El dinero no es, propiamente hablando, uno de los objetos del comercio, sino tan solo el instrumento en el que los hombres han convenido para facilitar el cambio de una mercancía por otra. No es ninguna de las ruedas del comercio; es el aceite que hace que el movimiento de las ruedas sea más suave y fácil. Si consideramos cualquier reino por sí mismo, es evidente que la mayor o menor abundancia de dinero carece de importancia, ya que los precios de las mercancías son siempre proporcionales a la abundancia de dinero, y una corona en tiempos de Enrique VII servía para el mismo propósito que una libra en la actualidad. Es solo el público el que obtiene alguna ventaja de la mayor abundancia de dinero, y eso únicamente en sus guerras y negociaciones con estados extranjeros. Y esta es la razón por la cual todos los países ricos y comerciales, desde Cartago hasta Bretaña y Holanda, han empleado tropas mercenarias, a las que contrataban de sus vecinos más pobres. Si hubieran de hacer uso de sus propios súbditos, encontrarían menos ventaja en su riqueza superior y en su gran abundancia de oro y plata, ya que la paga de todos sus servidores debe subir en proporción a la opulencia pública. Nuestro pequeño ejército en Bretaña de 20 000 hombres se mantiene con un gasto tan grande como un ejército francés tres veces más numeroso. La flota inglesa, durante la última guerra, requirió tanto dinero para mantenerse como todas las legiones romanas que tuvieron al mundo entero bajo su yugo durante la época de los emperadores.12
El mayor número de personas y su mayor industria son útiles en todos los casos: en el país y en el extranjero, en lo privado y en lo público. Pero la mayor abundancia de dinero tiene un uso muy limitado, y puede incluso resultar a veces perjudicial para una nación en su comercio con los extranjeros.
Parece haber una feliz concurrencia de causas en los asuntos humanos que frena el crecimiento del comercio y la riqueza, y evita que se queden confinados por entero a un solo pueblo, como en un principio podría temerse de forma natural debido a las ventajas de un comercio establecido.
Cuando una nación le saca ventaja a otra en el comercio, le es muy difícil a esta última recuperar el terreno perdido, debido a la superior industria y habilidad de la primera, y a los mayores capitales que poseen sus comerciantes, los cuales les permiten operar con márgenes de ganancia mucho más pequeños.
Pero estas ventajas se compensan, en cierta medida, por el bajo precio de la mano de obra en toda nación que no tiene un comercio extenso y no abunda demasiado en oro y plata.
Las manufacturas, por lo tanto, cambian de lugar gradualmente, abandonando aquellos países y provincias que ya han enriquecido, y volando hacia otros, adonde se ven atraídas por la baratura de las vituallas y de la mano de obra, hasta que enriquecen también a estos y vuelven a ser desterradas por las mismas causas.
Y, en general, podemos observar que el encarecimiento de todo, derivado de la abundancia de dinero, es una desventaja que acompaña a un comercio establecido y le pone límites en todos los países al permitir que los Estados más pobres vendan a menor precio que los más ricos en todos los mercados extranjeros. {p29}
Esto me ha hecho albergar una gran duda respecto al beneficio de los bancos y del crédito de papel, que tan generalmente se consideran ventajosos para todas las naciones.
Que las provisiones y el trabajo se encarezcan por el aumento del comercio y del dinero es, en muchos aspectos, un inconveniente; pero un inconveniente inevitable, y el efecto de esa riqueza y prosperidad públicas que son el fin de todos nuestros deseos.
Se compensa con las ventajas que obtenemos de la posesión de estos metales preciosos, y el peso que le dan a la nación en todas las guerras y negociaciones extranjeras.
Pero no parece haber razón alguna para aumentar ese inconveniente mediante un dinero falsificado, que los extranjeros no aceptarán en ningún pago, y que cualquier gran alteración en el Estado reducirá a la nada.
Es verdad que hay muchas personas en todo Estado rico que, al poseer grandes sumas de dinero, preferirían el papel con buena garantía, por ser de más fácil transporte y más seguro custodiarlo.
