Algún día narraré la conmovedora e instructiva historia de mi vida durante aquellos diez años de mi juventud.
Creo que muchísima gente ha tenido una experiencia semejante. Con toda el alma deseaba ser bueno, pero era joven, apasionado y estaba solo, completamente solo cuando buscaba la bondad. Cada vez que intentaba expresar mi más sincero deseo, que era ser moralmente bueno, tropezaba con el desprecio y la burla, pero en cuanto cedía a las pasiones bajas, se me alababa y alentaba.
Ambición, amor al poder, codicia, lascivia, orgullo, ira y venganza: todo era respetado.
Cediendo a esas pasiones, me volví como la gente mayor y sentí que me aprobaban. La amable tía con la que vivía, ella misma el ser más puro, siempre me decía que no deseaba otra cosa para mí sino que tuviera relaciones con una mujer casada: « Rien ne forme un jeune homme, comme une liaison avec une femme comme il faut. »
Otro de los bienes que deseaba para mí era que llegara a ser edecán, y si fuera posible, edecán del emperador. Pero el mayor de los bienes de todos sería que me casara con una muchacha muy rica y llegara así a poseer cuantos más siervos mejor.
No puedo pensar en aquellos años sin horror, repugnancia y dolor de corazón. Maté hombres en la guerra y desafié a hombres a duelo para matarlos. Perdí a las cartas, consumí el trabajo de los campesinos, los condené a castigos, viví libertinamente y engañé a la gente. Mentiras, robo, adulterio de todo tipo, embriaguez, violencia, asesinato: no hubo crimen que no cometiera, y a pesar de eso la gente alababa mi conducta y