y brilló hasta el tiempo de Herodes; así tuvo que permanecer bajo Herodes y después de Herodes, brillando por la eternidad.
Ahora notamos qué bien armoniza este dicho de David con el del patriarca Jacob: «El cetro no se apartará de Judá, ni el mehogeq de entre sus pies, hasta que venga el Mesías, y a él se dará la obediencia de los pueblos» [Gén. 49:10].
¿Cómo puede expresarse con mayor claridad o de otra manera que la casa de David resplandecerá hasta que venga el Mesías? Luego, a través de él, la casa de David resplandecerá no solo sobre Judá e Israel, sino también sobre los gentiles, o sobre países diferentes y más numerosos.
Esto en verdad no significa que se extinguirá, sino que resplandecerá más lejos y con más brillo que antes de su llegada. Y así, como dice David, este es un reino eterno y un pacto eterno.
Por lo tanto, de esto se deduce de manera muy contundente que el Mesías vino cuando el cetro se apartó de Judá, a menos que queramos injuriar a Dios diciendo que él no cumplió su pacto y su juramento.
Aunque los judíos obstinados y de cerviz dura se nieguen a aceptar esto, al menos nuestra fe ha sido confirmada y fortalecida por ello. Nos importa un bledo sus glosas descabelladas, que han hilado de su propia cabeza. Tenemos el texto claro.
Estas últimas palabras de David —para volver a ellas una vez más— se fundan en la propia palabra de Dios, donde le dice, como él aquí se jacta al final: «¿Edificarías tú una casa en la que yo morare?» (2 Sam. 7 [:5]). Puedes leer lo que sigue allí: cómo Dios continúa relatando que hasta ahora no ha habitado en ninguna casa, sino que lo había elegido a él [es decir, a David] para ser príncipe sobre su pueblo, al cual asignaría un lugar fijo y le concedería descanso, concluyendo: «Yo te haré casa» [cf. 2 Sam. 7:11]. Es decir: Ni tú ni ningún otro me edificaréis una casa en la que morar; soy mucho, muchísimo demasiado grande para eso, como leemos también en Isaías 66. No, yo te edificaré una casa. Porque así dice el Señor, como afirma Natán: «El Señor te declara que el Señor te hará casa» [2 Sam. 7:11]. A todos les resulta familiar una casa edificada por el hombre: una estructura muy perecedera hecha de piedra y madera. Pero una casa edificada por Dios significa el establecimiento del padre de una familia que tendría por siempre jamás herederos y descendientes de su sangre y linaje. Así dice Moisés en Éxodo 1 [:21] que Dios edificó casas a las parteras porque no obedecieron la orden del rey, sino que dejaron vivir a los niños y no los mataron. Por otra parte, derriba y extingue las casas de los reyes de Israel en la segunda generación.
Así David tiene aquí una casa segura, edificada por Dios, que ha de tener herederos para siempre. No es una casa común; no, dice: «Tú serás príncipe sobre mi pueblo Israel» [II Sam. 7:8].
Por tanto, será llamada una casa principesca, una casa real —es decir, la casa del príncipe David o del rey David, en la cual vuestros hijos reinarán para siempre y serán príncipes tal como tú lo eres—.
Los libros e historias de los reyes prueban esto como verdadero, rastreándolo hasta el tiempo de Herodes. Hasta ese tiempo el cetro y la saphra están en la tribu de Judá.
Ahora sigue el segundo tema, referente a Siló. ¿Cuánto tiempo permanecerá así mi casa y cuánto tiempo reinarán mis descendientes? Él responde así [II Sam. 7:12-16]:
«Cuando tus días se cumplan y duermas con tus padres, levantaré después de ti a tu descendencia, la cual saldrá de tus entrañas (utero —es decir, de tu carne y sangre—), y estableceré su reino. Él edificará una casa para mi nombre, y estableceré para siempre el trono de su reino. Yo seré su padre, y él será mi hijo. Si comete iniquidad, le castigaré con vara de hombres (como se azota a los niños), con golpes de hijos de hombres; pero no apartaré de él mi misericordia, como la aparté de Saúl, a quien quité de tu presencia. Y tu casa y tu reino serán firmes para siempre delante de mí; tu trono será