Si el público no proporciona un banco, los banqueros privados se aprovecharán de esta circunstancia; como lo hicieron antiguamente los orfebres en Londres, o como lo hacen actualmente los banqueros en Dublín; y por ello puede pensarse que es mejor que una compañía pública disfrute del beneficio del crédito en papel que siempre tendrá lugar en todo reino opulento.
Pero procurar aumentar artificialmente tal crédito nunca puede ser del interés de ninguna nación comercial; sino que debe ponerla en desventaja, al incrementar el dinero más allá de su proporción natural con respecto al trabajo y las mercancías, elevando así su precio para el comerciante y el fabricante.
Y en este punto de vista, debe admitirse que ningún banco podría ser más ventajoso que uno que guardara bajo llave todo el dinero que recibiera,13 y nunca aumentara la moneda circulante, como es habitual, devolviendo parte de su tesoro al comercio. Un banco público mediante este expediente podría recortar gran parte de las operaciones de los banqueros privados y especuladores financieros; y aunque el estado corriera con el gasto de los sueldos de los directores y cajeros de este banco (pues, según la {p30} suposición anterior, no obtendría ningún beneficio de sus transacciones), la ventaja nacional, resultante del bajo precio del trabajo y de la destrucción del crédito en papel, sería una compensación suficiente. Por no mencionar que una suma tan cuantiosa, dispuesta para ser utilizada de inmediato, sería de gran utilidad en tiempos de peligro y apuro públicos; y la parte de ella que se utilizara podría reemplazarse sin prisa, cuando la paz y la tranquilidad fuesen devueltas a la nación.
Pero de este tema del crédito en papel trataremos más ampliamente en adelante, y terminaré este ensayo sobre el dinero proponiendo y explicando dos observaciones, que pueden quizás servir para ocupar los pensamientos de nuestros políticos especulativos, pues solo a ellos me dirijo en todo momento.
Basta con que me someta al ridículo que a veces en esta época se atribuye al carácter de un filósofo, sin añadirle el que corresponde a un proyectista.
Fue una perspicaz observación de Anacarsis el escita, que nunca había visto dinero en su propio país, la de que el oro y la plata le parecían de utilidad a los griegos únicamente para ayudarles en la numeración y en la aritmética.
Es, en verdad, evidente que el dinero no es más que la representación del trabajo y de las mercancías, y solo sirve como un método para tasarlas o estimarlas.
Donde la moneda es más abundante, como se requiere una mayor cantidad de ella para representar la misma cantidad de bienes, no puede tener ningún efecto, ni bueno ni malo, si se considera a una nación dentro de sí misma; ni más ni menos que si se produjera alguna alteración en los libros de un comerciante si, en lugar del método de notación arábigo, que requiere pocos caracteres, empleara el romano, que requiere muchos.
Es más, la mayor cantidad de dinero, al igual que los caracteres romanos, resulta más bien inconveniente, y demanda mayor trabajo tanto para guardarla como para transportarla.
Pero a pesar de esta conclusión, que debe reconocerse como justa, es cierto que desde el descubrimiento de las minas en América la industria ha aumentado en todas las naciones de Europa, excepto en los poseedores de dichas minas; y esto puede atribuirse justamente, entre otras razones, al aumento del oro y de la plata.
Por consiguiente, hallamos que en todo reino en el que el {p31} dinero comienza a fluir en mayor abundancia que antes, todo adquiere un nuevo aspecto; el trabajo y la industria cobran vida, el comerciante se vuelve más emprendedor, el artesano más diligente y hábil, y hasta el granjero sigue su arado con mayor presteza y atención.
Esto no se explica fácilmente si consideramos tan solo la influencia que una mayor abundancia de moneda tiene en el reino mismo, al encarecer el precio de las mercancías y obligar a todos a pagar un mayor número de esas pequeñas piezas amarillas o blancas por todo lo que compran.
Y en cuanto al comercio exterior, resulta que una gran abundancia de dinero es más bien desventajosa, al elevar el precio de toda clase de trabajo.
