Defendió la respetabilidad con violencia y exageración. Se apasionó en su alabanza del orden y eldecoro. Todo el tiempo hubo un olor a lila a su alrededor. Una vez oyó muy tenuemente en alguna calle distante un organillo empezar a tocar, y le pareció que sus heroicas palabras se movían al compás de una diminuta melodía de debajo o más allá del mundo.
Se quedó mirando y hablando a la cabellera pelirroja y al rostro divertido de la muchacha durante lo que pareció ser unos pocos minutos; y entonces, sintiendo que los grupos en un lugar así debían mezclarse, se puso en pie.
Para su asombro, descubrió que todo el jardín estaba vacío. Todos se habían ido hacía mucho, y él mismo se marchó con una disculpa bastante apresurada. Se fue con una sensación de champán en la cabeza, que no pudo explicar después.
En los salvajes acontecimientos que iban a seguir, esta muchacha no tuvo participación alguna; nunca volvió a verla hasta que toda su historia hubo terminado. Y, sin embargo, de algún modo indescriptible, ella seguía reapareciendo como un motivo musical a través de todas sus locas aventuras posteriores, y la gloria de su extraño pelo corría como un hilo rojo por aquellos oscuros y mal tejidos tapices de la noche.
Porque lo que siguió fue tan improbable, que bien podría haber sido un sueño.
Cuando Syme salió a la calle estrellada, la encontró por un momento vacía. Luego se dio cuenta (de un modo extraño) de que el silencio era más bien un silencio vivo que uno muerto. Justo fuera de la puerta había una farola, cuyo resplandor doraba las hojas del árbol que se inclinaba sobre la valla detrás de él. A cosa de un