cometerse en los páramos. Todo se volvió un alboroto, unos pidiendo sus pistolas, otros sus caballos y algunos otra botella de vino. Pero al fin algo de sensatez regresó a sus enloquecidas entaderas, y todos ellos, en número de trece, montaron a caballo y se lanzaron en su persecución. La luna brillaba clara sobre sus cabezas, y cabalgaban veloces en línea, tomando el rumbo que la doncella necesariamente debió seguir para llegar a su hogar. > “Habían avanzado una o dos millas cuando pasaron junto a uno de los pastores nocturnos del páramo, y le gritaron para saber si había visto la cacería. Y el hombre, según cuenta la historia, estaba tan aterrorizado que apenas podía hablar, pero al fin dijo que en verdad había visto a la desdichada doncella con los sabuesos pisándole los talones. ‘¡Pero he visto más que eso! —dijo—. Pues Hugo Baskerville me pasó en su yegua negra, y tras él corría sin emitir sonido un sabueso del infierno que Dios no permita que jamás se me acerque’. > “De modo que los hidalgos borrachos maldijeron al pastor y siguieron adelante. Mas al poco rato sintieron que la sangre se les helaba en las venas, pues se oyó un galope a través del páramo, y la yegua negra, cubierta de espuma blanca, pasó de largo con las bridas sueltas y la silla vacía. Entonces los juerguistas se apretaron unos contra otros, pues un gran miedo se apoderó de ellos, pero aun así continuaron avanzando por el brezal, aunque cada uno de ellos, de haber estado solo, se habría alegrado enormemente de dar media vuelta a su caballo. Cabalgando lentamente de este modo, llegaron por fin hasta los sabuesos. Estos, a pesar de ser conocidos por su valor y su raza,
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La maldición de los Baskerville
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