conspicua”.
“Como en los viejos tiempos, Umangi, de la margen derecha, y Mpa, de la margen izquierda, enviaron a sus representantes con colmillos de marfil, grandes y pequeños, cabras y ovejas, y alimentos vegetales, exigiendo a gritos que les compráramos. Tan urgentes súplicas, acompañadas de halagos para que adquiriéramos sus existencias, eran difíciles de resistir”.
“Hablo de ávidos comerciantes nativos que nos seguían durante millas por el trozo de tela más insignificante. Menciono que, tras viajar muchas millas para conseguir tela a cambio de marfil y polvo de madera roja, los desesperados nativos preguntaban:
«Bien, ¿qué es lo que queréis? Decídnoslo, y lo conseguiremos para vosotros»”.
Hablando del escepticismo inglés respecto a las intenciones del rey Leopoldo, dice:
“Aunque comprenden la satisfacción de un sentimiento cuando se aplica a Inglaterra, tardan en comprender que puede ser un sentimiento el que indujo al rey Leopoldo II a apadrinar esta Asociación Internacional. Es un soñador, como sus confrères en la obra, porque el sentimiento se aplica a los millones olvidados del Continente Negro. No pueden apreciar debidamente, por no llevar anejos dividendos, este sentimiento ardiente, vivificador y expansivo, que busca extender las influencias civilizadoras entre las razas oscuras, y alegrar con el fulgor de la civilización los lugares oscuros de la melancólica África”.
No se pueden dejar pasar estos extractos sin señalar que Bolobo, el primer lugar nombrado por Stanley, ha visto descender su población de 40.000 a 7.000 habitantes; que Irebu, llamada por Stanley la populosa Venecia del Congo, tenía en 1903 una población de cincuenta; que los