«Bueno, tendrás 6.000 desiatinas de tierra en la gobernación de Samara y 300 caballos, ¿y qué más?». … Y yo me quedaba muy desconcertado y no sabía qué pensar.
O cuando pensaba en los planes para la educación de mis hijos, me decía a mí mismo: «¿Para qué?». O cuando consideraba cómo los campesinos podían llegar a prosperar, de repente me decía a mí mismo: «Pero ¿qué me importa?». O cuando pensaba en la fama que mis obras me proporcionarían, me decía: «Muy bien; serás más famoso que Gogol o Pushkin o Shakespeare o Molière, o que todos los escritores del mundo, ¿y qué?». Y no hallaba respuesta en absoluto. Las preguntas no esperaban, había que responderlas de inmediato, y si no las respondía era imposible vivir. Pero no había respuesta.
Sentí que aquello sobre lo que había estado de pie se había derrumbado y que no me quedaba nada bajo los pies.
Aquello de lo que había vivido ya no existía, y no quedaba nada.