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nydus/The Island of Doctor MoreauPublic
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XXI. La reversión de la gente bestia

La reversión de la gente bestia

De este modo me convertí en uno de los hombres bestia de la isla del doctor Moreau. Cuando desperté, reinaba la oscuridad a mi alrededor. El brazo me dolía bajo los vendajes. Me incorporé preguntándome al principio dónde podría estar. Oí voces ásperas que hablaban afuera. Luego vi que mi barricada había desaparecido y que la entrada de la choza estaba despejada. Todavía tenía el revólver en la mano.

Oí algo que respiraba, vi algo acurrucado muy cerca de mí. Contuve la respiración, intentando ver qué era.

Empezó a moverse despacio, interminablemente. Entonces algo blando, cálido y húmedo pasó por encima de mi mano. Todos mis músculos se contrajeron. Retiré la mano de un golpe. Un grito de alarma empezó y se ahogó en mi garganta. Luego comprendí lo que había pasado lo justo como para detener mis dedos en el revólver.

“¿Quién es ese?” dije en un susurro ronco, con el revólver todavía apuntando.

“Yo ⁠—maestro”.

“¿Quién eres tú?”

“Dicen que ya no hay amo. Pero yo lo sé, lo sé. ¡Llevé los cuerpos al mar, oh caminante en el mar!, los cuerpos de aquellos a quienes mataste. Soy tu esclavo, amo”.

—¿Eres tú a quien conocí en la playa? —pregunté.

“Lo mismo, amo”.

The thing was evidently faithful enough, for it might have fallen upon me as I slept.

“It is well,” I said, extending my hand for another licking kiss.

I began to realise what its presence meant, and the tide of my courage flowed.

  • “Where are the others?” I asked.

—Están locos; son unos necios —dijo el hombre-perro—. Aun ahora hablan juntos allá más lejos. Dicen: «El amo ha muerto. El otro del látigo ha muerto. Aquel otro que caminaba en el mar es como nosotros. Ya no tenemos amo, ni látigos, ni casa del dolor. Hay un fin. Amamos la ley y la cumpliremos; pero no habrá dolor, ni amo, ni látigos para siempre jamás». Eso dicen. Pero yo lo sé, amo, yo lo sé.

Palpé en la oscuridad y acaricié la cabeza del hombre-perro. «Está bien», volví a decir.

“Pronto los matarás a todos”, dijo el hombre-perro.

“Pronto,” contesté, “los mataré a todos⁠—después de que ciertos días y ciertas cosas se cumplan. Todos y cada uno de ellos, salvo aquellos a los que tú perdones, todos y cada uno serán aniquilados”.

—Lo que el amo desea matar, el amo lo mata —dijo el hombre-perro con cierta satisfacción en la voz.

“Y para que sus pecados crezcan —dije—, que vivan en su necedad hasta que su tiempo esté maduro. Que no sepan que yo soy el amo”.

—La voluntad del amo es dulce —dijo el hombre-perro, con la presteza y el tacto propios de su sangre canina.

“Pero uno ha pecado —dije—. A ese lo mataré, dondequiera que lo encuentre. Cuando les diga: «Ese es», procuren abalanzarse sobre él. Y ahora iré con los hombres y las mujeres que están reunidos”.

Por un momento, la abertura de la choza quedó oscurecida por la salida del hombre-perro. Luego lo seguí y me puse de pie, casi en el mismo lugar exacto en el que había estado cuando oí a Moreau y a su lebrel persiguiéndome.

Pero ahora era noche, y todo el barranco miasmático a mi alrededor estaba negro; y más allá, en vez de una verde pendiente iluminada por el sol, vi un fuego rojo ante el cual se movían de un lado a otro figuras agachadas y grotescas.

Más lejos estaban los árboles espesos, un banco de oscuridad, bordeados por arriba con el encaje negro de las copas superiores. La luna apenas ascendía por el borde del barranco y, cruzando su faz a modo de barra, se alzaba la columna de vapor que brotaba sin cesar de las fumarolas de la isla.

—Camina a mi lado —dije, armándome de valor—; y caminamos codo con codo por el estrecho sendero, sin prestar mucha atención a las oscuras criaturas que nos observaban desde las chozas.

