menos que quemar los libros y apartar al hombre que está descarriando a sus hijos. ¿Qué se debe hacer con un sectario —abrasado, en opinión de los ortodoxos, por el fuego de la falsa doctrina— que en el asunto más importante de la vida, en la fe, descarria a los hijos de la Iglesia? ¿Qué se puede hacer con él, sino cortarle la cabeza o encarcelarlo? En tiempos del zar Alekséi Mijáilovich se quemaba a la gente en la hoguera, es decir, se aplicaba el método de castigo más severo de la época, y en nuestros días también se aplica el método de castigo más severo: el confinamiento solitario.
La segunda relación de la Iglesia con una cuestión de la vida se refería a la guerra y las ejecuciones.
Por entonces Rusia estaba en guerra. Y los rusos, en nombre del amor cristiano, empezaron a matar a sus prójimos.
Era imposible no pensar en esto, y no ver que el matar es un mal repugnante para los principios primeros de cualquier fe.
Sin embargo, en las iglesias se rezaba por el éxito de nuestras armas, y los maestros de la fe reconocían que matar era un acto derivado de la fe. Y además de los asesinatos durante la guerra, vi, durante los disturbios que siguieron a la guerra, a dignatarios de la Iglesia, maestros y monjes de las órdenes menores y más estrictas que aprobaban el asesinato de jóvenes desvalidos y extraviados.
Y tomé nota de todo lo que hacen los hombres que profesan el cristianismo, y me horroricé.