CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Hound of the BaskervillesPublic
EspañolEnglish
Página 13 de 20
Table of Contents

IX. La luz sobre el páramo

Segundo informe del Dr. Watson

La luz sobre el páramo.

Baskerville Hall, 15 de octubre.

Mi querido Holmes:

Si me vio obligado a dejarle sin muchas noticias durante los primeros días de mi misión, habrá de reconocer que ahora estoy recuperando el tiempo perdido y que los acontecimientos se agolpan de forma vertiginosa a nuestro alrededor. En mi último informe terminé con mi nota más alta, con Barrymore en la ventana, y ahora dispongo ya de un auténtico dossier que, a menos que me equivoque mucho, le sorprenderá considerablemente. Las cosas han tomado un giro que no habría podido prever. En ciertos aspectos se han vuelto mucho más claras en las últimas cuarenta horas y, en otros, más complicadas. Pero se lo contaré todo y usted juzgará por sí mismo.

Antes de desayunar, en la mañana siguiente a mi aventura, bajé por el corredor y examiné la habitación en la que Barrymore había estado la noche anterior. La ventana occidental a través de la cual había mirado tan fijamente tiene, según noté, una peculiaridad por encima de todas las demás ventanas de la casa: ofrece la perspectiva más directa de la ciénaga. Hay una abertura entre dos árboles que permite, desde este punto de vista, contemplarla directamente, mientras que desde todas las otras ventanas solo se obtiene un atisbo lejano. De ello se deduce que Barrymore, puesto que solo esta ventana servía para tal propósito, debía de estar buscando algo o a alguien en la ciénaga. La noche era muy oscura, por lo que apenas puedo imaginar cómo podía abrigar la esperanza de ver a alguien. Se me había ocurrido la posibilidad de que estuviera en marcha alguna intriga amorosa. Eso habría explicado sus movimientos sigilosos y también la inquietud de su esposa. El hombre es un tipo llamativo, muy bien dotado para robarle el corazón a una chica de pueblo, de modo que esta teoría parecía tener algo en qué apoyarse. Esa apertura de la puerta que había oído tras regresar a mi habitación podría significar que había salido para acudir a una cita clandestina. Así razoné conmigo mismo por la mañana, y le cuento la dirección de mis sospechas, por mucho que el resultado haya demostrado que carecían de fundamento.

Pero, fuera cual fuese la verdadera explicación de los movimientos de Barrymore, sentía que la responsabilidad de guardármelos para mí hasta poder explicarlos era superior a lo que podía soportar. Me entrevisté con el baronet en su estudio después de desayunar y le conté todo lo que había visto. Él se mostró menos sorprendido de lo que esperaba.

—Sabía que Barrymore rondaba por las noches, y tenía la intención de hablar con él al respecto —dijo—. Dos o tres veces he oído sus pasos en el pasillo, de ida y vuelta, justo a la hora que menciona.

—Quizá entonces visite todas las noches esa ventana en particular —sugirió él.

—Quizá lo haga. Si es así, deberíamos poder vigilarle y ver qué es lo que busca. Me pregunto qué haría su amigo Holmes si estuviera aquí.

—Creo que haría exactamente lo que usted sugiere ahora —le contesté—. Seguiría a Barrymore para ver qué hace.

—Entonces lo haremos juntos.

—Pero sin duda nos oirá.

—El hombre es algo sordo y, en cualquier caso, debemos correr el riesgo. Nos quedaremos despiertos en mi habitación esta noche y esperaremos hasta que pase. —Sir Henry se frotó las manos con placer, y era evidente que acogía la aventura como un alivio para su vida algo monótona en la ciénaga.

El baronet ha estado en comunicación con el arquitecto que preparó los planos para sir Charles y con un contratista de Londres, de modo que podemos esperar que grandes cambios comiencen aquí pronto. Ha habido decoradores y suministradores de mobiliario de Plymouth, y es evidente que nuestro amigo tiene grandes ideas y no escatimará esfuerzos ni gastos para restaurar la grandeza de su familia. Cuando la casa esté renovada y amueblada, lo único que necesitará para completarla será una esposa. Entre nosostros, hay indicios bastante claros de que esta no faltará si la dama está dispuesta, pues pocas veces he visto a un hombre más encaprichado de una mujer que él de nuestra hermosa vecina, la señorita Stapleton. Y, sin embargo, el curso del amor verdadero no transcurre de forma tan fluida como cabría esperar dadas las circunstancias. Hoy, por ejemplo, su superficie se vio alterada por una inesperada onda que ha causado a nuestro amigo considerable perplejidad y molestia.

Tras la conversación que he citado acerca de Barrymore, sir Henry se puso el sombrero y se dispuso a salir. Como era natural, hice lo mismo.

