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La emancipación de la mujer en relación con el amor romántico

La ausencia de amor romántico en la civilización clásica: el matrimonio como un deber; el surgimiento del amor romántico en el Imperio romano; la influencia del cristianismo; la actitud de la caballería; los trovadores; las cortes de amor; la influencia del Renacimiento; la caballería convencional y la civilización moderna; el movimiento de la mujer; la igualdad de derechos y responsabilidades de la mujer moderna excluye la caballería; aún siguen siendo posibles nuevas formas de amor romántico; el amor como inspiración de la higiene social.

¿Cuál será el efecto definitivo del movimiento de las mujeres, que ahora se desarrolla lenta pero firmemente entre nosotros, sobre el amor romántico?

Esa es verdaderamente una cuestión seria, y es mucho más compleja de lo que muchos de los que están preparados para responderla a la ligera quizás estén dispuestos a admitir.

Hay que recordar que el amor romántico no ha sido un acompañamiento constante de las relaciones humanas, ni siquiera en la civilización. Es verdad que diversos pueblos situados muy abajo en la escala poseen cantos de amor romántico, a menudo, según parece, escritos por las mujeres. Pero las civilizaciones clásicas de Grecia y Roma en sus periodos más robustos y brillantes conocieron poco o nada del amor romántico en relación con las relaciones sexuales normales que culminaban en el matrimonio. La antigüedad clásica revela

un alto grado de devoción conyugal y de afecto doméstico, al menos en Roma, pero el derecho de la mujer a seguir las inspiraciones de su propio corazón, y la idealización y el culto de la mujer por parte del hombre, no solo eran apenas conocidos sino que, en la medida en que se conocían, eran reprobados o condenados.

Ovidio, en opinión de algunos, representa un nuevo movimiento en Roma. Solemos considerar a Ovidio, en cuestiones eróticas, como el representante de un grupo de voluptuosos romanos inmorales.

Esa opinión probablemente requiera una modificación considerable. Ovidio no era, en efecto, un adalid de la moralidad, pero no hay razones de peso para suponer que, antes de su aparición, la mente romana, más bien severa, hubiera concebido ya aquellos refinamientos y cortesías que él expuso con tan encantador detalle.

Si abarcamos con una amplia perspectiva su obra, tal vez podamos considerar a Ovidio como el pionero de una actitud caballeresca hacia las mujeres y de una concepción romántica del amor, no solo nueva en Roma, sino de gran importancia para Europa en general. Ovidio fue un factor determinante en el movimiento renacentista, y no menos en Inglaterra, donde su influencia en Shakespeare y en algunos otros isabelinos apenas puede sobrevalorarse. 1

Para la mente clásica ordinaria, griega o romana, el matrimonio estaba destinado al fin de construir la familia, y la familia estaba consagrada al Estado. El cumplimiento de una función tan exaltada implicaba cierta dignidad austera que excluía la inclinación caprichosa o la emoción apasionada.

Estas podían, en verdad, darse entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio, pero dejando a lado los muy limitados fenómenos del hetarismo ateniense, eran demasiado vergonzosas para ser idealizadas.

Puede decirse que algún rastro de esta actitud clásica persiste incluso hoy entre las llamadas naciones latinas, notablemente en la tradición francesa (ahora en extinción) de tratar el matrimonio como una relación que debe ser concertada, no por las dos partes en sí, sino por sus padres y tutores; Montaigne, tan apegado como estaba a las máximas de la antigüedad romana, no estaba muy lejos de la actitud francesa ordinaria de su tiempo cuando declaró que, dado que no nos casamos tanto por nosotros mismos como por el bien de la posteridad y de la raza, el matrimonio es un proceso demasiado sagrado para ser mezclado con la extravagancia amorosa.

Hay mucho que decir a favor de ese punto de vista que hoy en día se olvida con demasiada frecuencia, pero sin duda no abarca todo el panorama.

No es solo en Occidente donde ha prevalecido una actitud despectiva hacia el lado romántico y erótico de la vida en algunos de los momentos más vigorosos de la civilización.

También se encuentra en Oriente. En Japón, por ejemplo, incluso en la actualidad, el amor romántico, como elemento respetable de la vida ordinaria, es desconocido o está mal visto; su existencia no se reconoce en las escuelas y las novelas europeas que lo celebran apenas se comprenden.

