LA VERDAD APLASTADA VOLVERÁ A FLORECER.
La práctica de la usura está tan generalizada, y al parecer cuenta con la aprobación y el beneplácito de tantas de las personas más inteligentes y virtuosas de nuestra gente, que aquellos que creen en su prohibición y se inclinan al pesimismo pueden sentirse absolutamente desalentados.
La verdad debe prevalecer finalmente. Cualquier costumbre o sistema construido sobre la falsedad debe tarde o temprano ceder. La casa edificada sobre la arena debe con el tiempo caer. Puede ser minada por años de enseñanza y ceder así de manera tan gradual que la fecha de su derrocamiento apenas pueda determinarse, o puede ser tomada por una tormenta en su apogeo y caer.
Todo el sistema de crédito comercial construido sobre esta monstruosa falsedad debe desmoronarse o desplomarse.
El profeta Isaías estaba esperanzado y feliz en medio de las condiciones más desfavorables de corrupción y alejamiento de la verdad, pues con su ojo profético fue capaz de vislumbrar el tiempo bueno que se aproximaba, cuando la rectitud triunfaría por completo.
"Él nos enseñará Sus caminos y andaremos por Sus veredas."
"Con rectitud juzgará a los pobres."
"La justicia será el cinto de sus lomos."
Ningún profeta ha fijado una fecha para la supresión de la usura, pero ningún hombre de fe inteligente, familiarizado con las reformas del pasado, cuando males tan arraigados y gigantescos fueron atacados y derrocados, necesita caer en la desesperación.
Estábamos esclavizados por las supersticiones. Las casas encantadas eran numerosas y el embrujamiento de la gente era frecuente.
Se realizaron dos arrestos por brujería en un solo año, 1692, y veinte de estas personas fueron ejecutadas. Estas persecuciones fueron instigadas y defendidas por Cotton Mather, un representante de la más alta inteligencia y cultura de la época.
- Su madre era hija de John Cotton, y su padre, el presidente de la Universidad de Harvard.
Ahora los gatos negros y la epilepsia no inspiran temor, y las historias de fantasmas ya no aterrorizan ni desquician a nuestros hijos.
El duelo prevalecía entre los hombres de honor. La opinión pública imponía que las diferencias personales entre caballeros se resolvieran de este modo. Aquellos que no ponían sus vidas en peligro eran tachados de cobardes. Pocos tenían el valor de resistirse.
Los duelos eran comunes entre los líderes políticos en Washington. Muchos disparos resonaban al amanecer en el pequeño valle de Bladensburg, el célebre campo de duelos. Jackson, Benton, Clay y De Witt Clinton fueron duelistas.
Tras la muerte de Alexander Hamilton a manos de Aaron Burr, en 1804, todo el país se conmovió y comenzó una campaña contra esta costumbre, pero cedió lentamente. En 1838 y 1841 hubo duelos entre distinguidos congresistas.
Pero ahora la opinión pública se ha transformado de tal manera que el duelista «honorable y valiente» es un cobarde moral.
El juego era un pecado común. Había loterías organizadas para recaudar fondos destinados a gastos estatales y municipales. Había rifas en ferias de la iglesia para sufragar las ordenanzas en el santuario. Las reglas de los juegos estaban protegidas por las leyes del estado.
Nadie que hubiera perdido en un juego podía reclamar por la vía legal a menos que probara que no se habían seguido las reglas del juego. Las reglas del juego se consideraban tan legítimas como las regulaciones de cualquier negocio. El jugador solo infringía la ley cuando «hacía trampas».
Ahora el juego es ilegal en todos los estados y territorios, y se prohíbe la entrada al correo a cualquier periódico que anuncie una lotería. Incluso a un jugador «honesto» se le clasifica hoy entre los ladrones.
La intemperancia estragó el siglo XVIII y más de la mitad del XIX. El whisky era el rey. Mediante una falsa fisiología, se convirtió en opinión casi universal que en gran parte de los Estados Unidos el clima exigía el consumo de «espíritus ardientes». Ministros y clases de todas condiciones vivían así engañados, y casi todas las personas, adultas o niñas, eran consumidoras.