—¿Qué, vienes, Watson? —preguntó, mirándome de un modo curioso.

—Eso depende de si va a la ciénaga —dije.

—Sí, voy.

—Bueno, ya sabe cuáles son mis instrucciones. Siento ser inoportuno, pero oyó con cuánta insistencia recalcó Holmes que no debía dejarle solo, y en especial que usted no fuera solo a la ciénaga.

Sir Henry puso una mano sobre mi hombro con una amable sonrisa.

—Querido amigo —dijo—, Holmes, con toda su sabiduría, no previó algunas cosas que han sucedido desde que estoy en la ciénaga. ¿Me comprende? Estoy seguro de que usted es la última persona en el mundo que desearía hacer de aguafiestas. Debo salir solo.

Me colocó en una posición sumamente embarazosa. No sabía qué decir ni qué hacer y, antes de haberme decidido, cogió su bastón y se marchó.

Pero cuando me puse a pensar en el asunto, mi conciencia me reprochó amargamente haber permitido, bajo cualquier pretexto, que se alejara de mi vista. Imaginé cuáles serían mis sentimientos si tuviera que regresar a usted y confesarle que había ocurrido alguna desgracia debido a mi desatención a sus instrucciones. Le aseguro que mis mejillas se enrojecieron al solo pensarlo. Quizá ni siquiera ahora fuera demasiado tarde para alcanzarle, así que partí de inmediato en dirección a Merripit House.

Avancé a toda prisa por el camino a la máxima velocidad sin ver rastro de sir Henry, hasta llegar al punto donde se bifurca el sendero de la ciénaga. Allí, temiendo haberme equivocado de dirección después de todo, subí a una colina desde la que podía dominar una vista panorámica: la misma colina cortada por la oscura cantera. Desde allí lo vi al instante. Estaba en el sendero de la ciénaga a cosa de un cuarto de milla, y a su lado marchaba una dama que no podía ser otra que la señorita Stapleton. Era evidente que ya existía un entendimiento entre ellos y que se habían citado. Caminaban despacio, profundamente absortos en su conversación, y la vi hacer pequeños y rápidos movimientos con las manos como si estuviera muy vehemente en lo que decía, mientras él escuchaba con atención y, una o dos veces, negaba enérgicamente con la cabeza. Me quedé entre las rocas observándoles, muy desconcertado sobre qué debía hacer a continuación. Seguirles e irrumpir en su íntima conversación parecía una atrocidad, y sin embargo mi claro deber era no perderle de vista ni por un instante. Hacer de espía con un amigo era una tarea aborrecida. Aun así, no se me ocurría mejor curso de acción que observarle desde la colina y tranquilizar mi conciencia confesándole después lo que había hecho. Es cierto que, de haberle amenazado algún peligro repentino, estaba demasiado lejos para resultar útil; y, sin embargo, estoy seguro de que usted coincidirá conmigo en que la situación era muy difícil y en que no había nada más que pudiera hacer.

Nuestro amigo sir Henry y la dama se habían detenido en el sendero y estaban profundamente absortos en su charla, cuando de pronto me di cuenta de que no era el único testigo de su entrevista. Un jirón verde que flotaba en el aire llamó mi atención, y otra ojeada me reveló que lo llevaba en un palo un hombre que se desplazaba entre el terreno accidentado. Era Stapleton con su red para mariposas. Estaba mucho más cerca de la pareja que yo, y parecía avanzar en dirección a ellos. En ese instante, sir Henry atrajo bruscamente a la señorita Stapleton hacia su lado. Tenía el brazo rodeándola, pero me pareció que ella se apartaba forcejeando con el rostro desviado. Él inclinó la cabeza hacia la de ella, y ella levantó una mano como en señal de protesta. Al momento siguiente los vi separarse de un salto y volverse a toda prisa. Stapleton era la causa de la interrupción. Corría frenético hacia ellos, con su absurda red colgando a la espalda. Gesticulaba y casi bailaba de excitación frente a los enamorados. Qué significaba aquella escena no podía imaginarlo, pero me pareció que Stapleton estaba increpando a sir Henry, quien ofrecía explicaciones que se volvían más airadas a medida que el otro se negaba a aceptarlas. La dama permanecía a un lado en altivo silencio. Finalmente Stapleton dio media vuelta e hizo una seña imperativa a su hermana que, tras una vacilante mirada a sir Henry, se marchó al lado de su hermano. Los furiosos gestos del naturalista demostraban que la dama estaba incluida en su desagrado. El baronet se quedó un minuto mirando cómo se alejaban y luego desanduvo el camino lentamente, con la cabeza gacha, la viva imagen del abatimiento.

