El nuevo movimiento para impartir educación sexual a los niños: la necesidad de dicho movimiento: contradicciones que entraña la antigua política de silencio: errores de la nueva política: la necesidad de enseñar al maestro: la necesidad de formar a los padres: y de dotar científicamente al médico: la higiene sexual y la sociedad: los efectos de gran alcance de la higiene sexual.
Es imposible dutar de la vitalidad y del vigor del nuevo movimiento de higiene sexual, especialmente de esa rama del mismo relacionada con la instrucción de los niños en los hechos esenciales de la vida.
En el siglo XVIII, el gran educador Basedow estuvo casi solo cuando, mediante la práctica y el precepto, procuró establecer esta rama de la instrucción en las escuelas.
Hace unos años, cuando el Dürer Bund alemán ofreció premios para los mejores ensayos sobre la educación de los jóvenes en cuestiones de sexo, se enviaron nada menos que quinientos trabajos.
Podemos afirmar que durante los últimos diez años se ha hecho más para influir en el sentimiento popular sobre esta cuestión que durante todo el siglo precedente.
Siempre que somos testigos de un impulso repentino de celo y entusiasmo por lanzarnos hacia un nuevo cauce, por admirable que pueda ser dicho impulso, debemos estar preparados para muchos riesgos y tal vez incluso para una cierta cantidad de daños.
Este es, en verdad, especialmente el caso cuando nos ocupamos de una nueva actividad en la esfera del sexo. Las relaciones sexuales de la vida son tan antiguas y tan amplias, sus raíces se ramifican de un modo tan complejo y llegan tan hondo, que cualquier alteración repentina en este suelo, por bien intencionada que sea, con certeza acarreará muchos resultados que no fueron anticipados por los responsables de la misma.
Cualquier movimiento en este ámbito corre el riesgo de frustrar sus propios fines, o bien, al alcanzarlos, de hacer imposibles otros fines que no son de menor valor.
En esta cuestión de la higiene sexual nos encontramos desde el principio con el hecho de que el propio reconocimiento de una rama del conocimiento tal como la «higiene sexual» implica no solo un nuevo rumbo, sino la inversión de una política que ha sido aceptada, casi sin cuestionamiento, durante siglos.
Entre muchos pueblos primitivos, en efecto, sabemos que al muchacho y a la muchacha en la pubertad se les inicia con solemnidad, e incluso con una dureza no del todo insana, en las responsabilidades de la vida adulta, incluidas aquellas que hacen referencia a los deberes y privilegios del sexo.
Pero en nuestras propias tradiciones apenas se conserva siquiera la reliquia de una costumbre semejante. Por el contrario, mantenemos tácitamente la costumbre, e incluso una política, de oscurantismo silencioso.
Los padres y los maestros han considerado un deber no decir nada y se han sentido justificados al decir mentiras, o «cuentos de hadas», para mantener su postura. La llegada de la pubertad, con sus manifestaciones alarmantes, especialmente en la niña, a menudo los ha dejado impasibles y aún silenciosos.
Se han ocupado de que nuestros libros de texto elementales de anatomía y fisiología, aun cuando estuvieran escritos por un pionero tan independiente y audaz como Huxley, describieran el cuerpo humano absolutamente como si los órganos y las funciones de la reproducción no tuvieran existencia. El instinto no fue suprimido de este modo; todos los estímulos inevitables que la vida proporciona al impulso sexual juvenil han continuado en funcionamiento.
Las actividades sexuales eran igual de propensas a estallar. Eran tanto más propensas a estallar, en efecto, por estar alimentadas por la ignorancia, a menudo inconscientes de sí mismas, y por no verse frenadas por las restricciones que el conocimiento y la enseñanza podrían haber proporcionado. Esto, sin embargo, ha parecido un asunto sin importancia para los guardianes de la juventud. Se han congratulado a sí mismos si podían guiar a los jóvenes, y especialmente a las doncellas bajo su tutela, hasta el puerto del matrimonio no solo con una castidad aparente, sino en la ignorancia de casi todo lo que el matrimonio significa e implica, tanto para el individuo como para la futura raza.