El desarrollo del amor romántico moderno en relación

con el matrimonio parece encontrarse en el tardío mundo griego bajo el Imperio romano. 4 Eso se llama comúnmente un período de decadencia. En cierto sentido limitado lo fue. Grecia había quedado subyugada por Roma. Roma misma había perdido su espíritu militar y estaba perdiendo su poder político. Pero el instinto de lucha, e incluso el espíritu gobernante, no son sinónimos de civilización. La «decadencia y caída» de los imperios no implica en absoluto necesariamente la decadencia de la civilización. Ahora se comprende generalmente que el Imperio romano tardío no fue, como se pensaba antaño, una época de degeneración social y moral.

El Estado en efecto se disolvía, pero el individuo evolucionaba. La época que produjo a Plutarco —durante mil quinientos años una de las grandes fuerzas inspiradoras del mundo— era todo lo menos una época corrupta.

La vida del hogar y la vida del alma se desarrollaban por igual. El hogar se volvía más complejo, más íntimo, más elevado. El alma se volvía hacia su propio interior para descubrir nuevos y gozosos secretos:

  • el secreto del amor a la Naturaleza,
  • el secreto de la religión mística y,
  • no menos importante, el secreto del amor romántico.

Cuando el cristianismo conquistó finalmente el mundo romano, su tarea consistió en gran parte en asumir y desarrollar esos tres secretos ya descubiertos por el paganismo.

Era inevitable, sin embargo, que al desarrollar estas nuevas formas de la vida afectiva, la inclinación ascética del cristianismo se hiciera sentir.

No le era posible al cristianismo aureolar la vida sexual natural, pero sí le era posible refinar y exaltar esa vida, elevarla a una esfera espiritual.

Ni la mujer como amada ni la mujer como madre eran glorificadas por la Iglesia en la vida ordinaria; solo eran toleradas.

Pero en un plano superior al natural, fueron rodeadas por una aureola y elevadas al más alto pedestal de veneración e incluso de adoración.

  • La Virgen fue exaltada,
  • Esposa y Esposo se convirtieron en términos de significado místico, y
  • la Santa Madre recibió el amor devoto de toda la cristiandad.

Aun en las relaciones reales entre hombres y mujeres, muy temprano en la historia del cristianismo, encontramos a veces a hombres y mujeres que cultivaban relaciones que excluían esa unión terrenal que la Iglesia miraba con desprecio, pero que aun así implicaban el afecto físico más tierno e íntimo.

Muchas historias encantadoras sobre tales relaciones se encuentran en las vidas de los santos, y a veces existían incluso dentro del vínculo matrimonial.

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El cristianismo condujo al uso de ideas y términos tomados del amor terrenal en un sentido diferente y simbólico. Pero el resultado involuntario fue que se añadió una nueva fuerza y belleza a esas ideas y términos, sin importar cómo se aplicaran, y también que de este modo se cultivaron muchas emociones que llegaron a ser capaces de reforzar el amor humano terrenal. De este modo sucedió que, aunque el cristianismo rechazó el ideal del amor romántico en sus asociaciones naturales, preparó indirectamente el camino para una realización más sublime y profunda de ese amor.

No puede caber duda de que el entrenamiento emocional y el refinamiento de los instintos carnales por parte del cristianismo fueron la causa principal del surgimiento de esa concepción del amor romántico que asociamos con la institución de la caballería.

Exaltada y santificada por el contacto con los dogmas centrales de la religión, la emoción del amor fue descendida de esta atmósfera espiritual por el amante caballeresco, con algo de su halo etéreo aún adherido a ella, y dirigida hacia una dama terrenal.

La fase más extravagante del amor romántico que jamás se haya visto se originó entonces y, en muchos casos, ciertamente, fue una erotomanía real que sobrepasó los límites de la cordura.

Sin embargo, en sus formas extremas, este amor romántico fue una manifestación rara, localizada y efímera. La actitud dominante de la época caballeresca hacia las mujeres, como ha demostrado Léon Gautier en su obra monumental sobre la caballería, era de indiferencia o incluso de desprecio. Los pensamientos del caballero estaban más en la guerra que en las mujeres, y apreciaba más a su caballo que a su dama.

Pero las mujeres, sobre todo en Francia, reaccionaron contra esta actitud, y con espléndido éxito. Sus maridos las trataban con indiferencia o las dejaban en casa mientras ellos buscaban aventuras por el mundo. Las esposas negligidas procedieron a dictar las leyes de la sociedad, y asumieron el papel de gobernantes en el dominio de la moral.

