," Archives d'Anthropologie Criminelle, October to November, 1909.
Arsène Dumont, por ejemplo, señala (Dépopulation et Civilization, p. 116) que los matrimonios muy precoces y la fecundidad desenfrenada de los chinos no podrán dejar de cesar tan pronto como el pueblo adopte las costumbres europeas.
Las estimaciones seguras sobre la futura población mundial que de vez en cuando se presentan basándose en la tasa de natalidad actual carecen por completo de valor. Un edificio de este tipo, brillantemente insustancial, obra de B.L. Putnam Weale (The Conflict of Colour, 1911), ha sido justamente criticado por el profesor Weatherley (Popular Science Monthly, noviembre de 1911).
A veces resulta conveniente utilizar el término "neomalthusianismo" para indicar la limitación voluntaria de la familia, pero siempre debe recordarse que Malthus no habría apruebado el neomalthusianismo, y que las prácticas neomalthusianas no tienen nada que ver con la teoría de Malthus. A dichas prácticas no les afectaría que esa teoría pudiera demostrarse o refutarse de manera concluyente.
Llegamos a encontrar la exigencia de que los solteros y las solteronas sean gravados con impuestos. Esta propuesta fue efectivamente aceptada (1911) por el Landtag del pequeño Principado de Reuss, el cual propone gravar a los solteros y solteronas mayores de treinta años. Dejando a un lado las cuestiones discutibles sobre si un Estado tiene derecho a ejercer semejante presión sobre sus ciudadanos, hay que señalar que lo que le importa al Estado no es el matrimonio, sino el hijo. Es posible tener hijos sin matrimonio, y el matrimonio no garantiza la procreación de hijos. Por lo tanto, vendría más al caso gravar a los sin hijos. En ese caso, sería necesario eximir del impuesto a las personas solteras con hijos, y cobrarlo en el caso de las personas casadas sin hijos. Pero hay que recordar además que no todas las personas son aptas para tener hijos sanos, y como los hijos enfermos son una carga y no un beneficio para el Estado, este debería premiar en lugar de multar a aquellas personas concienzudas que se abstienen de la progenie cuando son demasiado pobres, o tienen una herencia demasiado defectuosa, como para poder producir o criar hijos sanos. Además, algunas personas son estériles, y se requeriría una investigación médica exhaustiva antes de que pudieran ser justamente gravadas.
Tan pronto como empezamos a analizar tal propuesta, no podemos dejar de ver que, aun concediendo que el objetivo de dicha legislación sea legítimo y deseable, el método para alcanzarlo es profundamente nocivo e injustificable.
J.G. Engelmann, "Decreasing Fecundity," Philadelphia Medical Journal, 18 de enero de 1902.
Se ha negado además, con frecuencia, que las prácticas neomaltusianas puedan afectar a los países católicos romanos, ya que a la Iglesia le está vedado aprobarlas. Eso es verdad. Pero también lo es que, como Lagneau señaló hace tiempo, los protestantes de Europa han aumentado a más del doble de la tasa anual de los católicos, aunque esta relación haya dejado ya de ser exacta. Dumont afirma (Dépopulation et Civilisation, cap. XVIII) que no hay la menor razón para suponer que (aparte de la cuestión de la pobreza) los fieles tengan más hijos que los irreligionarios; por otra parte, al tratar con sus miembros más instruidos, no es la política de la Iglesia hacer averiguaciones indiscretas (véase Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society», p. 590). Se cuenta que un obispo católico advirtió a su clero de que no se refiriera en sus sermones de Cuaresma a la limitación voluntaria de la concepción, comentando que un exceso de rigor en este asunto haría que la Iglesia perdiera la mitad de su grey. El descenso en la tasa de natalidad es tan acusado en los países católicos como en los protestantes; las comunidades católicas en las que esto no ocurre son pocas y se hallan en circunstancias excepcionales. Debe recordarse, además, que la Iglesia impone el celibato a su clero, y que el celibato es prácticamente un método maltusiano.
No es fácil, mientras se predica el malthusianismo práctico al clero, emplear mucho fervor en predicar contra el neomalthusianismo práctico a los laicos.
McLean, "The Declining Birth-rate in Australia," International Medical Journal of Australasia, 1904.
Así en Francia la baja natalidad está asociada con una alta tasa de mortalidad infantil, que aún no ha sido influenciada de manera apreciable por el movimiento de la puericultura en Francia. En Inglaterra también, a finales del siglo pasado, la disminución de la natalidad estuvo acompañada por un aumento en la tasa de mortalidad infantil, la cual ahora, sin embargo, está disminuyendo bajo la influencia de un mayor cuidado de la vida infantil.
Sidney Webb, Times, 11 y 16 de octubre de 1906; también Popular Science Monthly, 1906, p. 526.
Es importante recordar la distinción entre «fecundidad» y «fertilidad». Una mujer que tiene un hijo ha demostrado que es fecunda, pero no ha demostrado que es fértil. Una mujer con seis hijos ha demostrado que no sólo es fecunda sino fértil.
Han sido elaborados por C.J. Lewis y J. Norman Lewis, Natality and Fecundity, 1905.
Newsholme y Stevenson, op. cit.; Rubin y Westergaard, Statistik der Ehen, 1890, p. 95.
D. Heron, "On the Relation of Fertility in Man to Social Status," Drapers' Company Research Memoirs, No. 1, 1906.
El reconocimiento de esta relación no debe considerarse como un intento de reducir indebidamente la causalidad de los cambios en la tasa de natalidad. La gran complejidad de las causas que influyen en la tasa de natalidad se reconoce hoy en día bastante bien y, por ejemplo, ha sido señalada por Goldscheid, Höherentwicklung und Menschenökonomie, vol. I, 1911.
En una memoria leída en la Reunión de Brunswick de la Sociedad Antropológica Alemana (Correspondenzblatt de la Sociedad, noviembre de 1898), Ploss y Bartels reúnen una gran cantidad de datos relativos a la fecundidad de las mujeres entre los salvajes de diversas partes del mundo (Das Weib, vol. I, cap. XXIV).
La proporción de médicos en relación con la población es muy pequeña, y la gente todavía confía enormemente en sus curanderos y chamanes. Las reglas elementales de la salubridad se descuidan por lo general, los suministros de agua están contaminados, la suciedad se amontona en las calles y en los patios, tal como ocurría en Inglaterra y en Europa occidental en general hasta hace un siglo, y la formulación de regulaciones o las incursiones de la policía tienen poco efecto en los hábitos del pueblo. El descuido de las precauciones ordinarias de limpieza es responsable de la gran propagación de la sífilis mediante el uso de vasos para beber, toallas, etc., en común. No solo el tifus abdominal es prevalente en casi todas las provincias de Rusia, sino que el tifus exantemático, que es por excelencia la enfermedad de la suciedad, el hacinamiento y la inanición, y que desde hace mucho tiempo está prácticamente extinto en Inglaterra, todavía florece y causa una mortalidad inmensa. Los trabajadores a menudo no tienen hogares y duermen en las fábricas en medio de la maquinaria, hombres y mujeres juntos; su comida es insuficiente, y las horas de trabajo pueden variar de doce a catorce. Cuando se produce una hambruna, estas condiciones se exageran y diversas epidemias arrasan a la población.
Sin embargo, debe recordarse que en las comunidades pequeñas e inestables hay que conceder un margen considerable para el error, ya que la tasa bruta de natalidad se ve indebidamente incrementada por una afluencia de inmigrantes en edad reproductiva.
Arsène Dumont, Dépopulation et Civilisation, 1890, cap. VI. La naturaleza del freno a la fecundidad ha sido bien expuesta por el Dr. Bushee («The Declining Birth-rate and its Causes», Popular Science Monthly, agosto de 1903), principalmente en los términos de la teoría de la «capilaridad social» de Dumont.
Aun el Dr. Newsholme, un investigador por lo general tan prudente y fiable en este campo, se ha dejado arrastrar a hacer una mención al respecto (The Declining Birth-rate, 1911, p. 41) sobre la «creciente escasez de altruismo», a pesar de que casi en el párrafo siguiente señala que las familias numerosas del pasado estaban relacionadas con el hecho de que el niño constituía un recurso lucrativo y podía ser enviado a trabajar cuando apenas era un infante. El «altruismo» que resulta en aplastar las mentes y los cuerpos de otros con el fin de aumentar las ganancias propias no es un «altruismo» que debamos desear perpetuar. El efecto beneficioso de la legislación contra el trabajo infantil en la reducción de una tasa de natalidad excesivamente alta ha sido señalado con frecuencia.
Puede bastar con tomar un solo punto. Las familias numerosas implican el nacimiento de niños a intervalos muy cortos. Ha sido claramente demostrado por el Dr. R. J. Ewart («The Influence of Parental Age on Offspring», Eugenics Review, octubre de 1911) que los niños nacidos en un intervalo de menos de dos años tras el nacimiento del hijo anterior, permanecen, incluso cuando han alcanzado su sexto año, tres pulgadas más bajos y tres libras más ligeros que los primogénitos.
Por ejemplo, Goldscheid, en Höherentwicklung und Menschenökonomie; es también, en conjunto, la conclusión de Newsholme, aunque expresada de una manera sumamente moderada, en su obra Declining Birth-rate.
