dada por el conocimiento racional es una mera indicación de que solo se puede obtener una respuesta mediante un planteamiento diferente de la pregunta y solo cuando la relación entre lo finito y lo infinito se incluye en la pregunta. Y comprendí que, por muy irracionales y distorsionadas que pudieran ser las respuestas dadas por la fe, tienen esta ventaja: introducen en cada respuesta una relación entre lo finito y lo infinito, sin la cual no puede haber solución.
De la manera que planteara la pregunta, esa relación aparecía en la respuesta. ¿Cómo he de vivir?—Según la ley de Dios. ¿Qué resultado real vendrá de mi vida?—Tormento eterno o bienaventuranza eterna. ¿Qué significado tiene la vida que la muerte no destruya?—La unión con el Dios eterno: el cielo.
De modo que, además del conocimiento racional, que me había parecido el único conocimiento, me vi inevitablemente llevado a reconocer que toda la humanidad viva posee otro conocimiento irracional: la fe, que hace posible la vida.
La fe seguía pareciéndome tan irracional como antes, pero no podía dejar de admitir que ella sola da al hombre una respuesta a las cuestiones de la vida y que, por consiguiente, hace posible la vida.
El conocimiento racional me había llevado a reconocer que la vida carece de sentido; mi vida se había detenido y yo deseaba destruirme.
Mirando en torno a toda la humanidad, vi que las personas viven y afirman conocer el sentido de la vida. Me miré a mí mismo: yo había vivido mientras conocía un sentido de la vida y había hecho posible la vida.
Al mirar de nuevo a los gentes de otras tierras, a mis contemporáneos y a sus antecesores, vi la misma cosa. Donde hay vida, desde que el hombre