En los siglos undécimo, duodécimo, decimotercero —dice Méray en un libro encantador sobre la vida en la época de las Cortes de Amor—, encontramos a las mujeres «con infinita habilidad y un refinamiento adorable tomando la dirección moral de la sociedad francesa». Lo hicieron, señala, en un espíritu tan utópico, tan idealmente poético, que los historiadores han dudado en tomarlas en serio.

Las leyes de las Cortes de Amor 9 pueden parecernos a veces inmorales y licenciosas, pero en realidad sirvieron para refrenar las peores inmoralidades y licencias de la época. Desterraron la violencia, no permitieron ninguna venalidad e inculcaron la moderación en la pasión. La tarea de las Cortes de Amor se vio facilitada por el grado relativo de paz que reinaba entonces, especialmente por el hecho de que los normandos, que dominaban ambas costas del Canal, formaban un vínculo entre Francia e Inglaterra.

Cuando las actividades homicidas de los reyes franceses y los reyes ingleses destruyeron ese vínculo, las Cortes de Amor fueron barridas en el desorden general y el progreso de la civilización quedó indefinidamente retrasado.

10 No obstante, en cierta medida, los ideales que de este modo se habían materializado aún persistían. Como señalaron los Goncourt en su invaluable libro La Femme au Dix-huitième Siècle (cap. v), desde los tiempos de la caballería hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando en la superficie, al menos en apariencia, había desaparecido, un ideal exaltado de amor continuó atesorándose en Francia. Esta concepción permaneció asociada, en todo momento, a la gran influencia social y a la autoridad de las que las mujeres habían disfrutado en Francia incluso desde la época medieval. Dicha influencia se había hecho notoria durante el siglo XVII, y en aquella época sir Thomas Smith, en su Commonwealth of England, al escribir sobre la alta posición de las mujeres en Inglaterra, señaló que estas poseían «casi tanta libertad como en Francia».

Había al menos dos formas de amor cortés medieval.

  • La primera surgió en la Provenza y el norte de Italia durante el siglo XII, y se extendió a Alemania como Minnedienst.

En esta forma, los jóvenes caballeros dirigían su devoción respetuosa y adoradora hacia una mujer casada de alta cuna que elegía a uno de ellos como su propio caballero, para rendirle servicio y reverencia, prometiéndose ambos devoción mutua hasta la muerte. Era parte de este código amoroso que no pudiera haber amor entre marido y

esposa, y se consideraba un signo de mala educación que un marido disputara el derecho de su esposa a los servicios de su joven caballero, aunque a veces se nos dice que el marido se arriesgaba a este reproche, ocasionalmente con resultados trágicos.

Este modo de amor, tras ser elocuentemente cantado y practicado por los trovadores —por lo general, al parecer, segundones de casas nobles—, se extinguió en su lugar de origen, pero había sido introducido en España, y los españoles lo reintrodujeron en Italia cuando adquirieron el reino de Nápoles; en Italia se convirtió, mediante convencionalismos, en la arraigada institución del cavaliere servente.

Desde el punto de vista de una moral estricta, la institución era obviamente cuestionable.

Pero difícilmente podemos dejar de ver que en su origen poseía, aunque fuera de manera inconsciente, un aval cuasirreligioso en el culto a la Santa Madre, y hemos de reconocer que, a pesar de su forma cuestionable, era en realidad un esfuerzo por alcanzar una relación más pura e ideal de lo que era posible en una época ruda y belicosa que subordinaba la esposa al marido.

Una tierna devoción que inspiraba poesía, un respeto puro que rozaba la veneración, votos basados en la libertad e independencia mutuas y en pie de igualdad: estas eran posibilidades que los hombres y mujeres de aquella época sentían que eran incompatibles con el matrimonio tal como lo conocían.

La segunda forma de amor cortés medieval era más etérea que la primera, y mucho más definitiva y conscientemente basada en una actitud religiosa. Era en realidad el culto a la Virgen trasladado a una joven

doncella terrenal, pero que conserva la pureza y la idealidad del culto religioso. A tal punto es esto así que a veces resulta difícil estar seguros de si se trata de una doncella real de carne y hueso o tan solo de un símbolo poético de la feminidad. Esta duda ha sido planteada, notablemente por Bartoli, en relación con la Beatriz de Dante, el tipo supremo de este amor etéreo, que surgió en el siglo XIII y se cultivó principalmente en Florencia.