Ninguno de los del fuego intentó saludarme. La mayoría me ignoró, de forma ostentosa. Busqué con la mirada al cerdo-hiena, pero no estaba allí. En total, tal vez una veintena de la gente bestia se afeitaba en cuclillas, mirando fijamente el fuego o hablando entre ellos.

“¡Ha muerto, ha muerto! ¡El amo ha muerto!”, dijo la voz del hombre simio a mi derecha. “La casa del dolor⁠—¡ya no hay casa del dolor!”.

“Él no está muerto”, dije en voz alta. “¡Incluso ahora nos observa!”

Esto los desconcertó. Veinte pares de ojos me miraron.

—La casa del dolor se ha ido —dije—. Volverá. Al amo no podéis ver; sin embargo, incluso ahora él escucha entre vosotros.

—¡Verdad, verdad! —dijo el hombre-perro.

Quedaron estupefactos ante mi descaro. Un animal puede ser feroz y muy astuto, pero se necesita a un hombre de verdad para decir una mentira.

—El hombre con el brazo vendado dice algo extraño —dijo uno de la gente bestia.

—Te digo que es así —dije—. El amo y la casa del dolor volverán. ¡Ay de aquel que quebrante la ley!

Se miraron con curiosidad el uno al otro.

Con afectación de indiferencia, comencé a picar ociosamente el suelo frente a mí con mi hacha. Me fijé en que miraban los profundos cortes que hacía en el césped.

Entonces el sátiro planteó una duda. Le respondí. Luego uno de los seres manchados objetó, y una animada discusión surgió alrededor del fuego.

A cada momento empezaba a sentirme más convencido de mi seguridad actual. Hablaba ahora sin la opresión en el pecho, debida a la intensidad de mi emoción, que me había molestado al principio.

En el transcurso de una hora más o menos había convencido realmente a varios de los hombres bestia de la verdad de mis afirmaciones, y había dejado a la mayoría de los demás en un estado dudoso. No perdí de vista a mi enemigo, el cerdo-hiena, pero este nunca apareció.

De vez en cuando algún movimiento sospechoso me hacía dar un salto, pero mi confianza creció rápidamente. Entonces, mientras la luna descendía del cenit, uno a uno los oyentes empezaron a bostezar (mostrando los dientes más extraños a la luz del fuego moribundo), y primero uno y luego otro se retiraron hacia las guaridas en el barranco; y yo, temiendo el silencio y la oscuridad, fui con ellos, sabiendo que estaba más seguro con varios de ellos que con uno solo.

De este modo comenzó la parte más larga de mi estancia en esta isla del doctor Moreau. Pero desde aquella noche hasta que llegó el final, no ocurrió más que una sola cosa digna de mención, además de una serie de innumerables y pequeños detalles desagradables y el tormento de una zozobra incesante. Por lo que prefiero no relatar ese intervalo de tiempo, y contar únicamente un acontecimiento capital de los diez meses que pasé como íntimo de estas bestias semihumanizadas. Hay muchas cosas que se graban en mi memoria y que podría escribir —cosas que daría gustoso mi mano derecha por olvidar—, pero no contribuyen a narrar esta historia.

En retrospectiva, es extraño recordar cuán pronto me adapté a las costumbres de estos monstruos y recuperé la confianza. Tuve mis disputas con ellos, por supuesto, y aún podría mostrar algunas de las marcas de sus dientes; pero pronto se ganaron un sano respeto por mi habilidad para arrojar piedras y por el mordisco de mi hacha. Y la lealtad de mi hombre San Bernardo me sirvió de infinito provecho. Descubrí que su simple escala de honor se basaba principalmente en la capacidad de infligir heridas profundas. De hecho, puedo decir —sin vanidad, espero— que ostentaba algo así como una preeminencia entre ellos. Uno o dos, a los que en un raro acceso de euforia había dejado cicatrices bastante graves, me guardaban rencor; pero este se desahogaba principalmente a mis espaldas y, a una distancia prudente de mis proyectiles, en muecas.

El hiena-cerdo me evitaba, y yo siempre estaba alerta ante él. Mi inseparable hombre-perro lo odiaba y le temía intensamente. De verdad creo que eso era la raíz del apego de la bestia hacia mí.