«Al levantarse por la mañana hay que tomar un vaso de licor para abrir el apetito para el desayuno. A las once en punto, el comerciante en su despacho, el herrero en su fragua, el segador en el campo de heno, se tomaban un trago para cobrar fuerzas hasta que sonara la campana o tocara el cuerno para la hora de comer. A media tarde volvían a beber. Cuando la labor del día terminaba, antes de acostarse, se atizaban otro vaso. Era la rutina habitual de beber en las familias bien reguladas y templadas. La hospitalidad comenzaba con la bebida. "¿Qué va a tomar?", era la pregunta del anfitrión al visitante. No aceptar la hospitalidad ofrecida era una falta de respeto. ¿Se alzaba una casa de reuniones?, tenía que haber hospitalidad para toda la parroquia: no faltaba el licor; y cuando el último madero estaba en su sitio, había que romper una botella de ron en la cumbrera. En invierno los hombres bebían para entrar en calor; en verano para refrescarse; los días de lluvia para ahuyentar la humedad, y los días secos para mantener el cuerpo hidratado. Los amigos, al encontrarse o despedirse, bebían para perpetuar su amistad. Los despojadores de maíz alrededor del almiar, los obreros en el campo, el maestro y el aprendiz en el taller, pasaban el jarro marrón de labio en labio. El abogado bebía antes de redactar su informe o de alegar ante el tribunal; el ministro, mientras preparaba su sermón o antes de pronunciarlo desde el púlpito. En las bodas, el novio, la novia, el padrino y los invitados degustaban vinos espumosos. En los entierros, el ministro, el amigo, el vecino, el doliente, todos excepto el difunto, bebían de la generosa provisión de licores que siempre se disponía. No beber era una falta de respeto hacia los vivos y los muertos, y privarse del consuelo y el alivio. En todas las comunidades había hombres con los ojos lagañosos y el rostro hinchado y demacrado; mujeres llorosas, niños hambrientos». (Building of a Nation. Página 271.)
Mientras que los hombres «temperantes» se dolían de la marea de miseria y protestaban, no creían posible salir adelante sin güisqui.
El doctor Prime, durante tantos años editor del New York Observer, contó la reunión del médico de cabecera y el pastor en la casa de su padre a propósito de un caso de enfermedad grave. Cuando el médico se despedía, el pastor lo siguió al patio, donde mantuvieron una larga consulta.
El pastor pedía consejo con ansiedad. Tres tragos le hacían dar vueltas la cabeza, y el problema era cómo podía hacer más de tres visitas sin perder la estabilidad. El doctor le dio instrucciones y el doctor Prime afirmó que ni el ministro ni el médico pensaron en el sencillo remedio de «no beber».
Han tardado dos generaciones, pero la transformación es maravillosa. El ministro ahora puede visitar todos los hogares de su parroquia y ni una sola vez tener la oportunidad de beber.
Si el reverendo John Pierpont aún viviera —a quien un concilio eclesiástico expulsó de su púlpito en Boston por protestar públicamente contra el uso del sótano de su iglesia como almacén de whisky—, vería a cualquier ministro perder su puesto si no protestara públicamente contra tal profanación.
El reverendo George B. Cheever, el visionario, despertó en 1830 las conciencias adormecidas de los hombres y mujeres obnubilados; escribió su visión y la publicó, «La destilería del diácono Giles», y fue a la cárcel por ello, pero ni siquiera él soñó jamás con la grandeza de la reforma de la templanza que ha venido después.
El derrocamiento de la esclavitud mobiliaria es total y se reconocen los derechos humanos de los pueblos inferiores.
La esclavitud humana era antigua, tan antigua como la historia; estaba extendida por todo el mundo; existía un comercio inmenso y lucrativo de carne humana; la riqueza y el bienestar lujosos se obtenían apropiándose del trabajo sin compensación; se creía que las Escrituras en ambos Testamentos aprobaban la posesión de siervos; había una conciencia de dones superiores; se creía firmemente que los negros, especialmente, necesitaban el cuidado de la raza superior; que estaban mejor y eran más felices que si estuvieran en libertad; existía un arraigado prejuicio racial que perdura inflexible hasta el día de hoy.
Sin embargo, el comercio de esclavos ha cesado, detenido por buques armados que patrullan los mares. Los esclavos, ochocientos mil, en las Antillas fueron puestos en libertad; las cadenas fueron rotas por la espada en los Estados Unidos; Brasil adoptó la emancipación gradual, y la esclavitud mobiliaria desapareció para siempre del mundo civilizado.