Los poetas de este movimiento eran conscientes del carácter religioso de su devoción hacia la donna angelicata, a la que incluso aplican, tal como lo harían con la Reina del Cielo, la denominación Stella Maris.

Que había un elemento de carne y hueso en estas figuras es algo que cree Remy de Gourmont, pero cuando las contemplamos, señala, vemos al principio «en lugar de un cuerpo, solo dos ojos con alas de ángel detrás, sobre el fondo de un cielo azul sembrado de estrellas doradas»; el amante está de rodillas y su amor se ha convertido en una oración.

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Esta fase del amor romántico fue breve, y quizás pertenencia sobre todo a los poetas, pero representó un momento realmente importante en la evolución del amor romántico moderno. Fue un paso hacia la toma de conciencia del encanto genuinamente humano de la juventud femenina en las relaciones humanas reales, del cual ya tenemos un anticipo en el delicioso cuento francés primitivo de Aucassin y Nicolette.

El redescubrimiento de la literatura clásica, los movimientos del Humanismo y el Renacimiento, barrieron con lo que quedaba de la idealización casi religiosa de la joven virgen.

La doncella etérea, delgada, pálida, anémica, desapareció tanto de la literatura como del arte, y dejó de ser un ideal en la vida real. Cedió su lugar a una nueva mujer, consciente de su femineidad plenamente desarrollada y de todas sus necesidades, radiantemente bella y de miembros sutilmente esculpidos. Carecía de la espiritualidad de sus predecesoras, pero había ganado en intelecto.

Aparece por primera vez en las páginas de Boccaccio. Tras un largo intervalo, Tiziano inmortalizó su rica y madura belleza; es Flora, es Ariadna, es tanto el Amor Terrenal como el Amor Celestial. Cada curva de su cuerpo fue descrita con devoción y minuciosidad por Nifo y Firenzuola. 12

Era, además, la cortesana cuyo encanto imperial y astucia le permitieron pisotear la concepción medieval de la lujuria como pecado, incluso en las cortes de los papas. En el gran centro académico de Bolonia, finalmente, impartió con castidad la ciencia y el saber. 13

Las gentes del Renacimiento italiano situaron a la mujer al mismo nivel que al hombre, y calificar a una mujer de virago implicaba una alabanza sin reservas.

Las condiciones sumamente variadas de lo que hemos estado acostumbrados a considerar el mundo moderno comenzaron entonces para las mujeres. Ya no estaban recluidas —ya fuera en conventos o en el hogar—, pero tampoco eran ya veneradas. Comenzaron a ser tratadas como seres humanos, y cuando los hombres las idealizaban en figuras de encanto romántico o patetismo —figuras como la Rosalinda de Shakespeare, la Sylvia de Marivaux o la Clarissa de Richardson—, esta humanidad pasó a ser en adelante el terreno común del que surgía la visión.

Pero, se observa, en casi todos los grandes poetas y novelistas hasta mediados del siglo pasado, era por lo general en la debilidad de la humanidad donde el artista buscaba el encanto y el pathos de sus figuras femeninas. Desde la Ofelia de Shakespeare hasta la Amelia de Thackeray esta es la regla, expresada con más énfasis en la literatura de Inglaterra que en la de cualquier otro país.

No había existido una emancipación real de las mujeres; aunque ahora habían entrado en el mundo de los hombres, aún no formaban parte de ese mundo, ni social ni legalmente.

Aun las tradiciones medievales seguían vivas en formas sutilmente convencionalizadas. La actitud «caballeresca» hacia las mujeres era, como la palabra misma lo sugiere, una supervivencia medieval. Pertenecía a un período de barbarie en el que imperaba la fuerza bruta y en el que el hombre que ponía magnánimamente su fuerza a disposición de una mujer le estaba haciendo en realidad un favor y concediéndole un privilegio.

Pero la civilización significa la construcción de una sociedad ordenada en la que se respetan los derechos individuales y la fuerza ya no domina. De modo que, a medida que la civilización avanza, las ocasiones en las que las mujeres necesitan la ayuda de la fuerza masculina se vuelven cada vez más escasas e insignificantes.

La caballería convencionalizada de los hombres tiende entonces a convertirse en un ofrecimiento de servicios que sería mejor que las mujeres hicieran por sí mismas y en la concesión de privilegios a los que de ningún modo tienen derecho.