Para dar cuenta, pues, de este fenómeno, debemos considerar que, aunque el alto precio de las mercancías sea una consecuencia necesaria del aumento del oro y la plata, no se sigue sin embargo inmediatamente de dicho aumento; sino que se requiere algún tiempo antes de que el dinero circule por todo el Estado y haga sentir sus efectos en todas las clases sociales.
Al principio, no se percibe alteración alguna; gradualmente el precio sube, primero el de una mercancía y luego el de otra, hasta que al final el conjunto alcanza una proporción justa con la nueva cantidad de moneda que hay en el reino.
En mi opinión, es solo en este intervalo o situación intermedia, entre la adquisición de dinero y el alza de precios, que la creciente cantidad de oro y plata es favorable para la industria.
Cuando una cantidad de dinero es importada a una nación, no se dispersa al principio en muchas manos, sino que se confina en las arcas de unas pocas personas, que inmediatamente buscan emplearlo de la mejor manera.
Aquí tenemos a un grupo de fabricantes o comerciantes, supongamos, que han recibido remesas de oro y plata por mercancías que enviaron a Cádiz. Con ello se ven capacitados para emplear a más trabajadores que antes, los cuales jamás sueñan con exigir salarios más altos, sino que se alegran de conseguir empleo de tan buenos pagadores.
Si los obreros escasean, el fabricante paga salarios más altos, pero al principio exige un incremento de trabajo; y a esto accede de buena gana el artesano, {p32} quien ahora puede comer y beber mejor, para compensar su esfuerzo y fatiga adicionales.
Lleva su dinero al mercado, donde encuentra todo al mismo precio que antes, pero regresa con una cantidad mayor y de mejores clases, para el uso de su familia.
El granjero y el jardinero, al ver que todas las mercancías son absorbidas, se aplican con presteza a producir más; y al mismo tiempo pueden permitirse comprar mejores y más ropas a sus comerciantes, cuyo precio es el mismo que antes, y su industria solo se ve estimulada por tantas ganancias nuevas.
Es fácil seguir el curso del dinero en su progreso a través de toda la comunidad; donde veremos que primero debe avivar la diligencia de cada individuo, antes de elevar el precio del trabajo.
Y que la especie pueda aumentar en un grado considerable antes de producir este último efecto se advierte, entre otros ejemplos, por las frecuentes operaciones del rey de Francia con la moneda; donde siempre se vio que el aumento del valor numerario no producía un incremento proporcional de los precios, al menos durante algún tiempo. En el último año de Luis XIV, la moneda fue incrementada en tres séptimos, pero los precios aumentaron solo uno. El trigo en Francia se vende hoy al mismo precio, o por el mismo número de libras que en 1683; aunque la plata estaba entonces a treinta libras el marco, y hoy está a cincuenta;14 por no mencionar la gran adición de oro y {p33} plata que puede haber entrado en ese reino desde el periodo anterior.
De todo este razonamiento podemos concluir que no tiene la menor importancia, en lo que respecta a la felicidad doméstica de un Estado, que el dinero se encuentre en mayor o menor cantidad. La buena política del magistrado consiste únicamente en mantenerlo, si es posible, en constante aumento; porque, por ese medio, mantiene viva una atmósfera de laboriosidad en la nación e incrementa el caudal de trabajo, en el cual consisten todo el poder y la riqueza reales. Una nación cuyo dinero disminuye es en realidad, en ese momento, mucho más débil y desgraciada que otra nación que no posea más dinero pero se encuentre en vías de aumento. Esto se explicará fácilmente si consideramos que las alteraciones en la cantidad de dinero, ya sea en un sentido o en el otro, no van acompañadas inmediatamente de alteraciones proporcionales en los precios de las mercancías. Siempre hay un intervalo antes de que los asuntos se ajusten a su nueva situación, y este intervalo es tan pernicioso para la industria cuando el oro y la plata disminuyen como ventajoso es cuando estos metales aumentan. El obrero no tiene el mismo empleo por parte del fabricante y del comerciante, aunque paga el mismo precio por todo en el mercado; el granjero no puede deshacerse de su grano y su ganado, aunque debe pagar la misma renta a su terrateniente. La pobreza, la indigencia y la holgazanería que habrán de derivarse se prevén fácilmente.