Si, sin embargo, nuestros fanáticos de la natalidad llegan a enterarse de los resultados obtenidos en la granja experimental de Roseville, California, por el profesor Silas Wentworth, quien ha descubierto que al colocar a las ovejas en un campo bajo los cables de alta tensión de una compañía eléctrica se duplica con creces la producción media de corderos, podemos prever problemas en muchas familias hasta ahora numerosas. Sus predecesores insistieron, en nombre de la religión y la moral, en quemar brujas; no debe extrañarnos si nuestros fanáticos modernos, por la misma causa sagrada, exigen a gritos una ley que obligue a todas las mujeres sin hijos a vivir bajo cables eléctricos.
En una época anterior, Hooker había investigado el mismo tema sin llegar a conclusiones muy decisivas («Correlation of the Marriage-rate with Trade», Journ. Statistical Soc., septiembre de 1901). Las fluctuaciones menores en los matrimonios y en el comercio por cabeza, según descubrió, tienden a guardar una estrecha correspondencia, pero en conjunto el comercio ha aumentado y la tasa de nupcialidad ha disminuido, debido probablemente, a juicio de Hooker, al aplazamiento gradual del matrimonio.
El nivel superior no necesita ser, entre la masa de la población, de un carácter muy exaltado, aunque marca un progreso real. Newsholme y Stevenson (op. cit.) lo denominan un «nivel de vida» superior. El descenso de la natalidad, afirman, «está asociado con una elevación general del nivel de vida, y es una expresión de la determinación de la población de asegurar este mayor bienestar».
Ploss, Das Weib, vol. I, cap. XX.
No debe, sin embargo, suponerse que los inmigrantes rurales están en masa más adaptados a la vida urbana que los nativos urbanos. Es probable que, a pesar de su energía y robustez, los inmigrantes estén menos adaptados a las condiciones urbanas que los nativos. En consecuencia, se produce un proceso de selección entre los inmigrantes, y los supervivientes se vuelven, por así decirlo, inmunes a los venenos de la vida urbana. Pero esta inmunización no está en absoluto necesariamente asociada a ningún alto grado de vigor nervioso o de desarrollo físico general.
III
Esto se ha ilustrado claramente durante los últimos cuarenta años en el próspero condado de Glamorgan, en Gales, tal como lo muestra el Dr. R.S. Stewart («The Relationship of Wages, Lunacy, and Crime in South Wales», Journal of Mental Science, enero de 1904). La industria principal aquí es el carbón —el 17 por ciento de la población se emplea directamente en la minería de carbón— y los salarios se determinan mediante la llamada escala móvil, según la cual el precio de venta del carbón regula los salarios. Esto conduce a muchas fluctuaciones y a accesos repentinos de prosperidad. Se observa que, cada vez que los salarios aumentan, hay un incremento concomitante de la locura y, al mismo tiempo, una disminución en la producción de carbón debido a la relajación en el trabajo cuando las ganancias son mayores; también hay un aumento del alcoholismo y de la delincuencia. Stewart concluye que es dudoso que una mayor prosperidad material conduzca a una mejora en el estado físico y mental. Debe señalarse, sin embargo, que es una prosperidad repentina e inestable, no necesariamente una prosperidad gradual y estable, la que se demuestra aquí como perniciosa.
La relación se expresa a veces diciendo que cuanto más altamente diferenciado está el organismo, menor es su descendencia. Según Plate, deberíamos decir que cuanto mayor es la capacidad de cuidado parental, menor es la descendencia. Esto, sin embargo, viene a ser lo mismo, ya que son los organismos superiores los que poseen una mayor capacidad de cuidado parental. Expresándolo de la manera zoológica más generalizada, una descendencia disminuida es la respuesta a un entorno mejorado. Así, en el hombre, la disminución de la tasa de natalidad, como señala el profesor Benjamin Moore (British Medical Journal, 20 de agosto de 1910, p. 454), es «la simple respuesta biológica a unas buenas condiciones económicas. Es una ley biológica bien conocida que incluso un microorganismo, cuando se le coloca en condiciones desfavorables en cuanto a alimento y entorno, pasa a una fase reproductiva y, mediante esporulación o algún tipo especial, produce nuevos individuos muy rápidamente. El mismo estado de cosas en la raza humana se demostró incluso por el hecho de que la mitad de los nacimientos provienen del cuarto de la población situado en condiciones menos favorables.
De ahí que una tasa de natalidad demasiado rápida indique unas condiciones de vida desfavorables, de modo que (siempre que la población estuviera en aumento) una tasa de natalidad más baja constituía una valiosa indicación de un mejor estado social de cosas, y un asunto por el cual deberíamos felicitar al país en lugar de proceder a las condolencias».
"Las acumulaciones de la experiencia racial tienden a demostrar", señala Woods Hutchinson ("Animal Marriage", Contemporary Review, octubre de 1904), "que mediante la producción de un número cada vez menor de descendientes, y la inversión en estos de una mayor cantidad de cuidado parental, se pueden obtener mejores resultados en eficiencia y capacidad de supervivencia".
Toulouse, Causes de la Folie, p. 91; Magri, Archivio di Psichiatria, 1896, fasc. vi-vii; Havelock Ellis, A Study of British Genius, pp. 106 y sigs.
Emile Macquart, "Mortalité, Natalité, Dépopulation," Bulletin de la Société d'Anthropologie, 1902.
Es interesante observar cómo Lafcadio Hearn, durante los últimos años de su vida, se vio obligado, por muy a su pesar, a reconocer este cambio. Véase, por ejemplo, su obra Japan: An Attempt at Interpretation, 1904, cap. XXI, sobre los "Peligros industriales" (Industrial Dangers). Los propios japoneses lo han reconocido, y es el sentimiento de la decadencia de sus antiguos ideales lo que ha dado un gran impulso a los nuevos movimientos éticos, como el descrito —calificado como una especie de materialismo elevado— establecido por Yukichi Fukuzawa (véase Open Court, junio de 1907).
Athenæum, 7 de octubre de 1911.
EUGENIA Y AMOR
Dr. Scott Nearing, «Race Suicide versus Over-Population», Popular Science Monthly, enero de 1911. Y desde el punto de vista biológico, el profesor Bateson concluye (Biological Fact and the Structure of Society, p. 23) que «es en el descenso de la natalidad donde existe el augurio más prometedor para la felicidad de las generaciones futuras».
Puede decirse que el propio Galton, nieto de Erasmus Darwin y primogémito en segundo grado de Charles Darwin, ofrece una noble ilustración de un proceso inconsciente de eugenesia. (Él mismo ha expuesto su ascendencia en Memories of My Life). A su muerte, el director del Popular Science Monthly escribió, refiriéndose al hecho de que Galton fue propuesto para suceder a William James como miembro honorario de una Academia de Ciencias: «Estos dos hombres son los más grandes que ha conocido. James poseía una personalidad más compleja, pero ambos compartían ciertos rasgos comunes: una combinación de aristocracia perfecta con completa democracia, franqueza, amabilidad, generosidad y una nobleza sin medida. Se ha dicho que la eugenesia es fútil porque no puede definir su fin. La respuesta es simple: queremos hombres como William James y Francis Galton» (Popular Science Monthly, marzo de 1911). Probablemente la mayoría de quienes entraron en contacto, por muy levemente que fuera, con estas dos magníficas personalidades suscriban esta conclusión.
Galton estudió principalmente las familias a las que pertenecen los hombres de capacidad intelectual, especialmente en su obra Hereditary Genius y English Men of Science; desde entonces, Karl Pearson y sus colaboradores han investigado varios tipos de familias patológicas (véase la serie de Biometrika); los árboles genealógicos de las clases defectuosas (especialmente los deficientes mentales y epilépticos) se están elaborando ahora con precisión, como los de Godden, en Vineland, Nueva Jersey, y Davenport, en Nueva York (véase, por ejemplo, Eugenics Review, abril de 1911, y Journal of Nervous and Mental Disease, noviembre de 1911).
"Cuando una vez más vuelva a reconocerse la importancia del buen linaje en un sentido nuevo —escribieron W.C.D. Whetham y la señora Whetham (en The Family and the Nation, p. 222)—, cuando las cualidades físicas y mentales innatas de las diferentes familias queden registradas en el departamento sociológico central o Colegio Heráldico científicamente reformado, se sabrá que las genealogías de todos son de sumo interés. Se comprenderá que es más importante casarse con una familia que posea un buen historial hereditario de cualidades físicas, mentales y morales de lo que jamás se ha considerado el emparentar con una que ostente dieciséis cuarteles".
La importancia de tales registros biográficos de aptitud y carácter es tan grande que algunos, como Schallmayer (Vererbung und Auslese, 2.ª ed., 1910, p. 389), creen que deben hacerse universalmente obligatorios. Esta propuesta, sin embargo, parece prematura.
De muchas formas fortuitas e imprevistas, estos registros pueden resultar de un valor inmenso. Incluso pueden llegar a ser el medio para derrocar nuestro pernicioso y destructivo sistema de la llamada "educación". Un paso en esta dirección ha sido sugerido por el Sr. R.T. Bodey, inspector de escuelas elementales, en una reunión de la filial de Liverpool de la Sociedad de Educación Eugésica: "Las instalaciones educativas deben distribuirse cuidadosamente teniendo en cuenta la probabilidad científica de su utilización para el máximo provecho nacional, y esto no solo por razones económicas, sino porque era cruel arrancar a los niños de su propia esfera de vida para llevarlos a otra diferente, y cruel para la clase a la que abandonaban. Dado que las actividades de la nación y las capacidades de los niños variaban por igual en tipo y grado, el plan más natural sería clasificarlos a ambos y luego diseñar un sistema escolar expresamente para adaptar el uno a la otra. En la actualidad no existía un propósito fijo, sino un perpetuo descontrol de cambios, que resultaba en distracción mental, discontinuidad de propósito y aumento de los costos, mientras la felicidad decaía porque los deseos crecían más rápido que las posesiones o el sentido de realización.
