plazca". En realidad, yo giraba siempre en torno al mismo e insoluble problema, que era: cómo enseñar sin saber qué enseñar. En las altas esferas de la actividad literaria me había dado cuenta de que uno no podía enseñar sin saber el qué, pues veía que todos enseñaban de manera diferente y que, al pelearse entre ellos, solo lograban ocultarse su ignorancia mutuamente. Pero aquí, con los niños campesinos, pensé en eludir esta dificultad dejando que aprendieran lo que les gustaba. Me divierte ahora cuando recuerdo cómo me evadí al intentar satisfacer mi deseo de enseñar, mientras en lo más profundo de mi alma sabía muy bien que no podía enseñar nada necesario, pues yo no sabía qué era lo necesario. Tras pasar un año en la labor escolar, fui al extranjero por segunda vez para descubrir cómo enseñar a los demás sin saber yo mismo
Y me pareció que esto lo había aprendido en el extranjero, y en el año de la emancipación de los campesinos (1861) regresé a Rusia armado con toda esta sabiduría, y convertido en Arbitro de Paz comencé a enseñar, tanto a los campesinos sin instrucción en las escuelas como a las clases instruidas a través de una revista que publicaba.
Las cosas parecían marchar bien, pero sentía que mi salud mental no estaba del todo bien y que la situación no podría continuar así por mucho tiempo. Y tal vez habría llegado entonces al estado de desesperación al que llegué quince años después de no haber sido por un aspecto de la vida que aún no había explorado y que me prometía la felicidad: ese aspecto era mi matrimonio.
Durante un año me ocupé de la labor arbitral, de las escuelas y de la revista; y quedé tan agotado —como resultado sobre todo de mi confusión mental— y fue tan dura mi lucha como Árbitro, tan oscuros los resultados de mi actividad en las escuelas, tan repulsiva mi vacilación en la revista (que siempre se reducía a una y la misma cosa: el deseo de