La segunda observación que me propuse hacer con respecto al dinero puede explicarse de la siguiente manera. Hay algunos reinos, y muchas provincias en Europa (y todos ellos estuvieron una vez en la misma condición), donde el dinero es tan escaso que el terrateniente no puede obtener {p34} ninguno en absoluto de sus arrendatarios, sino que se ve obligado a cobrar su renta en especie, y a consumirla él mismo o transportarla a lugares donde pueda encontrar un mercado. En esos países el príncipe puede recaudar pocos impuestos o ninguno de la misma manera; y como recibirá muy pequeño beneficio de los tributos así pagados, es evidente que tal reino tiene muy poca fuerza aun en su propio interior, y no puede mantener flotas y ejércitos en la misma medida que si cada parte de él abundara en oro y plata.15
Ciertamente hay una desproporción mayor entre la fuerza de Alemania en la actualidad y la que tenía hace tres siglos, que la que hay en su industria, su población y sus manufacturas.
Los dominios austriacos en el imperio están en general bien poblados y bien cultivados, y son de gran extensión, pero no tienen un peso proporcional en la balanza de Europa; lo cual procede, según se supone comúnmente, de la escasez de dinero.
¿Cómo concuerdan todos estos hechos con aquel principio de la razón que sostiene que la cantidad de oro y plata es en sí misma del todo indiferente? Según ese principio, dondequiera que un soberano cuenta con numerosos súbditos, y estos disponen de abundantes mercancías, debería por ende ser grande y poderoso, y ellos ricos y felices, independientemente de la mayor o menor abundancia de los metales preciosos.
Éstas admiten divisiones y subdivisiones en gran medida; y cuando llegan a ser tan pequeñas como para correr el riesgo de perderse, es fácil mezclarlas con un metal más vil, como se practica en algunos países de Europa, y por ese medio elevarlas a un volumen más perceptible y conveniente. Todavía sirven para los mismos propósitos de intercambio, cualquiera que sea su número, o cualquiera que sea el color que se suponga que tengan.
A estas dificultades respondo que el efecto que aquí se supone derivado de la escasez de dinero surge en realidad de los modales y costumbres de los habitantes, y que confundimos, como es demasiado habitual, un efecto colateral con una causa.
La {p35} contradicción es sólo aparente, pero requiere cierta reflexión y meditación descubrir los principios mediante los cuales podemos conciliar la razón con la experiencia.
Parece una máxima casi evidente que los precios de todas las cosas dependen de la proporción entre las mercancías y el dinero, y que cualquier alteración considerable en cualquiera de estos tiene el mismo efecto, ya sea de elevar o de abatir los precios.
- Auméntense las mercancías, se vuelven más baratas;
- auméntese el dinero, suben de valor.
Como, por otra parte, una disminución de lo primero y una de lo segundo tienen tendencias contrarias.
También es evidente que los precios no dependen tanto de la cantidad absoluta de mercancías y de dinero que hay en una nación, como de la de aquellas mercancías que acuden o pueden acudir al mercado, y del dinero que circula.
Si la moneda se guarda bajo llave en arcas, ocurre lo mismo con respecto a los precios que si hubiera sidoaniquilada; si las mercancías se acaparan en graneros, se produce un efecto semejante. Como en estos casos el dinero y las mercancías nunca se encuentran, no pueden afectarse mutuamente.
Si en algún momento tuviéramos que hacer conjeturas sobre el precio de las provisiones, el grano que el agricultor debe reservar para el sustento de sí mismo y de su familia jamás debería entrar en el cálculo. Es solo el excedente, en comparación con la demanda, lo que determina el valor.