Esta norma se ha establecido con tanta firmeza que su fundamentación teórica nunca ha sido expuesta con claridad. En la medida en que existe, es una teoría que camina sobre dos pies que apuntan en direcciones opuestas:
- no se debe hablar de las cosas del sexo porque son «sucias»;
- no se debe hablar de las cosas del sexo porque son «sagradas».
Debemos dejar en paz las cosas del sexo, afirman, porque Dios se encargará de que se manifiesten de la manera correcta y obren para bien; también afirman que debemos dejar en paz las cosas del sexo porque no hay ningún ámbito en la vida en el que la actividad del Diablo se manifieste de un modo tan especial.
Una misma persona puede incurrir en esta contradicción cuando las circunstancias cambiantes hacen que le resulte conveniente. Tal confusión es, en verdad, un destino al que se exponen todos los tabús antiguos y arraigados; lo vemos en los tabús contra ciertos animales como alimento (como la prohibición mosaica del cerdo); al principio el animal era demasiado sagrado para comerlo, pero con el tiempo la gente llegó a pensar que es demasiado repugnante para comerlo.
Comienzan la práctica por un motivo, la continúan por un motivo totalmente opuesto.
¡Las razones son una parte muy superficial de nuestras vidas!
Así, todo movimiento de higiene sexual choca necesariamente contra una convención establecida que es a su vez un choque desarmónico de nociones contradictorias. Este es el caso especialmente si la higiene sexual se introduce por medio de la escuela. Está muy extendida la opinión, entre muchos de los que aceptan los argumentos expuestos con tanta destreza por Frau Maria Lischnewska, de que la escuela no solo es el mejor medio para introducir la higiene sexual, sino el único posible, ya que solo a través de este canal es posible emplear un antídoto contra las malas influencias del hogar y del mundo. 6
Sin embargo, enseñar a los niños lo que algunos de sus padres consideran demasiado sagrado para ser enseñado, y otros demasiado repugnante, y empezar esta enseñanza a una edad en que los niños, habiendo asimilado ya estas nociones paternas, tienen la edad suficiente como para mostrar una curiosidad morbosa y lasciva, es abrir el camino a una serie compleja de reacciones sociales que exigen una gran habilidad para ser ajustadas.
En gran parte, sin duda, por el afán de contrarrestar estos peligros, ha existido la tendencia a enfatizar, o más bien a exagerar, los aspectos morales de la higiene sexual. Bien considerada, en verdad, no es fácil sobrevalorar su trascendencia moral. Pero en la enseñanza real de dicha higiene es muy fácil —y el error se comete a menudo— formular declaraciones y afirmar doctrinas —todo en aras de la buena moral y con el propósito de exhibir al máximo las tendencias beneficiosas de esta enseñanza— que en el mejor de los casos son dudosas y a menudo entran en contradicción con la experiencia real. En tales casos parece observarse que el higienista sexual ciertamente ha roto con la conspiración de silencio convencional en estas cuestiones, pero no ha roto con la moral convencional que surgió de ese silencio ignorante. Con la mejor intención del mundo expone, de forma dogmática y sin matices, viejas verdades a medias que, para volverse verdaderamente morales, necesitan ser enfrentadas directamente con sus verdades a medias complementarias. El peligro inevitable es que el alumno tarde o temprano capte la exageración unilateral de esta enseñanza, y el crédito del higienista sexual desaparezca. La vida es un arte, y el amor, que se halla en el corazón de la vida, es un arte; no son ciencia; no pueden convertirse en fórmulas precisas y enseñarse como se enseña la tabla de multiplicar. El ejemplo cuenta aquí más que el precepto, y la práctica enseña más que cualquiera de los dos, siempre que se lleve a cabo a la luz del precepto y del ejemplo. Las afirmaciones precipitadas y sin matices relativas a los inmensos beneficios de la continencia, o a los horribles resultados del autoabuso, etc., que se encuentran con frecuencia en los libros para jóvenes, vendrán a la mente de todos. Planteadas con sabia moderación habrían sido útiles. Llevadas a una extravagancia rigurosa, no solo resultan inútiles para ayudar a los jóvenes en sus dificultades prácticas, sino que se vuelven perjudiciales debido al daño que infligen a las conciencias hipersensibles, temerosas de no estar a la altura de ideales excesivamente rígidos. Esta consideración nos conduce, en efecto, al que es tal vez el principal peligro en la