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nydus/On the Jews and Their LiesPublic
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Martín Lutero: Sobre los judíos y sus mentiras

reino o casa de David perduró ininterrumpidamente hasta el cautiverio babilónico, incluso a lo largo del cautiverio babilónico, y tras este hasta los días de Herodes. Perduró, digo, no por su propio poder y mérito, sino en virtud de este pacto eterno hecho con la casa de David. Pues la mayoría de sus reyes y gobernantes fueron malvados, practicando la idolatría, matando a los profetas y viviendo de manera vergonzosa. Por ejemplo, Roboam, Joram, Joás, Acaz, Manasés, etc., superaron en vileza a todos los gentiles o a los reyes de Israel. A causa de ellos, la casa y la tribu de David merecieron por completo ser exterminadas. Eso fue lo que finalmente le sucedió al reino de Israel. Sin embargo, el pacto hecho con David siguió en vigor. Los libros de los Reyes y de los Profetas declaran jubilosamente que Dios preservó una lámpara o una luz para la casa de David que no permitiría que se apagara. Así leemos en I Reyes 8:19 y en II Crónicas 21:7: «Sin embargo, el Señor no quiso destruir la casa de David a causa del pacto que había hecho con David, ya que le había prometido dar una lámpara a él y a sus hijos para siempre». El mismo pensamiento se expresa en II Samuel 7:12.

Por el contrario, consideremos el reino de Israel, donde el poder nunca permaneció en la misma tribu o familia más allá de la segunda generación, con la excepción de Jehú [65], quien, en virtud de una promesa especial, lo llevó hasta la cuarta generación de su casa. Por lo demás, siempre pasó de una tribu a otra y, a veces, apenas sobrevivió una generación; además, no pasó mucho tiempo antes de que el reino se extinguiera por completo.

Pero, mediante las maravillosas obras de Dios, el reino de Judá permaneció dentro de la tribu de Judá y de la casa de David. Resistió la fuerte oposición de los gentiles de alrededor, del propio Israel, de los levantamientos internos y de las grandes idolatrías y pecados, de modo que no habría sido de extrañar que hubiera perecido en la tercera generación bajo Roboam, o al menos bajo Joram, Acaz y Manasés.

Pero tenía un Protector fuerte que no lo dejó morir ni permitió que su luz se apagara. Se dio la promesa de que permanecería firme, eterna y firmemente seguro. Y así ha permanecido y debe permanecer hasta el presente y para siempre; porque Dios no miente ni puede mentir.

Los judíos berrean que el reino pereció con la cautividad babilónica. Como dijimos antes, esto es vaniloquio; pues no consistió sino en un breve castigo, definitivamente circunscrito a un período de setenta años. Dios había empeñado su palabra en ello. Además, los conservó durante este tiempo por medio de espléndidos profetas. Es más, el rey Jeconías fue ensalzado por encima de todos los reyes en Babilonia, y Daniel y sus compañeros gobernaron no solo sobre Judá e Israel, sino también sobre el Imperio babilónico. [66] Incluso si su sede de gobierno no estuvo en Jerusalén durante un corto lapso de tiempo, con todo gobernaron en otra parte mucho más gloriosamente que en Jerusalén. Así podemos decir que la casa de David no se extinguió en Babilonia, sino que brilló con mayor esplendor que en Jerusalén. Tan solo tuvieron que abandonar su patria por un tiempo a modo de castigo. Pues cuando un rey toma el campo de un país extranjero no puede ser considerado un exrey por el hecho de no estar en su tierra natal, especialmente si le acompaña una gran victoria y buena fortuna frente a muchas naciones. Más bien se debería decir que es más ilustre en el extranjero que en su hogar.

Si Dios mantuvo su pacto desde la época de David hasta la de Herodes, preservando su casa de la extinción, debe de haberlo mantenido desde entonces hasta el presente, y lo mantendrá eternamente, de modo que la casa de David no ha muerto ni puede morir jamás.

Porque no nos atrevemos a reprender a Dios como medio veraz y medio mentiroso, diciendo que cumplió su pacto y preservó fielmente la casa de David desde la época de este hasta la de Herodes, pero que después del tiempo de Herodes comenzó a mentir y a volverse engañoso, ignorando y alterando su pacto.

No, porque así como la casa de David permaneció

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