Para aplicar estos principios, debemos considerar que en las primeras y más incultas edades de cualquier Estado, antes de que la fantasía haya confundido sus necesidades con las de la naturaleza, los hombres, contentos con los frutos de sus propios campos, o con aquellas rudas preparaciones que ellos mismos pueden elaborar, tienen escasa necesidad de comercio, o al menos de dinero, que, por acuerdo, es la medida común del cambio.
La lana del propio rebaño del granjero, hilada en su propia familia y trabajada por un tejedor vecino, que recibe su pago en grano o lana, basta para el mobiliario o el vestido.
El carpintero, el herrero, el albañil, el sastre son contratados con salarios de índole semejante; y el propio terrateniente, que vive en las inmediaciones, se contenta con recibir su renta en {p36} las mercancías producidas por el granjero.
- La mayor parte de estas las consume en su hogar, en hospitalidad rústica;
- el resto, tal vez, lo vende por dinero en la ciudad vecina, de donde extrae los escasos materiales para sus gastos y su lujo.
Pero después de que los hombres empiezan a refinar todos estos goces, y ya no viven siempre en casa ni se conforman con lo que se puede producir en su vecindario, hay más intercambio y comercio de toda clase, y más dinero entra en dicho intercambio.
Los artesanos no aceptarán que se les pague en grano, porque necesitan algo más que cebada para comer. El granjero va más allá de su propia parroquia en busca de los productos que adquiere, y no siempre puede llevar sus mercancías al mercader que se los suministra. El propietario vive en la capital o en un país extranjero, y exige su renta en oro y plata, lo cual se le puede transportar fácilmente.
Grandes empresarios, fabricantes y mercaderes surgen en cada sector; y estos, convenientemente, no pueden comerciar sino con moneda metálica. Y en consecuencia, en esta situación de la sociedad, la moneda interviene en muchos más contratos y, por ese medio, se utiliza mucho más que en la anterior.
El efecto necesario es que, dado que el dinero no aumente en la nación, todo debe volverse mucho más barato en tiempos de industria y refinamiento que en las edades rudas e incultas.
Es la proporción entre el dinero circulante y las mercancías en el mercado la que determina los precios. Los bienes que se consumen en el hogar, o se intercambian por otros bienes en las cercanías, nunca llegan al mercado; no afectan en lo más mínimo a la moneda corriente; con respecto a ella son como si estuvieran totalmente aniquilados; y en consecuencia este método de usarlos disminuye la proporción del lado de las mercancías y aumenta los precios.
Pero después de que el dinero entra en todos los contratos y ventas, y es en todas partes la medida del cambio, el mismo numerario nacional tiene una tarea mucho mayor que cumplir: todas las mercancías están entonces en el mercado; la esfera de la circulación se amplía; es el mismo caso que si esa suma individual tuviera que servir a un reino más grande; y por lo tanto, al disminuir aquí la {p37} proporción del lado del dinero, todo debe abaratarse y los precios caer gradualmente.
Por los cálculos más exactos que se han elaborado en toda Europa, tras tener en cuenta la alteración en el valor numerario o en la denominación, se descubre que los precios de todas las cosas solo se han multiplicado por tres, o a lo sumo por cuatro, desde el descubrimiento de las Indias Occidentales.
Pero ¿afirmará alguien que no hay mucho más de cuatro veces la moneda en Europa que la que había en el siglo quince y en los siglos anteriores? Los españoles y portugueses desde sus minas, los ingleses, franceses y holandeses mediante su comercio africano y sus contrabandistas en las Indias Occidentales, traen a casa seis millones al año, de los cuales no más de una tercera parte va a las Indias Orientales. Esta suma por sí sola en diez años probablemente duplicaría el caudal antiguo de dinero en Europa.
Y no se puede dar ninguna otra razón satisfactoria de por qué todos los precios no han subido a una altura mucho más exorbitante, salvo la derivada de un cambio de costumbres y hábitos. Además de que se producen más mercancías gracias a un mayor esfuerzo industrial, estas mismas mercancías llegan más al mercado después de que los hombres abandonan su antigua simplicidad de costumbres; y aunque este aumento no ha sido igual al del dinero, ha sido, sin embargo, considerable, y ha mantenido la proporción entre la moneda y las mercancías más cercana al patrón antiguo.
