para llegar a esta conclusión que cerrar los ojos y los oídos, ignorar las Escrituras y los libros de historia, y dejar volar libremente su imaginación, diciendo:
"Esto es lo que nos parece correcto, y nos aferramos a ello. Por lo tanto, se deduce que Dios y su ángel deben estar de acuerdo con nosotros. ¿Cómo podríamos estar equivocados? Somos los cuervos capaces de enseñar a Dios y a los ángeles".
¡Oh, qué pueblo tan vil, vejatorio y blasfemo, que puede merecer al Mesías con semejante penitencia!
Pero escuchemos su sabiduría.
Las setenta semanas comienzan con la destrucción de Jerusalén por el rey de Babilonia; desde ese acontecimiento hasta la llegada del Mesías, el príncipe (es decir, el rey Ciro), son siete semanas.
Ahora dime: ¿Dónde está escrito esto? En ninguna parte. ¿Quién lo ha dicho? Marcolfo el sinsonte. ¿Quién más podría decirlo o escribirlo?
Al comienzo de este noveno capítulo se encuentra la clara y evidente afirmación de Daniel de que la revelación referente a las setenta semanas le había llegado en el primer año del reinado de Darío el medo, quien había conquistado el reino babilónico, suceso que había sido precedido por la primera destrucción de Jerusalén setenta años antes.
Pues Daniel afirma claramente que se habían cumplido setenta años de la devastación, de acuerdo con Jeremías 29:10. Esto también lo leemos en el segundo libro de las Crónicas, en el último capítulo [36:22].
Y, sin embargo, estos dos claros pasajes de la Escritura, Daniel 9 y II Crónicas 36, deben ser considerados como mentiras por los rabinos. Ellos insisten en que tienen razón y que las setenta semanas debieron de haber comenzado setenta años antes de que le fueran reveladas a Daniel. ¿No es eso magnífico?
Ahora vayan y crean a los rabinos, esos asnos ignorantes e incultos, que no miran ni las Escrituras ni los libros de historia y que vomitan por su boca perversa lo que se les antoja contra Dios y los ángeles.
Pues por esto quedan públicamente convictos de sus mentiras y de su errónea arbitrariedad.
Dado que las setenta semanas que fueron reveladas en el primer año del reinado de Darío el medo no pueden comenzar setenta años antes con la destrucción de Jerusalén, todas sus mentiras fundadas en esto quedan refutadas simultáneamente, y este versículo de Daniel relativo a las setenta semanas debe permanecer para nosotros inmaculado y sin adulterar, a pesar de ellos.
La deshonra eterna será su recompensa por esta mentira impertinente y patente.
Con esta mentira se derrumba también otra; a saber, su afirmación de que las palabras sobre el Mesías, el príncipe, se refieren al rey Ciro, quien supuestamente apareció siete semanas después de la destrucción, aunque de hecho vino diez semanas (es decir, setenta años) después de la destrucción. Esto consta en II Crónicas 36, Daniel 9 y Esdras 1.
Aun si supiéramos —lo cual es imposible— que las setenta semanas comenzaron con la destrucción de Jerusalén, aun así no podríamos justificar esta estúpida mentira.
Y con esto se derrumba la tercera mentira. Pues dicen que Ciro vino cincuenta y dos años después de la destrucción: el equivalente a siete semanas y tres años, o siete semanas y media. Así arrancan tres años, o media semana, de las sesenta y dos semanas y los añaden a las primeras siete semanas. Es como si el ángel fuera un perfecto tonto o un niño incapaz de contar hasta siete, y dijera siete cuando debería decir siete y media.
¿Por qué hacen esto? Para que podamos advertir cómo se complacen en mentir con el propósito de destrozar y trastocar la palabra de Dios para nosotros. Por lo tanto, insisten en que Ciro vino siete semanas y media (a las que llaman siete semanas) después de la destrucción, cuando (como se ha dicho) en realidad vino diez semanas, es decir, setenta años, más tarde.
Tampoco tolera el ángel que estas semanas sean maltratadas y mutiladas, restando tres años a una y dejándola en solo cuatro años, y añadiendo a la que tiene siete años tres