La única base verdaderamente científica para un sistema nacional de educación sería un conocimiento completo de los antecedentes familiares de cada niño. Con una clasificación más perfecta del talento familiar, la necesidad de becas de transplante disminuiría, pues cada una de ellas era la confesión de un error inicial al colocar al niño. Entonces habría más dinero disponible para la investigación industrial, becas de viaje y de arte, y otras ayudas para aquellos que poseían el raro don del pensamiento original" (British Medical Journal, 18 de noviembre de 1911).
Debo añadir que hay un obstáculo, a saber, el gasto. Cuando el presente capítulo se publicó por primera vez en su forma preliminar como un artículo en el Nineteenth Century and After (mayo de 1906), Galton, siempre atento a todo lo relacionado con el estudio de la eugenesia, me escribió para decirme que le había impresionado la acogida generalmente favorable que había tenido mi artículo, y que se sentía animado a considerar si era posible empezar a expedir tales certificados de inmediato. Me pidió mi opinión, entre otras cosas, sobre el terreno que debía abarcar dichos certificados. El programa que expuse era algo extenso, ya que consideraba que el solicitante no solo debía aportar pruebas de una ascendencia sana, sino también someterse a un examen antropológico, psicológico y médico. Galton llegó finalmente a la conclusión de que los gastos que entrañaba el proyecto lo hacían por el momento impracticable. Mi opinión era, y es, que aunque el costo de tal certificado pudiera ser en un principio prohibitivo para la mayoría de la gente, a unas pocas personas les podría resultar conveniente solicitar, y ventajoso poseer, tales certificados, y que vale la pena, en cualquier caso, dar un comienzo.
Mannhardt, Wald-und Feldkulte, 1875, vol. I, págs. 422 y sigs. He analizado las festividades eróticas estacionales en un estudio titulado «The Phenomena of Sexual Periodicity», Studies in the Psychology of Sex, vol. I.
Así leemos en una pequeña revista divulgativa: «Estoy dispuesto a apostar por la naturaleza humana contra todos los excéntricos de la cristiandad. La naturaleza humana tolerará a un maniático siempre y cuando no interfiera con las cosas que valora. Una de estas cosas es el derecho a elegir a su compañero de vida. Si un hombre ama a una chica, no va a renunciar a ella porque dé la casualidad de que tenga una tía en un manicomio o un tío que sufra ataques epilépticos», etc. Del mismo modo se puede decir que un hombre no permitirá que nada interfiera con su derecho a comer el alimento que elija, y no va a renunciar a un plato que le gusta porque dé la casualidad de que esté salpicado de arsénico. Puede que así sea, concedámoslo, entre los salvajes. El crecimiento de la civilización radica en un autocontrol cada vez más amplio guiado por la previsión.
He resumido parte de la evidencia sobre estos puntos, especialmente la que demuestra que la atracción sexual tiende a dirigirse hacia personas semejantes y no, como se suponía anteriormente, hacia las desemejantes, en Studies in the Psychology of Sex, vol. IV, «Sexual Selection in Man».
En otras palabras, el proceso de tumescencia es gradual y complejo. Véase Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, vol. III, «The Analysis of the Sexual Impulse».
Como señala Roswell Johnson («The Evolution of Man and its Control», Popular Science Monthly, enero de 1910): «Si bien es innegable que el amor, una vez establecido, desafía las consideraciones racionales, debemos señalar que la selección sexual transcurre habitualmente por dos etapas, siendo la primera una de mera atracción e interés mutuos. Es en esta etapa donde la voluntad y la razón operan, y solo aquí puede ser efectiva cualquier elevación considerable del nivel».
Galton consideraba que la eugenesia era apta para convertirse en un factor de la religión (Essays in Eugenics, p. 68). Cabe preguntarse, sin embargo, si esta consumación es probable o deseable. La misma pretensión religiosa se ha esgrimido para el socialismo. Pero, como señala el Dr. Eden Paul en un reciente folleto sobre el Socialism and Eugenics, «Si bien tanto el socialismo como la eugenesia se ocupan únicamente de la aplicación del conocimiento adquirido mediante la experiencia al mejoramiento de la condición humana, parece preferible prescindir de la terminología religiosa y considerar ambas doctrinas como partes complementarias del gran movimiento moderno conocido con el nombre de humanismo». Personalmente, no considero que ni el socialismo ni la eugenesia deban considerarse dentro de la esfera legítima de la religión, que en otra parte he intentado definir (Conclusión de The New Spirit).
J. Grasset, en el Traité International de Psychologie Pathologique del Dr. A. Marie, 1910, vol. I, p. 25. Grasset pasa a examinar los principios que deben guiar al médico en tales consultas.
Esto ha sido claramente comprendido por la Sociedad Alemana de Eugenesia o «Higiene Racial», como se la suele denominar en Alemania (Internationale Gesellschaft für Rassen-Hygiene), fundada por el Dr. Alfred Ploetz, con la cooperación de muchos médicos y hombres de ciencia distinguidos, «para promover la teoría y la práctica de la higiene racial». Es un objetivo principal de esta sociedad fomentar el registro por parte de los miembros de las características biológicas y otras características físicas y psíquicas de ellos mismos y de sus familias, con el fin de obtener un conjunto de datos sobre el cual se puedan basar eventualmente conclusiones; los miembros se comprometen a no contraer matrimonio a menos que una investigación médica de ambas partes les asegure que la unión no es probable que cause desastres a ninguno de los cónyuges ni a la descendencia. La Sociedad también admite asociados que se ocupan únicamente de los aspectos científicos de su labor y de la propaganda. En Inglaterra, la Sociedad de Educación Eugenésica (con su órgano, la Eugenics Review) ha hecho mucho por estimular un interés inteligente en la eugenesia.
Cuán influyente puede ser la opinión pública en la selección de pareja lo indica la influencia que ya ejerce —en menos de un siglo— en la limitación de la descendencia. Esto se nota claramente en algunas partes de Francia. Así, respecto a un distrito rural cercano al Garona, el doctor Belbèze, que lo conoce a fondo, escribe (La Neurasthénie Rurale, 1911): «La opinión pública no aprueba actualmente la procreación múltiple. No cabe duda de que las familias numerosas son tratadas con desprecio. A las parejas que engendran una progenie numerosa se les mira, con un guiño, como "maladroits", lo que en esta región es quizás el término supremo de insulto... La opinión pública es todopoderosa, y basta por sí sola para producir moderación, cuando la previsión no es adecuada para este propósito».
RELIGIÓN Y EL NIÑO
De Quincey en sus Confesiones de un comedor de opio se refirió al poder que muchos, tal vez la mayoría, de los niños poseen de ver visiones en la oscuridad. El fenómeno ha sido estudiado cuidadosamente por G. L. Partridge (Pedagogical Seminary, abril de 1898) en más de 800 niños. Descubrió que el 58,5 de ellos con edades comprendidas entre los trece y los dieciséis años podían ver visiones o imágenes por la noche con los ojos cerrados antes de conciliar el sueño; de los de seis años la proporción era mayor. Parecía haber un máximo a la edad de diez años, y probablemente otro máximo a una edad mucho más temprana. Entre los adultos esta tendencia es rudimentaria, y solo se encuentra de forma marcada en sujetos neurasténicos o en momentos de agotamiento nervioso. Véase también Havelock Ellis, The World of Dreams, cap. II.
G. Stanley Hall, "The Contents of Children's Minds on Entering School," Pedagogical Seminary, June, 1891.
El rostro y la voz de la madre son los primeros objetos conscientes a medida que el alma infantil se despliega, y pronto pasa a ocupar el lugar mismo de Dios para su hijo. Toda la religión de la que el niño es capaz durante esta etapa de su desarrollo, que no es para nada breve, consiste en estos sentimientos —gratitud, confianza, dependencia, amor, etc.—, que ahora solo experimenta hacia ella y que más tarde se dirigen hacia Dios. Cuanto menos se cultiven estos sentimientos hacia la madre, que es ahora su objeto idóneo, si no el único posible, con tanta mayor debilidad se experimentarán después hacia Dios. Esto también aumenta en gran medida lo sagrado de las responsabilidades de la maternidad. (G. Stanley Hall, Pedagogical Seminary, junio de 1891, p. 199).
El Sr. Edmond Holmes, antiguamente inspector jefe de Educación Primaria en Inglaterra, hace una observación instructiva relacionada con este punto en su sugerente libro, What Is and What Might be (1911, p. 88): «Los primeros cuarenta minutos de la sesión matutina se dedican en casi todas las escuelas primarias a lo que se llama Instrucción Religiosa. Esto continúa, mañana tras mañana, y semana tras semana. El hecho de que al padre inglés, que él mismo debe de haber asistido de 1500 a 2000 clases de las Escrituras en sus años escolares, no se le confíe bajo ninguna circunstancia la tarea de dar instrucción religiosa a sus propios hijos, demuestra que aquellos que controlan la educación religiosa de las "masas" juveniles tienen muy poca confianza en los efectos de su sistema sobre la vida y la fe religiosas del pueblo inglés». La señorita Harriet Finlay-Johnson, una maestra de primaria sumamente original y exitosa, habla (The Dramatic Method of Teaching, 1911, p. 170) con igual desaprobación de la idea de que algún valor moral se atenga a los exámenes escolares ordinarios de «Escrituras».
