Arrojaste una manta de la cama, te recostaste boca arriba y esperaste; dormitaste y miraste a la noche revelar las mil imágenes sórdidas de las que estaba constituida tu alma; parpadeaban contra el techo.
Y cuando todo el mundo regresó y la luz se arrastró entre las persianas, y escuchaste a los gorriones en los canalones, tuviste tal visión de la calle como la calle apenas comprende; sentada al borde de la cama, donde te quitaste los papeles del pelo, o sujetaste las plantas amarillas de los pies con las palmas de ambas manos sucias.