Qué significaba todo aquello no alcanzaba a imaginarlo, pero me avergonzaba profundamente haber presenciado una escena tan íntima a espaldas de mi amigo. Así pues, corrí colina abajo y me encontré con el baronet al pie de la misma. Su rostro estaba enrojecido por la ira y tenía las cejas fruncidas, como alguien que se encuentra al límite de su desconcierto sobre qué hacer.

—¡Hola, Watson! ¿De dónde ha caído usted? —dijo—. ¡No querrá decir que me ha seguido a pesar de todo!

Se lo expliqué todo: cómo me había sido imposible quedarme atrás, cómo le había seguido y cómo había presenciado cuanto había ocurrido. Por un instante sus ojos centellearon hacia mí, pero mi franqueza desarmó su enojo y estalló al fin en una risa bastante apesadumbrada.

—Uno habría pensado que en medio de ese páramo estaría lo bastante a salvo para guardar la intimidad —dijo—, pero, ¡rayos!, parece que toda la comarca ha salido a verme cortejar... ¡y a fe que ha sido un pésimo cortejo! ¿Dónde tenía reservado su asiento?

—Estaba en aquella colina.

—¿En la última fila, eh? Pero su hermano sí que estaba bien situado en primera línea. ¿Le vio abalanzarse sobre nosotros?

—Sí, lo vi.

—¿Le ha parecido alguna vez que estuviera loco... este hermano de ella?

—No puedo decir que lo haya parecido nunca.

—Supongo que no. Siempre lo creí bastante cuerdo hasta hoy, pero créame que o él o yo deberíamos llevar camisa de fuerza. ¿Qué me pasa, al fin y al cabo? Ha vivido cerca de mí unas cuantas semanas, Watson. ¡Dígamelo sin rodeos ahora! ¿Hay algo que me impida ser un buen esposo para la mujer que amo?

—Yo diría que no.

—Él no puede poner objeciones a mi posición social, así que debe de ser a mí a quien le tiene ojeriza. ¿Qué tiene contra mí? Que yo sepa, jamás he hecho daño a hombre ni a mujer en mi vida. Y sin embargo no quiso ni dejarme rozar las puntas de sus dedos.

—¿Dijo eso?

—Eso y mucho más. Le digo, Watson, que solo hace unas semanas que la conozco, pero desde el principio sentí que estaba hecha para mí, y ella también... era feliz cuando estaba conmigo, y eso lo juro. Hay un brillo en los ojos de una mujer que habla más alto que las palabras. Pero él nunca nos ha dejado estar juntos y solo hoy, por primera vez, vi la oportunidad de intercambiar unas palabras a solas con ella. Se alegró de verme, pero cuando lo hizo no era de amor de lo que quería hablar, y tampoco me habría dejado hablar de ello si hubiera podido evitarlo. No hacía más que insistir en que este era un lugar peligroso y en que jamás sería feliz hasta que me hubiera marchado. Le dije que, desde que la había visto, no tenía prisa por marcharme, y que si de verdad quería que me fuera, la única manera de lograrlo era que ella accediera a venir conmigo. Con eso le ofrecí en toda regla casarme con ella, pero antes de que pudiera responder, apareció este hermano suyo corriendo hacia nosotros con cara de loco. Estaba pálido de rabia, y esos ojos claros suyos echaban chispas de furia. ¿Qué hacía yo con la dama? ¿Cómo osaba dispensarle atenciones que le resultaban desagradables? ¿Acaso creía que por ser baronet podía hacer lo que me viniera en gana? De no haber sido su hermano, habría sabido responderle de otro modo. Tal como estaban las cosas, le dije que mis sentimientos hacia su hermana eran de los que no tenía que avergonzarme, y que esperaba que ella me honrara convirtiéndose en mi esposa. Eso pareció empeorar las cosas, así que entonces yo también perdí los estribos y le contesté con bastante más acierto del que debiera, tal vez, teniendo en cuenta que ella estaba presente. Así que terminó marchándose con ella, como vio, y aquí me tiene, tan desconcertado como cualquiera en este condado. Dígame qué significa todo esto, Watson, y le deberé más de lo que jamás podré pagarle.

Intenté una o dos explicaciones, pero, a decir verdad, yo mismo estaba completamente perplejo. El título de nuestro amigo, su fortuna, su edad, su carácter y su aspecto están todos a su favor, y no sé nada en su contra a menos que sea ese oscuro sino que pesa sobre su familia. Que sus atenciones sean rechazadas de forma tan brusca sin referencia alguna a los deseos de la dama, y que esta acepte la situación sin protesta es de lo más asombroso. Con todo, nuestras conjeturas se disiparon gracias a una visita del propio Stapleton esa misma tarde. Había venido a ofrecer disculpas por su rudeza de la mañana y, tras una larga entrevista a solas con sir Henry en su estudio, el resultado de su conversación fue que la brecha está totalmente cerrada y que cenaremos en Merripit House el próximo viernes como muestra de ello.