Pronto me resultó evidente que el anterior monstruo había probado la sangre y había seguido el camino del hombre-leopardo. Estableció su guarida en algún lugar del bosque y se volvió solitario.

Una vez intenté inducir a la gente bestia a cazarlo, pero me faltaba la autoridad para hacerlos cooperar con un fin común. Una y otra vez intenté acercarme a su cubil y pillarlo desprevenido; pero siempre era demasiado astuto para mí, me veía o me olfateaba y escapaba.

Él también convirtió cada sendero del bosque en un peligro para mí y para mi aliado con sus emboscadas al acecho. El hombre-perro apenas se atrevía a separarse de mi lado.

En el primer mes más o menos, las bestias antropomorfas, en comparación con su condición posterior, eran bastante humanas, y hacia un par de ellas, además de mi amigo canino, llegué incluso a concebir una amistosa tolerancia.

La pequeña criatura de aspecto rosado y perezoso mostró un extraño afecto hacia mí y empezó a seguirme a todas partes. El hombre-mono, en cambio, me aborrecía; se creía mi igual basándose en sus cinco dígitos, y no paraba de parlotearme: parloteaba las mayores insensateces.

Una cosa de él me divertía un poco: tenía la fantástica costumbre de acuñar nuevas palabras. Tenía la idea, creo yo, de que parlotear sobre nombres que no significaban nada era el uso adecuado del habla. Lo llamaba «grandes pensamientos» para distinguirlo de los «pequeños pensamientos», los intereses cuerdos y cotidianos de la vida.

Si alguna vez hacía un comentario que él no comprendía, lo alababa mucho, me pedía que lo repitiera, se lo aprendía de memoria y se iba repitiéndolo, con alguna palabra cambiada aquí o allá, a todas las más mansas de las gentes-bestia. No le importaba nada lo que fuera claro y comprensible.

Inventé algunos «grandes pensamientos» muy curiosos para su uso exclusivo. Pienso ahora que era la criatura más tonta que jamás he conocido; había desarrollado de la manera más maravillosa la necedad distintiva del hombre sin perder ni una pizca de la insensatez natural de un mono.

Esto, repito, ocurrió en las primeras semanas de mi soledad entre estas brutos. Durante ese tiempo respetaron la costumbre establecida por la ley y se comportaron con un decoro general. Una vez encontré a otro conejo hecho pedazos —por el cerdo-hiena, según tengo entendido—, pero eso fue todo. Corría aproximadamente el mes de mayo cuando percibí por primera vez con claridad una diferencia creciente en su habla y en su porte, una rudeza cada vez mayor en la articulación, una creciente desgana por hablar. El galimatías de mi hombre-mono multiplicó su volumen, pero se volvió cada vez menos comprensible, cada vez más simiesco. Algunos de los otros parecian perder por completo el dominio del habla, aunque por entonces todavía entendían lo que les decía. (¿Pueden imaginarse el lenguaje, antaño nítido y exacto, ablandándose y apagándose, perdiendo forma y significado, volviéndose de nuevo meros grumos de sonido?). Y caminaban erguidos con una dificultad creciente. Aunque al parecer se avergonzaban de sí mismos, de vez en cuando me encontraba con alguno corriendo sobre las puntas de los pies y de los dedos, totalmente incapaz de recuperar la postura vertical. Sostenían las cosas con mayor torpeza; beber por succión, comer royendo, se volvieron hábitos cada vez más comunes. Comprendí con más intensidad que nunca lo que Moreau me había dicho sobre la «testaruda carne de bestia». Estaban regresando, y regresando con muchísima rapidez.

Algunas de ellas —noté con cierta sorpresa que las pioneras en esto eran todas mujeres— empezaron a desatender el mandato deldecoro, deliberadamente en su mayor parte. Otras incluso intentaron atentados públicos contra la institución de la monogamia. La tradición de la ley estaba perdiendo claramente su fuerza. No puedo seguir tratando este desagradable asunto.

Mi hombre-perro volvió a deslizarse imperceptiblemente hacia el perro otra vez; día a día se fue volviendo mudo, cuadrúpedo, velludo. Apenas noté la transición del compañero a mi derecha al perro tambaleante a mi lado.

