CÓMO SE FUNDÓ EL ESTADO LIBRE DEL CONGO
En los primeros años de su reinado, el rey Leopoldo de Bélgica comenzó a mostrar ese interés por el África Central que durante mucho tiempo se atribuyó a la nobleza y a la filantropía, hasta que el contraste entre tales motivos y el comercialismo inescrupuloso real se volvió demasiado flagrante como para sostenerse.
Ya en el año 1876 convocó a una conferencia de humanitarios y viajeros, que se reunieron en Bruselas con el propósito de debatir diversos planes mediante los cuales el Continente Negro pudiera abrirse. De esta conferencia surgió la denominada Asociación Africana Internacional que, a pesar de su nombre, era casi en su totalidad un organismo belga, con el rey de los belgas como presidente. Su objetivo declarado era la exploración del país y la fundación de estaciones que debían ser casas de descanso para viajeros y centros de civilización.
A la vuelta de Stanley de su gran viaje en 1878, fue recibido en Marsella por un representante del rey de los belgas, quien reclutó al famoso viajero como agente de su Asociación. La tarea inmediata encomendada a Stanley fue abrir el Congo al comercio y llegar a acuerdos con los nativos que permitieran construir estaciones y establecer depósitos.
En 1879, Stanley trabajaba con su energía característica. Sus propias intenciones eran admirables.
«Solo necesitaremos un mero contacto —escribió— para convencer a los nativos de que nuestras intenciones son puras y honrables, y que buscamos su propio bien, material y social, más que nuestros propios intereses. Vamos a difundir las bendiciones que surgen del trato amable y justo con personas que les han sido ajenas».
Stanley era un hombre duro, pero no un hipócrita. Lo que dijo, sin duda lo sentía. Vale la pena señalar, en vista de los relatos sobre la pereza o la estupidez de los nativos ofrecidos por los apologistas del rey Leopoldo para justificar su conducta hacia ellos, que Stanley tenía una opinión altísima de su laboriosidad y capacidad comercial. Los siguientes extractos de sus escritos dejan este asunto fuera de toda duda:
“Bolobo es un gran centro para el comercio de marfil y polvo de sándalo rojo, principalmente porque su gente es muy emprendedora”.
De Irebu («una Venecia del Congo»), dice:
“Estas personas conocían muy bien muchas tierras y tribus del Alto Congo. Desde Stanley Pool hasta Upoto, una distancia de 6.000 millas, conocían cada desembarcadero de las orillas del río. Todos los vaivenes de la vida salvaje, todas las ganancias y pérdidas derivadas del trueque, todas las artes diplomáticas usadas por los salvajes llenos de tacto, les eran tan conocidas como el alfabeto romano a nosotros....
No es de extrañar que todo este conocimiento comercial hubiera dejado sus huellas en sus rostros; en verdad, es lo mismo que en vuestras propias ciudades de Europa. ¿No conocéis acaso al militar entre vosotros, al abogado y al mercader, al banquero, al artista o al poeta? Es lo mismo en África, MÁS ESPECIALMENTE EN EL CONGO, DONDE LA GENTE ES TAN AFICIONADA AL COMERCIO.”
“Durante los pocos días de nuestro trato mutuo, nos dieron una gran idea de sus cualidades; no siendo la industria, a su manera, la menos conspicua”.
“Como en los viejos tiempos, Umangi, de la margen derecha, y Mpa, de la margen izquierda, enviaron a sus representantes con colmillos de marfil, grandes y pequeños, cabras y ovejas, y alimentos vegetales, exigiendo a gritos que les compráramos. Tan urgentes súplicas, acompañadas de halagos para que adquiriéramos sus existencias, eran difíciles de resistir”.
“Hablo de ávidos comerciantes nativos que nos seguían durante millas por el trozo de tela más insignificante. Menciono que, tras viajar muchas millas para conseguir tela a cambio de marfil y polvo de madera roja, los desesperados nativos preguntaban:
«Bien, ¿qué es lo que queréis? Decídnoslo, y lo conseguiremos para vosotros»”.
Hablando del escepticismo inglés respecto a las intenciones del rey Leopoldo, dice:
“Aunque comprenden la satisfacción de un sentimiento cuando se aplica a Inglaterra, tardan en comprender que puede ser un sentimiento el que indujo al rey Leopoldo II a apadrinar esta Asociación Internacional. Es un soñador, como sus confrères en la obra, porque el sentimiento se aplica a los millones olvidados del Continente Negro. No pueden apreciar debidamente, por no llevar anejos dividendos, este sentimiento ardiente, vivificador y expansivo, que busca extender las influencias civilizadoras entre las razas oscuras, y alegrar con el fulgor de la civilización los lugares oscuros de la melancólica África”.
