LA SITUACIÓN POLÍTICA
No he tocado en esta exposición la vertiente financiera del Estado del Congo. Hay allí un gran escándalo, tan grande que aún no se han definido sus límites. No me adentraré en ese atolladero. Si los belgas desean dejarse engañar en este asunto, y ver su buen nombre comprometido tanto en las finanzas como en la moralidad, serán ellos quienes al final sufran las consecuencias.
Uno puede limitarse a señalar los puntos principales: que durante la existencia independiente del Estado del Congo todas las cuentas se han mantenido en secreto, que nunca se han publicado los presupuestos del año pasado, sino únicamente las previsiones para el próximo, que el Estado ha obtenido enormes beneficios, a pesar de lo cual ha pedido dinero prestado, y que las grandes sumas resultantes se han invertido en especulaciones en China y en otros lugares; que se ha podido rastrear hasta el Rey sumas que ascienden en total a al menos 7.000.000 de libras esterlinas, y que este dinero se ha gastado en parte en edificios en Bélgica, en parte en terrenos en el mismo país, en parte en construcciones en la Riviera, en parte en la corrupción de hombres públicos y de la prensa europea y americana (temo que la nuestra no esté del todo inmaculada) y, finalmente, en los gastos de una vida privada que ha hecho que el nombre del rey Leopoldo sea tristemente célebre en toda Europa.
De las compañías culpables, la más pobre parece pagar un cincuenta por ciento anual y la más rica un setecientos por ciento. Ahí dejaré este desagradable aspecto de la cuestión. Es a la humanidad a la que apelo, y esta se ocupa de cosas más elevadas.
Antes de dar fin a mi tarea, sin embargo, quisiera ofrecer una breve reseña de la evolución de la situación política en lo que respecta, en primer lugar, a Gran Bretaña y el Estado del Congo; y, en segundo lugar, a Gran Bretaña y Bélgica. En ambos casos, Gran Bretaña fue, en verdad, la portavoz del mundo civilizado.
Hasta donde se puede rastrear, el Gobierno británico no planteó ninguna protesta firme en el momento en que el Estado del Congo dio el paso fatal, causa directa de todo lo sucedido después, de abandonar el camino honesto, transitado hasta entonces por todas las colonias europeas, y apropiarse de las tierras del país como si fueran suyas.
Solo en 1896 encontramos protestas contra los malos tratos a los súbditos de color británicos, que culminaron con una declaración en el Parlamento por parte de Mr. Chamberlain en el sentido de que no se permitiría ningún reclutamiento más. Por primera vez nos habíamos mostrado en profundo desacuerdo con la política del Estado del Congo.
En abril de 1897, Sir Charles Dilke promovió un debate sobre los asuntos del Congo sin ningún resultado definitivo.
Nuestros propios problemas en Sudáfrica (problemas que provocaron en Bélgica una explosión de indignación ante ultrajes británicos totalmente imaginarios durante la guerra) nos dejaron poco tiempo para cumplir con nuestras obligaciones del Tratado hacia los nativos del Congo. En 1903 el asunto volvió a imponerse y se celebró un debate considerable en la Cámara de los Comunes, que concluyó con la aprobación de una resolución, con una unanimidad casi completa, en el siguiente sentido:
«Que el Gobierno del Estado Independiente del Congo, habiendo garantizado en sus orígenes a las Potencias que sus súbditos nativos serían gobernados con humanidad, y que no se permitiría ningún monopolio comercial ni privilegio dentro de sus dominios; esta Cámara solicita al Gobierno de Su Majestad que acuerde con las demás Potencias, signatarias del Acta General de Berlín, en virtud de la cual existe el Estado Independiente del Congo, a fin de que puedan adoptarse medidas para mitigar los males imperantes en dicho Estado».
En julio del mismo año tuvo lugar el famoso debate de tres días en la Cámara belga, que fue inaugurado en realidad por la resolución británica.
En este debate, los dos valientes reformistas, Vandervelde y Lorand, aunque aplastados por la fuerza de votación de sus oponentes, se llevaron todos los honores de la guerra. El señor de Favereau, ministro de Asuntos Exteriores, explicó alternativamente que no había conexión alguna entre Bélgica y el Estado del Congo, y que constituía una falta de patriotismo belga atacar a este último.