Si no fuera así, Inglaterra, después de sesenta años de Escuelas Nacionales, debería ser una nación devota de buenos fieles de la Iglesia. A la mayoría de los criminales y marginados se les ha enseñado en escuelas de la Iglesia. Un clérigo, que me señala esto, añade: «Doy gracias de corazón que la religión nunca me fuera impuesta de niño. No creo que tuviera ninguna religión, en el sentido ético, hasta la pubertad, ni ninguna conciencia real de la religión, en verdad, hasta los diecinueve años». «El muchacho —comenta Holmes (op. cit., p. 100)— que, tras haber asistido a dos mil clases de Sagradas Escrituras, se dice a sí mismo al salir de la escuela: "Si esto es religión, no quiero saber nada más de ella", actúa en obediencia a un instinto sano. Debe ser honrado antes que culpado por haber comprendido al fin que la broza con la que se le ha alimentado durante tanto tiempo no es el grano vivificador que, sin él saberlo, su alma más profunda demanda».
La Nouvelle Héloïse, Part V, Letter 3. In more recent times Ellen Key remarks in a suggestive chapter on "Religions Education" in her Century of the Child: "Nothing better shows how deeply rooted religion is in human nature than the fact that 'religious education' has not been able to tear it out."
J.S. Mill, Letters, Vol. II, p. 135.
Lancaster descubrió («The Psychology and Pedagogy of Adolescence», Pedagogical Seminary, julio de 1897) que entre 598 individuos de ambos sexos en los Estados Unidos, nada menos que 518 experimentaron nuevas emociones religiosas entre los 12 y los 20 años, y solo 80 carecieron de tales emociones en este período, de modo que más de 5 de cada 6 tienen esta experiencia; en realidad, es incluso más frecuente, ya que no tiene ninguna tendencia necesaria a encajar en moldes religiosos convencionales.
El profesor Starbuck, en su obra Psychology of Religion, ha reunido y presentado con claridad gran parte de las pruebas que muestran esta íntima asociación entre la adolescencia y las manifestaciones religiosas. Encuentra (cap. III) que en las mujeres hay dos grandes mareas de despertar religioso, una alrededor de los 13 años y la otra a los 16, con un período menos significativo a los 18; en cuanto a los varones, tras una pequeña ola a los 12, la gran marea se produce a los 16, seguida de otra a los 18 o 19. Los resultados de Ruediger son bastante concordantes («The Period of Mental Reconstruction», American Journal of Psychology, julio de 1907); este autor halla que en las mujeres la edad promedio de conversión es de 14 años, mientras que en los hombres se sitúa a los 13 o 14, y nuevamente a los 18.
G. Stanley Hall, "The Moral and Religious Training of Children and Adolescents," Pedagogical Seminary, June, 1891, p. 207. Desde el punto de vista más estrictamente religioso, lo inconveniente de intentar enseñar religión a los niños está bien expuesto por Florence Hayllar (Independent Review, oct., 1906). Ella considera que los trece años es una edad bastante temprana para empezar a enseñar a los niños las lecciones de los Evangelios, ya que un niño que actuara de acuerdo con los Evangelios sería «insoportable» y por lo general se le consideraría un «pedante insufrible». Además, señala, es peligroso enseñar a los niños pequeños las virtudes cristianas de la caridad, la humildad y la abnegación. Es mucho mejor que primero se les enseñen las virtudes de la justicia, el valor y el autocontrol, y las virtudes más cristianas más adelante. También cree que, en el caso del clero que entra en contacto con los niños, debería ser obligatorio un curso preliminar de estudio infantil, con la fisiología y la psicología necesarias.
Las diversas opiniones sobre este punto han sido expuestas de manera justa y clara por Cheetham en sus conferencias Hulsean sobre los Mysteries Pagan and Christian.
Así, en el primer Congreso de Mujeres Italianas celebrado en Roma en 1908 —un congreso muy representativo, compuesto en modo alguno por «feministas» o anticlericales, y caracterizado por una gran moderación y sensatez—, se aprobó una resolución en contra de la enseñanza religiosa en las escuelas primarias, aunque una resolución posterior se declaró por una abrumadora mayoría a favor de enseñar la historia de las religiones en las escuelas secundarias. Estas resoluciones causaron gran sorpresa en su momento a aquellas personas que todavía abrigan la superstición de que, en asuntos de religión, las mujeres están ciegamente a favor del prejuicio y son incapaces de pensar por sí mismas.
Véase, por ejemplo, un artículo de Halley Stewart, presidente de la Secular Education League, sobre «The Policy of Secular Education», Nineteenth Century, abril de 1911.
Por lo que respecta a los números, la religión dominante del Imperio británico, la religión de la mayoría, es el hinduismo; el mahometismo ocupa el segundo lugar.
«No hace mucho tiempo —dice el Dr. L. Guthrie (Clinical Journal, 7 de junio de 1899)—, sube noticia de una señora que, en su afán de que sus hijos no aprendieran otra cosa que la verdad, desterró los cuentos de hadas de su cuarto infantil. Pero los niños concibieron por su propia imaginación ficciones tan espantosas que ella se alegró de distraerlos con Juanito y las habichuelas mágicas» [Nota del traductor: aunque "Jack-the-Giant-Killer" se traduce tradicionalmente como Jack el devoragigantes o Juan y el gigante, se mantiene la fluidez narrativa].
En su interesante estudio de educación comparada (The Making of Citizens, 1902, p. 194), el Sr. R.E. Hughes, inspector escolar, tras analizar los métodos para resolver las dificultades de la educación religiosa en Inglaterra, América, Alemania y Francia, concluye razonablemente: «La solución del problema religioso en las escuelas de estos cuatro pueblos pertenece al futuro, pero creemos que se encontrará que no está más allá del ingenio humano concebir un sistema de instrucción moral y ética para los niños pequeños que sea adecuado. Es la moral subyacente a toda conducta lo que la escuela debe enseñar. De hecho, la escuela, para justificar su existencia, no osa descuidarla. La enseñará, no de manera dogmática ni mediante preceptos, sino con el ejemplo y creando una atmósfera noble en torno al niño». Holmes también (op. cit., p. 276) insiste en que la enseñanza del patriotismo y la ciudadanía debe ser informal e indirecta.
EL PROBLEMA DE LA HIGIENE SEXUAL
Para una discusión completa del movimiento, véase Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society», caps. II y III.
Basedow (nacido en Hamburgo en 1723, muerto en 1790) expuso sus puntos de vista sobre la educación sexual —que a muchos les parecerán algo radicales y avanzados incluso hoy en día— en su gran tratado Elementarwerk (1774). Su labor educativa práctica es abordada por Pinloche en La Réforme de l'Education en Allemagne au Dix-huitième Siècle.
Los mejores de estos trabajos han sido impresos en un volumen titulado Am Lebensquell.
La elaborada y admirable iniciación de los muchachos entre los nativos del estrecho de Torres proporciona un buen ejemplo de esta educación, y ha sido descrita detalladamente por el Dr. A.C. Haddon, Reports of the Anthropological Expedition to Torres Straits, vol. V, caps. VII y XII.
Moll en su sabia y exhaustiva obra, The Sexual Life of the Child (ed. alemana, p. 225), establece enfáticamente que "debemos comprender claramente desde el principio que la completa exclusión de los estímulos sexuales en la educación de los niños es imposible". Añade que las exigencias hechas por algunos «fanáticos de la higiene» serían peligrosas incluso si fuesen practicables. Los juegos y los ejercicios físicos inducen en muchos casos un grado considerable de estímulo sexual. Pero esto no debe causarnos una alarma indebida, ni debemos dejarnos persuadir por ello para cambiar nuestra política de recomendar tales juegos y ejercicios.
Véase el excelente folleto de la señora Frau Maria Lischnewska, Geschlechtliche Belehrung der Kinder, publicado por primera vez en Mutterschutz, 1905, cuadernos 4 y 5. Esta es tal vez la exposición más competente del argumento a favor de otorgar al maestro el lugar principal en la higiene sexual. La señora Lischnewska reconoce tres factores en el movimiento para liberar las actividades sexuales de la degradación: (1) el médico, (2) el económico y (3) el racional. Pero es este último —en el sentido más amplio como un proceso integral de ilustración— el que considera principal. «Las opiniones y los sentimientos de las personas deben cambiar», afirma. «El hombre civilizado debe aprender a contemplar este trozo de Naturaleza con ojos puros; la reverencia hacia él debe penetrar tempranamente en su alma. A falta de esta renovación fundamental, las medidas médicas y sociales se limitarán a producir animales refinados».
"Nosotros los padres de hoy", como dice con verdad Henriette Fürth ("Erotik und Elternpflicht", Am Lebensquell, p. 11), "no hemos alcanzado todavía esa hermosa naturalidad de la que brotan la sencillez y la libertad en estas cuestiones. Y por mucho que estemos dispuestos a aprender de nuevo, la mayoría de nosotros hemos perdido hasta tal punto nuestra libertad interior frente a los prejuicios —el punto de vista de los puros para quienes todas las cosas son puras— que no podemos volver a adquirirla. Nosotros los padres de hoy hemos sido educados de un modo totalmente erróneo. El sentimiento de vergüenza inoculado sigue presente aun después de haber reconocido que la vergüenza en este sentido es falsa".