introducción de cualquier enseñanza de higiene sexual: el hecho de que nuestros propios profesores carecen de instrucción. La higiene sexual en su sentido pleno —en la medida en que concierne a la acción individual y no a la acción reguladora o legislativa de las comunidades— es el arte de impartir el conocimiento necesario en las etapas sucesivas al niño, al muchacho y a la doncella, al joven y a la mujer joven, con el fin de permitirles afrontar de manera correcta, y en la medida de lo posible sin perjuicio ni para sí mismos ni para los demás, todos aquellos acontecimientos sexuales a los que todos estamos expuestos por naturaleza. Para cumplir adecuadamente sus funciones, el maestro en el arte de enseñar higiene sexual debe satisfacer tres requisitos: (1) debe poseer un conocimiento suficiente de los hechos de la psicología sexual, la fisiología sexual y la patología sexual, un conocimiento que, en muchos aspectos importantes, apenas existía hasta hace poco, y que solo ahora empieza a ser generalmente accesible; (2) debe tener una perspectiva moral sabia y amplia, con un idealismo sano que se abstenga de exigir imposibilidades y que aparte resueltamente no solo las vulgares banalidades del mundanalismo, sino las banalidades igualmente perjudiciales de un ascetismo anticuado e insincero, pues el sabio higienista sexual sabe, junto con Pascal, que "el que intenta ser ángel se convierte en bestia", y se preocupa menos por hacer de sus discípulos ángeles ineficaces que hombres y mujeres eficaces, contento de decir con Browning: "Podré desplegar alas de ángel, una vez despojado de lo humano, pero antes no"; (3) además de un sólido conocimiento y una sabia perspectiva moral, el higienista sexual debe poseer, por último, una auténtica simpatía hacia los jóvenes, una profunda comprensión de su tímida sensibilidad, una aprehensión de sus dificultades personales y la habilidad de hablarles de forma sencilla, franca y humana. Si nos preguntamos cuántos de los apóstoles de la higiene sexual combinan estas tres cualidades esenciales, probablemente no podremos nombrar a muchos, mientras que podemos sospechar que algunos ni siquiera poseen una de las tres calificaciones. Si consideramos además que la labor de la higiene sexual, para llevarse a cabo a una escala verdaderamente nacional, exige la cooperación más o menos activa de padres, profesores y médicos, y que los padres, profesores y médicos carecen actualmente de preparación en estas cuestiones y suelen estar prejuiciados, comprenderemos algunos de los peligros por los que la higiene sexual debe atravesar en un principio.
Es, espero, innecesario que diga que, al señalar así algunas de las dificultades y de los riesgos que deben acechar a todo intento de introducir un elemento de higiene sexual efectiva en la vida, estoy muy lejos de querer argumentar que es mejor dejar las cosas como están.
Eso es imposible, no solo porque nos estamos dando cuenta de que nuestro sistema de silencio incompleto es pernicioso, sino porque se basa en una confusión que contiene en su interior los elementos de la disrupción.
Debemos recordar, sin embargo, que la creación de una nueva tradición no puede efectuarse en un día. Antes de que empecemos a enseñar higiene sexual, los propios profesores deben ser enseñados.
Muchos han insistido, y no sin razón, en el derecho de los padres a controlar la educación del hijo. La higiene sexual nos introduce en otro derecho, el derecho del hijo a controlar la educación de los padres. Porque pocos padres hoy en día están capacitados para ejercer el deber de formar y guiar al hijo en el difícil terreno del sexo sin una educación previa, y dicha educación, para ser real y eficaz, debe comenzar a una edad temprana en la vida de los padres.
El maestro de escuela, una vez más, de quien tantos dependen para la fase inicial de la higiene sexual, se encuentra a menudo en la actualidad en una etapa de ignorancia o prejuicio casi idéntica a la de sus alumnos en estas cuestiones.
Rara vez se ha formado al maestro para transmitir incluso el conocimiento científico más elemental sobre los hechos del sexo, de la reproducción y de la higiene sexual, y lo más frecuente es que carezca de esa experiencia personal de la vida en sus diversos aspectos que se requiere para enseñar con acierto en un campo tan difícil como el del sexo, aun cuando se admita el principio de que al profesor en clase, ya se dirija a un solo sexo o a ambos, no se le exige ir más allá de los aspectos científicos, abstractos y objetivos del sexo.