A medida que el descuido y la desorganización aumentaban de día en día, el callejón de viviendas, que nunca había sido muy agradable, se volvió tan repugnante que lo abandoné y, cruzando la isla, me hice una choza de ramas en medio de las negras ruinas del recinto de Moreau. Descubrí que cierto recuerdo del dolor todavía hacía de aquel lugar el más seguro frente a la gente bestia.

Sería imposible detallar cada paso en la degradación de estos monstruos —contar cómo, día a día, la apariencia humana los abandonaba; cómo renunciaron a vendajes y envolturas, descartando por fin cada puntada de ropa; cómo el pelo comenzó a extenderse por las extremidades expuestas; cómo sus frentes se inclinaban hacia atrás y sus rostros se proyectaban; cómo la intimidad casi humana que me había permitido con algunos de ellos en el primer mes de mi soledad se convirtió en un horror estremecedor de recordar.

El cambio fue lento e inevitable. Para ellos y para mí llegó sin ninguna sacudida definitiva. Yo todavía andaba entre ellos a salvo, porque ninguna sacudida en el deslizamiento descendente había liberado la creciente carga de animalismo explosivo que desplazaba a lo humano día a día.

Pero comencé a temer que muy pronto tendría que llegar esa sacudida. Mi bestia san bernardo me seguía al recinto todas las noches, y su vigilancia me permitía dormir a veces con algo parecido a la paz.

La pequeña cosa rosada parecida a un perezoso se volvió esquiva y me dejó, para arrastrarse de nuevo hacia su vida natural entre las ramas de los árboles. Nos encontrábamos exactamente en el estado de equilibrio que permanecería en una de esas jaulas de «familias felices» que exhiben los domadores de animales, si el domador la abandonara para siempre.

Por supuesto, estas criaturas no habían degenerado en tales bestias como el lector ha visto en los jardines zoológicos⁠—en osos, lobos, tigres, bueyes, puercos y simios ordinarios.

Aún había algo extraño en cada una; en cada una, Moreau había mezclado este animal con aquel. Una tal vez era principalmente ursina, otra principalmente felina, otra principalmente bovina; pero cada una estaba manchada con otras criaturas⁠—una especie de animalismo generalizado que asomaba a través de las disposiciones específicas.

Y los menguantes jirones de humanidad todavía me sobresaltaban de vez en cuando⁠—una reaparición momentánea del habla tal vez, una destreza inesperada en las patas delanteras, un intento penoso de caminar erguido.

Yo también debí de sufrir extraños cambios. Mis ropas colgaban de mí como harapos amarillos, a través de cuyas rasgaduras se veía la piel bronceada. Mi cabello creció largo y se enmarañó. Me han dicho que aún ahora mis ojos tienen un brillo extraño, una rápida agilidad de movimientos.

Al principio pasaba las horas del día en la playa sur vigilando por si aparecía un barco, esperando y rogando por un barco. Confiaba en que la Ipecacuanha regresara a medida que avanzaba el año; pero nunca llegó. Cinco veces vi velas, y tres humo; pero nada tocó jamás la isla. Siempre tuve una hoguera lista, pero sin duda la reputación volcánica de la isla debió de tenerse en cuenta para explicar eso.

No fue hasta septiembre u octubre cuando empecé a pensar en hacer una balsa. Para entonces mi brazo se había curado, y ambas manos estaban de nuevo a mi servicio.

Al principio, mi inutilidad me pareció espantosa. Nunca en mi vida había hecho carpintería ni trabajo alguno por el estilo, y pasé día tras día haciendo cortes y ataduras experimentales entre los árboles.

No tenía cuerdas, y no se me ocurría con qué hacerlas; ninguna de las abundantes trepadoras parecía lo suficientemente flexible o resistente, y con todo mi cúmulo de educación científica no pude idear ningún modo de hacer que lo fuesen.

Pasé más de quince días rebuscando entre las negras ruinas del cercado y en la playa donde se habían quemado los botes, en busca de clavos y otros trozos sueltos de metal que pudieran resultar útiles.

De vez en cuando alguna bestia-criatura me observaba, y salía saltando cuando la llamaba. Hubo una época de tormentas eléctricas y fuertes lluvias, lo cual retrasó mucho mi trabajo; pero por fin la balsa estuvo terminada.

