trueno perfecto, que los simples cuerpos corrientes de unos cuantos policías sin forma. Un artista no hace caso de ningún gobierno, abole todas las convenciones. El poeta se deleita únicamente en el desorden. Si no fuera así, lo más poético del mundo sería el Metropolitano.
—Así es —dijo el señor Syme.
—¡Tonterías! —dijo Gregory, que era muy racional cuando cualquier otro intentaba hacer paradojas—. ¿Por qué todos los oficinistas y peones de los trenes parecen tan tristes y cansados, tan tristes y cansados? Se lo diré yo. Es porque saben que el tren va por el buen camino. Es porque saben que, para cualquier lugar para el que hayan sacado billete, llegarán a ese lugar. Es porque, después de haber pasado Sloane Square, saben que la siguiente estación tiene que ser Victoria, y nada más que Victoria. ¡Oh, su frenético éxtasis! ¡Oh, sus ojos como estrellas y sus almas de nuevo en el Edén, si la siguiente estación fuera de forma inexplicable Baker Street!