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nydus/The Count of Monte CristoPublic
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CXV

—¡Ajá! —exclamó Danglars—; este individuo se parece más a un ogro que a otra cosa; sin embargo, ¡ya soy demasiado viejo y duro para resultar muy buen bocado!

Vemos que Danglars conservaba la serenidad suficiente como para bromear; al mismo tiempo, como para desmentir sus tendencias ogrescas, el hombre sacó de su morral pan negro, queso y cebollas, que comenzó a devorar vorazmente.

—Que me cuelguen —dijo Danglars, mirando de reojo la cena del bandido a través de las rendijas de la puerta—, ¡que me cuelguen si alcanzo a comprender cómo puede la gente comerse semejante inmundicia!; y se retiró para sentarse sobre su piel de cabra, la cual le traía a la memoria el olor del aguardiente.

Pero los misterios de la naturaleza son incomprensibles, y hay ciertas invitaciones contenidas aun en el más burdo alimento que atraen de manera irresistible a un estómago hambriento.

Danglars sintió que el suyo no estaba muy bien abastecido en ese momento, y poco a poco el hombre le pareció menos feo, el pan menos negro y el queso más fresco, mientras que aquellas terribles y vulgares cebollas le traían a la memoria ciertas salsas y guarniciones que su cocinero preparaba de forma magistral cada vez que él decía: «Señor Deniseau, hágame el favor de prepararme un buen fricandó hoy».

Se levantó y golpeó la puerta; el bandido levantó la cabeza. Danglars supo que lo habían oído, así que redobló los golpes.

—¿Qué cosa? —preguntó el bandido.

—Vamos, vamos —dijo Danglars, tamborileando con los dedos contra la puerta—, ¡creo que ya es hora de pensar en darme algo de comer!

Pero ya fuera que no lo entendiera, ya fuera que no hubiera recibido órdenes respecto a la alimentación de Danglars, el gigante, sin responder,

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