El método de impartir conocimientos sobre higiene sexual (especialmente en relación con las enfermedades venéreas) al comienzo de la vida adulta se ha llevado a cabo más activamente en Alemania y en Estados Unidos. En Alemania, los médicos imparten frecuentemente conferencias sobre estos asuntos a estudiantes y a otras personas. En Estados Unidos, la información y los consejos se difunden principalmente con la ayuda de sociedades. La Sociedad Americana de Profilaxis Sanitaria y Moral, con cuyo nombre se asocia especialmente el del Dr. Morrow, se organizó en 1905. La Sociedad de Higiene Social de Chicago se estableció en 1906. Desde entonces, muchas otras sociedades similares han surgido bajo auspicios médicos en varias ciudades y estados estadounidenses.
Muchos casos flagrantes al respecto son expuestos desde el punto de vista legal por Theodore Schroeder, "Obscene" Literature and Constitutional Law, Nueva York, 1911, cap. IV.
Chamfort, Œuvres Choisies, ed. por Lescure, vol. I, p. 33.
IMMORALITY AND THE LAW
Westermarck, Origin and Development of the Moral Ideas, Vol. I, p. 160; véase también el capítulo sobre la moral sexual en Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, Vol. VI, "Sex in Relation to Society", chap. IX.
Hay que recordar que en la Edad Media no solo el adulterio, sino la más mínima infracción de lo que la Iglesia consideraba moralidad podía ser castigada en el tribunal del arcediano; esto siguió siendo así en Inglaterra incluso después de la Reforma. Véase la interesante obra del arcediano W.W. Hales, Precedents and Proceedings in Criminal Causes (1847), que es, como afirma el autor, «una historia de la policía moral de la Iglesia».
The Social Evil in New York City, p. 100.
Esto ha sido puesto de relieve en una hábil y lúcida discusión sobre esta cuestión a cargo del Dr. Hans Hagen, «Sittliche Werturteile», Mutterschutz, cuadernos I y II, 1906. Tal reconocimiento de la moral popular, observa justamente, es necesario no solo por el bien del pueblo, sino por el bien de la propia ley.
Grabowsky, al criticar el libro de Hiller, Das Recht über sich Selbst (Archiv für Kriminalanthropologie und Kriminalistik, Bd. 36, 1809), sostiene que en algunos casos la inmoralidad vulnera derechos que necesitan protección jurídica, pero admite que es difícil decidir cuándo ocurre esto. Él no cree que la ley deba intervenir en la homosexualidad entre adultos, pero sí considera que debe intervenir en el incesto, bajo el argumento de que la endogamia no es buena para la raza. Sin embargo, la opinión de la mayoría de las autoridades hoy en día es que la endogamia solo es perjudicial para la raza en el caso de un linaje defectuoso, cuando el defecto, al estar presente en ambos progenitores del mismo tipo, probablemente se vería intensificado por la herencia.
La aparición de, por ejemplo, actos incestuosos, bestiales y homosexuales —que son por lo general aborrecibles, pero no necesariamente antisociales— hace necesario actuar con cierta cautela aquí.
Cito de un valioso e interesante estudio del Dr. Eugen Wilhelm, «Die Volkspsychologischen Unterschiede in der französischen und deustchen Sittlichkeits-Gesetzgebung und Rechtsprechung», Sexual-Probleme, octubre de 1911. Puede añadirse que también en Suiza la tiranía de la policía se lleva a un extremo. Edith Sellers ofrece algunos ejemplos extraordinarios, Cornhill, agosto de 1910.
Las absurdidades y la injusticia de la ley alemana, y su interferencia en asuntos de índole estrictamente privada, han sido señaladas a menudo, como por el Dr. Kurt Hiller («Ist Kuppelei Strafwürdig?», Die Neue Generation, noviembre de 1910). En cuanto a lo que es posible bajo la ley alemana por decisión judicial desde 1882, Hagen toma el caso de una viuda que convive con su hija, de veintiún o treinta años, comprometida para casarse con un artesano que ahora vive lejos por motivos de trabajo; él viene a verla cuando puede; ella ya está embarazada; se casarán pronto; una noche, con el consentimiento de la viuda, que considera a la pareja prácticamente casada, él se queda a pasar la noche, compartiendo la habitación de su prometida, la única habitación disponible. Resultado: la anciana se arriesga a cuatro años de trabajos forzados, una multa de seis mil marcos, pérdida de los derechos civiles y supervisión policial.
En otro aspecto, el código francés lleva los derechos privados al exceso al prohibir que la madre soltera haga reclamación alguna al padre de su hijo. En la mayoría de los países tal prohibición se considera irracional e injusta. Existe incluso una tendencia (como mediante una reciente ley holandesa) a obligar al padre a proveer para su hijo ilegítimo, no según la escala de la posición social de la madre, sino según la escala de su propia posición social. Esto es, posiblemente, una indebida afirmación de la superioridad del hombre.
El mismo punto se ha ilustrado últimamente en Holanda, donde se considera que una modificación reciente de la ley perjudica duramente a las personas homosexuales. Al instante ha surgido una vigorosa propaganda en favor de los homosexuales. Vemos aquí la diferencia entre los decretos morales y los decretos penales. Supongamos que un cambio en la ley hubiera supuesto, por ejemplo, mayores dificultades para cometer robos con allanamiento. No presenciaríamos ningún estallido de actividad literaria en favor de los ladrones, porque la comunidad, en su conjunto, está plenamente convencida de que el robo debe ser castigado.
Aparte de la actitud hacia la inmoralidad, tenemos una ilustración de la tendencia singularmente inglesa a unir el fervor religioso con el individualismo en el cuáquerismo. En ningún otro país europeo ha aparecido jamás un movimiento similar —es decir, un movimiento popular de misticismo individualista— a la misma escala.
E.F. Fuld, Ph.D., Police Administration, 1909.
El excomisario de policía Bingham, de Nueva York, calculó (Hampton's Magazine, septiembre de 1909) que «el quince por ciento, es decir, de 1500 a 1500 miembros de la fuerza policial, son "corruptos" sin escrúpulos cuyas manos siempre están extendidas en busca de dinero fácil». Véase también el Informe del Comité de los Catorce sobre El mal social en la ciudad de Nueva York (The Social Evil in New York City), p. 34.
Fuld, op. cit., pp. 373 et seq. This last opinion by no means stands alone. Thus it is asserted by the Committee of Fourteen in their Report on The Social Evil in New York City (1910, p. xxxiv) that "some laws exist to-day because an unintelligent, cowardly public puts unenforceable statutes on the book, being content with registering their hypocrisy."
También es una política desacertada. Su anatema ciego tiene tantas probabilidades de recaer sobre sus propios aliados como sobre cualquier otro. Así, el Informe de la Comisión del Vicio de Chicago, nombrada y financiada por el municipio, no es solo un documento oficial, sino altamente moral, que aboga por una mayor supresión de la literatura inmoral y que peca, si es que peca, por exceso de severidad. ¡Ha sido suprimido por el servicio postal de los Estados Unidos!
Este sistema se aplica únicamente a los licores, no a la cerveza ni al vino, pero ha demostrado ser muy eficaz para disminuir la embriaguez, tal como admiten quienes se oponen al sistema. Un sistema algo similar existe en Inglaterra bajo el nombre de sistema de Fideicomiso (Trust system), pero su expansión parece verse tristemente muy obstaculizada por las leyes y costumbres inglesas.
Jacques Bertillon, en un artículo leído ante la Académie des Sciences Morales et Politiques, el 30 de septiembre de 1911.
Durante el presente siglo ha estado pasando sobre Rusia una gran ola de inmoralidad y crimen sexual. Esto no es atribuible a las leyes, viejas o nuevas, sino que se debe en parte a la guerra ruso-japonesa y en parte a la distensión consecuente al colapso del movimiento de reforma política. (Véase un artículo del profesor Asnurof, "La Crise Sexuelle en Russie", Archives d'Anthropologie Criminelle, abril de 1911.)
Fue por esta influencia indirecta que me vi inducido a escribir el presente capítulo. El editor de una destacada revista alemana me escribió pidiéndome mi opinión sobre un proyecto de ley relativo a la prevención de la inmoralidad que se había presentado en el Parlamento inglés y que había suscitado mucho interés y preocupación en Alemania, donde se había discutido en todos sus detalles. Pero yo ni siquiera había oído hablar del proyecto de ley, ni pude encontrar a nadie más que hubiera oído hablar de él, hasta que consulté a un miembro del Parlamento que casualmente había contribuido a provocar su rechazo.
J. Schrank, Die Prostitution in Wien, vol. I, págs. 152-206.
La historia de este movimiento en Alemania puede seguirse en los Vierteljahrsberichte des Wissenschaftlich-humanitären Komitees, editados por el Dr. Magnus Hirschfeld, una gran autoridad en la materia.
Informe sobre The Social Evil in New York City, p. 38; véase también el Rev. Dr. J.P. Peters, «Suppression of the 'Raines Law Hotels,'» American Academy of Political and Social Science, noviembre de 1908.
Probablemente sea innecesario añadir que el objetivo específico de la ley —la observancia puritana del domingo— no se cumplió en absoluto. El domingo 8 de diciembre de 1907, la policía hizo un intento desesperado por hacer cumplir la ley; todos los lugares de diversión fueron clausurados; las conferencias, los conciertos religiosos, e incluso las reuniones sociales de la Asociación Cristiana de Jóvenes, fueron prohibidos rigurosamente. Hubo, por supuesto, una gran indignación y revuelta popular, y se dice que las representaciones improvisadas en las calles, mientras la policía observaba con simpatía, fueron mucho más escandalosas de lo que cualquier entretenimiento en interiores podría haber sido jamás.