Además, esta misma caballería es, bajo estas condiciones, propicia a adquirir un carácter que es el reverso de su valor nominal. Se convierte en la afirmación de un poder sobre las mujeres en lugar de un poder en su favor; y conlleva un tinte de desprecio en lugar de respeto. Teóricamente, mil espadas caballerescas deberían saltar de sus vainas para socorrer a la mujer afligida. En la práctica, esto puede significar únicamente que los mil propietarios de estas armas metafóricas están al acecho para sacar ventaja de la mujer afligida.

Así, las emociones románticas basadas en los ideales medievales perdieron gradualmente su valor. No guardaban relación con los hechos alterados de la vida; se habían convertido en una convención vacía que podía prestarse a usos muy poco románticos. El movimiento por la emancipación de la mujer no fue consciente ni directamente un movimiento de revuelta contra una caballeresca anticuada. Más bien formaba parte del desarrollo de la civilización que volvió anticuada a la caballería. El amor cortés medieval presuponía en la mujer una debilidad en cuyo terreno solo podía florecer una fuerza espiritual.

La mejora de las condiciones sociales, la subordinación de la violencia al orden y el creciente respeto por los derechos individuales eliminaron las razones para consagrar la debilidad en las mujeres, y crearon un campo cada vez más amplio en el que estas podían aspirar libremente a competir con los hombres, puesto que se trata de un ámbito en el que el conocimiento y la destreza importan mucho más que la fuerza muscular.

La emancipación de la mujer ha sido simplemente la fase posterior y más consciente del proceso mediante el cual las mujeres han entrado en este terreno y han buscado su parte de derechos y responsabilidades en él.

El movimiento de la mujer de los tiempos modernos, debidamente comprendido, ha sido, por tanto, el esfuerzo de las mujeres por adaptarse a las condiciones de una civilización ordenada y pacífica.

La educación, bajo las nuevas condiciones, puede lograr lo que antes requería la fuerza de las armas; ahora se exige responsabilidad donde antes solo era posible la tutela.

Una sociedad civilizada en la que las mujeres sean ignorantes e irresponsables es un anacronismo y, por grande que fuera la ruptura con el pasado, era necesario que las mujeres se ajustaran a los tiempos cambiantes.

El ideal de la mujer débil, ignorante e inexperta —el cruce entre un ángel y una idiota, como la he descrito en otro lugar—

—ya no

cumplía ningún propósito útil. La sociedad civilizada proporciona las condiciones bajo las cuales todas las personas adultas son socialmente iguales y todas son libres de dar a la sociedad lo mejor de lo que son capaces.

Era inevitable, pero desafortunado, que este movimiento tendiera a veces a adoptar la forma de un intento por parte de las mujeres de asegurar, no meramente la igualdad con los hombres, sino una imitación real de los hombres.

Estas mujeres decían que, dado que los hombres habían alcanzado el dominio en la vida, capturado las mejores cosas y adoptado los métodos de vida más exitosos, era necesario que las mujeres los copiaran en todos los aspectos. Esa era una súplica especiosa que incluso tenía en sí un cierto elemento de verdad.

Pero el hecho seguía siendo que las mujeres y los hombres son diferentes, que la diferencia se basa en funciones naturales fundamentales, y que colocar a un sexo exactamente en la misma posición que al otro sexo es deformar sus contornos y obstaculizar sus actividades.

Desde el punto de vista actual solo nos concierne la influencia del movimiento de las mujeres en el amor.

Sobre la concepción tradicional del amor romántico heredada de la época medieval, no cabe duda de que esta influencia ha sido sumamente disolvente. El amor romántico medieval, en su forma original, había formado parte de una concepción de la feminidad compuesta de opuestos, y todos los opuestos se equilibraban entre sí. El hombre medieval rendía homenaje a los pies de la gran dama en el salón del castillo, pero él mismo mandaba sobre la esposa que trabajaba duramente en su propio hogar. De rodillas, contemplaba con devoción a la virgen etérea, pero cuando esta dejaba de ser virgen, se hacía valer maldiciéndola como a un demonio enviado del infierno para seducirlo y atormentarlo.

Todo esto era posible porque la mujer estaba fuera de la órbita de la vida del hombre, nunca en el mismo plano, necesariamente más alta o más baja. Se volvía difícil si la mujer era igual al hombre, y absurdamente imposible si era de naturaleza idéntica a él.