No se pueden dejar pasar estos extractos sin señalar que Bolobo, el primer lugar nombrado por Stanley, ha visto descender su población de 40.000 a 7.000 habitantes; que Irebu, llamada por Stanley la populosa Venecia del Congo, tenía en 1903 una población de cincuenta; que los nativos que solían seguir a Stanley, suplicándole que comerciara, ahora, según el cónsul Casement, huyen a la selva ante la aproximación de un vapor, y que el desinteresado sentimiento del rey Leopoldo II se ha convertido en dividendos del 300 por ciento anual.
Tal es la diferencia entre las expectativas de Stanley y su cumplimiento real.
Sin embargo, sin abrigar ninguna visión sobre los efectos destructivos de su propia obra, Stanley trabajó arduamente entre los jefes nativos y regresó con su empleador con nada menos que 450 supuestos tratados que transferían tierras a la Asociación. No tenemos registros del pago exacto realizado para obtener estos tratados, pero sí los términos de una transacción similar llevada a cabo por un oficial belga en 1883 en Palabala. En este caso, el pago realizado al jefe consistió en «una casaca de paño rojo con adornos dorados, una gorra roja, una túnica blanca, una pieza de tela blanca de algodón, una pieza de points rojos, una caja de licores, cuatro damajuanas de ron, dos cajas de ginebra, 128 botellas de ginebra, veinte pañuelos rojos, cuarenta camisetas y cuarenta gorros de algodón viejos». Es evidente que al firmar tales tratados el jefe creía que estaba dando permiso para el establecimiento de una estación. La idea de que en realidad estaba enajenando la tierra por trueque nunca pasó por su mente, ya que esta se poseía mediante un régimen de tenencia comunal para toda la tribu, y no era suya para comerciar con ella. Y, sin embargo, es sobre la base de tratados como estos que veinte millones de personas han sido expropiadas y que toda la riqueza y la tierra del país se han proclamado propiedad, no de los habitantes, sino del Estado, es decir, del rey Leopoldo.
Con este fajo de tratados en su cartera, el rey de los belgas se acercó entonces a las Potencias con elevados sentimientos de humanitarismo, y con la petición concreta de que el Estado que estaba formando recibiera algún estatus reconocido entre las naciones.
¿Era en aquel momento conscientemente hipócrita? ¿Preveía ya hasta qué punto sus futuras acciones diferirían de sus presentes declaraciones?
Es un problema que interesará al historiador del futuro, el cual quizá disponga de más materiales que nosotros para formarse un juicio.
- Por un lado, había un secreto furtivo en la evolución de sus planes y el envío de sus expediciones que no debería tener cabida en una empresa filantrópica.
- Por otro lado, hay límites en los poderes humanos de engaño, y resulta casi inconcebible que un hombre que estuviera representando un papel pudiera engañar tan por completo a todo el mundo civilizado.
Es más probable, según me parece, que su mente ambiciosa discerniera que le era posible adquirir un campo de acción que su pequeño reino no podía darle, mezclándose en los asuntos de África.
Eligió el camino obvio, el de una misión civilizadora y elevadora, tomando la línea de menor resistencia sin ninguna idea definida de adónde podría conducirlo.
Una vez frente a los hechos, su astuto cerebro percibió las grandes posibilidades materiales del país; sus primeros sueños se desvanecieron para ser reemplazados por una codicia sin escrúpulos, y paso a paso fue arrastrado hacia abajo hasta que él, el hombre de aspiraciones santas en 1885, se encuentra ahora en 1909 con una nube de tan terrible responsabilidad personal directa sobre sus hombros como ningún otro hombre en la historia europea moderna ha tenido que soportar.
Es, en verdad, ridículo, con nuestro conocimiento del resultado, leer las declaraciones del Rey y de sus representantes en aquella época. En realidad estaban formando el más estricto de los monopolios comerciales: una organización destinada a aplastar todo el comercio privado general en un país tan grande como toda Europa excluida Rusia. Ese fue el resultado admitido de su empresa. Ahora escuchad al señor Beernaert, el primer ministro belga, hablando en el año 1885:
“El Estado, del que nuestro Rey será el soberano, será una especie de Colonia internacional. No habrá monopolios ni privilegios...
Todo lo contrario: absoluta libertad de comercio, libertad de propiedad, libertad de navegación”.
Aquí están también las palabras del barón Lambermont, el plenipotenciario belga en la Conferencia de Berlín:
“La tentación de imponer impuestos abusivos encontrará su correctivo, si es necesario, en la libertad de comercio... No cabe duda alguna en cuanto al sentido estricto y literal de la expresión «en asuntos comerciales». Significa... el derecho ilimitado de todos a comprar y a vender”.