Las batallas de reforma libradas y ganadas son la garantía de que la victoria también premiará a aquellos que luchan contra este pecado de la usura.
Hay también otros buenos motivos para la confianza.
- Buscan únicamente un retorno —una reforma—: «una restauración a un estado anterior»; no buscan el establecimiento de alguna teoría nueva y no probada, sino que buscan un retorno a la fe y la conducta de los justos desde el principio y a lo largo de diecisiete siglos de la era cristiana. La raza humana está solo temporalmente desviada hacia la adoración del becerro de oro.
- Se acerca un gran ejército de jóvenes inteligentes y virtuosos. Son formados en la inteligencia por nuestras escuelas secundarias, seminarios y colegios universitarios. Se les convierte en estudiosos de la Biblia y se les estimula en la rectitud mediante las escuelas dominicales, asociaciones cristianas, sociedades de esfuerzo, ligas y uniones. De entre ellos surgirán defensores de la verdad, libres del peso de las deudas y sin los prejuicios de una asociación de por vida con condiciones familiares para los mayores.
Los reformadores en todas las épocas han sido jóvenes, y esta reforma no será una excepción. Hay una temeridad en la juventud que necesita dirección, pero también hay un ímpetu, una esperanza y una confianza que son necesarios para romper con las viejas costumbres. Una generación de jóvenes inteligentes y virtuosos podría asestarle a este mal su golpe mortal.
La usura no puede prosperar entre los viciosos y los poco confiables. Otros males pueden prosperar entre los ociosos, los indolentes, los traicioneros, los engañosos y los deshonestos, pero la laboriosidad y la economía y la integridad y la fidelidad y el honor y aun la piedad temerosa de Dios son cualidades deseables en las víctimas del usurero.
Cuanto más alta es la civilización, sí, la civilización cristiana, más se produce y más rica es la cosecha. El usurero no tiene uso para un salvaje. Este gusano prospera en el cuerpo vivo y le chupa la vitalidad. No puede prosperar en carne pútrida.
Que los tipos más altos de nuestra juventud masculina eviten este pecado y se tocará su campana de muerte.
- Las condiciones actuales estimulan el interés en esta cuestión. La distribución desigual de la inmensa riqueza que ahora se produce: las ganancias de las masas convertidas en las arcas de unos pocos; las luchas entre los empleadores y sus empleados; el trabajo organizado y las combinaciones de riqueza; conducen a un estudio más detallado de esta y otras cuestiones económicas afines de lo que jamás se les había dado antes. La solución de estas cuestiones expondrá el fraude de la usura.
- El espíritu patriótico no ha decayó en nuestro pueblo y nuestros gobernantes. Están tan fuertemente apegados a nuestras instituciones libres y populares como lo estaban los patriotas del 76.
Hay alarma ante la tendencia a alejarse de las tradiciones primitivas, ante la centralización del poder, ante la legislación clasista.
La influencia de la usura es tan fuerte para promover una clase favorecida y concentrar el poder, que debe ser resistida como enemiga de nuestras instituciones republicanas. Socavó gradualmente y luego destruyó la república de Venecia, y ahora está haciendo su primera labor con nosotros. Pronto tendrá que salir de su escondite.
Entonces nuestro pueblo se despertará con su fervor patriótico y la derribará con un solo golpe, para luego enterrarla junto con los demás enemigos del gobierno que han surgido de tanto en tanto.
- En los estudios de sociología hay ahora una fuerte corriente hacia el socialismo. Existe el deseo de preservar los intereses del individuo y, sin embargo, una disposición más fuerte a fusionarlo en el bienestar general.
Existe la convicción de que los privilegios de los individuos han sido excesivamente resguardados mientras se descuidaban los derechos del público, de que los derechos de los individuos han recibido un exceso de protección mientras se sacrificaba el bienestar de la gran masa del pueblo.
El problema actual del estudioso de la sociología es: ¿Cómo pueden ajustarse los derechos de los individuos, pero de tal manera que se mantengan los intereses superiores de todo el pueblo?
Esto puede lograrse en gran medida, si no por completo, mediante la abolición de la usura.