Esta dificultad de la falta de profesores idóneos no es, en verdad, insuperable. Se resolvería en gran medida, sin duda, si un curso sensato y completo de higiene sexual y puericultura formara parte de la formación de todos los maestros de escuela, tal como Pinard lo ha propuesto en Francia para las escuelas normales de mujeres.
El Dr. W. O. Henry, en una ponencia leída ante la Asociación Médica del Estado de Nebraska en mayo de 1911, presentó la siguiente propuesta:
«Que cada Estado cuente con uno o más médicos competentes cuya obligación sea enseñar estas cosas a los niños en todas las escuelas públicas del Estado a partir de los ocho años de edad. A los niños y a las niñas se les debe impartir la instrucción por separado mediante láminas, imágenes y proyecciones estereoscópicas, comenzando por las formas de vida inferiores, flores y plantas, y concluyendo con los órganos del ser humano. Estas conferencias e ilustraciones deben impartirse cada año a todos los niños y niñas por separado, agrupando a los de ocho a diez años al mismo tiempo, a los de diez a doce, y a los de más de doce hasta los dieciséis».
El Dr. Henry al parecer no sabía que el principio de un profesor especial designado por el Gobierno para impartir instrucción especial en asuntos de sexo en todas las escuelas estatales ya se había adoptado en Canadá, en la provincia de Ontario; el profesor así designado va de escuela en escuela y enseña los rudimentos de la fisiología y la anatomía sexuales, así como el deber de tratar los asuntos sexuales con reverencia, a clases de niños y niñas a partir de los diez años. El curso no es obligatorio, pero cualquier junta escolar puede convocar al profesor especial para impartir las conferencias. Este nombramiento ha tenido tanta aceptación que se propone designar a más profesores bajo los mismos lineamientos, tanto mujeres como hombres.
No es necesario que el profesor escolar de educación sexual sea médico. Sin embargo, para recibir un consejo personal y particular sobre las dificultades concretas del sexo, así como para la higiene más especial y detallada de la relación sexual y las precauciones que exige la eugenesia, debemos recurrir al médico. No obstante, ninguna de estas cuestiones forma parte hasta ahora del plan de estudios por el que pasa el médico para ejercer su profesión; a menudo no es más que un profano en relación con ellas. Incluso si se nos asegura que estas materias forman parte de su bagaje científico, ese hecho no garantiza en absoluto su tacto, empatía y perspicacia al dirigirse a los jóvenes, ya sea mediante conferencias generales o entrevistas individuales, siendo ambas formas de impartir educación sexual a las que podemos recurrir legítimamente con respecto al médico, especialmente hacia el final de la etapa escolar o universitaria, y al comienzo de cualquier carrera en el mundo.
Indudablemente tenemos entre nosotros a muchas madres, profesoras y médicas que están admirablemente equipadas para cumplir sus respectivos papeles —elemental, secundario y avanzado— en la labor de la higiene sexual. Pero mientras sean pocas y estén muy dispersas, su influencia se neutraliza, si es que ni siquiera llega a volverse perjudicial.
Debe de ser a menudo inútil que una madre inculque a su pequeño el respeto por su propio cuerpo, la veneración por el canal de la maternidad a través del cual vino al mundo, cualquier sentido de la pureza de las funciones naturales o la belleza de los órganos naturales, si fuera de su hogar el pequeño descubre que todos los demás niños y niñas consideran estas cosas solo como motivo de risitas socarronas. Es vano que el maestro describa llanamente los hechos científicos del sexo como una culminación maravillosa en el despliegue natural del mundo si, fuera del aula, el alumno descubre que, en los periódicos y en la conversación general de los adultos, este templo sagrado es tratado como una cloaca común, demasiado inmunda para ser mencionada, y que los libros que contienen incluso las descripciones más necesarias del mismo son susceptibles de ser condenados como «obscenos» en los tribunales. 9 Es inútil que el médico explique a los jóvenes y a las jóvenes la naturaleza sutil y terrible de los venenos venéreos, que declare el derecho y el deber de ambos cónyuges en el matrimonio de conocer, con autoridad y de antemano, el estado de salud del otro, o que les advierta que un sentido adecuado de la responsabilidad hacia la raza debe impedir que algunas personas malnacidas contraigan matrimonio, o en todo caso que procreen, si el joven y la joven descubren, al salir del consultorio del médico, que sus conocidos están dispuestos a aceptar todos estos riesgos, con ligereza, a ciegas, en un sueño descuidado del que de algún modo esperan que no haya un despertar terrible.
