Cuando el señor Apollinax visitó los Estados Unidos Su risa repiqueteaba entre las tazas de té. Pensé en Fragilion, esa figura tímida entre los abedules, Y en Príapo en la arboleda Boquiabierto ante la dama del columpio. En el palacio de la señora Phlaccus, en casa del profesor Channing-Cheetah Se reía como un feto irresponsable. Su risa era submarina y profunda Como la del viejo del mar Oculta bajo islas de coral Donde los cuerpos inquietos de hombres ahogados flotan en el silencio verde, Cayendo de los dedos de la espuma. Busqué la cabeza del señor Apollinax rodando bajo una silla O sonriendo por encima de un biombo Con algas en el cabello. Oí el eco de los cascos de un centauro sobre el césped duro Mientras su charla seca y apasionada devoraba la tarde. «Es un hombre encantador»—«Pero, a fin de cuentas, ¿qué quiso decir?»— «Sus orejas puntiagudas … Debe de estar desquiciado»,— «Hubo algo que dijo a lo que podría haber replicado». De la condesa viuda Mrs. Phlaccus y del profesor y la señora Cheetah Recuerdo una rodaja de limón y un macarrón mordido.
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Mr. Apollinax
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