Quedé encantado con ella. Pero con una cierta falta de sentido práctico que siempre ha sido mi cruz, la había construido a más de una milla del mar; y antes de haberla arrastrado hasta la playa, el artefacto se había deshecho en pedazos.

Tal vez sea bueno que me salvara de botarla; pero en aquel momento mi desdicha por el fracaso fue tan aguda que durante unos días me quedé deprimido en la playa, contemplando el agua y pensando en la muerte.

No era mi intención, sin embargo, morir, y ocurrió un incidente que me advirtió inequívocamente de la insensatez de dejar pasar los días de ese modo, pues cada nuevo día conllevaba un peligro creciente por parte de la gente bestia.

Estaba tumbado a la sombra del muro del cercado, mirando al mar, cuando me sobresaltó algo frío que me rozó la piel del talón, y al darme la vuelta de golpe encontré a la pequeña criatura parecida a un perezoso de color rosado parpadeando ante mi cara.

hacía mucho tiempo que había perdido el habla y el movimiento activo, y el lacio pelo del animalito crecía más espeso cada día y sus rechonchas garras estaban más torcidas.

Emitió un gemido al ver que había atraído mi atención, avanzó un poco hacia los arbustos y me miró hacia atrás.

Al principio no comprendí, pero al poco rato se me ocurrió que deseaba que lo siguiera; y al fin lo hice, despacio, pues el día era caluroso. Cuando llegamos a los árboles, trepó por ellos, ya que se desplazaba mejor entre sus lianas colgadas que por el suelo. Y de pronto, en un espacio pisoteado, di con un grupo espantoso. Mi criatura semejante a un San Bernardo yacía en el suelo, muerta; y cerca de su cuerpo se agachaba la hiena-cerdo, aferrando la carne temblorosa con sus garras malformadas, royéndola y gruñendo de deleite. Al acercarme, el monstruo levantó sus ojos brillantes hacia los míos, sus labios se retiraron temblorosos de sus dientes manchados de rojo y gruñó amenazadoramente. No tenía miedo ni vergüenza; el último vestigio de la mancha humana había desparecido. Avancé un paso más, me detuve y saqué mi revólver. Al fin lo tenía cara a cara.

La bestia no hizo amago de retroceder; pero echó las orejas hacia atrás, se le erizó el pelo y encogió el cuerpo.

Apunté entre los ojos y disparé. Al hacerlo, el bicho se abalanzó directamente hacia mí de un salto y me derribó como a un bolo.

Me agarró con su mano maltrecha y me golpeó en la cara. Su impulso lo llevó por encima de mí.

Caí bajo la parte trasera de su cuerpo; pero por suerte había dado en el blanco tal como pretendía, y había muerto incluso en el momento de saltar.

Salí a gatas de debajo de su inmundo peso y me puse en pie temblando, mirando fijamente su cuerpo estremecido.

Ese peligro al menos había pasado; pero aquello, lo sabía, era tan solo el primero de una serie de reveses que habrían de venir.

Quemé ambos cuerpos en una pira de broza; pero después de eso vi que, a menos que abandonara la isla, mi muerte era solo cuestión de tiempo.

La gente bestia para entonces había abandonado el barranco, salvo una o dos excepciones, y se había hecho guaridas según su gusto entre los matorrales de la isla. Pocos deambulaban de día, la mayoría dormía, y la isla podría haber parecido desierta para un recién llegado; pero por la noche el aire era espantoso con sus llamadas y sus aullidos.

Estuve a punto de hacer una masacre con ellos; de construir trampas o luchar contra ellos con mi cuchillo. De haber tenido suficientes cartuchos, no habría dudado en empezar la matanza. Apenas debía quedar ya una veintena de los carnívoros peligrosos; los más valientes de entre ellos ya habían muerto.

Tras la muerte de este pobre perro mío, mi último amigo, yo también adopté en cierta medida la costumbre de dormir de día para estar en guardia por noche. Reconstruí mi guarida en los muros del cercado, con una abertura tan estrecha que cualquier cosa que intentara entrar tenía necesariamente que hacer un ruido considerable.

Las criaturas también habían perdido el arte del fuego y recuperado su miedo a este. Volví una vez más, casi apasionadamente ahora, a martillar estacas y ramas para formar una balsa con la que escapar.

