Se le erizó el cabello. Recordó aquellas interesantes historias, tan poco creídas en París, respecto a los bandidos romanos; recordó las aventuras que Albert de Morcerf había relatado cuando se proyectaba que se casara con la señorita Eugénie.
«Son bandidos, tal vez», murmuró.
En ese momento el carruaje pasó sobre algo más duro que un camino de grava. Danglars se atrevió a mirar a ambos lados del camino y distinguió monumentos de forma singular; su mente recordó entonces todos los detalles que Morcerf había relatado y, al compararlos con su propia situación, se sintió seguro de que debía de estar en la Vía Apia. A la izquierda, en una especie de valle, distinguió una excavación circular. Era el circo de Caracalla. A una palabra del hombre que marchaba al lado del carruaje, este se detuvo. Al mismo tiempo se abrió la puerta. >