La política del Estado del Congo fue respaldada y defendida por el Gobierno belga de una manera que debe vincularlo para siempre con todos los crímenes que he relatado. Ningún miembro de la administración del Congo habría podido expresar el espíritu íntimo de la administración del Congo con tanta concisión como el señor de Smet de Naeyer cuando dijo, hablando de los nativos:
«No tienen derecho a nada. Lo que se les da es una pura gracia».
¡Hubo jamás en el mundo una declaración semejante por parte de un estadista responsable! En 1885 se funda un Estado para la «mejora moral y material de las razas nativas». En 1903 el nativo «no tiene derecho a nada». Ambas frases marcan el principio y el fin del viaje del rey Leopoldo.
En 1904, el Gobierno británico demostró su constante inquietud y repulsión ante el estado de cosas en el Congo mediante la publicación del verdaderamente espantoso informe del cónsul Casement.
Este documento, distribuido oficialmente por todo el mundo, debió de haber abierto los ojos a las naciones, si es que alguna aún los tenía cerrados, sobre el verdadero objetivo y desarrollo de la empresa del rey Leopoldo.
Se esperaba que esta medida por parte de Gran Bretaña fuera el primer paso hacia la intervención y, de hecho, Lord Lansdowne dejó claro sin ambages que nuestra mano estaba tendida y que, si cualquier otra nación decidía tomarla, procederíamos juntos a la tarea de la reforma obligatoria.
No le hace honor a las naciones civilizadas que ninguna estuviera dispuesta a responder al llamamiento. Si, finalmente, nos vemos obligados a actuar solos, no podrán decir que no pedimos y deseamos su cooperación.
A partir de esta fecha las amonestaciones por parte del Gobierno británico fueron frecuentes, aunque representaban inadecuadamente la ira y la impaciencia de aquellos súbditos británicos que conocían el verdadero estado de las cosas.
El Gobierno británico se abstuvo de llegar a extremos porque se entendía que en breve se produciría una anexión belga, y se esperaba que esto marcara el comienzo de tiempos mejores sin necesidad de nuestra intervención.
La demora sucedió a la demora, y no se hizo nada.
Un Gobierno liberal se mostraba tan interesado en el asunto como su predecesor unionista, pero aun así la etiqueta diplomática les retrasaba a la hora de llegar a una conclusión definitiva.
Nota tras nota se sucedían, mientras una gran población se hundía en la esclavitud y la desesperación.
En agosto de 1906, sir Edward Grey declaró que «no podíamos esperar eternamente», y sin embargo vemos que sigue esperando todavía.
En 1908 llegó por fin la tan ansiada anexión, y el Estado del Congo cambió la bandera azul con la estrella dorada por la tricolor de Bélgica. Se prometieron reformas inmediatas y radicales, pero el asunto terminó como lo habían hecho todas las promesas anteriores.
En 1909 M. Renkin, el ministro colonial belga, viajó para inspeccionar el Estado del Congo y tuvo la franqueza, antes de partir, de decir que allí no se cambiaría nada. Esta garantía la repitió en Boma, con un floreo sobre el «genial monarca» que presidía sus destinos.
Para cuando este folleto esté impreso, el señor Renkin habrá regresado, sin duda con el discurso habitual sobre reformas menores, que tardarán otro año en producirse y que serán totalmente fútiles al llevarse a la práctica. Pero el mundo ha visto este juego demasiadas veces. Seguramente no se dejará tomar el pelo otra vez. Hay un límite para la paciencia europea.
Mientras tanto, en este mismo mes de agosto de 1909, un año entero después de la anexión por parte de Bélgica (una anexión que, cabe mencionar, no será reconocida oficialmente por la Gran Bretaña hasta que esté satisfecha en el asunto de las reformas), el príncipe Alberto, heredero al trono, ha regresado del Congo. Él dice:
“El Congo es un país maravilloso, que ofrece recursos ilimitados a los hombres de empresa. En mi opinión, nuestra colonia será un factor importante en el bienestar de nuestro país, cualesquiera que sean los sacrificios que tengamos que hacer para su desarrollo. Lo que debemos hacer es trabajar por la regeneración moral de los nativos, mejorar su situación material, suprimir el flagelo de la enfermedad del sueño y construir nuevos ferrocarriles”.
«¡Regeneración moral de los indígenas!» Regeneración moral de su propia familia y de su propio país: eso es lo que la situación exige.