existe la fe le ha hecho la vida posible, y el contorno principal de esa fe es en todas partes y siempre idéntico.
Sea cual fuere la fe, y cualesquiera que sean las respuestas que dé, y a quienquiera que se las dé, cada una de esas respuestas confiere a la existencia finita del hombre un significado infinito, un significado que no queda destruido por los sufrimientos, las privaciones ni la muerte.
Esto significa que solo en la fe podemos encontrar para la vida un sentido y una posibilidad. ¿Qué es, entonces, esta fe?
Y comprendí que la fe no es meramente «la evidencia de las cosas que no se ven», etc., y no es una revelación (lo cual define solo uno de los indicios de la fe), no es la relación del hombre con Dios (primero hay que definir la fe y luego a Dios, y no definir la fe a través de Dios); no es solo el acuerdo con lo que a uno le han dicho (como se suele suponer comúnmente que es la fe), sino que la fe es un conocimiento del sentido de la vida humana como consecuencia del cual el hombre no se destruye a sí mismo, sino que vive.
La fe es la fuerza de la vida. Si un hombre vive, cree en algo. Si no creyera que hay que vivir para algo, no viviría. Si no ve y reconoce la naturaleza ilusoria de lo finito, cree en lo finito; si comprende la naturaleza ilusoria de lo finito, debe creer en lo infinito. Sin fe no puede vivir.
Y recordé todo el curso de mi labor mental y sentí horror. Me quedó claro entonces que, para que el hombre pueda vivir, o bien no debe ver lo infinito, o bien debe poseer una explicación del sentido de la vida que conecte lo finito con lo infinito. Yo había tenido esa explicación; pero mientras creí en lo finito no necesité la explicación, y comencé a verificarla mediante la razón. Y a la luz de la razón toda mi explicación anterior se hizo añicos.