The Social Evil in Chicago, p. 112.
Los métodos de María Teresa nunca tuvieron ningún éxito; los métodos de Calvino en Ginebra tuvieron, sin embargo, un cierto éxito superficial, porque existían las condiciones adecuadas para su aplicación. Es decir, que se aceptaba generalmente una base teocrática de la sociedad y que la supresión de la inmoralidad era considerada por la gran masa de la población, incluidos en la mayoría de los casos, sin duda, los propios infractores, como un deber religioso. Es interesante señalar, sin embargo, que incluso en Ginebra estos «triunfos de la moralidad» han corrido la suerte habitual. En la actualidad, según parece (Edith Sellers, Cornhill, agosto de 1910), hay más casas de tolerancia en Ginebra, en proporción a su población, que en cualquier otra ciudad de Europa.
Así Sir Samuel Dill (Roman Society, p. 11) llama la atención sobre la carta de san Paulino quien, cuando el Imperio se veía amenazado por los bárbaros, escribió a un soldado romano que el cristianismo es incompatible con la vida familiar, con la ciudadanía, con el patriotismo, y que los soldados están condenados al tormento eterno. Los cristianos con frecuencia no mostraban respeto por la ley ni por sus representantes. «Muchos confesores cristianos —dice Sir W.M. Ramsay (The Church in the Roman Empire, cap. xv)— llegaron a los extremos al mostrar su desprecio y odio hacia sus jueces. Sus respuestas a preguntas sencillas eran evasivas e indirectas; daban lecciones a los dignatarios romanos como si estos últimos fuesen los criminales y ellos mismos los jueces; e incluso utilizaban reproches violentos y gestos groseros e insultantes». Bouché-Leclercq (L'Intolérance Religieuse et le Politique, 1911, especialmente el cap. X) muestra cómo los primeros cristianos insistían en ser perseguidos. Vemos una actitud muy similar hoy en día entre los anarquistas de clase baja (y también, puede añadirse, a veces entre las sufragistas), quienes pueden ser considerados los análogos modernos de los primeros cristianos.
Bien puede ser, en efecto, que en todas las épocas la suma real de inmoralidad, en un sentido amplio —en lo público y en lo privado, en el pensamiento y en el acto—, sufra oscilaciones muy leves. Pero en la naturaleza de sus manifestaciones y en la naturaleza de las manifestaciones que la acompañan, puede haber fluctuaciones inmensas. Tarde, el distinguido pensador, refiriéndose al «delicioso catolicismo» de los días anteriores a Lutero, se pregunta: «Si esa amable evolución cristiana hubiera continuado pacíficamente hasta nuestros días, ¿seríamos aún más inmorales de lo que somos? Es dudoso, pero con toda probabilidad estaríamos disfrutando de la religión más estética y menos vejatoria del mundo, en la cual toda nuestra ciencia, toda nuestra civilización, habrían tenido libertad para progresar» (Tarde, La Logique Sociale, p. 198). Como se ha señalado a menudo, el progreso de la civilización discurría por las vías señaladas por Erasmo, más bien que por las vías seguidas por Lutero.
Nietzsche, Beyond Good and Evil, chap. II. Un siglo antes, Godwin había escrito en su Political Justice (Book VII, chap. VIII): "Men are weak at present because they have always been told they are weak and must not be trusted with themselves. Take them out of their shackles, bid them enquire, reason, and judge, and you will soon find them very different beings. Tell them that they have passions, are occasionally hasty, intemperate, and injurious, but that they must be trusted with themselves. Tell them that the mountains of parchment in which they have been hitherto entrenched, are fit only to impose upon ages of superstition and ignorance, that henceforth we will have no dependence but upon their spontaneous justice; that, if their passions be gigantic, they must rise with gigantic energy to subdue them; that if their decrees be iniquitous, the iniquity shall be all their own."
LA GUERRA CONTRA LA GUERRA
Los respectivos papeles de la guerra y del derecho en la constitución de los Estados son expuestos clara y concisamente por Edward Jenks en su pequeño manual, A History of Politics. Steinmetz, que aboga a favor de la preservación del método de la guerra en su libro Die Philosophie des Krieges (p. 303), afirma que «no falta ni un solo elemento del espíritu guerrero, ni una sola de las condiciones psíquicas de la guerra, en los pueblos europeos civilizados de hoy». Bien puede ser así, aunque hay sobradas razones para creer que todos ellos han disminuido muy considerablemente. El espíritu guerrero que existe hoy en día debe descontarse en gran medida debido al hecho de que quienes lo manifiestan no suelen ser las personas que tendrían que luchar realmente. Es más importante señalar (como se hace en un esbozo histórico de la guerra realizado por A. Sutherland, Nineteenth Century, abril de 1899) que, de hecho, la guerra se está volviendo tanto menos frecuente como menos feroz. En Inglaterra, por ejemplo, donde en una época la población pasaba gran parte de su tiempo luchando, prácticamente no ha habido guerra desde hace dos siglos y medio. Cuando los antiguos germanos arrasaron España (como cuenta Procopio, que fue testigo presencial), mataron a todos los seres humanos que encontraron, incluidos mujeres y niños, hasta que millones perecieron.
Las leyes de la guerra, aunque no siempre se observan, son cada vez más humanas, y Sutherland calcula que los conflictos bélicos son hoy menos de la centésima parte de lo destructivos que eran en la alta Edad Media.
Esta inevitable extensión de la esfera del derecho, desde la resolución de litigios entre particulares hasta los litigios entre Estados individuales, ya ha sido señalada antes y resulta bastante obvia. Así, Mougins-Roquefort, un jurista francés, en su libro De la Solution Juridique des Conflits Internationaux (1889), observa que en los días del Imperio romano, cuando solo había un Estado civilizado, cualquier sistema de relaciones internacionales era imposible, pero que tan pronto como tenemos un número de Estados que forman unidades de la sociedad internacional, surge inmediatamente la necesidad de un sistema de relaciones internacionales, del mismo modo que se necesita algún sistema de orden social para regular las relaciones de cualquier comunidad de individuos.
En Inglaterra, un país pequeño y compacto, este proceso se completó en una fecha comparativamente temprana. En Francia no fue hasta los días de Luis XV (en 1756) cuando el «último bandido feudal», como Taine llama al marqués de Pleumartin en Poitou, fue capturado y decapitado.
Francia, no obstante su aptitud militar, siempre ha tomado la iniciativa en el movimiento pacífico de la civilización. Ya a principios del siglo XIV, Francia produjo un defensor del arbitraje internacional: Pierre Dubois (Petrus de Bosco), el jurista normando, discípulo de Tomás de Aquino. En el siglo XVII, Emeric Crucé propuso, por primera vez, admitir a todos los pueblos, sin distinción de color ni de religión, para que estuvieran representados en una ciudad central donde cada Estado tuviera su embajador perpetuo; estos representantes formarían una asamblea para juzgar las diferencias internacionales (Dubois y Crucé han sido estudiados recientemente por el Prof. Vesnitch, en la Revue d'Histoire Diplomatique, enero de 1911). La historia de los diversos proyectos de paz en general ha sido relatada de forma sumaria por Lagorgette en Le Rôle de la Guerre, 1906, parte IV, cap. VI.
Los mismos argumentos ya habían sido expuestos por otros, aunque no con tanta firmeza. Así, el conocido economista y publicista belga Emile de Laveleye señaló (Pall Mall Gazette, 4 de agosto de 1888) que «los países más felices son indiscutiblemente los más pequeños: Suiza, Noruega, Luxemburgo y más aún las repúblicas de San Marino y Andorra»; y que «los países en general, aun cuando resulten victoriosos, no se benefician de sus conquistas».
El propio Bismarck declaró que sin la profunda vergüenza de la derrota alemana en Jena en 1806, el renacimiento del sentimiento nacional alemán habría sido imposible.
D. Starr Jordan, The Human Harvest, 1907; J. Novikov, La Guerre et ses Prétendus Bienfaits, 1894, cap. IV; Novikov argumentaba aquí que la selección de la guerra elimina no a los débiles sino a los fuertes, y tiende a producir, por lo tanto, una supervivencia de los menos aptos.
«Los rasgos más desmoralizadores de la vida militar francesa», dice el profesor Guérard, un observador sumamente inteligente, «se deben a un progreso indiscutible de la mente francesa: su pérdida gradual de fe e interés en la gloria militar. En adelante, el ejército es considerado inútil, peligroso, una carga sin compensación. Puede censurarse a los autores de libros escolares por atreverse a publicar tales opiniones, pero la gran mayoría de los franceses las abriga en su corazón. Es más, entre los obreros existe la sospecha generalizada de que el aparato militar se mantiene para beneficio exclusivo de los capitalistas, y el uso imprudente de tropas en casos de conflictos laborales da pábulo a esta tesis». A menudo ha ocurrido que lo que los franceses piensan hoy, el mundo suele pensarlo mañana. Probablemente encierra una trascendencia universal el hecho de que la experiencia francesa demuestre que el progreso en la inteligencia significa la desmoralización del ejército.
La influencia del sindicalismo revolucionario ya ha alcanzado, sin embargo, al movimiento laborista inglés, y una inoportuna persecución judicial por parte del Gobierno inglés debe de haber contribuido inmensamente a extender y fortificar dicha influencia.
