de acuerdo con su vanidad y jactancia, sin importar la única fe verdadera y la obediencia a los mandamientos de Dios, únicos medios por los cuales las personas se convierten y permanecen en hijos de Dios.
Aunque no todos sigan el mismo curso, sino que uno elija este camino y otro aquel, dando como resultado una variedad de formas, no obstante todos tienen la misma intención y el fin último, a saber, pretenden lograr ser el pueblo de Dios por medio de sus propias obras. Y así se jactan y presumo que son ellos a quienes Dios estimará.
Son las zorras de Sansón que están atadas cola con cola pero cuyas cabezas apuntan en direcciones opuestas [cf. Juec. 15:4].
Pero como señalamos antes, eso está más allá de la comprensión de los judíos, así como de los turcos y los papistas. Como dice san Pablo en [I Corintios 1]: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» [I Cor. 2:14]. Así se cumplen las palabras de Isaías 6:9: «Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, y no conozcáis». Pues no saben lo que oyen, ven, dicen o hacen. Y, sin embargo, no admiten que son ciegos y sordos.
Eso será suficiente acerca de la falsa jactancia y el orgullo de los judíos, quienes pretendían mover a Dios con puras mentiras para que los considerara su pueblo.
Ahora llegamos al tema principal: su petición del Mesías a Dios. Aquí, por fin, se muestran como verdaderos santos e hijos piadosos. En este punto ciertamente no quieren ser tenidos por mentirosos y blasfemos, sino por profetas fidedignos, al afirmar que el Mesías aún no ha venido, sino que todavía ha de aparecer.
¿Quién les pedirá cuentas aquí por su error o equivocación?
Incluso si todos los ángeles y Dios mismo declararan públicamente en el monte Sinaí o en el templo de Jerusalén que el Mesías había venido hacía mucho tiempo y que ya no debía esperarse, Dios mismo y todos los ángeles tendrían que ser considerados nada menos que demonios.
Tan convencidos están estos santísimos y veraces profetas de que el Mesías aún no ha aparecido, sino que todavía ha de venir.
Tampoco nos escucharán. Hicieron oídos sordos a nuestras súplicas en el pasado y lo siguen haciendo, aunque muchas personas eruditas y eminentes, incluidas algunas de su propia raza, los han refutado tan a fondo que hasta la piedra y la madera, si estuvieran dotadas de una partícula de razón, tendrían que ceder. Sin embargo, deliran conscientemente contra la verdad reconocida.
Sus malditos rabinos, que en verdad lo saben mejor, envenenan desaforadamente las mentes de su pobre juventud y del hombre común y los desvían de la verdad. Pues creo que si estos escritos fueran leídos por el hombre común y la juventud, apedrearían a todos sus rabinos y los odiarían con más violencia que a nosotros los cristianos. Pero estos villanos impiden que nuestros puntos de vista sinceros lleguen a su atención.
Si no hubiera tenido la experiencia con mis papistas, me habría parecido increíble que la tierra pudiera albergar a gente tan vil que a sabiendas desafía la abierta y manifiesta verdad, es decir, al mismo Dios.
Pues nunca esperé encontrar mentes tan endurecidas en ningún pecho humano, sino solo en el del diablo.
Sin embargo, ya no me asombra la ceguera, la obstinación y la malicia ni de los turcos ni de los judíos, puesto que tengo que presenciar lo mismo en los más santos padres de la iglesia, en el papa, los cardenales y los obispos.
¡Oh, terrible ira e incomprensible juicio de la sublime Divina Majestad! ¿Cómo podéis ser tan despreciados por los hijos de los hombres que no temblamos de inmediato hasta la muerte ante vosotros?
¡Qué vista tan insoportable!