Que el Gobierno reciba en depósito la riqueza excedente de los particulares para su guarda y sujeta a sus órdenes. Que se establezca la Caja de Ahorros Postal. El Gobierno es la mejor seguridad posible. Los certificados de depósito serían tan buenos como los bonos del Gobierno. Podrían ocupar el lugar de la moneda del Banco Nacional. El Departamento de Correos transfiere actualmente dinero y, de alguna manera, recibe depósitos y emite vales postales.
Estos depósitos, a medida que se acumularan, levantarían de sobre las espaldas del pueblo la carga de la deuda generadora de intereses. A medida que aumentaran, el Gobierno podría invertirlos en servicios públicos para ser operados en pro del bienestar general.
Cuidando así el Gobierno de la riqueza excedente, el pueblo tiene derecho a cualesquiera beneficios que puedan derivarse de su uso. Todos tendrían un interés en preservar y todos compartirían las ventajas de la propiedad así cuidada por el Estado, mientras que cada uno tendría sus ganancias individuales sujeta a disposición para sus necesidades o placeres personales.
Esto preservaría los derechos del individuo y le garantizaría perfectamente sus ganancias excedentes, y al mismo tiempo todo el pueblo, a través del Gobierno, tendría el uso de esta riqueza acumulada para su custodia.
Esto preservará los incentivos estimulantes del individualismo y también obtendrá, prácticamente, las bendiciones del socialismo. Esta será la conclusión natural en el equilibrio y ajuste de la discusión sociológica actual.
- La prohibición de la usura redundaría en beneficio material de la gran masa de nuestro pueblo. Sería una bendición para todos, aunque pudiera obstaculizar la ganancia material de unos pocos, pero los obstaculizados no llegarían a ser una diezmilésima parte de nuestro pueblo. No es fácil abandonar el mal cuando el apetito, la pasión o los intereses egoístas claman por él. Los mártires que se mantendrán fieles a la justicia «aunque el cielo se derrumbe» no son mayoría en nuestro pueblo. Los caminos de la justicia son fáciles, anchos y llanos, y están abarrotados de entusiastas vociferantes cuando el interés propio puede marchar de la mano de una reforma. La oposición a la usura es autodefensa para los pobres, los pensionistas, los productores, y ellos forman un ejército poderoso e irresistible.
- La razón permanece. Las leyes de la lógica no han cambiado ni la mente humana ha perdido su poder de deducir conclusiones a partir de premisas. La costumbre de la usura nunca se introdujo en la práctica mediante el razonamiento, sino que se le permitió filtrarse mientras la razón era desviada hacia temas abstractos, abstruces y escolásticos por aquellos que decían ser letrados. Si los padres de la Iglesia hubieran razonado más sobre asuntos prácticos y regañado menos, este pecado nunca habría aparecido en la sociedad cristiana ni habría reclamado respetabilidad. Cuando el pueblo comience a pensar y a volcar sus facultades de razonamiento sobre este tema, tal como la luz disipa las tinieblas, este grave error huirá.
- La conciencia aún está alerta para condenar el mal y aprobar el bien. La conciencia pública nunca ha sido más sensible ni más delicadamente ajustada, pero carece de inteligencia en este asunto. El ojo no puede ver para determinar la naturaleza de un objeto sin luz, por lo que la conciencia debe ser iluminada, o hecha inteligente por la razón, para permitirle emitir una decisión correcta. La conciencia es la misma en todas las épocas entre todos los pueblos, y cuando sea informada por la investigación y el raciocinio, la condena de la usura será tan unánime como en los siglos del pasado.
La oración es también un medio para este fin justo. Dios sigue estando en Su trono. Su oído no es pesado. Él escucha el clamor del cuervo, de los gorriones y de los leones. Él escucha el clamor de Sus hijos sufrientes y no dejará de acudir en su auxilio.
En todo el pasado, el extremo del hombre ha sido la oportunidad de Dios. El socorro ha llegado en momentos inesperados y por caminos que no se conocían. A veces por medios insignificantes e inadecuados para demostrar que no fue por fuerza ni poder humano; a veces por la fe de un humilde creyente.
Este escritor conoce la historia de David y Goliat desde su infancia. Para él, Mamón, cuya cabeza es la usura, es el gigante filisteo que ahora avanza desafiando a «los ejércitos del Dios viviente», y con una pizca de la fe de David, arroja esta piedra.