—Ahora no digo que no sea un loco —dijo sir Henry—; no puedo olvidar la mirada en sus ojos cuando corrió hacia mí esta mañana, pero debo admitir que ningún hombre podría haber presentado una disculpa más elegante que la suya.

—¿Dio alguna explicación de su conducta?

—Su hermana lo es todo en su vida —dice—. Es bastante natural, y me alegro de que sepa valorar su valía. Siempre han estado juntos y, según su relato, ha sido un hombre muy solitario que solo la ha tenido a ella como compañía, de modo que la idea de perderla le resultaba verdaderamente terrible. No había comprendido, dijo, que yo me estuviera apego a ella, pero cuando vio con sus propios ojos que era realmente así y que se la podían arrebatar, le produjo tal impacto que durante un tiempo no fue responsable de lo que decía o hacía. Lamentaba mucho todo lo ocurrido y reconocía lo necio y egoísta que había sido al imaginar que podía retener para sí durante toda su vida a una mujer hermosa como su hermana. Si tenía que dejarle, prefería que fuera con un vecino como yo antes que con cualquier otro. Pero en cualquier caso era un golpe para él y le llevaría algún tiempo prepararse para afrontarlo. Retiraría toda su oposición si yo le prometía durante tres meses dejar el asunto en paz y conformarme con cultivar la amistad de la dama durante ese tiempo sin reclamar su amor. Se lo prometí, y así queda el asunto.

Así pues, uno de nuestros pequeños misterios ha quedado aclarado. Algo es haber tocado fondo en este lodazal en el que chapoteamos. Sabemos ahora por qué Stapleton miraba con desfavor al pretendiente de su hermana, aun cuando ese pretendiente fuera un partido tan idóneo como sir Henry. Y ahora paso a otro hilo que he extraído de la enredada madeja: el misterio de los sollozos en la noche, del rostro bañado en lágrimas de la señora Barrymore, del viaje secreto del mayordomo a la ventana de la celosía occidental. Felicíteme, mi querido Holmes, y dígame que no le he defraudado como agente, que no se arrepiente de la confianza que depositó en mí al enviarme aquí. Todas estas cosas han quedado perfectamente claras gracias al trabajo de una noche.

He dicho «gracias al trabajo de una noche», pero, a decir verdad, fue el trabajo de dos noches, pues en la primera nos fuimos de vacío. Me quedé despierto con sir Henry en sus habitaciones hasta casi las tres de la madrugada, pero no oímos sonido alguno aparte del tic-tac del reloj en la escalera. Fue una vigilia de lo más melancólica y terminó con cada uno durmiéndose en su sillón. Afortunadamente no nos desanimamos y decidimos intentarlo de nuevo. La noche siguiente bajamos la lámpara y nos sentamos a fumar cigarrillos sin hacer el menor ruido. Era increíble lo lentamente que se arrastraban las horas, y sin embargo nos ayudó el mismo tipo de paciente interés que debe sentir el cazador al vigilar la trampa en la que espera que caiga la pieza. Dio la una, las dos, y casi habíamos renunciado por segunda vez a la desesperada cuando, en un instante, ambos nos incorporamos rectos en nuestros asientos con todos nuestros cansados sentidos de nuevo en alerta máxima. Habíamos oído el crujido de un paso en el pasillo.

Con gran sigilo lo oímos avanzar hasta perderse en la distancia. Entonces el baronet abrió suavemente su puerta y nos pusimos en persecución. Nuestro hombre ya había rodeado la galería y el pasillo estaba por completo a oscuras. Nos deslizamos con suavidad hasta llegar al otro ala. Llegamos justo a tiempo para atisbar la alta figura de barba negra, con los hombros encorvados mientras caminaba de puntillas por el pasillo. Luego cruzó por la misma puerta que antes, y la luz de la vela la enmarcó en la oscuridad arrojando un único rayo amarillo a través de la penumbra del pasillo. Avanzamos cautelosamente hacia ella, probando cada tablón antes de atreviros a poner todo nuestro peso sobre él. Habíamos tomado la precaución de dejar las botas atrás, pero, aun así, las viejas tablas chasqueaban y crujían bajo nuestras pisadas. A veces parecía imposible que no oyera nuestra aproximación. Sin embargo, el hombre es afortunadamente algo sordo y estaba por completo absorto en lo que hacía. Cuando por fin llegamos a la puerta y miramos a través de ella, lo encontramos agachado junto a la ventana, vela en mano, con su rostro blanco y absorto presionado contra el cristal, exactamente como lo había visto dos noches atrás.