Ya se han dado algunos pequeños comienzos. «La mayor victoria jamás lograda para la causa de la paz», escribe el Sr. H.W. Nevinson, el conocido corresponsal de guerra (Peace and War in the Balance, p. 47), «fue la negativa de los reservistas catalanes a servir en la guerra contra los montañeses rifeños de Marruecos en julio de 1909... Así Barcelona brilló con intensidad ante el cielo, y durante casi una semana el pueblo mantuvo la inmensa ciudad. He presenciado muchos acontecimientos nobles, así como muchos terribles, pero ninguno más noble o de mejor promesa que el repentino levantamiento de la clase trabajadora catalana contra una guerra cobarde e ingloriosa, librada en beneficio de unos pocos especuladores en París y Madrid».
J. Novikov, Le Fédération de l'Europe, cap. iv. Olive Schreiner, Woman and Labour, cap. IV. Si este es el hecho fundamental, debemos recordar que no podemos generalizar sobre las ideas o los sentimientos de todo un sexo, y que las tradiciones biológicas de las mujeres han estado asociadas a un período primitivo en el que eran las encantadas espectadoras de los combates. «La mujer», pensaba Nietzsche, «es esencialmente antípaca a la paz, como el gato, por muy bien que haya asumido el comportamiento pacífico». Steinmetz (Philosophie des Krieges, p. 314), al señalar que las mujeres se oponen a la guerra en abstracto, añade: «En la práctica, sin embargo, sucede que las mujeres miran una guerra en particular —y todas las guerras son guerras particulares— con especial favor»; señala que la mayoría de las inglesas compartieron plenamente la fiebre bélica contra los bóeres y que, por otro lado, conocía a damas holandesas en Holanda, muy contrarias a la guerra, que sin embargo habrían bailado de alegría en aquel entonces ante la noticia de una declaración de guerra contra Inglaterra.
La huelga general, que ha sido especialmente desarrollada por el movimiento obrero sindicalista y tiende ahora a extenderse a varios países, es un arma sumamente poderosa, tan poderosa que sus resultados no son menos graves que los de la guerra. Utilizarla contra la guerra parece ser un caso de echar fuera a Beelzebub por Beelzebub. Incluso en los conflictos laborales, la huelga moderna amenaza con volverse tan grave y, de hecho, casi tan sanguinaria como las guerras civiles de la antigüedad. La tendencia en los países progresistas es, por lo tanto, tal como vemos en Australia, sustituir las huelgas por la conciliación y el arbitraje, del mismo modo que la guerra tiende a ser sustituida por tribunales internacionales. Estos dos objetivos son, sin embargo, absolutamente distintos, y la introducción de la ley en las disputas entre naciones no puede tener un efecto directo sobre las disputas entre las clases sociales. Es muy posible, sin embargo, que tenga un efecto indirecto, y que cuando las disputas entre naciones se resuelvan de manera ordenada, el sentimiento social prohíba que las disputas entre clases se resuelvan de manera desordenada.
El abate de Saint-Pierre (1658-1743), eclesiástico sin vocación, era un normando de familia noble, y publicó por primera vez sus Mémoires pour rendre la Paix Perpetuelle à l'Europe en 1722. Como bien demuestra Siégler-Pascal (Les Projets de l'Abbé dé Saint-Pierre, 1900), no fue un mero utopista visionario, sino un pensador agudo y clairvidente, práctico en sus métodos, un observador atento, un experimentalista y uno de los primeros en intentar el uso de la estadística. Fue secretario de los plenipotenciarios franceses que negociaron el Tratado de Utrecht, y de este modo fue probablemente puesto en la pista de su proyecto. Propuso que los distintos estados europeos nombraran plenipotenciarios para formar un tribunal permanente de arbitraje obligatorio para la solución de todas las diferencias. Si algún estado tomaba las armas contra uno de los aliados, toda la confederación entraría conjuntamente en campaña, a su costa conjunta, contra el estado infractor. Se oponía al desarme absoluto, ya que un ejército era necesario para garantizar la paz, pero debía ser un ejército conjunto compuesto por contingentes de cada una de las Potencias de la confederación. Saint-Pierre, como se verá, había comprendido claramente los hechos esenciales de la situación tal como los vemos hoy en día.
«El autor de El proyecto de paz perpetua», concluye el profesor Pierre Robert en un compasivo resumen de su carrera (Petit de Julleville, Histoire de la Langue et de la Littérature Française, vol. VI), «es el precursor del siglo XX». Su estatua, no nos cabe duda, será un objeto destacado, junto a la de Sully, en el futuro Palacio de cualquier tribunal internacional.
Jules de Gaultier, "Comment Naissent les Dogmes," Mercure de France, 1.º de septiembre de 1911. Jules de Gaultier observa también que "el conflicto es la ley y la condición de toda existencia". Ello puede admitirse, pero deja de ser verdad si suponemos, como supone el mismo pensador, que el "conflicto" implica necesariamente la "guerra". El establecimiento de la ley para regular las disputas entre los individuos no suprime en absoluto el conflicto, sino que suprime la lucha, y asegura que, si llega a haber alguna lucha, el agresor no se beneficie de su agresión. Del mismo modo, la existencia de un tribunal para regular las disputas entre comunidades nacionales de individuos no puede suprimir en absoluto el conflicto; pero a menos que suprima la lucha, y a menos que asegure que, si ocurre una lucha, el agresor no se beneficie de su agresión, no habrá conseguido nada.
El distinguido médico francés, el Dr. Sollier, también, en un discurso ante el Congreso Médico Internacional de Lisboa, sobre «La Question de la Langue Auxiliaire Internationale», en 1906, abogando por la adopción de una de las lenguas romances existentes, dijo: «El español es la más simple de todas y la más fácil, y si fuera elegido para este propósito yo sería el primero en aceptarlo».
Incluso un distinguido hombre de ciencia inglés ha afirmado que a veces el latín resulta más fácil de usar para los ingleses que su propia lengua. «He conocido a ingleses de los que uno podría fiarse para escribir un tratado más inteligible, posiblemente incluso para pronunciar un discurso más lúcido, en latín que en inglés», dice el Dr. Miers, rector de la Universidad de Londres (Lancet, 7 de octubre de 1911), y añade: «Muy en serio, creo que parte de la causa debe buscarse en la dificultad de nuestro idioma, y muchas personas cultas se pierden en sus complejidades, del mismo modo que se pierden en su ortografía». Sin embargo, sin poner en duda el hecho, me atrevería a cuestionar esta explicación del mismo.
Así, en un artículo sobre la creciente expansión de la lengua inglesa por todo el mundo (Macmillan's Magazine, marzo de 1892), leemos: «Es prácticamente seguro que el inglés se convierta en la lengua del mundo... El habla de Shakespeare y Milton, de Dryden y Swift, de Byron y Wordsworth, será, en un sentido en el que ninguna otra lengua lo ha sido, el habla del mundo entero». Hoy en día ya no nos encontramos con estas afirmaciones descabelladas.
Las piedras de tropiezo que los vocablos ingleses en «ough» representan para el extranjero se han mencionado a menudo, y se exponen claramente en los versos en los que el Sr. C.B. Loomis ha intentado representar las experiencias de un estudiante francés —y al mismo tiempo mostrar los impulsos criminales que estas irregularidades despiertan en el alumno—.
Es interesante recordar que en un período de la historia europea, el francés pareció estar a punto de absorber al inglés y, por lo tanto, de adquirir, además de su propia fuerza motriz, toda la fuerza motriz que ahora respalda al inglés. Cuando los normandos —un pueblo vigoroso de origen escandinavo, que hablaba una lengua romance y, por lo tanto, muy apto para cumplir con una tarea armonizadora de este tipo— ocuparon ambas orillas del canal de la Mancha, parecía probable que dominarían el habla de Inglaterra tanto como la de Francia. «En aquel tiempo», dice Méray (La Vie aux Temps des Cours d'Amour, p. 367), quien sostiene este punto de vista, «los habitantes de ambas costas del canal estaban más próximos en costumbres y en habla de lo que lo estuvieron durante mucho tiempo los franceses de las orillas opuestas del Loira... La parte influyente de la nación inglesa y todo el pueblo de sus regiones meridionales hablaban el romance del norte de Francia. En las cruzadas, los caballeros de ambos pueblos se mezclaban a menudo y eran aclamados como francos allí donde su espíritu aventurero los condujera. Si Eduardo III, con el propósito de enconar un antagonismo que servía a sus propios fines, no hubiera roto este vínculo lingüístico, los dos pueblos estarían quizás unidos hoy en los mismos esfuerzos de progreso y de libertad...
¡De qué excelente instrumento de cultura y de progreso no ha privado a la civilización aquel decreto fatal de Eduardo III!».
Me inclinaba en un tiempo (Progressive Review, abril de 1897) a pensar que la adopción del inglés y del francés como lenguas auxiliares internacionales conjuntas —la primera para la escritura y la segunda para la conversación— podría resolver el problema. Desde entonces he reconocido que tal solución, por muy ventajosa que pudiera ser para la cultura humana, presentaría muchas dificultades y es del todo impracticable.
Puedo remitir a tres notables artículos que han aparecido en los últimos años en el Popular Science Monthly: Anna Monsch Roberts, «The Problem of International Speech» (febrero de 1908); Ivy Kellerman, «The Necessity for an International Language» (septiembre de 1909); Albert Léon Guérard, «English as an International Language» (octubre de 1911). Todos estos autores rechazan por impracticable la adopción del inglés o del francés como lengua auxiliar internacional, y miran con más favor la adopción de un idioma artificial como el esperanto.
