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El hipopótamo

Asimismo, todos respeten a los diáconos como a un mandamiento de Jesucristo; y al obispo como a Jesucristo, que es hijo del Padre; y a los presbíteros como al concilio de Dios y a la asamblea de los Apóstoles. Sin estos no hay Iglesia; acerca de los cuales os aseguro que así es como pienso.

Y cuando esta epístola haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses.

El hipopótamo de ancha espalda descansa sobre su vientre en el lodo; aunque nos parezca de roca firme no es más que carne y hueso todo.

De carne y hueso es débil el mortal, vulnerable al colapso y al quebranto; mas la Iglesia Verdadera es inmortal, pues se cimenta sobre roca y santo.

Los torpes pasos del hipopótamo pueden errar al abarcar fines materiales, mientras que la Iglesia Verdadera jamás necesita moverse para recaudar sus dividendos.

El hipopótamo jamás podrá alcanzar El mango del árbol de mangos; Pero frutos de granada y melocotón Refrescan a la Iglesia allende el mar.

En época de celo, la voz del hipopótamo delata inflexiones roncas y extrañas, pero cada semana oímos regocijarse a la Iglesia, por ser una con Dios.

El día del hipopótamo transcurre en sueño; de noche caza;

Dios obra de un modo misterioso⁠— La Iglesia puede dormir y alimentarse a la vez.

Vi al hipopótamo volar Ascendiendo de las húmedas sabanas, Y a ángeles coristas cantarle a la par La alabanza de Dios, en sonoras hosannas.

La sangre del Cordero ha de lavarlo Y los brazos celestiales lo abrazarán, Entre los santos ha de ser visto Tocando un arpa de oro.

Será lavado cual la nieve, por mártires vírgenes besado, mientras la Iglesia Verdadera sigue abajo envuelta en la vieja niebla miasmática.

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