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Un cantar para Simeón

Señor, los jacintos romanos florecen en cuencos y

El sol de invierno se arrastra junto a las colinas de nieve;

La obstinada estación ha presentado batalla.

Mi vida es ligera, aguardando el viento de la muerte,

Como una pluma en el dorso de mi mano.

Polvo a la luz del sol y memoria en los rincones

Espera el viento que hiela hacia la tierra muerta.

Concede tu paz.

He caminado muchos años en esta ciudad, Guardado la fe y el ayuno, sustentado a los pobres, He dado y tomado honor y bienestar. Jamás se fue nadie rechazado de mi puerta.

¿Quién recordará mi casa, dónde vivirán los hijos de mis hijos Cuando llegue el tiempo del dolor? Tomarán el sendero de la cabra y la guarida del zorro, Huyendo de las caras extranjeras y las espadas extranjeras.

Antes del tiempo de cuerdas y azotes y lamentación Concédenos tu paz.

Antes de las estaciones del monte de la desolación, Antes de la hora cierta del dolor materno, Ahora en esta época de nacimiento del deceso,

Permite que el Niño, la Palabra aún muda e inescrutable, Conceda el consuelo de Israel Aquel que tiene ochenta años y ningún mañana.

Según tu palabra.

  • Te alabarán y sufrirán en cada generación
  • Con gloria y escarnio,
  • Luz sobre luz, ascendiendo la escalera de los santos.

No para mí el martirio, el éxtasis del pensamiento y la oración, no para mí la visión última.

Concédeme tu paz. (Y una espada traspasará tu alma, la tuya también.)

Estoy cansado de mi propia vida y de las vidas de aquellos que me siguen, estoy muriendo en mi propia muerte y en las muertes de aquellos que me siguen.

Deja que tu siervo se vaya, Habiendo visto tu salvación.

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