A.M. Roberts, op. cit.
Cabe añadir, sin embargo, que no es necesario utilizar la lengua auxiliar como vehículo para el arte literario, y es un error, como señala Pfaundler, traducir poemas a dicha lengua.
Véase International Language and Science, 1910, por Couturat, Jespersen, Lorenz, Ostwald, Pfaundler y Donnan, cinco profesores que vivían en cinco países diferentes.
El progreso del movimiento queda registrado en su revista oficial, Progreso, editada por Couturat, y en la revista de De Beaufront, La Langue Auxiliaire.
INDIVIDUALISM AND SOCIALISM
En sentido estricto, el socialismo es idéntico a la doctrina económica concreta de la organización colectivista de la labor productiva y distributiva de la sociedad. Posee también, como señala Bosanquet (en un ensayo sobre el «Individualism and Socialism», en The Civilization of Christendom), «un sentido más profundo como nombre de una tendencia humana que opera a lo largo de la historia». Todo colectivista es socialista, pero no todo socialista admitiría que es colectivista. El «socialismo moral», sin embargo, aunque no es idéntico al «socialismo económico», tiende a implicarlo.
El término «Individualism», al igual que el término «Socialism», se utiliza en diversos sentidos y, por consiguiente, no resulta satisfactorio para todo el mundo. Así, E.F.B. Fell (The Foundations of Liberty, 1908), al considerar el «Individualism» como un término meramente negativo, prefiere el término «Personalism» para denotar un ideal más positivo. No hay, sin embargo, ninguna necesidad de considerar el «Individualism» como un término más negativo que el «Socialism».
El atractivo inspirador del socialismo para las mentes fervorosas es, sin duda, ético. «La ética del socialismo —dice Kirkup— está estrechamente emparentada con la ética del cristianismo, si es que no se identifica con ella». Tal vez por eso el socialismo resulta tan atractivo para algunas mentes y tan repugnante para otras.
Esta idea fue desarrollada por Eimer en un apéndice de su obra Organic Evolution sobre la idea del individuo en el reino animal.
Se dice que el término «socialismo» data de alrededor del año 1835. Leroux afirmó haberlo inventado, en oposición al término «individualismo», pero en aquella época se había convertido en un término tan necesario y tan evidente que resulta difícil afirmar con seguridad quién lo usó por primera vez.
Un punto importante que el Individualista puede plantear legítimamente a este respecto es la tendencia del Socialismo a reprimir la energía del mejor trabajador entre sus funcionarios a expensas del público. Tanto en las oficinas gubernamentales de Whitehall como en las municipales de los ayuntamientos, hay una cierta proporción de trabajadores que encuentran placer en desplegar sus mejores energías a alta presión. Pero la mayoría se cuida de que el trabajo se realice a baja presión y de que el rendimiento no supere un cierto mínimo preestablecido. Se aseguran de ello haciendo que la vida sea incómoda para los trabajadores que superan dicho mínimo. La gravedad de este mal apenas se comprende aún. Probablemente podría contrarrestarse organizando los ascensos de tal modo que los puestos superiores recayeran realmente en los funcionarios distinguidos por la cantidad y la calidad de su trabajo. Las pensiones también deberían verse afectadas por la misma consideración. En cualquier caso, el mal es grave, y lo es cada vez más debido a que el número de funcionarios públicos aumenta constantemente.
El Consejo de la Sociedad de la Abogacía (Law Society) descubrió hace algunos años que el costo de la administración civil en Inglaterra había aumentado entre los años 1894 y 1904 de 19 millones a 25 millones, y, excluyendo los Departamentos de Recaudación, se dice que ahora ha ascendido a 42 millones. Es un mal que habrá que abordar tarde o temprano.
Max Stirner escribió su obra, Der Einzige und sein Eigenthum (The Ego and His Own, en la traducción al inglés de Byington), en 1845. Su vida ha sido escrita por John Henry Mackay (Max Stirner: Sein Leben und Sein Werk), y se encontrará un interesante estudio sobre Max Stirner (cuyo verdadero nombre era Schmidt) en los Egoists de James Huneker.
En la introducción a mi primer libro, The New Spirit (1889), expuse esta postura, de la cual nunca me he apartado: «Mientras socializamos todas aquellas cosas de las que todos tenemos una necesidad común e igual, tendemos cada vez más a dejar en manos del individuo el control de aquellas cosas que en nuestra compleja civilización constituyen la individualidad. Socializamos lo que llamamos nuestra vida física para poder alcanzar una mayor libertad en lo que llamamos nuestra vida espiritual». Sin duda, tal punto de vista estaba implícito en Ruskin y otros escritores anteriores, del mismo modo que ha sido expuesto posteriormente por Ellen Key y otros, mientras que desde el punto de vista económico ha sido bien formulado por el Sr. J.A. Hobson en su Evolution of Capital: «La razón de ser misma de una mayor cohesión social es economizar y enriquecer la vida individual, y permitir que el juego de la energía individual adopte formas superiores de las que pueda derivarse una mayor satisfacción individual». «El socialismo será valioso», pensaba Oscar Wilde en su Soul of Man, «simplemente porque conducirá al individualismo». «El socialismo niega el individualismo económico para todos», dice Karl Nötzel («Zur Ethischen Begrundung des Sozialismus», Sozialistische Monatshefte, 1910, Heft 23), «con el fin de hacer posible el individualismo moral e intelectual para todos».
Y así como se ha visto que el socialismo conduce al individualismo, también se ha visto que el individualismo, incluso en el plano ético, conduce al socialismo. «Hay que dejar que el individuo haga de su voluntad una realidad en la conducta de su vida», señala Bosanquet en un ensayo ya citado, «para que le sea posible abrigar conscientemente el propósito social como un constituyente de su voluntad. Sin estas condiciones no hay organismo social ni socialismo moral... Cada unidad del organismo social tiene que encarnar sus relaciones con el todo en su propia obra y voluntad particulares; y para ello el individuo debe poseer una fuerza y una profundidad en sí mismo proporcionales y consistentes en las relaciones que ha de encarnar». Grant Allen expuso claramente hace tiempo la armonía entre el individualismo y el socialismo en un artículo publicado en la Contemporary Review en 1879.
Una ilustración instructiva la proporciona la cuestión de la relación de los sexos, y en otra parte (Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society») he tratado de mostrar que debemos distinguir entre el matrimonio, que es incumbencia directa de los individuos principalmente interesados, y la procreación, que concierne principalmente a la sociedad.
Véase, por ejemplo, la opinión del antiguo inspector jefe de escuelas elementales en Inglaterra, el Sr. Edmond Holmes, What Is and What Might Be (1911). Señala que la verdadera educación debe ser «autorrealización», y que el actual sistema de «educación» se opone por completo a la autorrealización. Sir John Gorst, asimismo, ha atacado repetidamente los errores del sistema educativo del Estado inglés.
La expresión laissez-faire se utiliza a veces como si fuera la consigna de un partido que le concedió amablemente vía libre al Diablo para hacer de las suyas. En realidad, fue simplemente una frase adoptada por los economistas franceses del siglo XVIII para resumir la conclusión de sus argumentos contra las restricciones anticuadas que entonces sofocaban el comercio y la industria de Francia (véase G. Weuleresse, Le Mouvement Physiocratique en France, 1910, vol. II, p. 17). Bien entendida, no es una máxima que ningún partido deba avergonzarse de hacer suya.
Volveré a repetir que no considero la legislación como un canal de verdadera reforma eugenésica. Como bien dice Bateson (op. cit. p. 15): "No es la intervención tiránica y caprichosa de una mayoría mal informada la que puede moldear o purificar con seguridad a una población, sino más bien esa simplificación del instinto que siempre esperamos, que solo un conocimiento más pleno puede hacer posible". Incluso la subvención de padres irreprochables, como señala el mismo autor, no puede contemplarse con entusiasmo. "Si nos imaginamos el tipo de personas que infaliblemente serían elegidas como ejemplos de 'valor cívico', el panorama no resulta muy atractivo".
"Aristóteles, en este punto órgano y exponente de la mente nacional griega —observa Gomperz—, entendía por la higiene del alma la evitación de todos los extremos, el equilibrio de las facultades, el desarrollo armonioso de las aptitudes, sin permitir que ninguna de ellas muera de hambre o paralice a las demás." Gomperz señala que esta moralidad individual se correspondía con las características de la religión nacional griega: su amplitud y generosidad, su libertad y serenidad, su ennoblecimiento tanto de la acción enérgica como del disfrute pasivo (Gomperz, Greek Thinkers, trad. ing., vol. III, p. 13).
Convito, IV, 27.
Notas adicionales
Este capítulo fue escrito hace tanto tiempo como en 1888, y publicado en la Westminster Review al año siguiente. Me complace incluirlo aquí exactamente como fue escrito originalmente, no solo porque ocupa su lugar propio en el presente volumen, sino porque puede considerarse como un programa que desde entonces he elaborado en numerosos volúmenes. No obstante, se ha omitido la primera sección original, ya que contenía una exposición de la teoría matriarcal que, en vista de la dificultad del tema y de las amplias diferencias de opinión al respecto, ahora considero necesario expresar con mayor cautela (véase, para una exposición más reciente, Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, vol. VI, «Sex in Relation to Society», cap. x). Con esta excepción, y la supresión de dos notas a pie de página insignificantes, no se ha hecho ningún cambio. Tras el transcurso de un cuarto de siglo, no encuentro nada que desee retirar seriamente y sí mucho que ahora deseo recalcar.