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nydus/On the Jews and Their LiesPublic
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Martín Lutero: Sobre los judíos y sus mentiras

su corazón, su cerebro y su vientre comenzaron a hincharse de vanidad. Dios, dedujeron, tenía que ser para ellos y estar con ellos. Ocupaban una ciudad cerca de Jerusalén llamada Bittir; en la Biblia se la conoce como Bet-horón [Jos. 10:10].

Llegados a este punto, estaban convencidos de que su Mesías, el rey Kokhba, era el señor del mundo, que había vencido a los cristianos y a los romanos, y que había triunfado.

Pero el emperador Adriano envió a su ejército contra ellos, sitió Bittir, la conquistó y dio muerte a Mesías y profeta, a estrella y oscuridad, a señor y escudero.

Sus propios libros se lamentan de que hubo dos veces ochenta mil hombres en Bittir que tocaban las trompetas, que eran capitanes de vastos ejércitos de hombres, y de que cuarenta veces cien mil hombres fueron masacrados, sin contar a los muertos en Alejandría. Se dice que estos últimos ascendían a doce veces cien mil.

Sin embargo, a mí me parece que están exagerando enormemente. Interpreto que las dos veces ochenta mil trompeteros representan a esa misma cantidad de hombres valientes y aptos para el combate, cada uno de los cuales habría sido capaz de dirigir a grandes cuerpos de soldados en la batalla. De otro modo, esto suena demasiado diabólicamente mendaz.

Después de esta formidable derrota, ellos mismos llamaron a Kokhba, su Mesías perdido, «Kozba», que rima con aquel y suena de manera similar. Pues sus talmudistas escriben así: No debéis leer «Kokhba», sino «Kozba». Por lo tanto, todos los libros de historia lo denominan ahora Kozibán. «Kozba» significa «falso». Su intento había fracasado y él había demostrado ser un Mesías falso y no verdadero.

Del mismo modo que nosotros los alemanes podríamos decir a modo de rima:

  • No eres un Deutscher sino un Taoscher [«no un alemán sino un embustero»];
  • no un Welscher sino un Felscher [«no un extranjero de origen romance sino un falsificador»].

De un usurero puedo decir: No eres un Borger, sino un Worger [«no un ciudadano sino un asesino»]. Tales rimas son habituales en todos los idiomas.

Nuestro Eusebio relata esta historia en su Historia eclesiástica, libro 4, capítulo 6. Aquí utiliza el nombre de Barcochabás, diciendo que esta fue una batalla sumamente cruel en la que los judíos «fueron expulsados tan lejos de su país que sus ojos impíos ya no podían ver su patria ni siquiera subiendo a las montañas más altas».

Tan horribles historias son testimonio suficiente de que todo el judaísmo comprendió que este tenía que ser el tiempo del Mesías, puesto que las setenta semanas habían transcurrido, el templo de Hageo había sido destruido y el cetro había sido arrebatado a Judá, tal como las declaraciones de Jacob en el Génesis 49, de Hageo 2 y de Daniel 9 lo indicaban y anunciaban claramente.

Dios sea loado de que nosotros, los cristianos, estemos ciertos y confiados en nuestra creencia de que el verdadero Mesías, Jesucristo, vino en aquel tiempo. Para probar esto, no tenemos solo sus obras milagrosas, que los propios judíos no pueden negar, sino también la espantosa caída y desgracia, a causa del nombre del Mesías, de sus enemigos que querían exterminarlo junto con todos sus adherentes.

¿Cómo habrían podido atraer de otro modo semejante miseria sobre sus cabezas si no hubiesen estado convencidos de que el tiempo del Mesías estaba cerca? Y creo que esto constituye ciertamente el ir a la ruina y dar de cabezazos (ahora por segunda vez) contra «la piedra de tropiezo y roca de escándalo», para citar a Isaías 8:14.

Tantos cientos de miles intentaron devorar a Jesús de Nazaret, pero a causa de esto ellos mismos «tropezaron y cayeron y fueron quebrantados, y enlazados y presos», como dice Isaías [8:15].

Como dos intentos tan terribles y formidables habían fracasado estrepitosamente, el primero en Jerusalén bajo Vespasiano, el otro en Bittir bajo Adriano, seguramente habrían debido entrar en razón, volverse dóciles y humildes, y concluir: ¡Dios nos ayuda! ¿Cómo ocurre esto? El tiempo de la venida del Mesías ha llegado, de acuerdo con las palabras y promesas de los profetas,

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