Si se propusiera la cuestión de cuál de estos dos modos de vida de un pueblo, el sencillo o el refinado, es el más ventajoso para el estado o el público, yo, sin vacilar mucho, preferiría el segundo, al menos desde el punto de vista político, y presentaría esto como una razón adicional para el fomento del comercio y las manufacturas.
Cuando los hombres viven de la antigua y sencilla manera, y se abastecen de todas sus necesidades mediante la industria doméstica o la vecindad, el soberano no puede recaudar impuestos en dinero de una parte considerable de sus súbditos; y si quiere imponerles alguna carga, debe aceptar su pago en mercancías, de las cuales son los únicos bienes que poseen en abundancia —un método {p38} que conlleva inconvenientes tan grandes y obvios que no es necesario insistir en ellos aquí—.
Todo el dinero que pueda pretender recaudar debe provenir de sus ciudades principales, donde únicamente circula; y estas, es evidente, no pueden aportarle tanto como lo haría todo el Estado si el oro y la plata circularan por todas partes.
Pero además de esta evidente disminución de la renta, hay también otra causa de la pobreza del erario público en tal situación. No solo el soberano recibe menos dinero, sino que ese mismo dinero no cunde tanto como en los tiempos de industria y comercio general. Todo es más caro allí donde se supone que el oro y la plata son iguales, y ello se debe a que menos mercancías acuden al mercado y toda la moneda guarda una mayor proporción con lo que ha de ser comprado con ella, de lo cual únicamente se fijan y determinan los precios de todo.
Aquí podemos aprender entonces la falacia de la observación, que se encuentra a menudo en los historiadores y aun en la conversación común, de que un estado particular es débil, aunque fértil, populoso y bien cultivado, meramente porque carece de dinero.
Aparece que la falta de dinero nunca puede perjudicar a ningún estado en su interior: pues los hombres y las mercancías son la fuerza real de cualquier comunidad. Es el modo de vida simple el que aquí daña al público, al confinar el oro y la plata en pocas manos y prevenir su difusión y circulación universales.
Por el contrario, la industria y los refinamientos de toda especie lo incorporan con todo el estado, por pequeña que sea su cantidad; lo digieren en cada vena, por decirlo así, y hacen que entre en cada transacción y contrato. Ninguna mano está enteramente vacía de él. Y como los precios de todo bajan por ese medio, el soberano tiene una doble ventaja: puede extraer dinero mediante sus impuestos de cada parte del estado, y lo que recibe rinde más en cada compra y pago.
Podemos inferir, a partir de una comparación de precios, que el dinero no es más abundante en China de lo que era en Europa hace tres siglos; ¡pero de qué inmenso poder está poseído ese imperio, si hemos de juzgar por la lista civil y militar que mantiene!
Polibio nos dice que las provisiones eran tan {p39} baratas en Italia durante su época que en algunos lugares la cuota fijada16 en las posadas era de un semis por cabeza, ¡poco más de un cuarto de centavo! Sin embargo, el poder romano ya había subyugado entonces todo el mundo conocido.
Alrededor de un siglo antes de ese período, el embajador cartaginés dijo, a modo de burla, que ningún pueblo vivía con mayor sociabilidad entre sí que los romanos, ya que en cada banquete que, en calidad de ministros extranjeros, recibían, seguían observando la misma vajilla en todas las mesas.
La cantidad absoluta de los metales preciosos es una cuestión de gran indiferencia. Solo hay dos circunstancias de alguna importancia: a saber, su aumento gradual y su completa mezcla y circulación por todo el estado; y la influencia de ambas circunstancias ha sido explicada aquí.
En el ensayo siguiente veremos un ejemplo de un error semejante al antes mencionado, donde un efecto colateral es tomado por una causa, y donde una consecuencia es atribuida a la abundancia de dinero; aunque en realidad se deba a un cambio en las costumbres y hábitos del pueblo.