No habíamos urdido ningún plan de campaña, pero el baronet es un hombre para quien el camino más directo es siempre el más natural. Entró en la habitación y, al hacerlo, Barrymore se incorporó de un salto junto a la ventana con un agudo silbido de aliento y se quedó de pie ante nosotros, lívido y tembloroso. Sus oscuros ojos, fulgurantes en la máscara blanca de su rostro, estaban llenos de horror y asombro mientras miraba alternativamente a sir Henry y a mí.

—¿Qué hace aquí, Barrymore?

—Nada, señor. —Su agitación era tan grande que apenas podía hablar, y las sombras saltaban arriba y abajo debido al temblor de su vela—. Era la ventana, señor. Doy una vuelta por la noche para comprobar que están cerradas.

—¿En el segundo piso?

—Sí, señor, todas las ventanas.

—Mire, Barrymore —dijo sir Henry con severidad—, nos hemos propuesto arrancarle la verdad, así que se ahorrará problemas si la cuenta antes que después. ¡Vamos! ¡Sin mentiras! ¿Qué hacía en esa ventana?

El individuo nos miró con desamparo y se retorció las manos como alguien que se encuentra al borde mismo de la duda y la miseria.

—No hacía ningún daño, señor. Sostenía una vela junto a la ventana.

—¿Y por qué sostenía una vela junto a la ventana?

—¡No me pregunte, sir Henry, no me pregunte! Le doy mi palabra, señor, de que no es mi secreto y de que no puedo revelarlo. Si no afectara a nadie más que a mí, no intentaría ocultárselo.

Se me ocurrió una repentina idea y le arrebaté la vela de la mano temblorosa al mayordomo.

—Debía de sostenerla como señal —dije—. Veamos si hay alguna respuesta. —La sostuve tal como él lo había hecho y miré hacia la oscuridad de la noche. Pude distinguir vagamente el oscuro talud de los árboles y la extensión más clara de la ciénaga, pues la luna estaba oculta tras las nubes. Y entonces lancé un grito de júbilo, porque un minúsculo punto de luz amarilla acababa de atravesar el oscuro velo y brillaba de forma constante en el centro del cuadrado negro enmarcado por la ventana.

—¡Ahí está! —grité.

—¡No, no, señor, no es nada, absolutamente nada! —interrumpió el mayordomo—. Le aseguro, señor...

—¡Mueva su luz a lo largo de la ventana, Watson! —gritó el baronet—. ¡Mire, la otra también se mueve! Y bien, granuja, ¿niega que es una señal? ¡Vamos, hable! ¿Quién es su cómplice ahí fuera y qué conjura es esta que se trae entre manos?

El rostro del hombre adoptó un aire de abierta rebeldía.

—Es asunto mío, no suyo. No lo diré.

—Entonces queda despedido de mi servicio de inmediato.

—Muy bien, señor. Si debo hacerlo, lo haré.

—Y se marcha deshonrado. ¡Por los clavos de Cristo, bien puede avergonzarse! Su familia ha vivido con la mía bajo este techo durante más de cien años, y aquí le encuentro metido hasta el cuello en una oscura conjura contra mí.

—¡No, no, señor; no, contra usted no! —Era una voz de mujer, y la señora Barrymore, más pálida y horrorizada aún que su esposo, estaba de pie en la puerta. Su voluminosa figura envuelta en un chal y una falda habría podido resultar cómica de no ser por la intensidad de los sentimientos reflejados en su rostro.

—Tenemos que irnos, Eliza. Esto es el fin. Puedes hacer nuestro equipaje —dijo el mayordomo.

—¡Oh, John, John, te he arrastrado a esto? Es culpa mía, sir Henry, toda mía. Él no ha hecho nada excepto por amor a mí y porque yo se lo pedí.

—¡Hable entonces! ¿Qué significa esto?

—Mi desdichado hermano se está muriendo de hambre en la ciénaga. No podemos dejarle perecer a las puertas de nuestra casa. La luz es una señal para indicarle que la comida está lista, y su luz ahí fuera sirve para señalar el punto al que debe llevársela.

—Entonces su hermano es...

—El presidiario fugado, señor... Selden, el criminal.

—Ese es la verdad, señor —dijo Barrymore—. Dije que no era mi secreto y que no podía revelárselo. Pero ahora lo ha oído y verá que, si hubo una conjura, no fue contra usted.

Esta era, pues, la explicación de las furtivas expediciones nocturnas y de la luz en la ventana. Sir Henry y yo nos quedamos mirando a la mujer estupefactos. ¿Era posible que esta persona de respetabilidad inquebrantable fuera de la misma sangre que uno de los criminales más célebres del país?

