A Edmund Clerihew Bentley
Una nube habitaba en la mente del hombre, y el clima se lamentaba, Sí, una nube enfermiza en el alma cuando éramos muchachos juntos.
La ciencia anunció la nada y el arte admiró la decadencia; El mundo era viejo y estaba acabado: mas tú y yo estábamos alegres; A nuestro alrededor, en orden grotesco, vinieron sus vicios cojos— La lujuria que había perdido su risa, el miedo que había perdido su vergüenza.
Como el mechón blanco de Whistler, que alumbraba nuestra penumbra sin rumbo, Los hombres mostraban su propia cobardía con tanto orgullo como un plumaje. La vida era una mosca que se desvanecía, y la muerte un zángano que picaba; El mundo era en verdad muy viejo cuando tú y yo éramos jóvenes.
Torcieron incluso el pecado decente hacia formas imposibles de nombrar: Los hombres se avergonzaban del honor; pero nosotros no nos avergonzábamos. Débiles si fuimos y necios, no así fracasamos, no así; Cuando aquel Baal negro bloqueó los cielos, no obtuvo de nosotros ningún himno.
Niños éramos —nuestros castillos de arena eran tan débiles como nosotros, Por altos que llegaran los amontonamos para romper aquel mar amargado. Necios como éramos con abigarrados trajes, cascabeleros y absurdos, Cuando todas las campanas de la iglesia callaban, nuestros gorros de locos se hacían oír.
No del todo sin ayuda mantuvimos el fuerte, nuestras diminutas banderas desplegadas; Algunos gigantes laboraron en esa nube para levantarla del mundo.
Encuentro de nuevo el libro que encontramos, siento la hora que arroja Muy lejos de la Paumanok en forma de pez algún grito de cosas más limpias; Y el Clavel Verde se marchitó, como en incendios forestales que pasan, Rugieron en el viento de todo el mundo diez millones de hojas de hierba; O cuerdos, dulces y repentinos como canta un pájaro bajo la lluvia— La Verdad habló desde Tusitala y el placer desde el dolor.
Sí, frescos, claros y repentinos como canta un pájaro en la penumbra, Dunedin le habló a Samoa, y la oscuridad a la luz. Pero éramos jóvenes; vivimos para ver a Dios romper sus amargos encantos. A Dios y a la buena República volver cabalgando en armas: Hemos visto la Ciudad de Mansoul, aun cuando se tambaleaba, socorrida— Bienaventurados los que no vieron, sino que, estando ciegos, creyeron.
Esta es la historia de esos viejos miedos, aun de esos infiernos vaciados, Y nadie más que tú comprenderá la verdad que en ella se encierra: De qué colosales dioses de la vergüenza podían amedrentar a los hombres y aun así derrumbarse, De qué enormes demonios ocultaban las estrellas, pero cayeron ante el destello de una pistola.
Las dudas que eran tan claras de ahuyentar, tan pavorosas de resistir— Oh, ¿quién lo comprenderá sino tú; sí, quién lo comprenderá? Las dudas que nos impulsaban por la noche mientras los dos hablábamos con ardor, Y el día había despuntado en las calles antes de despuntar en la mente.
Entre nosotros, por la paz de Dios, tal verdad puede contarse ahora; Sí, hay fuerza en echar raíces y bondad en envejecer. Por fin hemos hallado cosas comunes y el matrimonio y un credo, Y puedo escribirlo con seguridad ahora, y tú puedes leerlo con seguridad.
G. K. C.