La tradición romántica medieval ha llegado hasta nosotros tan cargada de belleza y misterio que tendemos a pensar, al verla desvanecerse, que los logros humanos se están depreciando permanentemente. Esa ilusión se produce en toda época de transición. Ocurrió notablemente en el siglo XVIII, el cual representó una etapa sumamente importante en la emancipación de la mujer. Para algunos, ese siglo parece haberse entregado a la galantería vacía y al placer fácil. Sin embargo, no fue solo la época en la que las mujeres lograron por primera vez alcanzar abiertamente su suprema influencia social, 17 fue una era de amor romántico, y las historias de amor nobles o desgarradoras que nos han llegado de los registros de aquel periodo superan a las de cualquier otra época.

Si creemos con Goethe que la religión del futuro consiste en una triple reverencia —la reverencia por lo que está por encima de nosotros, la reverencia por lo que está por debajo de nosotros y la reverencia por nuestros iguales 18—, no necesitamos afligirnos demasiado si una forma de esta reverencia, la primera, y aquella que Goethe consideraba como la más temprana y tosca, ha perdido su derecho exclusivo.

La reverencia es esencial para todo amor romántico. Bajar a la Madona y a la Virgen de sus pedestales para compartir con los hombres las responsabilidades y deberes comunes de la vida no es despojarlas de su derecho a la reverencia. Es meramente el signo de un cambio en la forma de esa reverencia, un cambio que anuncia un nuevo amor romántico.

Sería prematuro intentar definir el contorno exacto de las nuevas formas de amor romántico, o los rasgos precisos de los seres que con más ardor evocarán ese amor.

En la literatura, en verdad, los ideales de la vida proyectan su sombra de antemano, y podemos sin duda rastrear un cambio en los ideales eróticos reflejados en la literatura.

La mujer a quien Dickens idealizó en David Copperfield se parece bien poco a la serie de mujeres de un nuevo tipo introducidas por George Meredith, y la heroína moderna exhibe en general más de las cualidades robustas, de ojos abiertos y espontáneas de ese tipo posterior que la naturaleza ciega y sumisa de las amables tontas del tipo antiguo.

Que las condiciones cambiantes de la civilización produzcan nuevos tipos de feminidad y de amor no es sorprendente si nos damos cuenta de que, incluso dentro de las antiguas formas caballerescas, era posible producir tipos robustos similares cuando las cualidades de una raza les eran favorables.

España proporciona un ejemplo notable. La literatura española, desde Cervantes y Tirso hasta Valera y Blasco Ibáñez, refleja un tipo de mujer que se halla en pie de igualdad con el hombre y que es su igual, y a menudo su superior en ese terreno, tanto en vigor de cuerpo como de espíritu, adquiriendo toda la virilidad que le importa, sin perder nada femenino que tenga valor.

En más de un aspecto, la mujer ideal de España es la mujer ideal que nuestra civilización hace necesaria hoy en día. Las mujeres del futuro, declara Grete Meisel-Hess en su femenina, ingeniosa y franca discusión sobre las condiciones actuales, Die Sexuelle Krise, serán naturalezas plenas, fuertes y elementales, desprovistas por igual del impulso de destruir o de la aptitud para ser destruidas.

Considera, además, que lejos de ser el amor romántico cosa del pasado, "el amor como forma de culto está reservado para el futuro".

En el pasado solo se ha encontrado entre unas pocas almas raras; en el mundo futuro, fomentado por la selección más sutil de una eugenesia consciente, y una nueva reverencia y cuidado por la maternidad, podemos esperar razonablemente una humanidad verdaderamente eficiente, los portadores y conservadores de las emociones humanas más elevadas.

Es en este sentido, en verdad, en el que se escuchan las voces de los líderes más grandes y representativos del movimiento de emancipación de la mujer actual. Ellen Key, en su obra Amor y matrimonio, busca conciliar el cultivo de una relación sexual libre y sagrada con la adoración del niño, como encarnación de la raza futura, mientras que Olive Schreiner proclama en su obra La mujer y el trabajo que la mujer del futuro caminará codo a codo con el hombre en una relación más alta y profunda de lo que jamás antes ha sido posible, porque implicará una nueva comunidad en la actividad y en la comprensión.

Tampoco es únicamente desde el lado femenino de donde provienen estos pronósticos. Ciertamente, en su mayor parte, el amor ha sido más cultivado por las mujeres que por los hombres.