—Sí, señor, mi apellido era Selden, y él es mi hermano menor. Lo malcriamos demasiado cuando era un muchacho y le dimos todos los gustos hasta que llegó a creer que el mundo se había hecho para su deleite y que podía hacer en él lo que le viniera en gana. Luego, al crecer, conoció a malas compañías y el diablo se apoderó de él hasta romperle el corazón a mi madre y arrastrar nuestro nombre por el fango. De crimen en crimen fue hundiéndose cada vez más hasta que solo la misericordia de Dios lo ha arrancado del patíbulo; pero para mí, señor, siempre fue el muchachito de rizos al que había criado y con el que había jugado como una hermana mayor. Por eso se fugó de la prisión, señor. Sabía que yo estaba aquí y que no podíamos negarnos a ayudarle. Cuando se arrastró hasta aquí una noche, agotado y hambriento, con los guardianes pisándole los talones, ¿qué podíamos hacer? Lo acogimos, lo alimentamos y lo cuidamos. Luego usted regresó, señor, y mi hermano pensó que estaría más seguro en la ciénaga que en ninguna otra parte hasta que amainara la persecución, así que se ocultó allí. Pero cada dos noches nos asegurábamos de si seguía allí poniendo una luz en la ventana, y si había respuesta, mi marido le llevaba pan y carne. Todos los días esperábamos que se hubiera marchado, pero mientras estuviera allí no podíamos abandonarle. Esa es toda la verdad, tan cierto como que soy una honesta mujer cristiana, y verá que si hay culpa en el asunto no recae en mi marido, sino en mí, por cuyo amor ha hecho todo cuanto ha hecho.

Las palabras de la mujer brotaron con una intensidad tan sincera que resultaban incuestionables.

—¿Es esto verdad, Barrymore?

—Sí, sir Henry. Cada palabra.

—Bien, no puedo culparle por respaldar a su propia esposa. Olviden lo que he dicho. Vayan a su habitación, los dos, y hablaremos más de este asunto por la mañana.

Cuando se hubieron marchado, volvimos a mirar por la ventana. Sir Henry la había abierto de par en par y el frío viento nocturno nos golpeaba el rostro. A lo lejos, en la negrura de la distancia, seguía brillando aquel minúsculo punto de luz amarilla.

—Me extraña que se atreva —dijo sir Henry.

—Quizá esté colocado de modo que solo sea visible desde aquí.

—Es muy probable. ¿A qué distancia cree que está?

—Allá por Cleft Tor, creo.

—A no más de una o dos millas.

—Apenas eso.

—Bueno, no puede estar lejos si Barrymore tenía que llevarle la comida. Y él está esperando, ese canalla, junto a esa vela. ¡Por los clavos de Cristo, Watson, voy a salir a atrapar a ese hombre!

El mismo pensamiento había cruzado por mi mente. No es que los Barrymore nos hubieran tomado en su confidencia. Su secreto les había sido arrancado a la fuerza. El hombre era un peligro para la comunidad, un sinvergüenza redomado para el que no cabían compasión ni excusa. Cumplíamos con nuestro deber al aprovechar esta oportunidad de devolverlo a donde no pudiera hacer daño. Con su naturaleza brutal y violenta, otros tendrían que pagar el precio si nos cruzábamos de brazos. Cualquier noche, por ejemplo, nuestros vecinos los Stapleton podían ser atacados por él, y tal vez fuera este pensamiento el que hizo que sir Henry se mostrara tan ávido por la aventura.

—Iré —dije.

—Entonces coja su revólver y póngase las botas. Cuanto antes empecemos, mejor, pues el tipo puede apagar su luz y largarse.

En cinco minutos estábamos fuera de la puerta, iniciando nuestra expedición. Nos apresuramos a través del oscuro matorral, entre el sordo gemido del viento otoñal y el susurro de las hojas caídas. El aire nocturno estaba cargado de olor a humedad y podredumbre. De vez en cuando la luna asomaba un instante, pero las nubes cruzaban la bóveda celeste y, justo al salir a la ciénaga, comenzó a caer una fina lluvia. La luz seguía ardiendo fija al frente.

—¿Lleva armas? —pregunté.

—Llevo una fusta de montar.

—Debemos cercarle con rapidez, pues se dice que es un tipo desesperado. Lo cogeremos por sorpresa y lo tendremos a nuestra merced antes de que pueda oponer resistencia.

—Dígame, Watson —dijo el baronet—, ¿qué diría Holmes de esto? ¿Qué hay de esa hora de oscuridad en la que el poder del mal se exalta?