Encontré mil dificultades. Soy un hombre sumamente torpe (mi educación terminó antes de la época del slöjd); pero al fin resolví la mayoría de los requisitos de una balsa de un modo u otro, torpe y rebuscado, y esta vez cuidé la resistencia.

El único obstáculo insuperable era que no tenía ningún recipiente para contener el agua que necesitaría si me lanzaba a flotar sobre estos mares inexplorados. Incluso habría intentado la alfarería, pero la isla no contenía arcilla.

Solía andar deprimido por la isla intentando con todas mis fuerzas resolver esta última dificultad. A veces me entregaba a salvajes arrebatos de furia y cortaba y astillaba algún árbol desdichado en mi intolerable vexación. Pero no se me ocurría nada.

Y entonces llegó un día, un día maravilloso, que pasé en éxtasis. Vi una vela hacia el suroeste, una vela pequeña como la de una goleta diminuta; e inmediatamente encendí una gran pila de matorrales, y me quedé junto a ella bajo su calor y el calor del sol del mediodía, vigilando. Todo el día vigilé aquella vela, sin comer ni beber nada, de modo que la cabeza me daba vueltas; y las bestias venían y me miraban fijamente, y parecían extrañarse, y se iban. Todavía estaba distante cuando llegó la noche y se la tragó; y toda la noche me afané para mantener mi hoguera brillante y alta, y los ojos de las bestias brillaban desde la oscuridad, maravillados. En el alba la vela estaba más cerca, y vi que era la vela al tercio sucia de un bote pequeño. Pero navegaba de extraña manera. Mis ojos estaban cansados de mirar, y oteé y no podía creerlos. Dos hombres iban en el bote, sentados muy bajo —uno en la proa, el otro en el timón. La proa no se mantenía orientada al viento; guiñaba y se iba a la deriva.

A medida que el día aclaraba, comencé a hacerles señales con el último jirón de mi chaqueta; pero no me vieron y seguían allí sentados, el uno frente al otro.

Fui hasta el punto más bajo del bajo promontorio, gesticulé y grité. No hubo respuesta, y el bote continuó su rumbo sin rumbo, avanzando lenta, muy lentamente, hacia la bahía.

De repente, un gran pájaro blanco salió volando del bote, y ninguno de los dos hombres se movió ni reparó en él; dio un rodeo y luego pasó planeando por encima de mi cabeza con las fuertes alas desplegadas.

Entonces dejé de gritar, me senté en el promontorio, apoyé la barbilla en las manos y me quedé mirando. Despacio, muy despacio, la barca pasó flotando hacia el oeste. Habría nadado hasta ella, pero algo —un miedo frío y vago— me detuvo. Por la tarde, la marea encalló la barca y la dejó a unas cien yardas al oeste de las ruinas del cercado. Los hombres que iban en ella estaban muertos, llevaban tanto tiempo muertos que se desmoronaron cuando puse la barca de lado y los arrastré hacia fuera. Uno tenía una mata de pelo pelirrojo, como el capitán del Ipecacuanha, y en el fondo de la barca yacía una gorra blanca y sucia.

Mientras estaba de pie junto a la bote, tres de aquellas bestias salieron furtivas de entre los arbustos y olfatearon en mi dirección.

Me sobrevino uno de mis espasmos de repugnancia. Empujé la pequeña embarcación por la playa y trepé a bordo.

Dos de los brutos eran bestias-lobo y avanzaron con las narices temblorosas y los ojos brillantes; el tercero era el horrible engendro inclasificable de oso y toro.

Cuando los vi acercarse a aquellos miserables restos, los oí gruñirse el uno al otro y capté el destello de sus dientes, un pánico frenético sucedió a mi repulsión.

Les volví la espalda, izé la vela al tercio y comencé a remar mar adentro. Fui incapaz de obligarme a mirar atrás.

Sin embargo, aquella noche me quedé entre el arrecife y la isla, y a la mañana siguiente fui bordeando la costa hasta el arroyo y llené con agua el barril vacío que llevaba a bordo.

Luego, con toda la paciencia de que fui capaz, recolecté una cierta cantidad de fruta, y aceché y maté dos conejos con mis últimos tres cartuchos.

Mientras hacía esto, dejé la barca amarrada a un saliente interior del arrecife, por miedo a la gente bestia.

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