La moraleja a la que apuntan estas observaciones es bastante clara. El sexo penetra toda la vida. No es una rama de las matemáticas, o un periodo de la historia antigua, que podamos elegir enseñar, o no enseñar, según nos parezca mejor, que si enseñamos podemos enseñar como queramos y que si omitimos enseñar nunca nos molestará.
El amor y el hambre son los cimientos de la vida, y el impulso del sexo es tan fundamental como el impulso de la nutrición. No permanecerá ausente porque nos neguemos a invocar su presencia, no se marchará porque encontremos su presencia inconveniente. A lo sumo solo cambiará de forma y se burlará de nosotros desde debajo de máscaras tan degradadas, y a veces tan exaltadas, que ya no somos capaces de reconocerlo.
"La gente siempre está escribiendo sobre educación", decía Chamfort hace más de un siglo, "y sus escritos han dado lugar a algunos métodos valiosos. Pero ¿de qué sirve, a menos que, junto con la introducción de tales métodos, no se introduzcan reformas correspondientes en la legislación, en la religión, en la opinión pública?
El único objeto de la educación es conformar la razón del niño a la de la comunidad. Pero si no hay una reforma correspondiente en la comunidad, al entrenar al niño para razonar, simplemente lo estás entrenando para ver el absurdo de las opiniones y costumbres consagradas por el sello de la autoridad sagrada, pública o legislativa, y le estás inspirando desprecio hacia ellas".
No podemos meditar demasiado a menudo en estas sabias palabras.
Es inútil intentar introducir la higiene sexual como un tema aislado y, en ciertos aspectos, puede resultar peligroso.
Cuando tocamos el sexo, tocamos fibras sensibles que estremecen a todo nuestro organismo social, del mismo modo que el roce del amor estremece a todo el organismo corporal. Cualquier reforma vital en este ámbito, cualquier verdadera introducción de la higiene sexual que reemplace nuestra política tradicional de silencio confuso, afecta a la totalidad de la vida o no afecta a nada.
Modificará nuestras convenciones sociales, penetrará en nuestra vida familiar, transformará nuestra perspectiva moral y, tal vez, reinspirará nuestra religión y nuestra filosofía.
Esa conclusión no tiene por qué volvernos pesimistas en cuanto al futuro de la higiene sexual, ni hacernos aferrarnos indebidamente a la política del pasado. Pero puede inducirnos a conformarnos con avanzar lentamente, a preparar nuestros movimientos de manera amplia y firme, y a no esperar demasiado al principio.
Al introducir la higiene sexual rompemos con la tradición del pasado que pretendía dejar el proceso mediante el cual se perpetúa la raza a la Naturaleza, a Dios, y especialmente al diablo. Estamos afirmando que es un asunto de responsabilidad personal e individual, ejercida deliberadamente a la luz del conocimiento preciso que todo joven y toda mujer tiene derecho, o más bien el deber, de poseer.
Esa concepción de la responsabilidad personal así extendida a la esfera del sexo en la reproducción de la raza bien puede transformar la vida y alterar el curso de la civilización. No es meramente una reforma en el aula, es una reforma en el hogar, en la iglesia, en los tribunales, en la legislatura.
Si la higiene sexual significa eso, significa algo grande, aunque algo que solo puede llegar lentamente, con dificultad, con mucho examen de conciencia. Si, por el contrario, la higiene sexual no significa más que la introducción de un nuevo catecismo formal y una exhortación beata y perentoria de vez en cuando, puede introducirse de inmediato, con bastante facilidad, sin herir los sentimientos de nadie. Pero, en verdad, no valdrá la pena preocuparse por ello, ni en un sentido ni en el otro.