Como en respuesta a sus palabras, brotó de repente de la vasta penumbra de la ciénaga aquel extraño grito que yo ya había oído en los linderos del gran Grimpen Mire. Llegó con el viento a través del silencio de la noche, un murmullo largo y profundo, luego un aullido creciente y, por último, el lamento triste con el que se fue apagando. Sonó una y otra vez, haciendo vibrar todo el aire, estridente, salvaje y amenazador. El baronet me cogió de la manga y su rostro palideció en la oscuridad.

—¡Dios mío, qué es eso, Watson?

—No lo sé. Es un sonido propio de la ciénaga. Ya lo oí una vez antes.

Se apagó y un silencio absoluto se cernió sobre nosotros. Nos quedamos esforzando los oídos, pero no llegó nada más.

—Watson —dijo el baronet—, era el aullido de un sabueso.

Se me heló la sangre en las venas, pues en su voz había un quebranto que delataba el súbito horror que se había apoderado de él.

—¿Cómo llaman a este sonido? —preguntó.

—¿Quiénes?

—La gente del campo.

—Oh, son ignorantes. ¿Por qué le importa lo que lo llamen?

—Dígame, Watson. ¿Qué dicen de él?

Dudé, pero no pude esquivar la pregunta.

—Dicen que es el aullido del Sabueso de los Baskerville.

Él gimió y guardó silencio unos momentos.

—Un sabueso era —dijo al fin—, pero parecía venir de millas de distancia, por allí lejos, creo.

—Era difícil discernir de dónde procedía.

—Subía y bajaba con el viento. ¿No es esa la dirección del gran Grimpen Mire?

—Sí, lo es.

—Bien, estaba allí arriba. Vamos, Watson, ¿no pensó usted mismo que era el aullido de un sabueso? No soy un niño. No tiene por qué temer decir la verdad.

—Stapleton estaba conmigo la última vez que lo oí. Dijo que podría ser el reclamo de un pájaro extraño.

—No, no, era un sabueso. ¡Dios mío, puede haber algo de verdad en todas estas historias? ¿Es posible que esté realmente en peligro por una causa tan oscura? No lo cree, ¿verdad, Watson?

—No, no.

—Y, sin embargo, una cosa es reírse de ello en Londres y otra muy distinta plantarse aquí en la oscuridad de la ciénaga y oír semejante grito. ¡Y mi tío! Estaba la huella del sabueso junto a su cadáver. Todo encaja. No creo ser un cobarde, Watson, pero ese sonido pareció helarme la sangre. ¡Tómeme la mano!

Estaba tan fría como un bloque de mármol.

—Mañana estará bien.

—No creo que logre sacarme ese grito de la cabeza. ¿Qué aconseja que hagamos ahora?

—¿Damos la vuelta?

—No, por los clavos de Cristo; hemos salido a atrapar a nuestro hombre y lo haremos. Nosotros vamos tras el presidiario, y un sabueso infernal, con toda probabilidad, tras nosotros. ¡Vamos! Iremos hasta el final aunque todos los demonios del infierno anduvieran sueltos por la ciénaga.

Avanzamos tropezando lentamente en la oscuridad, con el negro perfil de los cerros escarpados a nuestro alrededor y la mancha amarilla de la luz ardiendo fija al frente. No hay nada tan engañoso como la distancia de una luz en una noche de oscuridad absoluta y, a veces, el fulgor parecía lejano en el horizonte y otras veces podía estar a pocos metros de nosotros. Pero por fin pudimos ver de dónde procedía, y entonces supimos que estábamos verdaderamente muy cerca. Una vela chorreante estaba hincada en una rendija de las rocas que la flanqueaban a ambos lados para protegerla del viento y evitar también que fuera visible, salvo en dirección a Baskerville Hall. Un peñasco de granito ocultó nuestra aproximación y, agazapados tras él, miramos por encima para observar la luz de señalización. Resultaba extraño ver aquella única vela ardiendo allí en medio de la ciénaga, sin rastro de vida cerca: tan solo la única llama amarilla y recta y el brillo de la roca a cada lado.

—¿Qué hacemos ahora? —susurró sir Henry.

—Esperar aquí. Debe de estar cerca de su luz. Veamos si podemos vislumbrarlo.

Apenas hube pronunciado estas palabras cuando lo vimos ambos. Por encima de las rocas, en cuya rendija ardía la vela, asomó un rostro amarillo y malvado, un terrible rostro animal surcado y marcado por pasiones viles. Sucio de lodo, con barba hirsuta y el pelo apelmazado, bien podría haber pertenecido a uno de aquellos salvajes primitivos que habitaban en las cuevas de las laderas. La luz de abajo se reflejaba en sus ojos pequeños y astutos, que escudriñaban con fiereza a derecha e izquierda a través de la oscuridad como un animal taimado y salvaje que ha oído los pasos de los cazadores.