La primacía en el genio del intelecto pertenece incontestablemente a los hombres, pero en el genio del amor ha sido alcanzada sin duda más a menudo por las mujeres. Por lo general, han comprendido mejor que los hombres que en este asunto, como insistía Goethe, es el amante y no el amado quien cosecha los principales frutos del amor.

«Es mejor amar, incluso con violencia —escribió la abandonada monja portuguesa en sus inmortales Cartas—, que limitarse a ser amado».

Quien pierde su vida aquí la salva, pues solo en la medida en que se convierte en un dios crucificado el Amor se gana el sacrificio de los corazones humanos.

En los últimos años, por una reacción inevitable, las mujeres han olvidado a veces esta verdad eterna. Las mujeres del siglo XX, en su afán de autocontrol y su legítimo deseo de alcanzar puestos de los que sienten que han estado excluidas durante demasiado tiempo, tal vez aún no se hayan dado cuenta de que las mujeres del siglo XVIII —quienes ejercieron sobre la vida un dominio que las mujeres de ninguna época anterior o posterior han poseído— fueron, por encima de todas las mujeres, grandes y heroicas amantes, y que esos dos hechos fundamentales no pueden separarse.

Pero este fracaso, destinado a ser sin duda temporal, obrará para bien si constituye el punto de partida de un renacimiento entre los hombres del arte de amar.

Los hombres en verdad se han quedado aquí atrás con respecto a las mujeres. El viejo refrán, citado con tan tediosa frecuencia, acerca del amor como un «asunto aparte» en la vida de los hombres difícilmente se le habría ocurrido a un poeta medieval de Provenza o Florencia. No basta con que las mujeres proclamen un nuevo avatar

del amor si los hombres no están listos y ávidos por aprender su arte y practicar su disciplina. En un fragmento profundamente sugerente sobre el amor, dejado incompleto a su muerte por el distinguido sociólogo Tarde, 21 este sugiere que cuando la energía masculina decaiga en los campos de la ambición política y el lucro comercial, como ya lo ha hecho en el campo de la guerra, la energía liberada por una mayor organización y cohesión social tal vez encuentre de nuevo cauce en el amor. Durante demasiado tiempo el amor, al igual que la guerra, la política y el comercio, ha estado principalmente monopolizado por el tipo de hombre depredador, en este campo simbolizado por la figura de Don Juan. En el futuro, sugiere Tarde, el tipo de amante a lo Don Juan puede caer en descrédito, dando paso al tipo virgiliano, para quien el amor no es un asunto aparte sino una forma de vida que encarna sus mejores y más altas actividades.

Cuando nos topamos con expresiones de este tipo, nos sentimos tentados a pensar que representan meramente los sueños poéticos de individuos demasiado adelantados a sus semejantes como para poseer alguna importancia para los hombres y mujeres en general.

Pero es probable que Ovidio, y es seguro que Dante, expusieran concepciones eróticas que eran incomprensibles para la mayoría de sus contemporáneos, y sin embargo han ejercido una influencia inmensa sobre las ideas y las emociones de los hombres en épocas posteriores.

Los poetas y profetas de una generación se ocupan de moldear ideales que se realizarán en las vidas de una generación subsiguiente; al expresar sus emociones más íntimas, como si

se ha dicho con razón, se convierten en los líderes de una larga fila de hombres y mujeres. Sea lo que fuere que aún resulte incierto e indefinido, podemos creer con seguridad que la emoción del amor está demasiado profundamente arraigada en lo recóndito del organismo del hombre y del organismo de la mujer como para ser arrancada jamás o relegada alguna vez a un plano subordinado. Y también podemos creer que no existe un límite mensurable para su poder de hacer brotar flores siempre nuevas y milagrosas.

Se cuenta que una vez, en presencia de James Hinton, la conversación recayó sobre la música, y se sugirió que, debido al número limitado de combinaciones musicales y al número ilimitado de composiciones musicales, llegaría un momento en que toda la música sería solo una repetición de armonías agotadas. Hinton señaló que entonces llegaría un hombre tan inspirado por un nuevo espíritu que su sentimiento no sería que toda la música ya se había escrito, sino que aún no se había escrito ninguna música. Fue un dicho memorable.

En todos los campos esa es la proclamación perpetua del genio: ¡He aquí que yo hago nuevas todas las cosas! Y en este campo del amor no podemos concebir ninguna época en la que para el vidente inspirado no sea posible sentir: ¡Aún no ha habido amor!

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