La cuestión de la humanidad es tan urgente que oscurece la de los compromisos comerciales incumplidos, pero solo en cuanto a estos últimos hay sobrados motivos para afirmar que todas las condiciones sobre las cuales se fundó este Estado han sido abierta y notoriamente violadas y que, por lo tanto, sus títulos de propiedad están viciados desde el principio.
En la época en que las profesiones del Rey hicieron de todo el mundo sus entusiastas aliados. Los Estados Unidos fueron los primeros en apresurarse a dar reconocimiento formal al nuevo Estado. Que sea el primero, también, en comprender la verdad y dar pasos públicos para retractarse de lo que ha hecho.
Las iglesias y las Cámaras de Comercio de Gran Bretaña estaban todas a favor de Leopoldo; las primeras atraídas por la perspectiva de introducir sus misiones en el corazón de África, las segundas encantadas con el ofrecimiento de un mercado abierto para sus productos.
En el Congreso de Berlín, que fue convocado para regular la situación, las naciones compitieron entre sí para impulsar los planes del Rey de los Belgas y ensalzar sus elevados propósitos. El Estado Libre del Congo fue creado en medio de regocijos generales. El veterano Bismarck, tan crédulo como los demás, pronunció su bendición bautismal:
«El nuevo Estado del Congo está llamado», dijo, «a convertirse en uno de los principales promotores de la obra» (de la civilización) «que tenemos a la vista, y ruego por su próspero desarrollo y por el cumplimiento de las nobles aspiraciones de su ilustre fundador».
Tal fue el nacimiento del Estado Libre del Congo. Si las naciones allí reunidas hubieran sido capaces de percibir su futuro, la traición a la religión y a la civilización de la que sería culpable, la inmensa serie de crímenes que perpetraría en toda el África Central, el menoscabo del prestigio de todas las razas blancas, seguramente habrían estrangulado al monstruo en su cuna.
No es necesario consignar en esta declaración la totalidad de las disposiciones del Congreso de Berlín. Dos tan solo serán suficientes, ya que son al mismo tiempo las más importantes y las más flagrantemente conculcadas. La primera de ellas (que constituye el artículo quinto del acuerdo) proclama que «A ninguna Potencia que ejerza derechos soberanos en dichas regiones le estará permitido conceder en ellas monopolio ni privilegio de clase alguna en materia comercial». No podría haber palabras más claras, pero los representantes belgas, conscientes de que semejante cláusula tenía que desarmar toda oposición, hicieron todo lo posible por recalcarla. «No se puede crear ninguna situación privilegiada a este respecto», dijeron. «El camino permanece abierto sin restricción alguna a la libre competencia en la esfera del comercio». Sería interesante ahora enviar una expedición comercial británica o alemana río arriba por el Congo en busca de esa libre competencia que tan explícitamente se prometió, y ver cómo le iría entre el Gobierno monopolista y las compañías monopolistas que se han repartido la tierra entre ellas. Hemos avanzado un buen trecho desde que el príncipe Bismarck, en la última sesión de la Conferencia, declaró que el resultado era «garantizar al comercio de todas las naciones el libre acceso al centro del continente africano».
Más importante, sin embargo, es el Artículo VI, tanto por los temas en juego como porque los firmantes del tratado se comprometieron solemnemente, «en el nombre de Dios Todopoderoso», a velar por su cumplimiento. Decía así:
«Todas las Potencias que ejercen derechos soberanos o influencia en estos territorios se comprometen a velar por la conservación de las poblaciones indígenas y por la mejora de sus condiciones morales y materiales de existencia, y a colaborar en la abolición de la esclavitud y de la trata de esclavos».
Ese fue el compromiso de las naciones unidas de Europa.
Es una vergüenza para cada uno de ellos, incluyéndonos a nosotros mismos, la manera en que han cumplido ese juramento.
Ante sus ojos, como mostraré más adelante, se ha representado una larga y horrible tragedia, abalada por sacerdotes y misioneros, comerciantes, viajeros y cónsules, todo ello corroborado, pero de ningún modo enmendado, por una comisión de encuesta belga.
Han visto a estas infelices gentes, que estaban bajo su tutela, despojadas de todo cuanto poseían, corrompidas, degradadas, mutiladas, torturadas, asesinadas, todo ello a una escala como jamás, que yo sepa, había ocurrido antes en toda la historia, y ahora, después de todos estos años, con todos los hechos siendo de dominio público, seguimos todavía en la etapa de las corteses apostrofaciones diplomáticas.
No sirve de respuesta decir que Francia y Alemania han mostrado aún menos consideración por la promesa que hicieron en Berlín. Un individuo no justifica el hecho de haber faltado a su palabra señalando que su vecino ha hecho lo mismo.