Algo había despertado sus sospechas evidentemente. Tal vez Barrymore tuviera alguna señal particular que habíamos omitido dar, o el tipo pudiera tener alguna otra razón para pensar que no todo iba bien, pero yo leí sus temores en su malvado rostro. En cualquier instante podría apagar la luz y desaparecer en la oscuridad. Me lancé hacia delante, por lo tanto, y sir Henry hizo lo mismo. Al mismo tiempo, el presidiario nos lanzó una maldición a gritos y arrojó una roca que estalló contra el peñasco que nos había servido de refugio. Alcancé a vislumbrar su figura baja, rechoncha y fornida cuando se puso en pie y se volvió para huir. En ese mismo instante, por feliz casualidad, la luna se abrió paso entre las nubes. Nos precipitamos sobre la cresta de la colina, y allí estaba nuestro hombre corriendo a gran velocidad ladera abajo, saltando sobre las piedras a su paso con la agilidad de una cabra montés. Un disparo lejano y afortunado de mi revólver podría haberlo incapacitado, pero solo lo llevaba para defenderme en caso de ataque y no para disparar a un hombre desarmado que huía.

Ambos éramos corredores veloces y estábamos en bastante buena forma, pero pronto comprobamos que no teníamos ninguna posibilidad de alcanzarlo. Lo vimos durante un buen rato a la luz de la luna hasta que quedó reducido a una pequeña mancha que se movía velozmente entre los peñascos en la ladera de un cerro distante. Corrimos y corrimos hasta quedar completamente exhaustos, pero la distancia entre nosotros se hacía cada vez mayor. Finalmente nos detuvimos y nos sentamos jadeando sobre dos rocas, mientras lo veíamos desaparecer en la distancia.

Y fue en este momento cuando ocurrió algo de lo más extraño e inesperado. Nos habíamos levantado de las rocas y nos disponíamos a volver a casa, tras haber abandonado la inútil persecución. La luna estaba baja a la derecha, y el pináculo dentado de un risco de granito recortaba su silueta contra la curva inferior de su disco plateado. Allí, perfilada tan negra como una estatua de ébano sobre ese fondo brillante, vi la figura de un hombre sobre el risco. No piense que fue una ilusión, Holmes. Le aseguro que jamás en mi vida he visto nada con tanta claridad. Hasta donde pude juzgar, la figura era la de un hombre alto y delgado. Estaba de pie con las piernas ligeramente separadas, los brazos cruzados y la cabeza inclinada, como si meditara sobre aquel enorme desierto de turba y granito que se extendía ante él. Bien podría haber sido el espíritu mismo de aquel lugar terrible. No era el presidiario. Este hombre se hallaba lejos del lugar donde este último había desaparecido. Además, era mucho más alto. Con un grito de sorpresa se lo señalé al baronet, pero en el instante en que me volví para agarrarle del brazo, el hombre había desaparecido. El afilado pináculo de granito seguía recortando el borde inferior de la luna, pero su cima no mostraba rastro alguno de aquella figura silenciosa e inmóvil.

Deseaba ir en esa dirección y registrar el risco, pero quedaba a cierta distancia. Los nervios del baronet seguían temblando a causa de aquel grito que recordaba la oscura historia de su familia, y no estaba de humor para nuevas aventuras. No había visto a este hombre solitario sobre el risco y no pudo sentir la emoción que su extraña presencia y su porte impositivo me habían infundido. «Un guardia, sin duda —dijo—. La ciénaga está llena de ellos desde que este tipo escapó». Bueno, tal vez su explicación sea la acertada, pero me gustaría tener alguna prueba más al respecto. Hoy pensamos comunicar a la gente de Princetown dónde deben buscar a su hombre desaparecido, pero es una pena que no hayamos tenido realmente el triunfo de traerlo de vuelta como prisionero nuestro. Tales son las aventuras de la pasada noche, y habrá de reconocer, mi querido Holmes, que me he portado muy bien con usted en lo que a un informe se refiere. Mucho de lo que le cuento carece sin duda de toda relevancia, pero aun así considero que lo mejor es dejarle con todos los hechos y dejar que usted seleccione por sí mismo aquellos que le sean de mayor utilidad para llegar a sus conclusiones. Ciertamente estamos haciendo algunos progresos. En lo que respecta a los Barrymore, hemos descubierto el motivo de sus acciones, y eso ha aclarado mucho la situación. Pero la ciénaga, con sus misterios y sus extraños habitantes, sigue siendo tan inescrutable como siempre. Quizá en mi próximo mensaje pueda arrojar algo de luz sobre esto también. Lo mejor de todo sería que pudiera bajar a vernos. En cualquier caso, volverá a saber de mí en el curso de los próximos días.

13