El resto de las doce grandes fiestas, a excepción de la Navidad, conmemoraban milagros: aquellas cosas en las que procuraba no pensar para no negarlas: la Ascensión, Pentecostés, la Epifanía, la Fiesta de la Intercesión de la Santísima Virgen, etc. Al celebrar estas festividades, sintiendo que se le atribución importancia a las mismas cosas que para mí presentaban una importancia negativa, o bien ideaba explicaciones tranquilizadoras o cerraba los ojos para no ver lo que me tentaba.
Todo esto me sucedía sobre todo al participar en los sacramentos más habituales, considerados los más importantes: el bautismo y la comunión. Allí me encontraba con actos no incomprensibles, sino plenamente comprensibles: actos que me parecía que conducían a la tentación, y me hallaba ante un dilema: mentir o rechazarlos.
Jamás olvidaré el doloroso sentimiento que experimenté el día que recibí la Eucaristía por primera vez después de muchos años. El servicio, la confesión y las oraciones eran perfectamente inteligibles y produjeron en mí la alegre conciencia de que el sentido de la vida me estaba siendo revelado. La Comunión en sí la interpreté como un acto realizado en memoria de Cristo, que indicaba una purificación del pecado y la aceptación plena de las enseñanzas de Cristo. Si dicha explicación era artificial, no advertí su artificialidad: tan feliz me sentía al humillarme y abasarme ante el sacerdote —un clérigo rural, sencillo y tímido—, al vaciar toda la suciedad de mi alma y confesar mis vicios; tan contento estaba de fundirme en el pensamiento con la humildad de los padres que redactaron las oraciones del oficio, tan dichoso me sentía de la unión con todos los que han creído y creen ahora, que no reparé en la artificialidad