Señora, tres leopardos blancos se sentaban bajo un enebro En el frescor del día, habiéndose saciado De mis piernas de mi corazón de mi hígado y de lo que había estado contenido En la redonda cuenca de mi cráneo.
Y Dios dijo ¿Vivirán estos huesos? ¿vivirán Estos huesos? Y lo que había estado contenido En los huesos (que ya estaban secos) dijo chirriando: Por la bondad de esta Señora Y por su hermosura, y porque Honra a la Virgen en la meditación, Brillamos con resplandor.
Y yo que aquí estoy disimulado Ofrezco mis obras al olvido, y mi amor A la posteridad del desierto y al fruto de la calabaza. Es esto lo que recupera Mis entrañas las cuerdas de mis ojos y las porciones indigestas Que los leopardos rechazan.
La Señora se ha retirado Con un vestido blanco, a la contemplación, con un vestido blanco. Que la blancura de los huesos expíe al olvido. No hay vida en ellos.
Como soy olvidado Y quisiera ser olvidado, así quisiera olvidar Así devoto, concentrado en el propósito.
Y Dios dijo Profetiza al viento, al viento únicamente porque solo El viento escuchará.
Y los huesos cantaron chirriando Con el peso de la langosta, diciendo
Señora de los silencios Calma y angustiada Desgarrada y cabalísima Rosa de la memoria Rosa del olvido Agotada y dadora de vida Inquieta reposada
La Rosa única Es ahora el Jardín Donde todos los amores terminan
Pon fin al tormento Del amor no satisfecho Al tormento mayor Del amor satisfecho
Fin del interminable Viaje sin fin Conclusión de todo lo que Es inconclusible
Discurso sin palabra y Palabra sin discurso Gracia a la Madre Por el Jardín Donde todo amor termina.
Bajo un enebro los huesos cantaban, dispersos y brillantes
- Nos alegra estar dispersos, hicimos poco bien el uno al otro,
- Bajo un árbol en el frescor del día, con la bendición de la arena,
- Olvidándose de sí mismos y del otro, unidos
- En la quietud del desierto.
Esta es la tierra que habéis de repartir por suertes. Y ni la división ni la unidad importan. Esta es la tierra. Tenemos nuestra herencia.