antiguamente le era aún más fácil hacerlo), vivir diez o veinte años sin recordar ni una sola vez que vive entre cristianos y que él mismo es considerado miembro de la Iglesia cristiana ortodoxa.
De modo que, ahora como antes, la doctrina religiosa, aceptada por fe ciega y sostenida por una presión externa, se desvanece gradualmente bajo la influencia del conocimiento y de la experiencia de la vida que entran en conflicto con ella, y el hombre muy a menudo sigue viviendo, imaginando que aún conserva intacta la doctrina religiosa que se le inculcó en la infancia, cuando en realidad no queda ni rastro de ella.
S., un hombre inteligente y veraz, me contó una vez la historia de cómo dejó de creer. En una expedición de caza, cuando ya tenía veintiséis años, una vez, en el lugar donde se alojaban para pasar la noche, se arrodilló por la tarde para rezar —un hábito conservado desde la infancia—. Su hermano mayor, que estaba de caza con él, estaba tumbado sobre un poco de heno y lo miraba. Cuando S. hubo terminado y se disponía a pasar la noche, su hermano le dijo: «¿Así que todavía haces eso?».
No volvieron a decirse una sola palabra. Pero a partir de aquel día, S. dejó de rezar y de ir a la iglesia. Y ahora lleva treinta años sin rezar, sin comulgar y sin pisar un templo.
Y esto no porque conozca las convicciones de su hermano y las comparta, ni porque haya tomado una decisión en su propia alma, sino simplemente porque la palabra pronunciada por su hermano fue como el empujón de un dedo contra un muro que estaba a punto de venirse abajo por su propio peso.
La palabra solo demostró que allí donde él creía que había fe, en realidad hacía tiempo que reinaba un espacio vacío, y que, por tanto, pronunciar palabras, hacer la señal de la cruz y hacer genuflexiones al rezar eran actos absolutamente carentes de sentido. Al cobrar conciencia de su sinsentido, no pudo continuar con ellos.